Si sigue caminando, es un zombie

Mandragorapurple

Advertencias: Yullen, sangre, destrucción, apocalipsis, gente hecha mierda, drama, sopas feas.

Disclaimer: D. Gray –man pertenece a Katsura Hoshino


La destrucción se había extendido por toda la ciudad fortaleza. Cada pequeña casa, cada muro habían sido dañados y dejados insalvables. El fuego causado por las explosiones no había tenido tiempo de madurar. Una lluvia conveniente había apagado la madera y asentado el polvo del concreto caído, pero también había dejado lodo, charcos teñidos de la sangre de los habitantes y un fresco que pronto se haría un frio terrible. Los aromas habían apaciguado gracias a la humedad, sin embargo, cuando el sol tuvo oportunidad de brillar y secar el desastre, el aroma a muerte comenzó a subir.

Algunos zombies, atraídos por el olor habían cruzado la barrera derrumbada en busca de los cuerpos que el ataque había dejado, no obstante sólo encontraron despojos a penas suficientes para alimentarlos. Los cadáveres que aún tenía cerebro y suficiente carne para funcionar, se arrastraban o intentaban levantarse, pero al final, en la inexperiencia de la nueva vida que habían adquirido, terminaban entre los dientes de grupos de zombies más podridos que a falta de comida trataban de obtener la poca carne "fresca" que quedaba. No era cómodo de ver, pero era la conclusión más adecuada, tarde o temprano a falta de humanos, la carne siempre sería carne.

En medio de todo el caos, Allen despertó. Su cuerpo dolía y apenas podía abrir los ojos con toda esa sangre seca cubriéndole la cara. Aún tirado boca abajo, con la luz del sol permitiéndole mirar su entorno, descubrió que no quedaban más que huesos y girones de tela a su alrededor.

Los recuerdos volvieron a él, pudo ubicarse y preguntarse cómo era que seguía vivo. Habían aplastado su cráneo, sintió como todo se apagaba, cada centímetro de su cuerpo se había vencido como si la gravedad hubiese aumentado mil veces. Se tocó la cabeza, no había nada, tal parecía que incluso la herida que había abierto su rostro estaba curada. Se levantó, todos sus compañeros yacían en el suelo del búnker, irreconocibles. Cuerpos pequeños y ensangrentados, el olor era terrible debido al calor. No tenía idea de cuántos días habían pasado, tal vez sólo era la mañana siguiente del ataque. Cross le había dicho que en situaciones críticas lo mejor para mantener la cordura era ubicar la fecha y hora, llevar la cuenta de los días que pasaban, sin embargo eso no le sería posible. Los huesos estaban limpios y la lluvia había borrado cualquier huella que pudiera darle pistas.

Miró su brazo izquierdo, justo donde había mordido aquel hombre que podía ser su tío y simplemente encontró una enorme cicatriz rojiza. Estaba confundido. Era claro que los zombies habían entrado al búnker, a estas alturas el debería tener los huesos tan limpios como sus amigos. Ese mal sabor que su "tío" había mencionado tal vez era la razón de su supervivencia.

Se sentó tratando de no tocar los restos a su alrededor. Cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Desde la muerte de Mana y los días que había pasado encerrado con su cuerpo en casa no había sentido tal miedo y desolación. ¿Qué haría?

El día que Mana había muerto, el día parecía normal. Había ido a la escuela, tomado las primeras clases, almorzado y charlado con otros niños. Pero la salida se había adelantado, todos parecían felices pues aunque fuera una evacuación del centro de la ciudad, todos volverían temprano a casa. Los padres de sus amigos habían acudido de inmediato, pero Mana trabaja hasta tarde así que fue su maestra quien lo llevó a casa en su auto, junto con otros chicos de su barrio. Se les ordenó entrar en sus casas y esperar a sus padres. Recordaba la cara angustiada de la profesora ¿Un terremoto? ¿Un ataque terrorista? Nadie le explicó nada. Su padre llegó unas horas después, lo había visto desde la ventana, había estacionado muy mal el auto y había entrado a la casa llamándolo a gritos. En cuanto bajó la escalera, su padre lo abrazó con fuerza, besó sus mejillas y dio gracias por verlo. Le dio una bolsa, le pidió que la llenara de toda la comida enlatada que pudiera. Él fue a la cochera y tomó las cosas que usaban para acampar. Cargaron todo en el auto y arrancaron. Jamás había visto conducir a su padre de esa manera.

En cuanto llegaron a la avenida, vio el embotellamiento, todos en el barrio trataban de salir. Mana maldijo y regresó sin importarle subir el auto a la acera y conducir sobre los patios delanteros de los vecinos. Se escuchaban los gritos de los primeros autos. Volvieron a casa, cerraron todo y esperaron.

Fue en su segundo intento de escape, unos días después, cuando un hombre cubierto en sangre había alcanzado a Mana con una mordida en el cuello.

Allen no pudo llorar. Su pecho se oprimía, su garganta se cerraba y sus ojos ardían, pero no podía llorar aunque era todo lo que quería. En su mente resonaban las palabras su padre: "Sigue caminando".

Se levantó y asomó la cabeza fuera del búnker. Algunos zombies caminaban lento, de aquí a allá. Parecían retirarse, ya no había más alimento.

