Otro mes, otro capitulo, espero poder continuar con este ritmo, al menos puedo decirles que tengo al menos tres capitulos avanzados y espero poder terminar la historia para fin de año sino es que a casi mediados del siguiente. Gracias a las personas que continuan leyendome, estoy muy agradecida y por cierto, ¿celebraron el cumpleaños de Francis?, yo si ~ Nos vemos hasta la proxima.
Capitulo 5: Fama
Bonnefoy se encontraba frente la librería más grande y concurrida de la ciudad, lucía cuan espía de película con sus gafas negras, su traje negro y su gabardina y gorro café. Caminaba de un lado al otro de la acera, estaba nervioso puesto que hoy era el lanzamiento oficial de su libro titulado "Cuando la lluvia llegue".
Las últimas semanas las paso en vela y no por el exceso de trabajo sino por la tensión y la incertidumbre que le causaba la próxima salida a la venta de su primer novela. Y por supuesto, varias veces envidió la tranquilidad de los escritores veteranos y maldijo lo relajado que eran otros escritores primerizos en comparación suya.
Y mientras sufría ante su nueva y desconocida experiencia, dejó de lado al inglés. No había tiempo para los celos, las miradas secretas, las vistas de halcon desde la ventana ni las suposiciones sobre lo que hacia con el músico en cada salida que daba. Su cuerpo, mente y alma vagaban entre la ansiedad, el miedo y la emoción.
La librería abrió y una a una las personas fueron entrando. Por un instante quedo helado ante lo que haría ¿continuaba espiando a lo lejos o se internaría a ver como es recibida su obra?. Decidió por espiar desde un café cercano y se colocó estratégicamente en la ventana con vista a la librería. Vio salir a dos, tres, cinco personas y ninguna con su libro, de inmediato empezó a temer lo peor: no era interesante.
¡No! ¡Claro que lo era! No ha habido obra literaria suya que no haya sido interesante. El mejor escritor amateur del año, el nuevo descubrimiento del programa de talentos, el ganador del certamen universitario de cuentos; todos aquellos títulos se los ganó con su narrativa, sus mundos imaginarios, su talento. Que su obra no llamara la atención era absurdo. Bebió un sorbo de café, bebió otro mas, la decidía hacía lo que quería con él.
Pasó de la una y dieron las dos de la tarde, aun no había rastros de algún lector interesado en su obra. Se canso de esperar. Bebió un último sorbo y salió del café.
— ¿Bonnefoy, eres tú?
Merde!, había sido descubierto. Se giró despacio para dar un toque dramático, después de todo debía de aprovechar sus vestimentas, y miró a su descubridor, un rubio oji verde con vestimentas de hipster lo recibió –Ah, eres tú– dijo aliviado – ¿vas a encontrarte con el ligón?
–Alfred, su nombre es Alfred– corrigió con molestia –y deja de decirle ligón, solo es un sujeto que me contrató, nada mas. Además, no todos son como tú.
Francis giró los ojos –sí, como no – dijo un poco más relajado, la llegada del inglés había sido como un sedante para sus nervios latentes.
– ¿Eso fue sarcasmo, Francis? ¡Vaya, puedo decir que el fin del mundo ha llegado!– exclamó el compositor. Los celos de su compañero de cuarto eran evidentes.
Dos mujeres salieron de la librería, ambas con libros entre sus brazos y de inmediato la conversación entre el compositor y el escritor se detuvo. Francis giró su cabeza hacia esas jovencitas y escaneó los títulos de esos libros: ninguno era el suyo. Dejó salir un sonoro suspiro que despertó la curiosidad del recién llegado.
Kirkland no necesitó ser tan observador para darse cuenta de lo que sucedía, podía atar cabos de forma rápida y fácil: una librería, Bonnefoy actuando raro, paranoia evidente, urgencia por ver salir a la gente de la librería, observar detenidamente los libros de los clientes. Era evidente que el libro en el que el oji azul estuvo trabajando durante meses acababa de ser publicado.
– ¿Quieres entrar?– se ofreció, también le daba curiosidad saber como era el libro puesto que su compañero de apartamento nunca le comentó al respecto.
