6
El precio de la magia
Pasaron cuatro primaveras más en la casa señorial. Regina, de siete años, ya dominaba muy bien el latín y el francés; montaba los corceles mansos del corral y también sabía escribir la caligrafía. Cora estaba orgullosa de su pequeña hija. La relación entre ellas se había restablecido gracias a Henry, quien funcionaba como mediador. Sin embargo, pese a lo sucedido, Cora continuaba siendo estricta y poco permisiva con Regina. Nunca más volvió a perder los estribos con ella, pero eso no significaba que fuese una madre cariñosa. Si llegaba a dedicarle alguna caricia en el cabello o en las mejillas era porque en verdad se esforzaba en aparentar que tenía un corazón. Quería lo mejor para su hija, pero no podía permitirse la debilidad de amar profundamente.
Una mañana, Regina despertó muy temprano por el sonido de caballos. Miró por su ventana con curiosidad y alcanzó a distinguir un carruaje, un carruaje real. Entusiasmada, salió de la cama, y salió corriendo de su alcoba aún con la ropa de dormir. Bajó las escaleras con cuidado, sigilosa, agazapándose entre los muros. Alcanzó a escuchar las voces de sus padres en el recibidor y la voz de un hombre más, luego unos pasos estruendosos y el sonido de los caballos de nuevo, lo que significaba que la guardia se marchaba.
Regina bajó las escaleras y se encontró con sus padres. Cora blandía un sobre con emoción y Henry sonreía como satisfecho.
—¿Mamá?, ¿papá?, ¿qué pasa? —preguntó Regina, con curiosidad.
—¡Regina! ¿Cómo has salido de la cama así? —replicó Cora en cuanto la vio, sin embargo transformó su reacción en unos segundos—. Bueno, no importa ahora. ¡Hemos recibido una invitación real!
—¿En serio?, ¿para qué? —preguntó Regina, sonriente también.
—Abramos el sobre —animó con entusiasmo Henry.
Cora sonrió con el mismo entusiasmo y rápidamente abrió el sobre color mármol que la guardia había llevado hasta su casa. Se trataba de una invitación que solía hacerse sólo entre nobles; que ese sobre estuviese ahí esa mañana significaba que aún eran considerados como parte de la realeza y que el título nobiliario era vigente pese a perder las propiedades. En cuanto Cora comenzó a leer su sonrisa fue transformándose en un gesto de perplejidad y luego de desprecio.
—¿Qué pasa, cariño? —preguntó Henry, extrañado.
—Por favor, mamá, ¿qué dice? —preguntó Regina también inquieta.
—El rey Leopold nos invita a su castillo mañana por la noche… Habrá una ceremonia de presentación, pues la reina Eva ha tenido una hija —dijo Cora, extendiendo la invitación a su esposo con indiferencia.
—Ah, vaya, esa es una buena noticia, ¿no? —dijo Henry, todavía extrañado.
—Eso parece —añadió Cora, sin emoción.
—¿Iremos, papi? —preguntó Regina a su padre, con emoción—. ¿Conoceremos el castillo del rey?
—No, no iremos —contestó Cora de inmediato.
—¿Qué?, ¿por qué? —replicó Regina, decepcionada.
—Cora, ¿qué pasa? ¿No era para ti importante esta invitación? Somos nobles todavía —dijo Henry, sorprendido por la reacción de su mujer.
—Y lo seremos siempre —dijo Cora, con firmeza—. Pero no tenemos porqué asistir a la ceremonia de un rey que ni siquiera es el nuestro. Además, te recuerdo que él no se mostró interesado en ayudarte a salvar el reino de tu padre, Henry. Fue tan indiferente como el resto de los otros.
—Cora, esta es la oportunidad que esperabas, no entiendo tu negación —dijo Henry con firmeza—. Pero si no quieres asistir, bien. No lo hagas. Pero Regina y yo iremos.
—¿En serio? —preguntó Regina con sorpresa, su padre no solía llevar la contraria a Cora tan fácilmente. Ésta parecía abrumada por algo que ni Henry ni Regina entendían—. Vamos, madre, será divertido.
Cora miró a su hija, no podía explicarle que ella no era bienvenida en ese reino. No entendía cómo había sido que la invitación llegó hasta ellos; pensó que seguramente el rey Leopold no tenía ni idea de quienes eran los nuevos condes de la granja.