A lo lejos vio a una masa arrastrándose. Apretó los ojos, el cuerpo estaba cortado por la mitad y su mandíbula había sido arrancada. Agonizante, había cambiado su rumbo al verlo y ahora se dirigía hacia él. Abrió los ojos y se encontraron con los del nuevo zombie. ¿Cómo sabía que era nuevo? La noche anterior había hablado con esa chica. Lenalee. Ella buscaba a su hermano, confiaba ardientemente en que estaba vivo y la esperaba. Ella era mayor que él, la habían mandado al frente. Aún en ese estado podía reconocerla. Iba hacía él, extendía sus manos con prisa. Los gruñidos que emitía y su arrastre habían llamado la atención de algunos muertos vivientes que se alejaban. De inmediato volvieron por ella y se lanzaron jalando con sus dientes la carne que quedaba en ella.

Impulsado por el terror, sabiendo que no se podía hacer nada una vez que alguien quedaba en ese estado, salió del búnker corriendo tan rápido como podía. Llegó derrapando a los escombros del almacén. Respiraba con dificultad, tenía un grito atrapado en el pecho. Ya no podía hacer nada y a pesar de su lógica, la que le decía que huyera lo más lejos que pudiese, una parte de él lo obligó a levantarse y tratar de ayudar a la que había sido Lenalee.

Su sonrisa, su bondad, estaban grabadas en su memoria y no podía renunciar a dejar a una amiga en ese estado. Corrió de vuelta tomando una tabla quemada y atacó a los zombies que estaban prendado de la carne más fresca que podían encontrar en ese desorden.

Ya no sería Lenalee, ni siquiera podía caminar, mucho menos sonreír, pero en su mente quedaba la idea de al menos, poder darle paz, una muerte entera y mejor que ser devorada.


Kanda y Alma habían permanecido juntos mucho tiempo, incluso después del primer ataque. El día antes del ataque habían charlado hasta tarde por teléfono. El día del ataque se habían escondido tras las gradas del gimnasio para dar su primer beso. Y los días después del ataque habían sobrevivido juntos.

Kanda había cocinado el último paquete de ramen instantáneo que le quedaba. Esperaba a que se cocinara con ansias controladas. Había evitado ese momento por días, pero el hambre a penas lo dejaba caminar. El paquete tenía caducidad de hace cinco años, pero con Alma había descubierto que era probable la leyenda urbana de que la comida chatarra no era más que plástico y cartón, por lo tanto parecía nunca caducar mientras siguiera en su paquete.

Calculaba que llegaría a esa fortaleza que había visto desde la montaña en un par de días, tal vez uno si las baterías de la linterna no se hubieran acabado hace un mes. Era probablemente la única esperanza que le quedaba y esperaba que las explosiones que había escuchado mientras bajaba la montaña no fueran la anticipación de encontrar destrozado el lugar que podía darle cobijo.

Prefería andar solo, sin duda, pero podía cambiar su trabajo por un poco de ayuda. Tal vez un poco de información y luego, seguiría con su camino.

Alma siempre le decía que debían buscar un grupo más grande, pero siempre se las habían apañado bien los dos.

Desde la desaparición de Alma había buscado gente, cualquiera que pudiera darle una pista o incluso encontrar a la misma Alma a salvo, pero ya llevaba demasiado tiempo sin ver a nadie, sin hablar con nadie, sin emitir un sonido y a veces dudaba si podría encontrar las palabras para explicarse.

La cena estaba lista. Su estómago gruñía y muy a su pesar sólo pudo beber el caldo de la sopa. Su cuerpo se sintió mejor, pero debía esperar hasta mañana para comer los fideos, estarían bastante feos, pero seguro le sabrían a gloria.

Apagó la fogata en cuanto comenzó a oscurecer, se puso encima el suéter de Alma y lo cubrió con su chamarra. Llovería de nuevo y no podía quedarse en el suelo. Guardó todo en su mochila y se subió a un árbol con ramas un tanto gruesas.

Hacía más de un mes que no dormía la noche entera, pero tal vez en un par de días tendría techo sobre su cabeza. Tal vez.

Se apoyó en el tronco y cerró los ojos. Aquello le recordaba a esas series de supervivencia que a Alma le encantaba ver. Jamás recordaba ninguno de los consejos, pero él había visto suficientes para intentar. Aunque en la lluvia un rayo podría caerle encima si estaba sobre el árbol, era mejor que llenarse de lodo y caminar mojado y con frio al día siguiente. Sin mencionar los zombies.

Esperaba encontrar un auto si se acercaba lo suficiente a la ciudad. Era un riesgo quedarse sin gasolina en medio de la nada, pero al menos no se estaría enterrando las malditas ramas en el culo. A esas alturas, ya estaba harto del apocalipsis zombie.

Algunos crujidos lo despertaron. Miró hacia abajo y se sobresaltó al descubrir que una caravana de esos cadáveres infames pasaba justo bajo el árbol. Se quedó muy quieto y casi contuvo la respiración. Eso no le gustaba para nada. Venía de la dirección en que estaba el campamento.

Se frotó la cara con molestia. Esperaba que fuera una marcha de rendición, no de victoria.


Notas del autor:

No soy una fan de las historias de zombies, pero es octubre, hay que darle alegría al cuerpo. Espero que la historia sea de su agrado y esperen el pronto encuentro del yullen.

Mandra.