Capítulo 5:

"Los Sexagésimo séptimo Juegos del Hambre"

Simplemente, me quedé helada. Ósea, ¿Klaus estaba hablando de mí? ¿Él estaba enamorado de mí? ¿Cómo puede ser si en el tren casi que me odiaba por ser hija del mentor? ¡Que sujeto más bipolar!

-Vaya, hijo.-prosiguió Caesar, procesando la bomba que le habían lanzado.- Me parece que Finnick Odair, tiene competencia.-la gente comenzó a reír, pero yo no le encontraba la gracia.

-¿Madi?-preguntó Effie, mientras salí del pasillo, azotando la puerta.

Apreté el botón para llamar al ascensor. Tenía los dientes apretados y me estaba clavando las uñas en las palmas. Escuché que la chicharra que anunciaba el final de la entrevista, significando que Klaus aparecería junto a papá y a Effie, en cualquier momento.

-Maldición.-dejé de lado el ascensor y me enfile hacía las escaleras, tomando los costados de mi vestido para no pisarlos. Subí los malditos doce pisos, pero no tenía ganas de ver a nadie, por lo que hice un esfuerzo más y llegue a la azotea.

¿Cómo se supone que debería estar en este momento? ¿Feliz?, no lo creo. ¿Triste?, tal vez. ¿Por qué tuvo que salir mi nombre?

-Jamás pensé llegar a tener competencia.-volteé para ver a Finnick, acercándose lentamente y con las manos en los bolsillos.-Hay que aclarar, que no me gusta que otros jueguen mis juegos.-

-¿Eres de esos que son totalmente autoritarios con lo que les pertenece?-pregunté alzando una ceja.

-Un poco.-se apoyó en el borde, mirando las transitadas calles del Capitolio.- ¿En serio está enamorado de ti?-me encogí de hombros.

-No sé y no me quiero enterar.-murmuré.- Nunca lo vi en el 12, ni sabía que existía.-rió levemente.- No, enserio. Admito que tampoco tenía tantos amigos, solo una que era mi mejor amiga, pero tampoco sé si iba a la escuela o solo trabajaba.-

-Bueno, al parecer, él te conocía desde las sombras.-bromeo.

-Puede ser.-nos quedamos en silencio, viendo como miles de microscópicos puntitos de colores se movían desde abajo.

-¿Finnick? ¿Madison?-ambos movimos la cabeza hacía atrás, encontrándonos con Effie.- ¿Podrían venir un momento?-nos miramos unos segundos y luego bajamos detrás de ella. No dijimos nada hasta llegar al departamento que me correspondía.

-¿Mags?-preguntó él, al ver a su vieja mentora.

-¿Qué está pasando?-cuestione dirigiéndome a papá.

-Pues verán, en las entrevistas, causaron gran furor cuando se mencionaron la vida amorosa de ambos tributos.-enarqué una ceja, sin entender.- Con Mags, hemos pensado que sería una gran oportunidad venderle a la gente la trágica historias de los dos chicos que estaban enamorados de la misma chica.-

-¡Eso es un locura!-bramó Finnick.

-No, no lo es.-replicó papá.- Es algo que podría salvarle a vida a Klaus y a Madison.-

-Solo uno sale, es imposible que salgan dos campeones en un mismo año.-aclaré.

-Madi, al menos a la gente le gustará.-insistió.- Si alguno muere, todos recordarán la maravillosa historia del complicado triángulo amoroso.-

-¡No pienso hacer eso!-exclamé.

-Déjame decirte, que sí lo harás, nena.-

-Mad, piensa en esto.-interrumpió Finnick, con el ceño pensativo.-Esta sería una oportunidad para salvar tu vida.-

-¡Ves! Hasta él piensa que es lo correcto.-murmuró papá.

-¿Y qué hay de Klaus?-

-De él no te preocupes, si está tan enamorado de ti, tal vez arriesgue su vida heroicamente por ti y todas esas estupideces.-

*.*.*

-Estás muy callada.-comentó Tigris, mientras trenzaba mi cabello, luego de haberme ayudado con el traje que usaría en la Arena.- ¿Estás bien?-

-Deben ser los nervios.-murmuré, sin prestar mucha atención. Ella soltó un leve y suave maullido, siguiendo con lo suyo. El equipo que usaría para los Juegos, constaba en una camiseta, sin mangas, de color morada, pantalones ajustados a mi cadera y cintura de color marrón claro, tenía unas botas de color negro que me llegaban hasta por debajo de las rodillas y eran lo suficientemente cómodas para caminar, hasta incluso, correr. En un perchero que estaba detrás del espejo, colgaba una chaqueta negra con el número doce pegado en la manga.