—Está bien —accedió Cora, resignada.
Regina saltó de emoción.
—Pediré que arreglen el carruaje —dijo Henry también complacido.
…
Durante las semanas que siguieron, Henry fue a la escuela sin faltar un solo día. Regina se acostumbraba, poco a poco, a que su pequeño bebé comenzara a convertirse en un niño grande. Cada vez era más independiente y seguro de sí mismo lo cual la tranquilizaba.
El tiempo pasaba demasiado rápido cuando Regina veía a Henry crecer. A veces las dudas la acorralaban: ¿qué pasaría cuando se convirtiera en un adolescente? Entonces la maldición ya no podría ocultarse. Henry se daría cuenta. Quizá todo mundo se daría cuenta. Regina llegó a pensar en contárselo a Gold, después de todo había sido su mentor en la otra tierra, pero él tampoco recordaba nada. No podía aconsejarla en esta ocasión. Regina también pensó en Cora, en realidad pensaba en ella a menudo, sobre todo cuando se trataba de criar a Henry. ¿Qué diría su madre si ahora mismo la viera criando a un niño por sí misma? Por supuesto que el sueño de Cora no había sido que Regina tuviese un hijo adoptado y fuese una madre soltera. En el Bosque Encantado eso habría sido sumamente vergonzoso. Cora habría querido que Regina hubiese tenido un hijo del rey, un heredero de la corona. Pero por fortuna eso nunca ocurrió.
Una tarde, Regina llevó a Henry donde Granny's. Se sentaron en uno de los gabinetes cerca de la ventana, el lugar favorito del pequeño. Ambos ordenaron unas hamburguesas con papas y salsa de tomate. Estaban pasándola realmente bien. Regina cuidaba que Henry masticara apropiadamente, en lapsos cortos y pausados, le colocó una servilleta en el pecho para que no se ensuciara la ropa y cortó su hamburguesa en dos pedazos pues el niño, con sus pequeños deditos, no podía sujetarla completamente. La alcaldesa solía ser muy dura e inspiraba un poco de temor algunas veces, pero ahí sentada, al lado de su hijo, era una madre como cualquiera. La abuelita y Rubí intercambiaban miradas de vez en cuando, les gustaba ver así a Regina, fuera del papel político. Parecía que Henry en verdad la había transformado para bien.
—Mamá, ¿podrías llevarme mañana a la tienda? —preguntó Henry con restos de la salsa de tomate en la boca.
—¿Qué necesitas, cariño? —preguntó Regina, limpiando las manchas de su hijo con una servilleta.
—Graham dice que llegaron nuevas historietas de Batman —sonrió Henry entusiasmado.
—Mmm… entonces no hagamos esperar a Batman —dijo Regina, sonriente también.
La puerta de la cafetería se abrió y un par de niños entró por ella. Henry los miró furtivamente y luego se encogió en su asiento. Regina lo notó y miró hacia donde se encontraban los niños ordenando unas malteadas, lucían mucho mayores que su hijo.
—¿Qué pasa, corazón? —preguntó Regina a Henry.
—Ah, nada —respondió el pequeño, azorado.
—¿Los conoces? —preguntó Regina como si no ocurriese nada.
—Ah, sí —dijo Henry fingiendo indiferencia—. Están en mi clase.
—Ah, vaya… parece que no te agradan —dijo Regina arrugando la nariz.
—No es eso… es que… —los resplandecientes ojos de Henry miraron a su madre con un poco de temor— no son muy amables conmigo.
—¿Ah, sí? —preguntó Regina, arqueando la ceja—. Dime, ¿qué te han hecho?
Los niños reconocieron a Henry y observaron que estaba con su madre. Pidieron las malteadas para llevar y salieron inmediatamente de la cafetería. Henry esperó hasta que se fueron para decírselo a Regina.
—Me molestan un poco porque… porque tú siempre me llevas a la escuela y vas por mí… pero nunca han visto a mi papá.
Regina no supo qué decir. Separó un poco los labios pero nada salió de ella. Henry la veía con sus ojitos resplandecientes.
—¿Eso está mal, mami? Digo, lo de no tener papá.
Regina intentó buscar las palabras correctas, carraspeó un poco.
—Por supuesto que no, cariño —dijo Regina, entrelazando sus dedos—. Otros niños tampoco tienen a sus padres con ellos.
