7
Un corazón solitario
El viernes por la mañana Regina llegó puntual a la cita. La señorita Blanchard había enviado una nota unos días antes con la intención de que se reunieran poco antes de comenzar las clases. Regina no entendía muy bien cuál era el motivo; en un inicio no pudo evitar molestarse por aquello —si Henry tenía problemas en la escuela seguramente se debía a la ineficiente profesora y sus inciertos métodos de enseñanza—, pero luego se preocupó, pues que su niño tuviese problemas escolares no era algo que esperaría.
Así que ahí estaba: sentada en una silla un tanto incómoda, en medio del vacío salón de clases, vestida con un lindo y sofisticado conjunto negro, botas largas y una chaqueta roja, con su abrumadora y oscura belleza. Esperaba impaciente, balanceando un pie sobre las piernas cruzadas, la señorita Blanchard parecía un poco nerviosa sentada frente a ella.
—Gracias por venir, señora alcaldesa —comenzó a decir Mary Margaret sin poder evitar un gesto de preocupación—. Creo que sabe que la he citado por Henry.
—Por supuesto que lo sé, señorita Blanchard —dijo Regina, con firmeza—. Y, para ser sincera, no puedo entender qué es lo que está mal con mi hijo. Según sus notas su desempeño es excelente.
—Lo es, por supuesto —asintió Mary Margaret apresurada—. Henry es el mejor promedio de su clase y uno de nuestros alumnos más notables. Sin embargo, he notado que últimamente se encuentra muy callado y solo. Ya no se relaciona tan fácilmente con otros niños y de pronto, a la hora del almuerzo, se sienta en un sitio apartado.
—Bueno, señorita Blanchard, eso quizá se deba a que un par de sus alumnos han estado hostigando a mi hijo sin que, aparentemente, usted se dé cuenta —dijo Regina con un dejo de enojo.
Mary Margaret frunció el ceño, no entendía muy bien lo que la alcaldesa decía. Sin embargo, sonaba muy lógico. Carraspeó un poco, nerviosa, y enfrentó la dura mirada de Regina quien esperaba explicaciones.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Mary Margaret con curiosidad.
—Henry me lo dijo hace algunos días —respondió Regina, aún molesta—. En un inicio pensé venir directamente con usted, señorita Blanchard, pero me hice la promesa de no intervenir en el desarrollo social de mi hijo. Sin embargo, su poca atención en este asunto me deja con algunas dudas.
—Oh, no, señora alcaldesa. Ruego que me disculpe, yo no sabía de este problema. Henry parece llevarse bien con todos. Nunca imaginé que…
—Quizá debería ser más perceptiva, señorita Blanchard —dijo Regina levantándose de la silla y tomando su bolso, lista para marcharse—. Ahora que sabe que el problema no es Henry, puede encargarse de ello.
—Sí, por supuesto —asintió Mary Margaret apresurada levantándose también—. Yo sé que no es de mi incumbencia, señora alcaldesa, pero… quizá también ayudaría un poco si su hijo tuviese otras distracciones. Sé que es un poco difícil al ser madre soltera, pero creo que a Henry le hace falta una figura paterna.
Regina se detuvo. No podía creer lo que Snow, Mary Margaret, decía. Aquello era más que un atrevimiento.
—Señorita Blanchard, he criado a Henry sola todo este tiempo y pienso seguir haciéndolo así. Los dos hemos estado perfectamente bien solos. Así que…
—No, señora alcaldesa, creo que me ha malinterpretado —se apuró a decir Mary Margaret un poco asustada—. Lo que estoy sugiriéndole es que Henry haga alguna actividad fuera de la escuela, quizá un deporte que lo haga sentirse más seguro de sí mismo.
Regina comprendió de inmediato, pero aunque las intenciones de Mary Margaret ahora no parecían malas, siguió con su gesto adusto y duro.
—¿Eso es todo, señorita Blanchard?
—Sí, señora alcaldesa… De los otros niños no se preocupe, yo me encargaré de ellos.
—Bien. Buen día.
Regina empujó la puertita del salón de clases y salió apresurada por el pasillo. Había días, como ése, en el que soportar a Snow era imposible. Por mucho que intentaba dejar el Bosque Encantado atrás y acostumbrarse a la nueva realidad, a veces no podía evitar mirarla como la recordaba: una princesa mimada, entrometida e impertinente. Regina caminó por el largo pasillo, sus tacones resonaban en el silencio de la escuela aún sin alumnos. Cuando salió del edificio miró a Henry que la esperaba en el patio de juegos, sentado, con las piernas cruzadas y los brazos recargados sobre ellas. Se notaba pensativo. De pronto, Regina reparó en dos niños que se aproximaban juntos hacia la escuela, eran los mismos que habían entrado aquella tarde en la cafetería, los hostigadores de su hijo. Uno de ellos comía una manzana.
