5
El latido de su corazón

El labio de Regina sanó en unos días gracias a los cuidados de las doncellas y su padre. Sin embargo, la cicatriz permaneció. Habría de tenerla toda su vida. La confianza y admiración que Regina tenía por su madre a una edad temprana quedó herida también. Cora no había hecho mucho para disculparse, eligió el silencio. Los días que siguieron al incidente se quedó en su habitación. El príncipe Henry prefería que las cosas fueran así, no estaba seguro de soportar la presencia de su mujer después de lo sucedido. Cora hirió a Regina, la persona que más amaba en el mundo, y no podía perdonárselo. Hubiese ordenado montar una guardia real de haber sido necesario para mantenerla alejada de su propia hija. No podía explicarse cómo es que una madre no podía mostrar un poco de ternura hacia una criatura inocente.

Regina se sintió aliviada de estar separada de su madre por unos días. Sin embargo, seguía sin entender lo que estaba pasando en su propia casa. Su padre la trataba con dulzura, era tan bueno y cariñoso como siempre, pero se notaba triste. Regina creía que era por lo que había sucedido entre ella y su madre. Quería enmendarlo pero no sabía cómo.

Cora, encerrada en su alcoba, miraba por la ventana: afuera su hija jugaba con un listón. La niña parecía muy solitaria pero se entretenía dando de vueltas con la cinta enredada en sus brazos.

—Sabes, querida, eres lo que se dice… una madre descorazonada.

Una voz conocida atrajo la atención de Cora. Rumpelstiltskin sonreía sentado en una de las sillas, con las piernas cruzadas. Cora parpadeó muy rápido, creía que sus ojos la engañaban, habían pasado casi cuatro años desde la última vez que se vieron.

—Mira que hacerle eso a una pequeña niña… Francamente se necesita no tener sentimientos. Pero supongo que sabes de qué hablo, ¿verdad?

Cora se levantó lentamente y se acercó a Rumpelstilskin con una sonrisa cínica en los labios.

—¿A qué debo la visita de El Oscuro en mi casa? O, mejor dicho, ¿en mis aposentos?

Rumpelstilskin sonrió divertido, se levantó de la silla con un brinco y comenzó a pasearse por la habitación. Cora se quedó de pie, a suficiente distancia de él.

—La verdad, querida, estaba un poco aburrido y pensé que sería buena idea visitar a una vieja amiga.

—¿Ah, sí? —preguntó Cora interesada—. Todo este tiempo supuse que estabas enojado conmigo.

—Un poquito —dijo El Oscuro haciendo un gesto con los dedos—. Pero me he dado cuenta que herir a los demás es algo muy tuyo, ya no siento que haya sido personal.

—Lo que sucedió con mi hija no es de tu incumbencia, Rumpel —dijo Cora con la voz enfadada—. Yo sé qué es lo mejor para ella.

—Ah, sí, sí —asintió Rumpelstilskin distraídamente mientras abría unos cofres de madera que estaban de adorno en el tocador de Cora—. Imagino que quieres verla triunfar en este mundo injusto y malvado.

—Es lo que toda madre quiere, pero tú qué has de saber —dijo Cora, indiferente.

De pronto, la mano de Rumpelstilskin apretó con fuerza el rostro de Cora. Ésta lo miró sorprendida y a la vez temerosa.

—Sé más de lo que crees, querida —sonrió Rumpelstilskin soltándola bruscamente.

Cora recordó que El Oscuro tenía un hijo que estaba perdido. Se frotó las mejillas, muy molesta y miró al hechicero con desprecio.

—¿Qué es lo que quieres? Supongo que no has venido a darme consejos sobre paternidad, ¿o sí? —preguntó Cora, desafiante.

—Los rumores corren y sé de buena fuente que te has quedado… ¿cómo le dicen? ¡Ah, sí! Pobre —sonrió Rumpelstilskin divertido—. Y también he sabido, de lo que he escuchado por ahí, que has estado utilizando magia. Magia oscura, por supuesto. Magia que yo te enseñé.

—Pareces muy al tanto de mi vida.

