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La sonrisa de Henry
El príncipe Henry era heredero de una de las casas señoriales del rey. Decidió mudar a su familia ahí en lugar del castillo para llevar una vida más pacífica, pese a los muchos reclamos de Cora. Henry, a su joven edad, estaba cansado de las presiones de la vida noble, su padre había atravesado ya por muchos momentos de conflicto, no sólo por inminentes guerras, sino también por la amenaza de perderlo todo. Sabía que en cuanto el rey muriera él heredaría el trono, pero no estaba listo para ello. Tenía miedo de lo que su padre le encomendara, pues sabía perfectamente que la visita programada para esa noche tenía que ver con asuntos importantes.
—Sabes que no me gusta que distraigas a Regina de sus lecciones —la voz de Cora interrumpió los pensamientos de Henry.
—¿Cómo dices? —preguntó Henry, confundido.
—Lo único que quiero es que repase su vocablo, que aprenda desde ahora a comportarse como lo que es, ¿es para ti tan difícil respetar eso?
Cora estaba enfadada, como casi siempre que él consentía a su hija. Henry solía contener a su mujer con su infinita paciencia, sin embargo aquella mañana no se sentía con el mejor de los ánimos.
—Es sólo una niña, Cora, quiere jugar y divertirse —dijo Henry, mirando hacia la ventana.
—Tu hija no es sólo una niña, es también la heredera de la corona. Por eso es tan importante su educación.
Henry frunció el ceño, en ese momento no quería recordar el peso de la monarquía sobre él y sobre su hija. Suspiró y se sentó en la silla, con la mirada perdida.
—¿Me has escuchado, Henry? —preguntó Cora, inquieta—. ¿Acaso estás ignorándome?
—No, cariño, no —respondió Henry con voz cansada—. Estoy un poco nervioso por la visita de mi padre, eso es todo.
—¿Qué dices? Que nos visite el rey es lo mejor que nos ha pasado en los últimos meses —dijo Cora con emoción en su voz—. Quiere decir que traerá buenas noticias, para todos.
Henry intuía a lo que su esposa se refería, por el reino había rumores de que el rey iba a abdicar y pasaría la corona a él de un momento a otro.
—Eso espero, Cora.
El príncipe Henry era muy distinto con Regina, a diferencia de Cora, él no reclamaba nada a la pequeña. Desde que nació la había amado infinitamente. Estaba emocionado por tener una heredera, pero no era su única prioridad. No pensaba en su hija como un monarca, sino como en lo que era: una dulce niña. Él soportaba las excentricidades de Cora sólo porque haberse casado con ella salvó el reino de su padre y, además, era importante que Regina creciera con una figura materna que la guiara. Henry era un padre amoroso, le gustaba dar paseos a caballo con su hija, sólo a trote para que ella se fuese acostumbrando poco a poco a la montura. También solía leerle algunos libros o contarle historias que había escuchado alguna vez frente al batallón de guerra. Regina adoraba a su padre, pasar tiempo con él era su parte favorita de cualquier día. Él no le reñía ni le exigía que aprendiera sus lecciones, tampoco le importaba mucho si estaba despeinada o llevaba torcidos los cordones del vestido. Además, su padre la abrazaba y le decía antes de dormir cuánto la amaba. Él, definitivamente, era la persona que Regina más quería en el mundo.
…
Las tareas de la alcaldesa solían ser monótonas y aburridas. El pueblo de Storybrooke no tenía muchos problemas en su haber, excepto cuando el señor Gold le añadía un poco de interés y variedad con algunos embargos o penalizaciones que ponían a los habitantes en aprietos y los obligaban a ir con Regina a pedir un poco de ayuda con prórrogas o amparos. Ella a veces podía ser indulgente y ayudar un poco, pero sólo lo suficiente como para tenerlos en el límite y evitar mayores descontentos. Aquello lo había aprendido muy bien siendo reina y su método seguía funcionando.
