8
Estrellas en el cielo
Regina iba todas las tardes a ver a su potrillo. Hubiese podido pasar horas enteras viéndolo trotar de un lado a otro. Aunque Cora sólo le concedía unos minutos, pero para Regina eran muy valiosos. Ahí, en la soledad del establo, se sentía reconfortada, lejos de su madre. Aquel era el lugar ideal para, incluso, pensar; algunas veces Regina tenía el ligero temor de que su madre adivinaba sus pensamientos, pues no sabía hasta qué punto sus poderes de hechicera eran capaces de llegar.
De pronto, el sonido estruendoso de una cubeta estrellándose contra el suelo hizo saltar a Regina. Cuando se giró vio al muchacho del establo, Daniel, recogiendo el alimento de caballo que se había regado por todo el establo. En cuanto Regina se dio cuenta de que se trataba de él, bajó la vista y sus mejillas volvieron a sonrojarse.
—Perdón, señorita, yo… es que…
—Lo siento, yo… sólo vine a…
Ambos intentaban decir algo coherente. Daniel observó a Regina con curiosidad, ¿ella estaba disculpándose con él? Eso era impensable en una noble. El muchacho sólo esbozó una sonrisa y terminó de levantar el alimento del suelo.
—Su caballo está creciendo muy sano —dijo Daniel dirigiéndose hacia donde estaba la cría.
—¿En serio? —preguntó Regina un poco nerviosa.
—Sí, aunque no entiendo por qué llamar Rocinante a un caballo pura sangre.
Daniel miró a Regina con curiosidad. Ésta, levemente sonrojada, se apresuró a decir:
—Porque lo importante no está en el nombre o en la apariencia. Es un caballo sangre pura, pero también podría ser de rocín y a mí no me importaría.
Daniel no sabía qué decir. Se inclinó hacia la cubeta de madera donde transportaba el alimento y sacó un cepillo que ofreció a Regina.
—¿Le gustaría cepillarlo? —preguntó él con amabilidad—. Es importante que su caballo se acostumbre a usted.
Regina observó a Daniel dubitativamente, ¿qué eso no estaba mal? Él era un criado y su madre le había prohibido tener contacto con los vasallos. Sin embargo, parecía ser un muchacho gentil. Era tan joven como ella y quizá eso explicaba por qué se sentía un poco nerviosa, pues no estaba acostumbrada a tratar con gente de su edad.
Daniel cuidaba de los caballos como un experto, su padre le había enseñado bien el oficio y el muchacho parecía disfrutarlo. Era tan alto que las caballerizas no eran un problema para él, se movía con la gracia de un caporal. Regina comenzó a cepillar el pelo del potro con un poco de miedo. Daniel le sonrió y le indicó cómo debía hacerlo correctamente para que el animal se quedara quieto.
—En cuanto se acostumbre al calor de su mano dejará de moverse —decía el muchacho mientras acercaba el alimento a la yegua.
El potro poco a poco comenzó a tranquilizarse y Regina sonrió complacida cuando se quedó quieto dejándose acariciar. Miró de reojo a Daniel, éste tenía un gesto alegre también. Sin embargo, pocos minutos después, Regina le entregó el cepillo. Aquello estaba mal, muy mal. Su madre lo había prohibido.
—Debo regresar a casa —dijo la muchacha, con la mirada apagada.
—No se preocupe, yo cuidaré su caballo —dijo Daniel con cortesía.
Regina lo miró directamente a los ojos por primera vez, eran azules e intensos. Se sintió desconcertada por un instante: ¿por qué de pronto su sonrisa parecía ser lo único que existía en ese lugar, en el establo, en el mundo? Regina dio media vuelta repentinamente para irse. Daniel la miró un poco extrañado, pero siguió alimentando a los caballos.
—¿Daniel? —preguntó Regina antes de salir completamente del establo.
El muchacho giró, tomado por sorpresa.
—Puedes llamarme Regina.
…
La hora de dormir seguía siendo un problema para Henry. Regina sin duda disfrutaba pasar tiempo con su hijo, le gustaba que la necesitara cada noche para contarle un cuento o que le pidiera, con su dulce vocecilla, dormir con ella, pero sin duda no le gustaba verlo sufrir. Era su deber como madre darle la confianza suficiente para que aprendiera a quedarse en su habitación durante la noche. Sin embargo, él seguía mostrándose demasiado callado y cabizbajo.
Regina jamás le hubiese pedido a Graham que fuera un padre para Henry. Aunque aquello no sería realmente difícil —bastaría con ordenárselo a su corazón—, ella no lo haría, nunca. Henry merecía tener un padre como el que ella tuvo: un hombre amoroso que tuviese un corazón desinteresado. Sin embargo, ése no sería su propósito. No lo fue cuando Henry llegó ni antes de él. Regina no necesitaba de una figura masculina para resolver su vida, se las había arreglado muy bien sola.
