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Los hilos de oro

Henry había tenido uno de los mejores días de su corta vida. La señorita Blanchard había sido muy buena con él, logró plantar una semilla de frijol con dos de sus compañeros para un proyecto de la clase y parecía que tenía amigos. El pequeño contaba a su madre lo fabulosa que le parecía la escuela. Regina se sintió aliviada por una parte, pero por otra algo en su interior le hacía recordar las palabras de Gold: "es el momento más difícil para una madre".

—¡Mamá, me compraste dulces! —exclamó Henry sorprendido abriendo la bolsa que Regina había conseguido en la droguería.

—No sólo eso —respondió su madre, esbozando una sonrisa mientras manejaba a casa.

—¡Historietas! —volvió a exclamar Henry, incrédulo—. ¡Este es el mejor día!

Regina sonrió y acarició el cabello de su hijo mientras intentaba sacarse de la cabeza las ideas de Gold.

—¿Y cómo fue ella? —preguntó Regina, deteniéndose en el semáforo en rojo.

—¿Quién? —preguntó Henry, hojeando la historieta al azar.

—Tu maestra.

—¡Oh, la señorita Blanchard! —sonrió Henry entusiasmado—. Es la mejor, mamá. Nos enseñó a dibujar unas aves también.

Regina miró de reojo a Henry y luego se dio cuenta de que el semáforo ya había cambiado a verde. Volvió a la marcha.

—Al parecer te ha gustado —siguió Regina, su semblante amigable había cambiado repentinamente.

—Sí, es muy buena.

Regina contuvo el impulso de decirle a Henry que le prohibía tener sentimientos amistosos por Mary Margaret. ¿Cómo le podría impedir que le agradara su maestra?

—Mamá, ¿puedo comer un chocolate?

—Después de la cena, cariño.

Luego de la visita del rey, en la casa señorial, las cosas ya no podían ser iguales. Parecía que Cora se dedicaba única y exclusivamente a perseguir a Henry todo el tiempo. Había cambiado de objetivo, ahora era su esposo a quien hostigaba día y noche. Gracias a esto, Regina pudo sentirse un poquito más libre, incluso jugó en los jardines sin que su madre se enterara. Sin embargo, no le gustaba cómo estaba todo en casa. Las doncellas murmuraban entre sí, los criados estaban enterados ya de que el reino se quedaba sin sufragio. Así que los deseos de que el rey abdicara pronto comenzaron a intensificarse.

El príncipe Henry había pasado los peores días de su vida. Se le notaba callado y taciturno. No sólo se sentía presionado por tomar una decisión, sino que también tenía que escuchar las exigencias de su esposa, quien se encargaba de recordarle una y otra vez que parte de la riqueza del reino le pertenecía.

Regina podía reconocer que su padre se encontraba preocupado y triste, tenía la mirada apagada y estaba mucho más delgado que antes. Hacía días que no la llevaba de paseo con los caballos ni le contaba cuentos.

Cora estaba muy impaciente. Se le veía andando de un lado a otro por toda la casa, con el humor peor que nunca, dando órdenes, gritando y regañando a los vasallos.

Una mañana, Regina recolectó unas flores mientras jugaba libre cerca de las caballerizas. Arrancaba los hierbajos y luego los ponía en una canasta. De pronto se dio cuenta de que tenía entre sus manos un trébol de cuatro hojas. Había escuchado en las historias que le contaba su padre que aquello era de buena suerte. Tomó el trébol con sumo cuidado y se dirigió al interior de la casa con paso apresurado.

Cora y Henry discutían en el salón. Los días pasaban y el rey pronto querría una respuesta. El príncipe sabía que tenía que tomar una decisión, pero Cora insistía en que no debía elegir nada, lo que tenía que hacer era exigir su corona. Henry estaba recargado sobre la chimenea, con un gesto de impaciencia.

—Tú eres el heredero, Henry. Él no nos puede hacer esto —decía Cora con lágrimas en los ojos.

—Cora, debes entender: no hay una tercera opción. Nos guste o no, mi padre sigue siendo el rey.

—¡No puede dejarnos en la miseria!

—¡¿Qué es más importante para ti?! —exclamó Henry cansado incluso de la voz de Cora—. ¿Quieres conservar el título y quedar en la pobreza?, ¿o prefieres que nos hagamos ricos y seamos nadie? ¡No hay nada más que hacer, Cora!

—Sí, sí la hay —respondió Cora, con los labios trémulos—. Ya lo hice una vez y lo haré otra vez.

Henry no comprendió las palabras de su mujer. Ésta salió de la habitación rápidamente. El príncipe se dejó caer en uno de los sillones cubriéndose la cara con ambas manos. Cuando abrió los ojos se encontró con la mirada atenta de Regina.

—¿Qué haces aquí, hija? —preguntó Henry temeroso de que la niña hubiese presenciado la pelea.

—Para la buena suerte —sonrió la pequeña extendiéndole el trébol de cuatro hojas a su padre.

Desde que Henry tenía uso de razón, su madre preparaba las mejores tartas de manzanas del mundo. Era la mejor en la cocina. De hecho, el olor del postre recién horneado lo hizo salir de su habitación a hurtadillas. Había prometido que se quedaría ahí un rato mientras Regina atendía unos asuntos importantes en su oficina.

