Capítulo 6:
"Las heridas duelen"
La verdad es que no tengo idea de cuánto corrí, solo sé es que me aleje bastante de la Cornucopia. Había logrado tomar un arco, un tridente y una sola mochila, la cual, ya tendría tiempo de revisar. Me detuve un momento para poder respirar, pero no me detendría por mucho tiempo, eran muchos los que habían logrado escapar del pantano y se esparcieron en cualquier dirección. Mis ojos recorrieron el escenario en el que estaba: era una especie de claro, donde había frondosos arbustos, alguna que otra enredadera y cortos árboles de finas ramas. Desde que había salido del centro de la Cornucopia, me había estado sangrando la ceja y por más que limpiase la herida, seguía saliendo sangre.
Con un poco más de aire en mis pulmones, volví a emprender mi marcha. Desde las copas de los árboles, se escuchaba el canto de diferentes aves. De vez en cuando me daba vuelta para asegurarme de que seguía sola. En algunas ocasiones me sentía realmente observada desde diferentes ángulos, pero sabía que tal vez eran las cámaras de los Vigilantes. Seguí avanzando, con el sonido del quebrantamiento de algunas ramas a mi paso.
Escuché una especie de grito, que me hizo voltear, pero cuando me quise dar cuenta, otro cuerpo, impactó contra el mío, lanzándome hasta el costado del árbol más grueso que había cerca. Solté un gemido de dolor, mientras me sostenía las costillas. Levanté la vista encontrándome con dos ojos asesinos, que pertenecían a la tributo del 7, aquella que en el desfile llevo ese horroroso vestido de árbol. Su expresión reflejaba demencia, en sus manos llevaba dos cuchillos de punta curva y se acercaba rápidamente a mí. Hice todo lo posible para poder detenerla, pero me dio un rodillazo en el estómago, haciendo que bajara la guardia y me retirase un poco. Cuando volvió a correr para acercarse a mí, me reincorporé, tomando uno de sus brazos y flexionándolo hacía atrás con fuerza. Ella soltó un grito mezclado con un gruñido y me dio un cabezazo en la nariz. Nuevamente, mi rostro sangraba. La chica, me tomó del pelo y comenzó a arrastrarme por el grueso colchón de hojas secas. Ejercía tanta presión, que me comenzó a doler la cabeza. Mis manos tanteaban el suelo, en busca de algo para defenderme, pero el arco y el tridente estaban demasiado lejos y no los alcanzaba. Algo me rozó la mano y no dude en tomarlo. Una roca, era perfecta. Aprovechando que mi atacante me arrastraba dándome la espalda, logré lanzársela, dándole justo en la nuca. Sentí mi cabello liberado y no dude en ponerme de pie, corrí hasta el arco, colocando lo más rápido que pude una flecha. Ella soltó un gruñido y del interior de su chaqueta sacó otro cuchillo. Ambas disparamos al mismo tiempo, ¿Cuál es la diferencia? Bueno, es simple. Mi tiro la mato, en cambio el suyo, solo se clavó en mi pierna.
Dejé caer el arco y caí de espalda al suelo, al tiempo que escuchaba el cañón que anunciaba que otro tributo, había muerto. Solté un grito al comenzar a sacar el cuchillo de mi pierna. Me estremecí al ver que había más sangre. Trate de reacomodar mi respiración, pero se me era imposible. El cielo estaba comenzando a tornarse de un rosa casi anaranjado. Es hora de ir buscando un lugar donde poder acampar y pasar la noche. Antes de irme y de que aparezca el Aerodeslizador, revisé todas las cosas que tenía la chica que…mate. Ella no tuvo tanta suerte, solo consiguió un poco de soga, una gran colección de cuchillos, pero a la que le faltaban cinco, un par de latas de comida, una tienda de campaña y una cantimplora vacía. Yo aún no sabía que es lo que me había tocado, pero ya tendría tiempo de averiguarlo.
Guarde todas esas cosas en la mochila, dejando solo un cuchillo a la mano, por si acaso. Cuando apenas hice dos metros, se levantó una correntada que hizo elevar unas cuantas hojas que se me pegaron en el pelo. Una especie de mano mecánica, tomó el cuerpo de la chica del 7, llevándosela. Volví mi vista al frente, asegurándome de estar sola y de que el cañonazo no haya atraído a más curiosos. La punta de mi bota, pateo algo que produjo un ruido metálico. Escondido en el suelo, se encontraba el tridente plateado. Miré para todos lados, antes de agacharme para tomarlo.
Tarde una media hora en encontrar un lugar donde pasar la noche. Llegue a una parte de la Arena donde había más cantidad de árboles, de troncos más gruesos y de follaje más denso. Elegí el que era más alto y comencé a montar mi campamento.
Utilicé las sogas para formar un atado de ramas y colocar como base la lona de la tienda. Una vez que tuve algo sobre que apoyarme, me senté y comencé a revisar las cosas que me habían tocado. Un saco de dormir, más latas de comida, una loción para mosquitos, alcohol, gazas y más soga. Bueno, algo era algo.