Después de la cena, cuando comenzaba a oscurecer, Henry comenzó con el ritual de siempre: se negó a ir a su propia habitación y se escabulló a la de Regina mientras ésta apagaba las luces de toda la casa.
—Henry, tengo una sorpresa para ti —dijo Regina asomándose por la puerta de su propia habitación.
—¿Una sorpresa? —preguntó Henry intrigado saltando de las sábanas de la cama de su madre.
—Así es, cariño. Ven.
Regina ofreció su mano a Henry. Éste, un poco dudoso, bajó de la cama y acompañó a su madre por el pasillo, pero en cuanto vio que ella entraba en su habitación se frenó.
—No. No quiero dormir solo —se quejó aferrándose a la falda de ella.
—No te he traído para eso —dijo Regina en un tono suave.
—No, no quiero entrar ahí —dijo Henry cruzándose de brazos.
—Mi amor, tu sorpresa está ahí adentro —dijo Regina colocándose a su altura—. ¿Qué te parece si entramos juntos?
Henry miró a su madre todavía con recelo, pero inmediatamente aceptó. Regina sonrió y lo cargó en brazos, haciéndolo sentir más seguro.
En cuanto Regina abrió la puerta de la habitación, Henry se quedó perplejo. Las luces estaban apagadas, pero el techo resplandecía. Unas diminutas estrellas lumínicas, esparcidas por toda la superficie, coloreaban de azul la pieza. Henry rodeaba el cuello de su madre, boquiabierto.
—¡Son estrellas, mami! —exclamó el niño, entusiasmado.
—Lo son —asintió Regina, todavía cargándolo y estrechándolo entre sus brazos—. ¿Te gustan?
—¡Sí!
—Tu habitación no estará oscura nunca más. Si tienes miedo podrás mirar las estrellas desde aquí —dijo Regina a su hijo, dándole un beso en la mejilla.
—Gracias, mami —sonrió Henry reconfortado.
Regina sonrió también y acostó al pequeño en su cama, lo acobijo entre las mantas y le contó una historia más antes de que se quedara profundamente dormido.
…
La noticia de que otro miembro de la nobleza había muerto llegó esa mañana. Henry leyó la misiva sin mucha emoción. No entendía bien lo que estaba ocurriendo en el antiguo reino de su padre. La gente del pueblo tenía miedo a que una peste los alcanzara. Las muertes en la corte cada vez eran más frecuentes y sospechosas. Agradecía estar lejos de esa vida, al menos su familia estaba segura.
Regina comenzó a ir al establo con más frecuencia que antes. Conforme pasaron las semanas se las arregló para escaparse algunos minutos sin que Cora lo notara. Cada vez que estaba ahí, rodeada de los caballos, sin otra presencia más que la de Daniel, se sentía bien. Él, por alguna extraña razón también, siempre estaba al pendiente de los animales cuando Regina los visitaba. Algunas veces conversaban, algunas otras cada uno se dedicaba a su labor —Regina a cepillar el pelo de su potro y Daniel a limpiar los cuencos de los caballos—, sin decirse una sola palabra. Sin embargo, no existía otro lugar en la casa en el que Regina se sintiera tan libre. Ir al establo se convirtió en una actividad que la alejaba de Cora, física y mentalmente. Daniel, al igual que todos los criados, notaba lo difícil que era para Regina vivir con una madre así, por eso es que cuando la veía cansada o decaída prefería estar en silencio y dedicarse a lo suyo, pero siempre al pendiente de ella.
Una noche, Regina fue llamada por su madre a la alcoba. Ésta lucía entusiasmada, cosa que no sucedía siempre.
—Ven acá, cariño —dijo Cora a Regina tomándola por las manos—. Tengo algo para ti.
Regina miró a su madre un poco extrañada. Sobre la cama había un vestido blanco de seda, muy largo con encaje, escotado y un velo.
—¿Te gusta? —preguntó Cora, con una amplia sonrisa.
—¿Qué es? —respondió Regina sin entender nada.
—¿Cómo qué es? Hija mía, es un vestido de novia —dijo Cora, tomó la tela y la abrazó en su pecho—. Pero no es cualquier vestido de novia. Es el mío. Quiero que te lo pruebes.
Regina frunció el ceño e instintivamente dio un paso atrás.
—¿Por qué? —preguntó Regina, desafiante.
—Tienes que probártelo, Regina, quizá habrá que hacerle algunos ajustes, pero creo que puede quedarte muy bien —dijo Cora sonriendo.
—Pero, madre… un vestido de novia es para una boda. Yo no voy a casarme con nadie.