—Pero, ¿por qué no tengo un padre? Quiero decir, ¿por qué no te casaste?
—Henry, no todas las madres están casadas, ¿sabes? Algunas elegimos tener otro tipo de vida. Para mí lo eres tú. Tú eres el único hombre en mi vida y así será siempre.
La carita de Henry se iluminó con una sonrisa. Regina casi sintió que su corazón se quebraba. No entendía cómo es que alguien, cualquier persona, se atreviera a lastimar la inocencia de su pequeño.
—¿Algún día tuviste un novio, mamá? —preguntó Henry, con curiosidad, comiendo su hamburguesa.
—Sí, claro que sí —asintió Regina, con una sonrisa casi triste.
—¿De veras? —Henry parecía emocionado—. ¿Cómo se llamaba?, ¿quién era?
—Intenta no ahogarte, cariño —dijo Regina intentando encontrar la forma correcta de hablar con su hijo sobre su pasado—. Su nombre era Daniel y nos gustaba dar paseos en caballo juntos.
—Como en los cuentos —sonrió Henry resuelto.
—Sí, como en los cuentos.
—Mami, si algún día quieres, puedes tener otro novio. Para mí estará bien.
—Oh… es bueno saber eso —dijo Regina esbozando una sonrisa con las ocurrencias de su pequeño.
…
La nobleza del reino y de los reinos adyacentes se reunió para la ceremonia especial del rey Leopold y la reina Eva. Príncipes, duques, archiduques, condes, vizcondes y demás títulos nobiliarios desfilaron en sus carruajes por todo el sendero hasta llegar al castillo.
Regina, muy emocionada, miraba hacia todas partes: las mujeres lucían hermosos vestidos y joyas. Aquello era tan esplendoroso como su madre le había contado alguna vez. La misma Cora se había engalanado en un vestido rojo de satín que resaltaba su belleza. Henry, su padre, también portaba un traje blanco con insignias.
La ceremonia se llevaría a cabo en el salón principal del castillo, el cual estaba adornado con banderines y listones dorados y púrpuras. Regina contempló la magnificencia del castillo, se preguntó lo que sería vivir ahí, en un sitio tan grande que ni siquiera podría recorrerlo en un solo día.
Un grupo de trovadores con rabel, arpas y liras entonaban una danza al fondo del salón. Los nobles se saludaban y reían entre ellos, se podía presumir que desde hacía tiempo sólo había armonía entre los reinos.
—¡Príncipe Henry! —una voz se escuchó entre las muchas cabezas de la gente congregada.
Henry distinguió a uno de sus parientes lejanos, un primo que era archiduque de un pueblecito de pescadores.
—¡Norbert! —exclamó Henry abrazando a su primo—. ¡Qué gusto verte!
—¡Lo mismo digo, querido primo! —sonrió el joven archiduque—. Hace una decena de años que no te veía.
—Creo que sí, así es —asintió Henry—. Quiero presentarte a mi esposa, la condesa Cora y a mi hija, Regina.
—Encantada —sonrió Cora extendiendo una mano.
El archiduque besó la mano de Cora con amabilidad y luego dirigió una mirada a la niña que también había hecho una reverencia rápida.
—¡Oh, vaya! Sí que fueron muchos años, entonces. La última vez que tu padre y yo nos vimos, ambos todavía peleábamos con espadas de madera —rio el primo Norbert hacia la pequeña—. Regina, tienes un nombre muy especial, ¿sabías? Muy apropiado para una reina.
—Mi madre dice que algún día seré una —respondió Regina con los ojitos encandilados.
El archiduque soltó una risa divertida. Cora esbozó una sonrisa apresurada. Henry y su primo siguieron conversando animadamente unos minutos más, cuando de pronto las trompetas de la guardia se escucharon por todo el salón. De inmediato, los congregados guardaron silencio para recibir a los reyes, quienes entraban en ese momento por la puerta principal. El rey lucía una capa de terciopelo rojo y llevaba la corona ceremonial. La reina, por su parte, llevaba un vestido azul celeste y una capa blanca, en sus brazos cargaba a la pequeña que habrían de presentar esa misma noche.