- Pase lo que pase, apuesto cualquier cosa, a que saldrás viva.-murmuró, terminando con mí cabello. Asentí varias veces, tratando de contener las lágrimas que se aglomeraban en mis ojos, pero era difícil.-No llores, Madi.-me estrechó entre sus brazos, dejándome sentir ese aroma que me había gustado desde la primera vez que la vi, era raro de explicar, pero de alguna forma lograba parecerse al olor materno.- Todo saldrá bien.-tomó mis mejillas, secándolas. Besó mi frente y luego salió de la habitación. Aún faltaba un rato para que tomase el aerodeslizador que me llevaría a la Arena. Me senté en la cama, moviendo la rodilla de la impaciencia y mordiéndome las uñas (mi equipo de preparación, me mataría)

-Solo tienes cinco minutos.-habló la voz de papá, abriendo la puerta de la habitación.

-¡Finnick!-exclamé al verlo ingresar. Me puse de pie y lo abracé con fuerza. Él solo pasó sus manos por mi cintura, pegándome a su cuerpo. Podía sentir el armonioso sonido de su corazón en mi oído, haciendo que me tranquilizase.

-Todo estará bien.-me susurró, frotando mi espalda.

-Tengo miedo.-balbucee.-No quiero ir.-

-Lo lamento, Mad.-murmuró, tomando mi rostro entre sus manos.-Creo que no hay nada que yo pueda hacer para sacarte con vida.-sollocé en su pecho.-Pero tal vez esto te ayude para cuando te sientas sola.-levanté la vista mientras él acariciaba mi mejilla e iba acercando sus labios a los míos. Esta vez no hubo periodistas que nos interrumpiesen, ni cámaras, ni metiches. Solo estábamos nosotros dos. Su tacto era suave, algo que jamás pensé sentir. Pasé mis manos por su cuello mientras me pegaba más a él. Su lengua jugueteo con la mía como si se conocieran de toda la vida. No quería separarme, no quería cortar tan magnifico momento, pero debía hacerlo.

-Te quiero, Finn.-susurré, cuando tenía su frente apoyada en la mía.

-Te quiero, Madi.-sentí una que otra lágrima bajar por mi mejilla, pero fue detenida por su pulgar.- Cuando esté en la arena, quiero que mantengas esto contigo.-metió su mano en su bolsillo y sacó una fina cuerda que terminaba en una especie de colmillo que tenía tallado diferentes formas.-Sé que te traerá suerte, a mí me la trajo en mis juegos.-se colocó detrás de mí, abrochando el pequeño broche de plata.-Ten en cuenta que estaré esperándote.- me di vuelta, volviéndolo a abrazar.

*.*.*

Jamás pensé que la despidida de papá fuera tan dura. Nunca lo había visto llorar, pero estaba claro que temía que lo que había pasado con mamá, se volviese a repetir. Varias veces le dije, que volvería y volvería por él. Haymitch, solo se limitó a abrazarme fuerte, mientras estábamos en la azotea, donde me esperaba el aerodeslizador.

-Antes de que te vayas, quiero que tengas esto.-colocó en mi mano un prendedor, con la forma de una pájaro.- Es un Sinsajo, se supone que debí habérselo entregado hace años a la esposa del Alcalde, pero nunca me acordé. Perteneció a Maysilee Donner, ella estuvo conmigo en mi primer Juego y dijo que debía devolvérselo a su familia.-

-Creo que si vuelvo, se los entregaré.-él sonrió palmeando mi mejilla.

-Es hora de que vayas yendo.-aún tenía los ojos cristalizados y parecía que la voz se le iba a quebrar si no me iba de una vez.

Una vez que subí al aerodeslizador, nos colocaron a todos los tributos el rastreador para que los Vigilantes, pudiesen seguir nuestros pasos. El viaje hasta la base que luego daría a la Arena, duró más o menos una media hora, la cual fue la más larga de toda mi vida. Movía mis manos de los nervios, sintiendo la mirada de todos los otros tributos encima. En la fila de enfrente, a dos asientos de distancia, Klaus mantenía la vista fija en el suelo sin moverse o hacer algún sonido, simplemente callado.

Cuando llegamos a la base, fui acompañada por cuatro Agentes de la Paz, hasta un cuarto donde se encontraba Tigris, no dude en abrazarme a ella, mientras esperábamos a que llegue el momento en que debía partir.

-¿Qué es eso?-preguntó cuándo descubrió el prendedor.

-Me lo dio papá.-una sonrisa se forma en su rostro. Lo tomó y colocándolo en la parte de adentro de mi remera.

-Tengo algo para que comas, mientras esperas.-me acompañó hasta una mesa, donde había algunos platos con comida. No tenía mucha hambre, por lo que comí pequeñas cucharadas del estofado que había.- Yo que tú, me llenó la panza antes de ir a la Arena.-me aconsejó, pasándome vaso con un poco de jugo.

-¡Un minuto!-solté los cubiertos, mientras se me tensaba el cuerpo. Me limpié la boca, bebiendo con las manos temblorosas, un poco de jugo.

-Todo saldrá bien.-murmuró.- Tienes el apoyo de mucha gente.-

-¿En serio?-ella asintió.

-En serio.-me puse de pie, abrazándola. Tal vez por última vez.