—Yo que tú tendría cuidado con eso —dijo Regina, con sutileza, aproximándose a ellos—. He escuchado que por ahí abundan las manzanas envenenadas.
El niño se quedó perplejo, el otro, a su lado, tampoco fue capaz de decir nada. Ambos se miraron y echaron a correr dentro de la escuela, asustados.
Regina sonrió satisfactoriamente. Echó un vistazo a Henry, éste la miraba también, de hecho había visto la escena y había escuchado todo. Sonrió a su madre, mientras ésta le guiñaba un ojo antes de marcharse.
…
Una mañana, el otoño había llegado. Las hojas de los árboles estaban coloreadas de amarillo por completo, algunas yacían esparcidas por el jardín. En el establo una yegua estaba por parir. El conde Henry mandó a pedir ayuda a un pastor del pueblo que una de las vasallas recomendó. Desde la madrugada la yegua estaba en labor y cuando amaneció todavía no sucedía nada.
Regina se levantó muy temprano, mucho antes de que su madre la despertara. Estaba emocionada, había escuchado movimiento en la cocina y el rumor de que la yegua iba a tener a la cría. Miraba por la ventana de su habitación con el pijama puesto. Llevaba el cabello un poco desordenado, pero su rostro lucía ya despejado y fresco. Regina, a sus trece años, tenía una belleza natural. El tiempo se había encargado en estilizar sus facciones. Comenzaba a dejar de ser una niña, aunque aún conservaba la mirada avispada de una. Además de ser una jovencita muy hermosa, Regina tenía un carácter muy especial; era generosa y afable, disfrutaba de las cosas sencillas y poseía una sonrisa muy particular. A su padre le gustaba verla sonreír, le recordaba que había sentimientos nobles y buenos en su hija pese a lo difícil que era vivir bajo el yugo de Cora. Su alegría era como una victoria.
Sin embargo, pese a todas las cosas buenas que Regina era, su madre no estaba satisfecha. Parecía que cada día preparaba una nueva exigencia para ella. En verdad, Cora estaba empeñada en convertirla en una joven sin igual. A Henry siempre le había parecido que exageraba y que Cora no veía lo especial que su hija era.
Regina obedecía a Cora siempre. Nunca la contradecía. Estaba consciente de lo poderosa que su madre era y de lo que era capaz, vivía atemorizada de su magia y cada vez que la usaba, en una que otra ocasión, el corazón de Regina saltaba desbocadamente.
Mientras observaba por la ventana, Regina vio a su padre saliendo del establo, éste llevaba las botas un poco sucias de lodo, pero en su rostro había una gran sonrisa. Miró hacia la ventana de su hija y alzó los brazos como una señal.
Regina saltó de emoción, corrió al armario para ponerse el vestido, olvidándose por completo del ajustado corsé que su madre le obligaba a usar siempre. Se recogió el cabello en media coleta y se puso unas zapatillas lisas. Salió corriendo de su alcoba para reunirse con su padre.
Henry esperaba paciente en el jardín, a unos metros del establo. Regina se reunió con él tan pronto como pudo.
—¿Ya nació, papi?, ¿qué fue? —preguntó Regina corriendo hacia su padre, casi sin aliento.
—¡Ya nació, hija mía! Es un macho —sonrió su padre, también entusiasmado.
—¡Qué maravillosa noticia! ¿Puedo verlo, papi?, ¿sí?
—Por supuesto, sólo debes ser muy cuidadosa pues la madre todavía no se recupera.
Regina asintió con gusto. Su padre la dirigió al establo donde la yegua estaba tendida sobre un montículo de paja, el pastor la alimentaba. A su lado estaba la cría, un potrillo color canela que apenas si podía abrir los ojos e intentaba comenzar a andar. Regina había esperado casi un año entero para verlo, en cuanto la yegua estuvo preñada su padre le había prometido que la cría que tuviese sería de ella.
—Es todo tuyo, hija —dijo Henry orgulloso.
—Gracias, papi —sonrió Regina, encantada.
—Y bien, ¿cómo vas a llamarlo?
—Rocinante —dijo Regina con determinación.
Henry miró a su hija con un poco de asombro, luego sonrió sin remedio.