—¿Henry?

Henry saltó sorprendido justo en el momento en que uno de sus pequeños dedos traviesos se hundía en la jalea de la tarta que reposaba en la barra de la cocina. Su madre le dirigía una de esas miradas que solía hacer cuando estaba molesta y que a él lo atemorizaban un poco.

—Yo… sólo quería probar —respondió el niño con inocencia, de rodillas sobre la barra de la cocina.

—En primer lugar, vas a lastimarte —regañó Regina, tomándolo por la cintura y bajándolo de la barra—. Y en segundo lugar, sabes que no puedes probar postre hasta después de la cena.

—Pero…

—Henry —dijo Regina dirigiéndole una mirada severa.

—Sí, está bien, mamá —respondió el niño con un poco de decepción.

—¿No deberías estar en tu habitación? —preguntó Regina, alejando la tarta de manzana de la barra.

—Me aburría.

—Sabes que si te pido que te quedes en tu habitación ahí debes de estar y…

—Jum… Regina…

La voz de Graham, el sheriff, interrumpió a la alcaldesa. Ésta, nerviosa, lo miró de soslayo.

—Ah, sí, Graham. Te llamo luego —dijo Regina, apresurada.

—Adiós, Henry —se despidió Graham, acercándose al niño y chocando la mano con él.

—Mamá, ¿por qué Graham no se queda a cenar?

Aquella noche Cora no fue personalmente a acostar a Regina. Ésta se decepcionó un poco cuando su padre tampoco lo hizo. Lo que sucedía en su familia la inquietaba un poco, pese a que sólo tenía tres años podía darse cuenta de las cosas.

Regina se quedó agazapada entre las mantas, la oscuridad la atemorizaba un poco y la vela que una de las doncellas había encendido comenzaba ya a consumirse. Regina pensó que si salía al pasillo podría tomar alguna de repuesto. Se levantó de la cama y abrió la puerta de su habitación con sigilo. Cuando estuvo en el pasillo escuchó el sonido del crujir de las maderas. Giró hacia todos lados y finalmente identificó que el ruido provenía de la torre próxima que ascendía por las escaleras. Con curiosidad, Regina siguió el camino, se olvidó de la vela y comenzó a subir los peldaños.

El sonido se hacía cada vez más fuerte. Regina se detuvo delante de la puerta de la única pieza de la torre. Aquel lugar estaba prohibido, su madre había indicado más de una vez que no debía acercarse ahí por ningún motivo. Sin embargo, el sonido envolvente del crujir de la madera la atrajo por inercia.

La puerta tenía unos orificios por los cuales los ojitos de Regina alcanzaban a distinguir perfectamente qué había en el interior: Cora estaba sentada frente a una rueca, la cual hacía aquel sonido tan atrayente, hilando lo que parecía ser paja, pues había virutas esparcidas por todo el suelo.

Cora hilaba con ahínco, sin darse descanso. Tomaba los filamentos de paja y giraba la rueca con velocidad. En su rostro había rabia, tenía los ojos enrojecidos y los labios pálidos. Rechazaba la idea de ser miserable de nuevo, no volvería a tener esa vida, todo lo que debía hacer era darle vuelta a la rueca.

Regina miró con asombro cuando uno de los filamentos que su madre había metido en la rueca se convirtió en un fino y resplandeciente hilo de oro. Pensó que sus ojos la engañaban, ¿qué hacía hilando a medianoche?, ¿acaso ese no era trabajo de campesinos?

Cora sonrió satisfecha cuando consiguió sacar el oro de la rueca. La magia estaba a su favor, de nuevo.

—¿Y qué tal tu nueva escuela, Henry? —preguntó Graham probando un bocado de la deliciosa lasaña que Regina había preparado para esa noche.

—¡Me gusta! —exclamó Henry con la boca llena de salsa de tomate.

—Henry, mastica tu bocado —indicó Regina, ensimismada en su propio platillo.

—Planté un frijol —siguió Henry, hizo caso a su madre y masticó haciendo muchas muecas en el proceso.

—¿De veras? Suena como un muy buen primer día —sonrió Graham.

—¡Sí! La señorita Blanchard nos dijo que en dos semanas veremos resultados —siguió Henry.

—¿Serán frijoles mágicos? —preguntó Graham, divertido.

Henry sonrió sin saber de qué hablaba el sheriff, Regina casi se atragantó con el bocado de lasaña y levantó la mirada. Graham bromeaba, sólo bromeaba.

—La señorita Blanchard también dice que aprenderemos a construir refugios para aves —siguió Henry, entusiasmado.

—Vaya, la señorita Blanchard parece saber demasiadas cosas —dijo Graham.

—Sí, como las súper heroínas de las historietas —dijo Henry señalando con un dedito al aire.

—La lasaña va a enfriarse si toda la noche hablan de la señorita Blanchard —intervino Regina de mala gana.

Henry reconoció la mirada molesta de su madre y obedeció. Graham sabía muy bien cuando Regina estaba celosa, siguió comiendo sin entender muy bien por qué a la alcaldesa le molestaba tanto una simple maestra de pueblo.