Cora no pudo contener una mirada de desprecio en cuanto vio a Eva sonriendo orgullosamente. Por fortuna, el protocolo fue muy rápido. El rey agradeció la presencia de la corte en el castillo y se cantó la alabanza dedicada a la nueva princesa Snow White. Cora no podía creer el nombre tan cursi e irrelevante de la historia.
En cuanto las alabanzas terminaron, los trovadores volvieron a entonar la música para el baile. Muchos miembros de la corte comenzaron a danzar al ritmo. Cora observó que la reina se retiraba a sus aposentos llevando a la pequeña princesa consigo. El rey Leopold se quedó solitario en su trono, mirando regocijado la celebración que se hacía para su hija.
—Querido, ¿te importaría cuidar a Regina un momento? —preguntó Cora a Henry soltándose de su brazo—. He visto a la princesa Leonor y quiero saludarla.
—Claro que sí —Henry tomó la mano de Regina—. Me pregunto si esta hermosa señorita me concedería un baile esta noche.
Regina sonrió emocionada, hizo una breve reverencia y luego fue con su padre hacia el centro del salón donde los demás bailaban. Ella tenía una destreza y gracia natural, además Cora le había enseñado los pasos adecuados y los ritmos que había de seguir. Algunos nobles no pudieron evitar observar al antiguo príncipe, ahora conde, bailando con su pequeña hija.
Cora tuvo mucho cuidado de no ser vista por todos los asistentes, sobre todo por quienes eran íntimos del rey. Se acercó con sigilo y una vez que estuvo muy cerca del trono se quedó de pie, contoneando un abanico. Sabía que la guardia no la dejaría aproximarse más a Leopold, pero confió en que aquel gesto lo diría todo. Y funcionó: el rey dirigió una mirada curiosa hacia la mujer del vestido rojo que abanicaba su rostro. La reconoció de inmediato. El rey se levantó del trono y dio una instrucción a uno de los guardias. Éste se aproximó a Cora mientras el rey salía hacia uno de los jardines.
—El rey quiere conversar con usted en el traspatio —dijo el guardia a Cora.
Ésta sonrió satisfecha y salió por el mismo sitio que lo había hecho Leopold. El jardín estaba iluminado con antorchas, hacía una noche serena de otoño y el aire se sentía fresco. Cora se acercó a Leopold con parsimonia e hizo una reverencia cuando estuvo frente a él.
—Cora, tanto tiempo sin verte —saludó el rey, con un poco de nerviosismo.
—Lo sé, han sido muchos años —respondió Cora, lucía ya como toda una mujer.
—¿Qué es lo que haces aquí? —preguntó el rey, contrariado.
—Usted mismo nos ha invitado, su majestad —sonrió Cora complacida—. A mi esposo, el duque Henry, a nuestra hija y a mí.
Le tomó unos segundos a Leopold entender lo que Cora había dicho.
—Han pasado tantos años que la última vez que nos vimos usted era sólo el príncipe y yo una simple hija de molinero —siguió Cora, sonriendo con satisfacción—. La vida es muy curiosa, ¿no le parece?
—¿Te casaste con el príncipe Henry? —preguntó Leopold sorprendido.
—Sí, así fue. Desafortunadamente ya no tenemos el reino, pero tenemos algunas propiedades… ¡Ah! Y también una hermosa hija. La verdad, nuestra vida es maravillosa, no me puedo quejar —dijo Cora jactanciosa.
—Esto sí que es novedad para mí —dijo el rey, meditabundo—. Siempre me pregunté dónde estarías, es decir, luego de…
—De que su ahora esposa me deshonrara —agregó Cora sin vergüenza—. Una mujer que no debe nada, no teme a nada.
El rey apenas si podía decir algo. Estaba muy sorprendido y no podía ocultarlo.
—En fin, sólo quería felicitarlo personalmente, su majestad. Ha tenido una hija bellísima y su nombre es precioso.
—Gracias, Cora —respondió el rey saliendo de sus pensamientos—. Me alegra saber que tienes una vida perfecta, digna de ti —se acercó un poco a Cora con la mirada profunda—. Quisiera… quisiera pedirte disculpas por los malentendidos del pasado. Ahora que ha nacido mi hija y que el reino florece me parece que lo más conveniente es sanar viejos rencores. Espero que puedas perdonarnos.
—Oh, su majestad, nunca me sentí ofendida —sonrió Cora—. Como ya lo he dicho antes: siempre tuve la conciencia tranquila. Deseo que tenga sea muy feliz con su amada esposa e hija.