Ya era de noche por lo que no me convendría bajar a revisar el perímetro, tal vez lo haría en la mañana. Me acomodé en el saco de dormir, hacía mucho calor como para taparme, por lo que solo abrí los cierres y desplacé la otra parte hacía el costado. Me despojé de mi chaqueta, quedando solo con la camiseta a tirantes, que por suerte era de una tela liviana. Estaba demasiado exhausta, me dolía todo el cuerpo y me escocía la herida de la pierna. Me reincorporé, apoyando mi espalda en el tronco, mientras sacaba la botella de alcohol y el paquete de gazas. Hice el agüero del pantalón un poco más grande para poder limpiar la sangre con más precisión. Al principio una sofocante sensación de ardor, me invadió cuando apoye el trozo de tela. Apreté los labios, hundiendo las uñas en la lona de la tienda. Respiré profundamente, mientras lo iba retirándola de a poco. Corté un trozo más de gaza y la até en mi pierna. Me acomodé nuevamente, dejando de lado las latas de comida. Cuando estaba intentando dormir, el cielo se iluminó, dando paso al himno de Panem, junto a su sello. Me moví apenas para ver a los caídos. Han muerto diez en total: los dos del tres, la chica del cuatro, la de seis, los dos del siete, uno del nueve, los dos del diez y el del once. Solo quedábamos catorce.
*.*.*
-¡Madison!-me levanté de golpe, casi cayendo del árbol, pero por suerte estaba sujeta con una soga.- ¡Madison!-luego de haberme subido de nuevo a la rama, miré a todos lados, intentando hallar la ubicación de aquella persona.- ¡Didi!- la única persona viva en este mundo, capaz de llamarme así es…
-Haymitch.-me desaté las sogas y me puse de pie sobre las ramas. Miré en todas las direcciones, pero solo encontré un pájaro.- Charlajos.-murmuré tomando el arco. Debía callarlo, antes de que alguien más lo escuche. El ave, cayo inerte de la rama en la que estaba.
Ya estaba despierta, por lo que era hora de buscar un poco de agua. Tomé el arco y chaqueta. Hoy había cambiado el clima y había un poco más de viento que te hacía erizar los pelos del brazo. Lentamente fui bajando del árbol, procurando no hacer tanta fuerza con la pierna lastimada. Una vez que logré tocar el suelo, comencé a caminar. En la noche habían pasado los Profesionales, alardeando sobre las matanzas que había logrado hacer en la Cornucopia, en el camino mencionaron un estanque que se encontraba a dos kilómetros de aquí y que al parecer era la única fuente de agua potable que había en toda la Arena. Bien, ahí me dirigía yo.
A medida que avanzaba, el terreno era cada vez más diferente. Se podían distinguir menos cantidad de árboles y más cantidad de arbustos, había momentos en los que el cielo era opacado por el intenso verde que proporcionaban algunos de los pocos árboles que había en esa zona.
-¿Dónde crees que esté la del 12?-voltee al escuchar esas voces. Miré para todos lados hasta que decidí esconderme detrás de unos arbustos.
-No lo sé.-respondió otra voz.- No sé si ha sido mi imaginación o qué, pero escuché que alguien la llamaba.-
-Sí, yo también lo escuché.-habló otra voz.- Mejor sigamos buscando.- se alejaron poniendo rumbo hacia el este. Esos eran parte de los Profesionales.
Salí de mi escondite luego de haberme asegurado que se habían marchado. Amarrada a mi cintura estaba la cantimplora que llenaría con agua para luego regresar.
Después de haber hecho el otro medio kilómetro que me faltaba, comencé a escuchar el sonido de la naturaleza, despertando a mí alrededor. Sentía los pájaros trinar desde las ramas desnudas de los árboles, pero el sonido que más me gusto fue el de miles de millones de gotas de agua, cayendo en forma de cascada. Sin importarme que me doliese la pierna, corrí hasta caer de rodillas en la fangosa orilla del tan famoso arroyo. Usé mis manos para formar un cuenco y llenarlo de agua, que luego me lleve a la boca. Nada se sentía mejor que sentir esa incomparable sensación de algo fresco bajando por mi garganta. Me apresuré a sacarle el seguro a la cantimplora y llenarla, al tiempo que me aseguraba de estar sola y que nadie me tomase por sorpresa. Luego de haberla llenado, me acordé de la herida. Me senté en la orilla y lentamente fui ingresando en el agua. Se sentía tan bien, que me tomé un momento para relajarme y olvidarme de donde estaba.
-Qué suerte.-habló una voz detrás de mí, asustándome.- Por un momento pensé que alguno de los cañones fuese el que anunciara tu muerte.- Klaus estaba detrás de mí con los brazos cruzados y con una sonrisa socarrona.- Me alegró de saber que estás viva y no muerta.-
-Que considerado.-murmuré con ironía, saliendo lentamente.-Yo también me alegró de que estés bien.-sonrió y se acercó a mí.
-¿Qué te paso?-preguntó mirando la herida.
