Hola :D. Primero que nada, gracias por sus comentarios, me demostraron que el FRUK en la sección en español sigue vivo y con más razón, no hay que dejarlo caer. Gracias por sus comentarios y bueno, he aquí el capitulo dos de esta historia tan curiosa.
Ah, antes que empiecen a leer, quiero comentar que este sera uno de mis primero trabajos cuyas fechas serán irregulares debido a que la computadora donde trabajaba se echo a perder y en mi trabajo no puedo darme el lujo de estar escribiendo fanfics :(. Hasta el próximo capitulo.
Capítulo 2: confusión
No sabía como había empezado todo aquello ni como es que había terminado con una declaración de amor. Arthur, rubio, inglés, oji verde, compositor lirico y heterosexual declarado se encontraba atrapado en una extraña situación: una confesión homosexual. ¿Qué había hecho mal? Quizá desde un inicio, el haber aceptado vivir bajo el mismo techo que ese francés de mierda o a lo mejor era el haber aceptado ese trabajo de freelance.
Sumergido en el shock que la confesión le había causado, no supo en que momento abandonó la sala y se adentró a su habitación ni mucho menos supo como es que había aventado sus pertenencias por todo el lugar. Se sentía confundido, anonadado, extrañado y quizá pero muy poco probable, apenado.
Siempre soñó recibir una declaración de amor por parte de una jovencita hermosa, bien dotada y de largos cabellos pero en cambio, sin proponérselo ni desearlo, recibió una declaración por parte de la persona con la que más se peleaba. Lo más curioso de todo es que en vez de sentirse asqueado o rechazarlo, solo abandonó la escena cuan perro con el rabo entre las patas.
— ¿Qué pasa contigo Arthur Kirkland?— se dijo así mismo al no saberse entender. La situación le parecía tan irreal y descabellada.
Cerró sus ojos y se dejó llevar al momento cuando conoció al culpable de su confusión. Recordaba ese primer año de la universidad a la perfección y como por culpa de su hambre de independencia, tomó el primer apartamento compartido que vio, sin saber que ese mismo lugar seria su perdición. Cuando cruzó miradas por primera vez con Bonnefoy, fue odio a primera vista, el sujeto lo recibió en paños menores, una copa de vino en mano y un saludo tan francés como la mismísima torre Eiffel.
Sí, fue odio total y no se esforzó en disimularlo, tampoco en mostrar su mejor rostro de pocos amigos y sus acidas palabras inglesas. Ninguno pareció hacer "click" y en sus venas relució la rivalidad que sus respectivas naciones compartían. Discutían por niñerías, se peleaban por pequeñeces y buscaban formas de hacer al otro enojarse y abandonar definitivamente aquel céntrico apartamento y todo hubiese sido así hasta la presente época sino fuese porque hubo algo, lo recordaba también, ese detonante que hizo soportar a aquel oji azul.
A finales del primer año durante el periodo de exámenes finales, le habían dejado como proyecto final el componer una melodía en base a un escrito del departamento de literatura. Odió el trabajo, detestaba componer melodías, para eso estaba el departamento de música y no ellos, el de composición lirica. Pasó las siguientes semanas leyendo antologías que hacían mensualmente los estudiantes del departamento de literatura y cuando estaba por rendirse, dio con una que era especial.
No tenía tintes de presunción, sus oraciones eran sencillas, rimadas, pausadas, casi melódicas y llenas de sentimiento. Leyó con atención un fragmento de la historia, de amor sin duda y se dejó transportar al pequeño mundo que el autor había creado. De pronto y sin pensarlo, su mente ya había creado un acorde que repasó una y otra vez en su guitarra. Al final de la noche, ya entrada la madrugada, una canción había surgido.
Atesoró aquel escrito, guardándolo bajo llave en su buro y procuró leerlo cada noche durante aquel periodo de exámenes hasta una tarde en la que el profesor decidió cambiar la jugada y presentarles a cada quien, el autor de los escritos elegidos como temas musicales. Su sorpresa fue mayor al encontrarse con su compañero de cuarto.
"Deben estar bromeando" pensó ante la ironía tan grande que le acababa de suceder — ¿tú escribiste esto?- le interrogó escéptico.
Los ojos azules del francés brillaron al reconocer el titulo –oui, trabaje en el por semanas— respondió orgulloso. La inspiración del mismo la había sacado de una tarde de copas donde sus compañeros de facultad cedieron ante los encantos de una hostess.
Aún sin aceptarlo, demandó al otro recitar algún fragmento de la historia a lo que el otro le declamó la historia completa, con pausas y guiones, acotaciones y narraciones. Si era él.
Habiendo perdido la guerra, guardó silencio y agradeció de forma desganada la demostración dada. Esa misma tarde, en la soledad de su habitación, comprendió que quizá, muy en el fondo, sus prejuicios lo cegaron ante la calidad de persona que el francés resultaba ser.
Y aunque el tiempo pasó y las discusiones se fueron haciendo el pan de cada día, aun guardaba ese fragmento de historia que tanto lo cautivó porque incluso en la actualidad, con solo leerlo, la inspiración surgía en él.
Se revolvió los cabellos al darse cuenta del rumbo que sus pensamientos habían tomado ¿en qué estaba pensando al rememorar el pasado? Se dejó caer en la cama, tenía mejores cosas por las que preocuparse, la composición por ejemplo. Miró el reloj de pared y notó que pasaban de las diez, se había excedido por mucho de su hora del té.
Salió de su habitación aún con el temor de ser descubierto por su compañero de cuarto pero luego recapacito ¡él es el que debería de tener miedo, no él! Se ergio y caminó lleno de confianza hasta la cocina. Escuchó una puerta rechinar y por inercia se escondido tras las faldas del desayunador —falsa alarma— se dijo al notar que sólo era el viento jugándole una broma y luego se rio de lo tonto y cobarde que se había comportado, él no era el del problema, sólo era una victima de las circunstancias.
Bebió té en completa soledad, no es como si siempre lo bebiera acompañado pero algunas veces, el escritor salía a beber café a la misma hora que tomaba su infusión. Comió un par de galletas que no supieron tan ricas como siempre lo habían sido y bebió su té de manzanilla, ese que bebía cuando se sentía inseguro de las cosas.
No se entendía así mismo, nunca en su vida había dedicado un vago pensamiento hacia algún hombre y ahora, de la nada, se sentía confundido por las dulces y precoces palabras que salieron de los labios de un sujeto al cual algunas veces juraba odiar.
Molesto consigo mismo, dejó sin terminar su té y regresó a su habitación, pronto sería la fecha de entrega de aquella canción que estaba componiendo y necesitaba terminarla. Levantó sus pertenencias del suelo y se sentó en el escritorio junto a la ventana, pensando las palabras adecuadas para el final de la canción que debía entregar.
—Hoy te toca ser feliz…— recitó, sí, esa persona a la que le pidieron componerle esa canción debía ser feliz, era una frase que siempre decía Alfred, su cliente, hermano de la persona a quien le estaba escribiendo la canción. Desconocía el pasado de ambos, era algo que no necesitaba saber pero imaginaba que a lo mejor algo triste había sucedido entre ellos y quería regalarle la canción como una forma de alegrarlo.
Continúo con la composición, intentando así, olvidarse de lo ocurrido esa tarde y sobre todo, de las palabras que Francis había pronunciado.