—Más de lo que te imaginas.

—¿Te molesta que practique lo que me enseñaste?

—No, en lo absoluto. Soy un ser bastante generoso, ¿sabes? Sólo quería asegurarme de que todo estuviese bien en tu vida, tomando en cuenta el hecho de que lo único que te queda es esta casa, el título de condesa y un par de gallinas.

—No te necesito —dijo Cora con desprecio.

—Oh, bueno, yo creo que sí —sonrió Rumpelstiltskin con una sonrisa complacida—. Me has llamado con el pensamiento. ¿No te parece romántico?

Cora se quedó fría, aquello era cierto. Desde que comenzaron los problemas con el rey ella había deseado ver de nuevo a Rumpelstiltskin, pero no contaba con que aquello podría suceder.

—Parece que entre tú y yo sigue habiendo algo después de todo, ¿no? —dijo Cora esbozando una sonrisa.

—Creo que eso es lo que tú quieres, querida —sonrió Rumpelstiltskin—. Pero dime, ¿para qué me has llamado?

—Necesito poder, Rumpel —dijo Cora aproximándose a él con arrebato—. Necesito tener todas las herramientas necesarias para salvar a mi familia.

—Querrás decir, para salvarte. La verdad es que lo que hizo el flamante estúpido de tu marido no fue tan malo. ¿No te gusta la vida en el campo?

—Rumpel, por favor, no puedo con esto. Necesito hacer tratos con gente poderosa, pero para eso necesito que me escuchen.

—Querida, no necesitas mi ayuda. Eres una persona manipuladora por naturaleza, ¿qué más podría hacer yo?

—Quiero que la magia haga eso por mí.

—¿Pretendes que otros te obedezcan a través de magia?

—¿Puedes hacerlo Rumpel?

—Mmm…

Rumpelstiltskin alzó una mano, chasqueó los dedos y una luz violeta rodeó a Cora. Ésta se miró las manos y vio cómo resplandecían. Sonrió satisfecha.

—Nunca me fallas, Rumpel.

—Pero elegiste al tonto príncipe heredero, qué pena —dijo El Oscuro encogiéndose de hombros—. Aunque, debo decir que tienes una hija muy hermosa, como tú.

Rumpelstilskin se acercó a la ventana donde Cora había estado observando a Regina jugar. La niña seguía entretenida danzando con el listón por el jardín.

—Temo que su padre la ha malcriado demasiado —dijo Cora, despectivamente.

—Bueno, es sólo una niña por ahora, querida. Pero puedes estar segura de que tu hija hará cosas grandiosas. Te sentirás muy orgullosa en el futuro.

—¿Qué? —preguntó Cora, perpleja—. ¿Cómo lo sabes?

—Secretos de un hechicero —El Oscuro guiñó un ojo—. Es una lástima que le hayas partido el corazón de esa forma.

—Debía darle una elección —dijo Cora, con firmeza.

—Ah, sí, claro. ¿Sabes? Esa no será la primera ni la peor cicatriz que le dejarás en su vida.

Cora miró a Regina jugando, ajena a todo eso. De pronto, las manos de Rumpelstiltskin se posaron en sus hombros, deslizándose poco a poco por sus brazos.

—Ahora, querida, sabes que toda magia tiene su precio.

A la mañana siguiente, Regina jugaba a saltar los peldaños de la escalera, uno a uno con un pie. Se detuvo en seco cuando la sombra de su madre se proyectó en la superficie de los muros. Regina alzó la mirada y vio a Cora sonriéndole desde arriba de la escalera.

—Buenos días, cariño —saludó Cora, acercándose a ella.

—Buenos días, madre —respondió Regina, nerviosa, retrocediendo con temor.

—¿Qué te parece si damos un paseo hoy?

—¿Un paseo?

—Sí, querida. Sólo tú y yo.

Cora ofreció su mano a Regina, ésta la tomó vacilante. Tenía mucho miedo. Su labio todavía dolía y recordaba el sabor amargo de la sangre que se había regado por su boca.