—¿Estás segura? Un caballo de rocín no tiene buena reputación.
—Lo sé, papi. Pero mi caballo será diferente —dijo Regina muy segura—. No importará cómo se llame.
—Es un buen nombre —dijo una voz de pronto.
Regina giró sorprendida, en un rincón del establo estaba un muchacho, no mucho mayor que ella, cargaba un cubo de agua que llevó hasta donde estaba el pastor atendiendo a la yegua, había sido él quien lo había dicho y ahora sonreía desenfadadamente.
—Regina, él es Gabriel y su hijo Daniel, van a ayudarnos con la crianza de los caballos de ahora en adelante.
Sin saber por qué Regina se ruborizó en cuanto Daniel, el hijo del pastor, le dirigió una mirada. Ella asintió nerviosa, dijo a su padre que debía volver a la casa pues su madre la esperaba. Salió del establo con las piernas flojas y el corazón temblándole. No entendía lo que pasaba, su corazón sólo se ponía así cuando sentía miedo, pero esta vez era diferente.
Regina entró en la casa, Cora la observó cómo se dirigió a su alcoba con prisa. No sabía siquiera que ya estaba levantada. Supuso que tenía que ver con ese dichoso caballo que acababa de nacer esa mañana.
Durante el almuerzo, Regina se mostró un poco extraña, sin embargo seguía emocionada por la nueva cría. Su padre le prometió que en unos días podría ya atenderlo personalmente.
—¿Qué hará qué? ¡Por favor, Henry! —exclamó Cora con una sonrisa burlona—. ¿Cuándo has visto que una mujer de nuestra clase atienda caballos?
Regina miró a su madre con un poco de decepción y bajó la mirada.
—Cora, si va a montarlo algún día tiene que ganarse su confianza primero.
—Deja que el nuevo caporal se encargue de eso —dijo Cora, indiferente.
Henry miró a Regina con un poco de pesar. Odiaba cuando Cora hacía eso, cuando destruía su confianza en segundos. Minutos después, Regina se excusó y regresó a su habitación.
—¿Sabes, Cora? Podrías ser menos dura con tu hija de vez en cuando —dijo Henry un poco molesto.
—No soy dura con ella, le muestro cómo son las cosas en realidad. Regina vive en fantasías. Se la pasa leyendo cuanto libro tú le has dado y sólo sueña con cosas imposibles.
—Eso no le hace daño, es sólo una niña.
—Ya no lo es, Henry, lo sabes bien —dijo Cora con firmeza, dejando los cubiertos sobre la mesa—. Y creo que debemos hablar de eso con seriedad. Debemos pensar en su futuro, en un posible matrimonio.
—¿Matrimonio? —replicó Henry aturdido.
—Muchas jovencitas de su edad ya está comprometidas y tu hija ni siquiera tiene prospecto.
—Cora, sólo tiene trece años.
—Si no se casa en los próximos dos será una de esas quedadas, Henry —dijo Cora con arrebato—. Además, hace dos semanas que tuvo su primer sangrado, ya está lista para casarse y ser madre.
A Henry no le gustaba cómo sonaba aquello. Sabía que muchas mujeres nobles se casaban incluso más jóvenes que Regina, pero la idea de que su hija estuviese en matrimonio con un hombre desconocido lo aterraba. Él se consideraba de esos hombres actuales, nuevos pensantes, quienes creían que se podía esperar un poco más sin forzar a las niñas a una vida doméstica. Pero jamás se lo decía a Cora, por supuesto.
—Debemos pensar en los hombres disponibles de tu familia lejana —seguía Cora, había estado esperando mucho tiempo para tener aquella conversación.
—Yo no contaría con eso, Cora. Sabes que en los últimos años la sangre de mi familia se ha ido acabando —respondió Henry—. Los que quedan vivos deben estar casados o muy viejos. No quisiera que Regina se casara con un hombre mucho mayor.
—No sería tan malo, es la costumbre entre nobles.
—¿Te parece si lo discutimos luego? —preguntó Henry, bebiendo del vino amargo.
Cora no tuvo opción. Detestaba cuando Henry hacía eso. Sin embargo, la intransigencia de su esposo no era un impedimento para ella. Sabía perfectamente que la familia lejana de Henry estaba extinguiéndose, lo sabía muy bien. Mantener el título nobiliario no había sido sencillo para Cora. Tuvo que hacer muchos tratos, sacrificios, y si Regina iba a ser uno de ellos también lo haría.
Continuará...