—Lo mismo deseo para ti, Cora. Espero que en un futuro nuestras familias puedan conocerse.
—Por fortuna, la vida es justa y seguramente nos volveremos a encontrar, su majestad.
Cora hizo una reverencia, el rey sonrió y la vio alejarse de vuelta al castillo. Se sintió satisfecho. Siempre había sentido un poco de remordimiento por cómo habían terminado las cosas con aquella mujer. Después de todo, quizá ella había dicho la verdad, quizá no le había robado; sin embargo, el malentendido dio oportunidad a que Eva se acercara a él y se convirtiera en su amada esposa.
Cora regresó al castillo, tenía lágrimas en los ojos. Estaba enfurecida. Caminaba frenéticamente cuando unos brazos la atrajeron hacia el centro del salón donde se danzaba. Cora miró confundida y un poco molesta hasta que reconoció el rostro escamoso de Rumpelstiltskin bajo la apariencia de un noble, parecía que nadie lo notaba.
—¿Quieres bailar, querida? —preguntó El Oscuro muy sonriente.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Cora, tomada por sorpresa.
—Yo también tengo un castillo, ¿sabes? Así que creo que puedo pavonearme como el resto de los demás. ¡Oh, no te preocupes! Sólo tú estás viendo mi real rostro. Los demás creen que soy el Barón De Donde Sea.
—Las proezas de la magia —sonrió Cora.
—Veo que te has reconciliado con el rey Leopold. Es bueno limar asperezas con viejos amores, ¿no crees?
—Yo nunca lo amé, lo sabes bien.
Rumpelstiltskin miró a Cora con satisfacción. Por supuesto que él lo sabía. Siguieron bailando con destreza.
—Es una hermosa niña, ¿no te parece? Quizá es la natural belleza de su madre, o quizá fue la magia…
Cora miró a Rumpelstiltskin con interés. ¿Había escuchado bien? Sonrió complacida.
—Así que los reyes necesitaron un poco de ayuda, ¿no? —dijo ella en tono burlón.
—Por supuesto, querida, ¿qué esperabas? El rey Leopold ya no se cose al primer hervor —rio Rumpelstiltskin satisfecho—. Una de las mozas me buscó una noche, la reina Eva quería desesperadamente un remedio para poder concebir. Y ahí lo tienes.
—¿Y cuál fue tu precio, Rumpel?
—Oh, no, estaría mal que lo contara —dijo Rumpelstiltskin—. Sería de mal gusto… Pero digamos que necesitaba algunos favores reales.
Cora desvió la mirada, en un lugar de la pista, el príncipe Henry seguía bailando con Regina. La niña sonreía encantada dejándose guiar por los pasos delicados y sutiles de su padre. Cora sintió rabia, esa misma rabia incontenible que la hacía una poderosa hechicera: ¿por qué Eva había podido tenerlo todo y ella no? Recordó las palabras del rey Leopold durante el protocolo de presentación de su hija: Eva era el pilar más importante del reino.
—Rumpel, tú puedes ver el futuro, ¿cierto? —preguntó Cora de pronto.
—Así es, querida.
—¿Dejarías que yo lo viera?
—Oh, no, no, no… —se apresuró a negar Rumpelstiltskin— el futuro no es algo con lo que la gente sabe lidiar. Sólo alguien como yo.
—Entonces, sólo dime una cosa: en ese futuro glorioso de Regina, ¿estaré yo para apreciarlo?
—No, querida. Ella prescindirá de ti.
Cora parpadeó rápidamente, seguía ensimismada viendo a Regina y a Henry bailando.
—Entonces, quiero hacer un trato más contigo.
—Siempre tengo oídos para ti —sonrió Rumpelstiltskin haciendo una reverencia.
—Quizá Regina hará todo lo posible para quererme fuera de su vida —dijo Cora, con frialdad— y tal vez lo logre. Así que quiero que cuando eso pase tú me des protección.
—¿Cómo? —Rumpelstiltskin, confundido, parpadeó muy rápido.
—Envíame a una tierra donde yo sea poderosa. Un lugar lo suficientemente lejos de mi hija, pero del que pueda salir cuando sea necesario.
—Querida, toda magia tiene su…
—Precio, lo sé. Yo ya he pagado demasiado.
Continuará...