Sin embargo, aquella mañana no podía concentrarse ni siquiera en los detalles más insignificantes. Sentada frente al escritorio, miraba por la ventana, con un dedo sobre su mentón. No podía dejar de pensar en Henry. Había revisado constantemente el reloj desde que entró en su oficina y lo miraba de vez en cuando sólo para reafirmar que el tiempo pasaba lento. Ese tiempo hipotético que sólo ella controlaba. Suspiró resignada, no podía hacer nada más que esperar a que su pequeño terminara el primer día de clases.
Recordó lo que Mary Margaret había dicho: parecía apenas ayer cuando Henry era un bebé. Cuando Regina lo recogió de la agencia de adopciones y lo llevó a casa no imaginó cuánto llegaría a amar a ese niño. Pensó también en Cora, su propia madre, quien le había repetido una y otra vez que el amor era solamente una debilidad. Quizá tenía razón, pero no podía evitarlo, su hijo ocupaba ya todas sus prioridades.
Estaba muy ansiosa, ¿qué pasaría si los miedos de Henry se cumplieran y en realidad no conseguía hacer ningún amigo? Eso era imposible. Su hijo era un niño simpático, en el pueblo todo mundo se había encariñado inmediatamente con él, pese a que ella despertaba algunos temores. Pero, ¿qué pasaría si se lastimaba?, ¿le había recordado cómo atarse los cordones de los zapatos?, ¿podría ir al baño solo sin ayuda?, ¿tendría suficiente con el almuerzo que le había preparado?
Se levantó de la silla casi de un salto. Estaba cansada de la espera y de escucharse a sí misma, había pasado toda la mañana con dudas y temores. ¿Sería acaso eso lo que su madre le había advertido sobre querer a alguien? Quería que Henry creciera fuerte y no débil.
Salió de la oficina, encendió el auto y se dirigió a la droguería. Compró los dulces favoritos de Henry y también una de esas historietas que al pequeño le gustaban tanto y que gracias a Graham, el sheriff, había comenzado a coleccionar. Al dueño de la droguería, el que siempre estornudaba, le extrañó un poco ver a Regina a esas horas por ahí, pero en cuanto vio lo que compraba entendió.
Regina salió de la tienda con la bolsa de papel llena de cosas para Henry, le daría la sorpresa en cuanto fuese por él a la escuela. Estaba por subir al automóvil cuando escuchó una voz familiar.
—Buenas tardes, señora alcaldesa—el señor Gold saludaba con las manos apoyadas en su bastón de siempre.
—Gold —saludó Regina, metiendo la bolsa de compras en el interior del auto.
—Qué sorpresa verla por aquí a estas horas y sin el pequeño —siguió el señor Gold, con curiosidad.
—Hoy fue su primer día de clases —respondió Regina, apresurada.
—¿En serio?, ¿tan pronto? —preguntó el señor Gold, metiendo una mano en su bolsillo—. Debo imaginar que es un momento muy difícil para una madre.
Desde que Henry había llegado a su vida Regina lo llevaba a todos lados con ella. Incluso había rechazado la idea de tener una niñera y prefería tenerlo en su oficina, a la vista, y encargarse de él por ella misma.
—Tal vez —respondió Regina fingiendo indiferencia—. Pero estará bien.
—Sí, por supuesto que lo estará, sobre todo a cargo de una maestra como la señorita Blanchard. Ya saben lo que dicen por ahí, que es la mejor, ¿no? —Gold terció una sonrisa.
Regina apretó la quijada y abrió la puerta del auto de mala gana.
—Ya casi es la hora de salida de Henry, Gold. Hasta luego.
—Hasta entonces, señora alcaldesa.
Regina subió al auto, cerró la puerta y puso el motor en marcha. Pasó el resto de la última hora paseando por Storybrooke. No quería regresar a la oficina ni mucho menos hacer pie en casa hasta que Henry estuviese de vuelta. La soledad de la casa sólo le recordaría todos esos temores que intentaba disipar.