Un "sí" luego de un "no" y luego de otro "sí" fue la respuesta de éste. Arthur lo tomó como un afirmativo y lo jaló de la manga del saco, introduciéndose ambos al edificio. En el interior, secciones y secciones de libros se dispersaban en grandes anaqueles. En medio del recinto, una pirámide de libros con el titulo de "Nuevo" llamaba la vista de los visitantes. Caminaron despacio y no por dramatismo sino porque a Bonnefoy le temblaban las piernas.
Al llegar, vieron con tristeza como la pirámide continuaba intacta, nadie había tomado siquiera uno. Kirkland vio la expresión de decepción que reflejaba el rostro de su acompañante y no pudo evitar sentir ese dolor como propio.
Francis no quiso ver más, era doloroso ver como la obra en la que esforzó pasaba desapercibida ante el público. Abandonó la pirámide, a Arthur y sus sueños de escritor, regresaría a las pequeñas columnas sabatinas que escribía para el periódico local y las sinopsis que daba a la editorial donde actualmente trabajaba.
Y mientras Bonnefoy se marchaba, Arthur tomaba la novela entre sus manos y la abrazaba, tenía una parte del escritor para él solo. Caminó hacia la caja y pagó el libro, luego lo escondió en su maletín, no quería delatarse ante el escritor.
Al llegar a casa, el oji azul se encerró en su habitación y se negó a contestar llamadas provenientes de su celular. Estaba en total depresión y sus gritos desgarradores se convirtieron en la canción de cuna del compositor quien continuaba trabajando con los toques finales de la canción de Alfred.
A la cuarta semana de aislamiento, un demacrado Francis salía a recibir a su editor. Sus ojeras eran espantosas pero no tanto como su cabello opaco y enredado – ¿me viene a despedir?– preguntó con temor, sus palabras eran suaves y llenas de pesimismo.
El editor se mostró sorprendido – ¿Por qué habríamos de hacer eso?– cuestionó para luego sacar un manojo de hojas –hemos estado intentado contactarle para darle las noticias– explicó al tiempo que desplegaba las hojas por toda la mesa de centro.
Bonnefoy miró con apatía las hojas. Números, números, más números, estadísticas, letras y el titulo de su libro – ¿qué es?
El editor arqueó sus cejas –observa bien– le ordenó.
Y obedeciendo, el oji azul leyó con detenimiento los papeles. Su rostro lleno de apatía se transformó y su boca se abrió tan grande que terminó por competir con sus ojos que permanecían igual de abiertos – ¡Que!– exclamó sorprendido – ¡pero si personalmente vi que no eran un éxito!
–El primer día seguramente– advirtió el asiático –Bonnefoy, recuerde que nada es un éxito de la noche a la mañana y luego del quinto día a la venta y una intensa campaña de publicidad, la popularidad de su libro se alzó por los aires.
Y el escritor no se la creía. Pasó las últimas semanas llorando, lamentándose, resignándose, espantando a Arthur por las noches con sus alaridos para descubrir que ¡todo había sido un error! Y si tan solo hubiese sido paciente, todo aquello no hubiese pasado. Fue tonto y lo aceptaba, rio como loco por ello y abrazó a su editor, estaba agradecido que él tuvo la amabilidad de insistir y no abandonarlo. Sintió como su alma iba y regresaba y su interior se regocijaba de paz y alegría; sí, él era un buen escritor y sí, su novela era la mejor.
Sin querer romper la burbuja de alegría de Bonnefoy, el editor se acomodó la corbata a rayas que traía y sacó otro manojo de papeles de su portafolios –y dado el éxito de su novela, estas son las peticiones que algunas televisoras, estaciones de radio y periódicos han enviado a la editorial, pidiendo una entrevista con usted.
Francis sostuvo las hojas entre sus manos –las acepto todas– dijo sin siquiera darle un vistazo al contenido de estas.
El asiático suspiro, su escritor estaba tan feliz que si le pidiera ceder los derechos de autor, lo haría sin dudarlo –al menos lea lo que piden en las peticiones, Bonnefoy– pidió antes de levantarse de su asiento –nosotros somos una editorial, no una agencia de talentos así que no decidiremos por usted. Piénselo e infórmenos a la brevedad, nosotros haremos los arreglos correspondientes.
Y habiendo dicho aquello, se marcho, dejando a un Bonnefoy ensimismado en su mundo de ensueños.