-Nada, solo un pequeño encuentro con un tributo.-respondí ligeramente.- Nada grave.-enarcó una ceja.- Solo fue un cuchillo.-se acercó más para examinarla.
-Tienes suerte.-sentenció.- El tirador era muy malo, si hubiera sido alguien como yo te hubiera pasado algo peor, tal vez estaría mucho peor ahora.-
-Gran consuelo.-ironicé, apoyándome sobre mis codos. Del bolsillo de su chaqueta sacó un pequeño pote de color plateado el cual desprendía un exquisito aroma a menta. Untó un poco en dos de sus dedos y comenzó a pasarlo por mi pierna. Tanto el dolor como el calor que estaba generando, fueron desapareciendo lentamente.
-¿Has recibido algún paracaídas?-preguntó, apenas levantando la vista. Negué con la cabeza.- Creo que alguien se ha olvidado de ti.-bromeo. Rodé los ojos y me tiré un poco hacia atrás. Volvió a meter los dedos, pasándolos por encima de mi ceja. Esta vez lo hizo más lentamente, como si quisiese hacerlo perfecto y que luego no quedase ninguna imperfección.
-¿Has visto el resto de la Arena?-
-Sí.-respondió alejándose un poco.-Los Profesionales tomaron la Cornucopia, quedándose con el resto de las armas y provisiones. El resto de los tributos se esparcieron por todas las direcciones.-
-Que observador.-comenté, reincorporándome con su ayuda.- ¿No les seguiste el rastro?-
-Me preocupo más por los Profesionales, que por aquellos que no son tan peligrosos.-
-¿Yo soy peligrosa para ti?-pregunté, mientras tomaba un poco de la pomada y la pasaba por una herida que surcaba su mejilla.
-Hasta ahora no has querido atacarme ni nada por estilo.-murmuró.- Por el momento eres inofensiva.-
-No te confíes mucho.-él rió levemente, mientras se ponía de pie y pasaba uno de sus brazos por mi cintura para ayudarme.
-¿Tienes un lugar donde poder quedarte?-asentí, tomando el arco y la botella de agua.
-Está a dos kilómetros de aquí.-
-¿Viniste rengueando dos kilómetros?-cuestionó divertido.
-Sí.-respondí con firmeza.- No me iba a quedar todo el día sentada sin hacer nada.-
-Ven, será mejor que volvamos.-
*.*.*
Lo guie durante el trayecto, él me sostenía firmemente procurando que no pisase en falso ni nada por el estilo. Era mucho más caballero de lo que imaginaba.
-Aquí es.-anuncié, cuando llegamos a mí árbol. Él se ofreció para hacer guardia mientras yo escalaba.
-¿Hiciste todo esto tu sola?-preguntó mientras se acomodaba en la amplia lona. Asentí segura.- Vaya, esto es mucho mejor que mi cueva.-rió un poco.-Cuando la encontré pensé que estaba vacía, pero me equivoqué. Dentro se encontraba el loquito del nueve.-
-¿Qué paso?-
-Cuando salió detrás de mí persiguiéndome, se murió.-
-¿Así no más?-inquirí enarcando una ceja.- ¿Se murió solo?-
-No, mentira.-volvió a reír.- Apareció un muto y bueno, ahí si se murió.-
-Vaya.-comenté.- Que bueno.-
-¿De dónde sacaste toda la comida?-preguntó, tomando una de las latas.
-Algunas las encontré en la mochila que tomé y las otras de una chica.-respondí.
-¿La mataste?-
-No, se las pedí prestadas, luego debo devolvérselas.- ironicé.
-No te creía capaz de matar a alguien.-murmuró.
-Bueno, estamos en los Juegos del Hambre, si no te defiendes te matan, ¿no?-él asintió. Abrí una de las latas, utilizando la tapa como cuchara. En mi vida había escuchado a un mentor diciéndole a su tributo "Vives para morir o matas para vivir". Nunca le había encontrado el sentido, pero con el correr de los años fui dándome cuenta de que es lo que en verdad significaba.
Luego de haber cenado, me ofrecí para hacer la primera guardia. Klaus se durmió a los poco minutos, quería asegurarse de que yo estuviese bien.
Me apoyé en el tronco del árbol y me puse a contemplar el oscuro firmamento. Estaba lleno de estrellas, no había nubes y solo corría una leve y fría brisa. Me lleve las piernas al pecho, abrazándome a mí misma. En un costado descansaba el tridente que había encontrado, solté un suspiro y no pude evitar acordarme de Finnick. Esto de jugar a dos puntas, no me gustaba. Sabía que lo defraudaría si no volvía a casa y tampoco quería perder a Klaus. Sí, suena raro, pero se estaba convirtiendo en alguien especial para mí y no quería verlo morir.
Saqué el collar que me había dado Finn y lo acaricie lentamente. Deseaba que mi nombre jamás hubiese salido. Me acomodé en el saco de dormir, el cual debía compartir con Klaus, y lentamente me fui quedando dormida.