Cuando finalmente la hora de salida llegó, Regina estacionó el auto frente a la escuela. Bajó rápidamente y escuchó la campana de fin de clases. Esperó paciente recargada sobre su auto, con los brazos cruzados, mientras veía cómo uno a uno los niños salían por la misma puerta por la que habían entrado. Algunos padres comenzaron a acercarse y abrazaban a sus hijos en cuanto los veían. Regina pensó en ellos, ¿quiénes serían en el otro mundo? Seguramente aldeanos, campesinos u obreros. De pronto, distinguió el rostro de Henry, quien salía acompañado de dos niños con una sonrisa feliz. Regina sonrió al verlo así, caminando hacia ella, animado y contento. Aquel primer día había valido la pena.
…
Regina escuchó el galope de los caballos y el sonido de las ruedas del carruaje, Cora la condujo de la mano hasta el recibidor. Las doncellas ya le habían cambiado el vestido de satín rosa por uno de terciopelo rojizo, más apropiado para la ocasión.
El rey Xavier entró en la casa señorial, donde su hijo, el príncipe Henry, lo esperaba con una reverencia.
—Bienvenido, padre —saludó Henry con una sonrisa.
—Gracias, hijo —respondió el rey, quien se notaba avejentado.
—Su majestad —saludó Cora, haciendo una reverencia e indicándole a Regina con la mirada que debía hacerlo también.
La niña obedeció y se inclinó con fascinación ante su abuelo. Éste sonrió complacido y se dirigió a su nieta con un gesto gentil.
—Hay que ver cuánto has crecido, Regina —sonrió el rey, acariciando la mejilla de la niña, quien sonrió con el gesto—. Te estás convirtiendo en una princesa muy bella.
No sólo Regina sonrió contenta, también lo hizo Cora. Que el rey se dirigiera así a su nieta indicaba muchas cosas a su favor. Quizá él también creía en la posibilidad de que Regina fuese la segunda en su línea de sucesión.
Fueron al gran salón mientras bebían té y esperaban a que la cena estuviese lista. Regina se sentó en uno de los sillones al lado de su madre, con las manitas cruzadas, un poco nerviosa. El rey era imponente y hablaba con voz áspera. Regina imaginó a su padre siendo un rey y no podía pensar en él igual que en su abuelo. Su padre no provocaba miedo y, contrario a su abuelo, no tenía la voz grave.
El rey Xavier y su hijo conversaron unos minutos sobre anécdotas de batalla que les parecían divertidas —al menos a uno de ellos—, reían complacidos. Cora estaba orgullosa, todo en su casa lucía impecable y el rey se notaba contento.
—Es un honor tenerte esta noche con nosotros, padre —dijo el príncipe Henry, animado.
—Me da gusto ver que mi hijo por fin tiene todo lo que quise para él —sonrió el rey, terminando su taza de té—: una hermosa esposa y una amada hija.
Cora sonrió y miró de reojo a Regina, quien sostenía la cucharita de su taza de té y la lamía para quitarle lo último del azúcar. Cora reprobó a su hija con la mirada y ésta dejó la cucharita inmediatamente.
Luego de unos minutos más pasaron al gran comedor, donde se sirvieron los manjares más suculentos y el mejor vino de la región. Cora quería demostrarle al rey que ella podría ser una auténtica noble y que portaba el título con verdadero honor.
La cena transcurría con normalidad. Regina intentaba cortar el carnero con los cubiertos y de vez en cuando su madre le reprendía con la mirada por hacerlo mal.
—He recibido noticias del duque Alejandro de Avalón, mi primo hermano —comenzó a decir el rey de pronto hacia su hijo—. Manda saludos para ti y la familia.
—Esa sí que es una sorpresa, hacía mucho que no sabíamos nada de él —dijo Henry sorprendido.
—Así es, pero recientemente se ha casado con una condesa y han hermanado reinos —respondió el rey—. Su misiva es el motivo de mi visita, Henry.
Cora levantó la vista, atenta y dejó de comer. El rey también había dejado los cubiertos y se limpiaba las comisuras de la boca con la servilleta. El príncipe Henry miraba a su padre con mucha atención.