Regina dijo con voz temblorosa, su peor temor era que su madre respondiera que ya había candidato para ella. Sin embargo, a Cora no le gustó la forma en que su hija dijo aquello. Dejó el vestido con mucho cuidado sobre la cama y se acercó a Regina con ese movimiento lento que tanto asustaba.
—Querida, tuvimos una conversación hace un mes —dijo Cora con parsimonia—. Eres una mujer ahora y pronto tendremos que buscar un esposo para ti. Muchas chicas de tu edad ya están comprometidas, algunas ya hasta son madres. ¿No quieres eso?
Las piernas de Regina temblaban, nunca había podido hacerle frente a su madre, cada decisión que tomaba por ella, cada deseo que anhelaba por ella, se cumplía sin miramientos. Pero esta vez no.
—No voy a casarme con nadie, madre —dijo la muchacha con firmeza, de pronto parecía mucho mayor de lo que era—. No voy a tener un esposo que no ame.
—¿En serio?, ¿y cómo va a ser eso? —preguntó Cora con una sonrisa burlona—. ¿Quién te ha dicho que los matrimonios suceden por amor? No, cariño, el amor verdadero no existe. El amor es una debilidad. Un buen matrimonio debe ser una alianza fuerte. No sigas con esas fantasías. Además, ¿quién iba a enamorarse de ti, Regina? Mírate —Cora extendió una mano y la pasó por el rostro de su hija, ésta comenzó a llorar en silencio, con la mirada aún desafiante—: con esa carita tan hermosa y angelical, marcada por esa horrible cicatriz…
Regina no soportó estar frente a su madre un segundo más. Salió corriendo de la habitación. Quería encontrar a su padre, quería un poco de consuelo; no entendía cómo era posible tanta crueldad en su madre. Corrió fuera de la casa, hacia el establo. Necesitaba esconderse, necesitaba llorar tanto como fuera posible y que nadie la mirara. Sin embargo, en cuanto Regina abrió las puertas del establo de par en par, se encontró con Daniel, quien acababa de quitarle la silla a un caballo. Regina se quedó pasmada en la puerta, sin saber qué hacer y, de pronto, se echó a llorar sobre un montículo de paja. El muchacho del establo la miró perplejo, Regina lloraba desconsoladamente. Se aproximó a ella con cautela y se inclinó hasta estar a su altura.
—¿Regina?, ¿qué sucede? —preguntó Daniel con voz sigilosa.
—Mi madre, Daniel… mi madre… ella… —Regina sollozaba con el rostro enrojecido— ella es un monstruo.
Daniel miró a la chica con un poco de compasión. En el feudo entero sabían eso. La fama de Cora la precedía.
—¿Qué te ha hecho? —preguntó Daniel, manteniéndose al margen.
—¡Esto! —Regina gimió señalando la cicatriz de su labio superior.
El muchacho se sentía muy torpe, Regina no estaba herida en ese momento, pero enseguida comprendió que Cora se lo había hecho hacía mucho tiempo; le llenaba de pesar ver a la chica sumida en tanto dolor. Con un movimiento suave, puso su mano sobre el hombro de Regina y ésta inmediatamente alzó la mirada.
—Lo siento… yo… sólo quería que te sintieras mejor —dijo él con las mejillas sonrosadas.
—Daniel, ¿crees que soy bonita? —preguntó Regina en un arrebato.
Daniel no se esperaba aquello, se quedó mudo, desorientado. No porque no creyera que ella era bonita, sino porque ese era el único pensamiento que tenía cada vez que veía a Regina entrar en el establo.
—Por supuesto que sí —asintió Daniel—. Eres hermosa. Incluso cuando lloras.
Daniel esbozó una sonrisa y enjugó las lágrimas de Regina con una mano.
—Pero yo tengo esta horrible cicatriz —dijo la chica, con el llanto ahogando sus palabras.
—Todos tenemos cicatrices —respondió Daniel, limpiando las lágrimas de la chica—. Son pruebas de que hemos sobrevivido a algo que intentó lastimarnos. Nos hacen quienes somos.
Regina miró a Daniel con los ojos cristalizados. ¿Por qué él era amable con ella?, ¿por qué en el mundo podía haber bondad y en su madre ninguna? Daniel sujetaba el rostro de Regina con suavidad, todavía enjugando sus lágrimas. Ella tenía el corazón acelerado y sentía que le faltaba al aliento. De pronto, con un arrebato, Regina se aproximó al rostro de Daniel y lo besó. Jamás había besado a nadie. Daniel recibió el beso con sorpresa, pero enseguida correspondió a los trémulos labios de la chica.
Sobre ellos hacía una hermosa noche de estrellas platinas, iluminando el negro cielo. Regina se despegó de Daniel sólo cuando necesitó respirar, lo miró como si hubiese descubierto algo totalmente nuevo en el mundo, y así era: un amor profundo y verdadero.
continuará...