-Treinta segundos.-Tigris, me colocó la chaqueta, acariciando mi mejilla. Sonreí levemente, acercándome al tubo de cristal. Una vez que estuve envuelta en las paredes transparentes, la puerta se cerró, separándome de mi estilista. Apoyé mi mano sobre el vidrió, pero ella solo asintió. El tubo comenzó a elevarse, dejando debajo la sala donde había estado hacía solo unos segundos. La tenue luz artificial, fue reemplazada por una brillante, que hizo que me cubriese los ojos a medida que me elevaba.

Cuando logré reaccionar, estaba en mi tarima, en medio de un espeso pantano de aguas sumamente oscuras, mosquitos por todos lados y la Cornucopia se alzaba a pocos metros de nosotros con el reloj que marcaban los setenta segundos que quedaban para que se diese comienzo a los Juegos. Me sentía realmente mal, no quería estar ahí. Sentía el estofado subiendo por mi garganta, como si quisiese salir al exterior. Traté de respirar profundo, pero el aire era demasiado pesado y casi no podía pasar hacía mis pulmones, haciendo esa tarea de cada vez más complicada. Al parecer no era la única que tenía ese problema. La chica del once, se tuvo que apoyar sobre sus rodillas, mientras tosía ferozmente. Cuando logré acostumbrarme, decidí investigar el lugar. Había muchos árboles, no se veían muchos lugares de tierra firme sino que la mayoría estaban inundadas por el pantano. No muy lejos de donde yo me encontraba, logré percibir el olor a rosas, como el que desprendía el presidente Snow. Por un momento temblé, al pensar que él estuviese aquí.

-¿Qué es eso?-pregunté para mí misma, al ver una especie de ojos saliendo de entre medio de las pantanosas aguas. No me di cuenta de que el reloj ya estaba en los cinco segundos y recién lo hice, cuando mi cuerpo toco la frialdad del agua. Algo me había empujado, bruscamente derribándome.

Salí a la superficie y tomé una gran cantidad de aire. Los demás tributos ya estaban rumbo a la Cornucopia, pero parecían tener problemas para hacerlo. Algo gigante se movía por debajo del agua, como si los atacase. No perdí más tiempo, me sumergí nuevamente, mientras nadaba rumbo a las provisiones. No veía nada de nada, pero supe que llegue cuando mi cabeza chocó contra algo duro y firme. Saqué la cabeza y sonreí al ver que estaba frente al cuerno plateado. Haciendo una gran presión con mis brazos, logré subirme a la amplia plataforma. No fui la única que lo hizo, el del once ya se encontraba ahí, eligiendo mochilas, como si fuese una niño en una dulcería. Al verme, soltó una especie de rugido, lanzando un cuchillo en mi dirección, logré esquivarlo, pero cortó apenas mi ceja y luego se perdió en el agua. Tan pronto volví mi vista al frente, él venía corriendo en mi dirección. Acertó un golpe con su cabeza en mi estómago, que me hizo perder el equilibrio y trastabillar hacía atrás, cayendo de espaldas, mientras se ubicaba en mi pecho con sus manos sobre mi garganta. Intenté sacármelo de encima, pero era un tanto más pesado que yo, sin contar que contaba con más fuerza. Di un grito ahogado, cuando de su boca salió sangre que manchó mi rostro. A pocos metros, se encontraba Klaus con una colección de cuchillos a su disposición. Di un salto y me puse de pie, aún había pocos que había logrado salir del agua. No perdí nada de tiempo y me arrodille frente a los suministros tomando cualquier mochila al azar y luego revisando hasta encontrar lo que estaba buscando: un arco plateado y un tridente. Me detuve una fracción de segundos para ver como la estaban pasando mis enemigos. La verdad que es que la suerte no estaba de su lado. Cosas escamosas de color blanquecino y de gran tamaño, los atacaban. "Mutos". Pensé mientras me apresuraba a salir de la Cornucopia para encontrar un lugar seguro. Los que habían logrado salir del agua, se apresuraban a tomar todas cosas que podía e irse lo más rápido posible. Cuando llegue a la esquina de la gran plataforma, busqué la forma de saltar y escapar. Cerca de mí había una especie de bulto, que era más específicamente, un muerto. Estaba a pocos metros de una posible salida, mi posible salida. Me coloqué la mochila en la espalda, junto al carcaj, el arco y el tridente. Retrocedí un poco y tomé carrera, dando un salto sobre el cuerpo, que se hundió un poco, pero resistió. Arañe con la uñas la tierra, mientras escuchaba el sonido de más cuerpo, con vida, cayendo al agua tratando de huir. Me agarré como pude de las raíces que caían de un árbol y logré escalar hasta tocar tierra. Me reincorporé rápidamente, echando un vistazo a lo que se encontraba detrás de mí. El agua verde, se había teñido de rojo y había una gran cantidad de niños muertos. Me obligué a volver a mi misión y salí corriendo, dejando el pantano detrás de mí.