—Quería esperar hasta después de la cena para decírtelo, hijo, pero creo que es mejor ahora —carraspeó el rey, posó los codos sobre la mesa lo cual no pasó desapercibido por Regina, quien sabía perfectamente que aquello era una falta de educación según lo que había dicho su madre.
—Cora, quizá debas llevarte a la niña… —comenzó a decir el príncipe Henry, con seriedad.
—No será necesario, es mejor que ellas escuchen también —dijo el rey, con las manos entrecruzadas, hizo una pausa y luego suspiró—. Henry, voy a abdicar. Seguramente ya has oído rumores antes, en la corte están deseosos de que finalmente lo haga.
—Padre…
—Déjame continuar —el rey se notaba cansado—. No soy el mismo. Esas guerras se llevaron lo mejor de mí. Ya no puedo seguir administrando el feudo y tampoco tengo fuerzas para crear alianzas. Las noticias del duque de Avalón han sido oportunas. Él va en camino a convertirse en un señor feudal. Comprenderás que ahora sus tierras valen mucho más al haberse casado con una noble. He decidido que él será mi sucesor.
La sangre de Cora hirvió desde lo más profundo de su ser. Henry escuchaba a su padre sin poder mover un músculo de la cara. El rey no tenía intenciones de ceder el reino a su propio hijo y aquello no sólo era inesperado, también era vergonzoso.
—Henry, nos hemos quedado sin muchas pertenencias, tenemos sólo los títulos nobiliarios. El reino pronto quedará en la miseria y es mi deber rescatarlo. El duque podría ser un mejor rey, sabe administrar muy bien las riquezas y…
—¡Usted no puede hacer eso! —exclamó Cora levantándose de su silla con arrebato, tenía las mejillas enrojecidas y la mirada cristalizada—. ¡Henry es su hijo! ¡Yo le ayudé a enriquecerse cuando estuvo a punto de perderlo todo!
—Cora… —musitó Henry, nervioso.
—Eso no es suficiente, chiquilla tonta —respondió el rey con el ceño plegado, Regina sintió mucho miedo—. La riqueza no es suficiente, también hay que hacer alianzas, tratos, acuerdos entre la nobleza... ¡Pero qué te digo! Si tú sólo eres la hija de un molinero.
Cora comenzó a llorar de rabia. Miró al rey con profundo resentimiento. Henry permanecía cabizbajo.
—Las riquezas que ha malgastado, lo que ha comido y lo que se ha bebido en los últimos años ha sido gracias a nosotros… Gracias a mí. Yo no convertí esa paja en oro para nada —espetó Cora con los dientes apretados.
—Claro que no —sonrió el rey con ironía—. Fue nada menos ni nada más que para casarte con un príncipe y dejar tu miserable vida en el molino. Pero este es el destino, muchacha. La realeza no se hace, se nace.
Cora no podía más con aquello. Sujetaba el cuchillo con el que había estado cortando el carnero con aprensión. El rey se levantó de la silla dirigiendo una última mirada despreciativa a Cora. Henry también se levantó de la silla, sin articular palabra.
—Ahora, hijo mío, tienes la libertad de hacer una última elección: puedes quedarte con la riqueza que esta mujer tanto reclama y volverte un don nadie burgués o tomar el título nobiliario que te corresponderá, con dignidad, y salir del juego.
El rey dio unas palmaditas en el hombro de su hijo y salió de la habitación, dejando a Henry tan frío como un pedazo de hielo. Cora se fue hacia sus aposentos, encolerizada.
Regina no había comprendido nada. Miraba a su padre de soslayo, con un gesto de preocupación. El príncipe Henry lo notó, le devolvió la mirada y se acercó a ella. La cargó y la sostuvo cariñosamente entre sus brazos.
—¿Ya no serás rey, papi? —preguntó Regina, dubitativa.
—No, cariño —respondió Henry con claridad—. No sería uno bueno, al parecer.
—Yo no creo eso —respondió Regina, abrazándolo.
—Apuesto a que tú serías una mejor reina que yo.
Continuará...