La seguridad en el castillo del rey fue doblemente reforzada. Ahora que estaba a punto de dejar la corona, el monarca sólo quería privacidad y la mayor de las discreciones. Sin embargo, una mañana un soldado anunció que su majestad tenía visita.

—Ordené que nadie entrara al castillo —respondió el rey molesto.

—Es la princesa Cora, alteza —siguió el soldado, nervioso.

El rey levantó la vista, ¿no había quedado nada claro para esa chiquilla plebeya? Aceptó que fuese recibida sólo porque quería despacharla de una vez por todas.

Cora atravesó el umbral del castillo. El rey estaba sentado en el trono, llevaba la barba de varios días mal cuidada y vestía una túnica de algodón sin muchos ornamentos. La cálida luz del verano entraba por los vitrales, afuera hacía un precioso día.

—Su majestad —saludó Cora con una reverencia.

—Cora, ¿acaso has perdido el sentido de la dignidad?

Cora había tomado la decisión de no dejarse llevar más por la ira. Se limitó a esbozar una sonrisa fría y resentida.

—Porque la tengo, su alteza, estoy aquí —respondió la mujer con un dejo de satisfacción.

—¿Qué es lo que quieres ahora? —preguntó el rey casi desafiante.

—He venido a entregarle un obsequio —siguió Cora, jactanciosa, hizo una seña a uno de los guardia y enseguida la puerta volvió a abrirse y por ella entraron más guardias que llevaban una docena de carretas repletas de hilos dorados.

El rey se quedó boquiabierto, se levantó lentamente del trono y se acercó con cautela para asegurarse de que aquel hilo era verdaderamente oro.

—Lo has vuelto a hacer —musitó el rey mientras sostenía un hilo con las manos.

—Y puedo hacer más, su majestad —siguió Cora, mirando al rey con suma soberbia—. Si usted así lo desea.

El rey parecía absorto. Le costó salir de sus pensamientos y finalmente dirigió una mirada a su nuera, quien sonreía con orgullo.

—¿Acaso estás comprando mi corona? —preguntó inquisitoriamente el rey.

—Si así quiere llamarlo —respondió Cora con indiferencia—. Mi propuesta es clara: usted toma el oro, yo puedo hilar más, usted cede la corona a Henry y nosotros podemos recuperar el reino.

La voz de Cora sonó firme y segura, como todo lo que decía. El rey se quedó pensativo, se paseó delante de las carretas llenas de oro. Luego se detuvo y sonrió mirando hacia el techo del castillo.

—La riqueza se parece tanto a la juventud, Cora —dijo el rey, casi ensimismado—. A los plebeyos no les importa si su rey es viejo o pobre, lo que les importa es que siga siendo un noble. La sangre es el poder, es el orden, así ha sido y así será siempre.

—Eso no parecía ser importante cuando yo hilé riquezas para usted y el reino la primera vez —respondió Cora a la defensiva.

—Problemas desesperados requieren soluciones desesperadas —respondió el rey, con sorna—. He de suponer que Henry no sabe que estás aquí.

—Mi marido no puede resolver este tipo de cosas.

—Por supuesto que no. Eso lo sé bien. Sin embargo, quizá debiste preguntarle en la noche de bodas si él estaba seguro de que sería rey algún día —el rey se paseaba con los brazos entrecruzados detrás de la espalda—. El problema, querida, no es que Henry herede la corona y gobierne mal, el problema es que quien llevará la verdadera monarquía en su cabeza serás tú. Como verás, no puedo permitir que alguien de tu clase reine sobre mi legado.

—¿El rey tiene miedo del pueblo? —preguntó Cora con sorna.

—No, pero de las brujas sí.

El rey comenzó a lanzar las carretas llenas de hilos, esparciendo el oro por todas partes con un sonido estruendoso.

—¡Eres una bruja! ¡Una hechicera maldita! —exclamaba el rey encolerizado volcando los hilos de oro—. La corte lo decía todo el tiempo, desde que hilaste delante de todos… Yo tomé ese oro y nos hice ricos de nuevo pero de nada sirvió. ¡Tu oro está maldito! Después de eso no he hecho otra cosa más que envejecer y debilitarme. ¡Eres una hereje, Cora! ¿Tú crees que la corona puede ser tuya? Tienes mucha suerte de que yo aún no te he enviado a la hoguera.

Cora, erguida, sostenía la mirada furiosa del rey sin decir una sola palabra. En cuanto éste dejó de vociferar y escupir saliva, la mujer lanzó una nube púrpura que hizo desaparecer los hilos de oro esparcidos por el suelo.

—La moral de la nobleza es muy curiosa, alteza. Usted me ha despreciado y humillado, sin embargo no resistió la tentación de tocar mi oro. Todo tiene un precio, su majestad.

Cora dio media vuelta y salió de la pieza. El rey la miró irse sin entender lo que ella había dicho. No se dio cuenta que en sus dedos comenzaba a formarse una mancha rojiza, el principio de la maldición que terminaría con su vida luego de una dolorosa agonía.

Continuará...