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De los Archivos Secretos de Fantasy Fics Estudios

Presentamos:

¿Conversaciones? con Noham

(Donde se cuentan las desventuras del autor siendo un fanficker)

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#5

Matemáticamente no hay chance

—¿O sea que con un poco de Akane y un poco de mí…? —preguntó Ranma asombrado.

—Sí, sí, pero no solo eso —advirtió el autor—. Hay que tomar en cuenta las otras variables. Un poco de la locura tan normal de Kasumi y su capacidad para mantener las cosas en orden. Otro poco de la inteligencia de Nabiki para los negocios y su talento para la actuación y para chantajear a las personas, eso podríamos elevarlo a la segunda potencia, hay rasgos más fuertes que son fácilmente heredables.

Ranma asintió frenéticamente.

—Luego pensemos en los abuelos —continuó el autor—, hay características que se saltan una generación, lo lamento —le puso una mano en el hombro con piedad—. Los niños tendrán todo el dramatismo de Soun Tendo, mucho llanto asegurado, desde pequeños, tendencia a la exageración. Multipliquemos esto por mil durante la adolescencia, ya sabes cómo es este asunto.

El rostro de Ranma se iba transformando segundo a segundo.

—Ahora, tomemos en cuenta el asunto de tu madre y el apego a las tradiciones, cuando esto se combine con las características de Kasumi, también muy estricta en estas cuestiones, se complementará y lo volverá un gen dominante. O sea que luego se seguirá transmitiendo de generación en generación; eso y el gusto por los objetos afilados. También tenemos que poner en la ecuación a Genma Saotome, hábil para engaños y triquiñuelas, experto manipulador, a su modo también muy inteligente. Entonces, ya sabes, potenciado por las características de Nabiki en este ámbito, se refuerza y se eleva; también se une el histrionismo y el drama del señor Tendo para dar más fuerza a las cualidades actorales ya innatas. ¿Me sigues?

Ranma asintió y balbuceó alguna respuesta con el rostro demudado.

—Bien. Ahora, la señora Tendo —continuó el autor sintiéndose en su salsa con la explicación—. Lamentablemente, ni tú ni yo la conocimos, pero seguro era una mujer muy bella, o sea, tuvo hijas hermosas, y lo que sí sabemos es que la belleza no viene por el lado del padre. Así que pensemos que aporta la belleza a la ecuación, y la sensatez y practicidad, recuerda que de alguien tuvo que aprender Kasumi esa capacidad para seguir como si nada entre tanta locura y pensar en pelar las verduras para la cena mientras la casa se destruye a su alrededor. Perfecto, entonces, conjuguemos todo. Tenemos un Saotome y otro Saotome, más Saotome por Saotome, multiplicado por Tendo, sumado a otro Tendo por Saotome, elevado al cubo y dividido por la raíz cuadrada de toda la operación, lo que nos da un número en decimales que es temible, pero que decidí llamar «Saotome a la saotomegésima potencia». ¿Qué te parece?

Ranma tragó saliva.

—¿Estás seguro que nuestros hijos entonces…?

—Sí, además de todas estas características tendrían las propias, por supuesto, y otras cuestiones heredadas de sus padres, en las que no me detendré —respondió el autor—. Pero fíjate, esto es lo más interesante, Akane quiere diez hijos por lo menos, eso posibilita que las características hereditarias se encuentren latentes en todos, pero desarrollen en profundidad una o dos cada uno, por lo que tendrás todo el espectro familiar y sus encantadoras peculiaridades en tu casi docena de hijos. ¿No es fantástico? ¡Qué niños más adorables tendrás!

—¿Me dices todo esto de verdad? —preguntó Ranma casi sin aliento.

—No lo digo yo, ¡lo dice la ciencia! No hay posibilidad de error. Y recuerda que las matemáticas siempre son exactas.

Ranma se puso verde y salió disparado hacia la salida. En la puerta se cruzó con Akane, que entraba en la habitación.

—¡Lo siento! —exclamó Ranma casi llorando—. Lo siento, pero lo nuestro nunca podrá ser. Lo lamento, Akane, lo lamento tanto.

Y se fue ocultando las lágrimas.

—¿Eh? —Akane frunció el ceño y se volvió a mirar al autor—. ¿Qué le pasa? ¿Ya se va? Pero si nos íbamos a reunir a discutir sobre esa fantástica historia con las aventuras de nuestros hijos.

—Lo siento, es mi culpa —admitió el autor—, le estuve explicando algo de matemáticas y ya sabes cómo las detesta.

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