Madre e hija salieron de la casa y caminaron por el campo. Regina tenía el corazón acelerado y buscaba desesperadamente con la mirada a su padre. Cora se detuvo de pronto, miró a su hija y esbozó una sonrisa, luego pasó su mano por el rostro de la pequeña, quien se estremeció con el contacto.

—Regina, cariño, sabes que yo no quise hacer esto, ¿verdad? Estaba muy preocupada. Tu padre tomó decisiones precipitadas que nos han afectado, ¿entiendes?

Regina asintió con temor.

—Pero no volverá a pasar. Sólo debemos hacer nuestro máximo esfuerzo para que las cosas salgan bien. ¿Amas a tu padre?

—Sí, madre —dijo Regina con los ojos húmedos.

—Entonces, por él debes hacer todo lo que yo te diga. Vamos a recuperar lo que era nuestro.

—Sí… sí, madre.

—Qué bueno que lo entiendes, mi niña. ¿Sabes? Cuando crezcas no sólo serás una hermosa mujer, también tendrás todas las cosas que quiero para ti. ¡Oh, Regina, tú podrías serlo todo!

Cora abrazó a Regina de repente. La niña no esperaba aquello, pero correspondió al abrazo. Muy emocionada comenzó a llorar.

—¿Cómo qué, madre? —preguntó Regina, hundiendo su rostro en el pecho de su madre.

—Como una reina, querida.

Algunos días después, llegó el anuncio: el rey Xavier había muerto. El príncipe Henry no podía creer lo que el mensajero decía. Su alteza murió atacado por unas manchas rojizas que le comieron la piel de la noche a la mañana. Cora consoló a Regina una vez que le dio la noticia. La niña se recostó sobre el pecho de su madre y se sintió un poco extrañada de que no escuchó nunca el latido de su corazón.

La tormenta caía sobre Storybrooke con fuerza. Regina daba de vueltas en la cama sin poder dormir. Estaba segura de que se había ido la luz eléctrica. De cualquier forma, en su habitación todo era oscuridad. En ella misma sólo había oscuridad. Los ojos le ardían de tanto llorar, pero aun así no conciliaba el sueño.

De pronto, la perilla de la puerta se giró. Regina escuchó el sonido y reconoció las pisadas sigilosas y pausadas que entraban en la habitación.

—Mami, ¿estás dormida?

La voz de Henry se escuchaba cortada, Regina reconoció que había estado llorando. Recordó lo mucho que lo asustaban las tormentas.

—No, cariño, ¿qué haces aquí? Ya es medianoche —respondió Regina, incorporándose en la cama y encendiendo una vela que estaba en la mesita de noche.

Henry tenía el rostro cubierto de lágrimas, llevaba con él un caballo de felpa que Regina le había comprado cuando era un bebé y con el cual dormía siempre.

—Tengo miedo, mami.

—Ven acá —indicó Regina extendiendo sus brazos.

Henry subió a la cama de un brinco, se aproximó a su madre y se detuvo de pronto, como si recordara lo que había sucedido esa tarde. Regina lo miró con preocupación, sin embargo esperó a que fuese él quien se acercara a ella.

—No importa lo que pase, yo te protegeré, ¿de acuerdo? —dijo Regina, con una mirada sincera y dulce.

Henry se abrazó a ella de pronto. Regina apretó a su hijo contra sí, llorando un poco.

—Lo siento tanto, Henry. ¿Podrás perdonarme? —decía ella, sollozando.

—Sí, mami —respondió Henry, acurrucándose a su lado—. Yo tampoco quise gritarte eso. Tú eres mi mamá.

—Yo jamás te haría daño, nunca. Te amo, cariño.

—Yo también te amo, mami.

Regina acunó a Henry como cuando era un bebé, lo envolvió en la sábana y lo protegió con sus brazos toda la noche. Henry durmió a salvo, sintiéndose seguro escuchando el delicado latido del corazón de su madre.

El lunes siguiente Henry regresó a la escuela. Regina lo llevó hasta la entrada, como siempre. La señorita Blanchard la saludó con cordialidad. Regina respondió de la misma forma.

Continuará...