Capítulo 8:
"Los dos lados de los Juegos"
Finnick:
Bueno, al parecer ese tal… Trelaway se había tomado muy enserio lo de fingir ante las cámaras, poco más y se la comía entera. Traté de concentrarme en el televisor que estaba en la sala del piso cuatro. Mags, se había ido a acostar y solo yo quedaba en la sala. Cualquier otro mentor hubiera apagado la pantalla si sus tributos hubiesen muerto, pero yo no. No me preocupaba por esos dos que me habían tocado este año. A mí solo me preocupaba Madison. La verdad es que hubiera preferido que no se hubiese encontrado con Klaus, pero bueno, era parte del trato.
Arena:
La mañana había llegado, en el transcurso del amanecer habíamos escuchado algunos cañonazos. De seguro los Profesionales anduvieron de cacería. Lentamente el frío comenzó a desaparecer, dándole la bienvenida a una pequeña primavera. Ya el aire se sentía cada vez más tibio y la nieve había desaparecido de la noche a la mañana. Moví mi mano buscando a Klaus, pero no lo encontré del otro lado del saco de dormir. Fui abriendo los ojos, encontrándome con los primeros rayos de sol, filtrándose por la tela de tienda. Desde uno de los costados, se escuchaban ruidos.
-¿Qué haces?-pregunté, reincorporándome y fregándome los ojos. Él se encontraba guardando algunas cosas dentro de su mochila.
-Lo lamento, Madi.-murmuró.- Pero ya solo quedan siete tributos, entre ellos estamos tú y yo. Los Profesionales se separaron por distritos. Van a matarse entre ellos y no quiero que solo quedemos nosotros solos.-
-¿A dónde vas a ir?-me saqué la parte de arriba del saco de dormir y me acerqué a él.
-Eso no importa.-dejó de lado la mochila y tomó mis mejillas.- Quiero mantenerte a salvo.-junto sus labios con los míos, pero aquel beso no era como el de anoche, sino que era más frío y más agrió.- Debo irme.-me susurró, separándose y volviendo a tomar sus cosas. Antes de que pudiese decir algo, salió de la tienda y comenzó a bajar lentamente por el tronco. Tarde reaccione y para cuando quise detenerlo, él ya no estaba. Me quedé en silencio, sentada junto al saco de dormir y mi arco. ¿Cómo se supone que debería sentirme en este momento?
No baje del árbol en todo el día, apenas comí un poco y me dediqué a dormir la mayor parte del tiempo. Mis dedos acariciaban el collar que me había regalado Finnick, la verdad es que tenía una gran revuelta en la cabeza. Finnick. Klaus. Klaus. Finnick.
Para cuando cayó la noche, comenzó a hacer frió de nuevo. Me arropé con el saco de dormir e intenté pegar un ojo, pero era casi imposible con la guerra que se desataba en mi mente. Me deshice de mi abrigo y me puse de pie para salir de la tienda.
Apenas me asomé a la entrada, sentí ese cortante aire helado, pegándome en el rostro. Me subí la cremallera de la chaqueta y comencé a bajar lentamente, con el arco y el carcaj, en la espalda. Con las manos en los bolsillos, comencé a caminar, procurando no hacer ni el menor ruido a la hora de pisar. El cielo comenzaba a oscurecer lentamente, el viento era un poco más violento que antes.
Estuve un largo rato dando vueltas, sin saber qué hacer. Varias veces estuve alerta al escuchar ruidos provenientes de los arbustos. Caminé los dos kilómetros hasta el arroyo, donde busque un poco de agua. Me senté en la orilla, para dejar pasar un poco el tiempo.
-Madison…-voltee, al escuchar una suave voz susurrando mi nombre. Miré para todos lados, pero no había nadie escondido, ni agazapado, ni siquiera entre los árboles. El aire se llenó de un espantoso olor a rosas. Sentí una mezcla de repugnancia que me hizo revolver mi estómago. Me volví a poner de pie, saliendo de ese lugar, volviendo a mí campamento, del cual jamás debía haber salido.
Mirando por última vez el cielo despejado, me acurruqué en un extremo de la tienda. Había comido menos de la mitad de la comida que había en una lata. Estaba comenzando a hacer frío de nuevo y el abrigo que proporcionaba el saco de dormir, era demasiado poco. Froté mis manos para darles calor e intenté soplarlas para pasarles aire caliente, pero era muy poca la cantidad que podía producir. Resignada, traté de acomodarme en el suelo para intentar dormir. Tenía mis brazos como almohadas. Dejé que mi mirada vagase por todo el lugar. Se sentía tan grande, tan vació, como el que tenía en el pecho. Pesé al frío, pude distinguir mis saladas lágrimas. No sabía si eran de tristeza, soledad o una mezcla de ambas. Acaricie el collar de Finn, como si eso me conectase a él. Lo extrañaba y mucho.
*.*.*
-¡Finnick!-grité. Me desperté de golpe, con la respiración agitada, las manos temblorosas y la frente empapada de sudor. Miré por la puerta de la tienda, como el amanecer comenzaba a hacer su aparición lentamente. Me reincorporé apenas, tocando la tela de la entrada, sintiéndola escarchada. Solté un suspiró y me volví a sentar. Había dejado la puerta abierta toda la noche, sin importarme el frío, ni la nieve. Estuve esperando a que Klaus volviese, pero solo conseguí congelarme durante más o menos siete horas. Miré mis manos, encontrándolas rojas, como si hubiera apretado algo con demasiada fuerza. Más hacia un costado, se hallaba el tridente qué había logrado encontrar. Sonreí un poco, pero eso no logró cambiar mi humor.
Luego de haberme arropado con la chaqueta, tomé el arco y un cuchillo, que guardé dentro del bolsillo que tenía mi pantalón y salí al exterior. Fui bajando del árbol, mirando todo a mí alrededor. Casi ni había salido el sol y los que quedábamos, aprovecharían este momento para seguir durmiendo. Mientras camino, siento como la nieve se va derritiendo bajo la suela de mis botas. Me cuesta un poco avanzar, pero logré alejarme lo suficiente del árbol.
¿Dónde se encontraría Klaus en este momento? ¿Estará bien? Solté un suspiró mientras iba ingresando a un terreno donde el suelo estaba más nivelado y no había posibilidades de que resbalase con la nieve. La noche, en sí, estuvo bastante tranquila. No se escuchó el sonido del cañón, irrumpiendo en la tranquilidad de la Arena, tampoco había sentido a ningún grupo de Mutos, pasando por debajo de mí árbol, ni nada de eso. Tenía la idea de que se estaban guardando todo lo mejor para el final.
Por auto reflejo, saqué una flecha del carcaj y la coloqué en la cuerda, apenas sentí movimientos en los arbustos que estaban cerca de mí. Miré en todas direcciones, pero no había nada sospechoso que valiese mi atención o, en efecto, una flecha. Caminando hacia atrás, tomé la decisión de volver al árbol e intentar mover mi tienda.
-¿Vas a algún lado, linda?-preguntó una voz, reteniéndome por los brazos. Había reconocido esa voz. Pertenecía a uno de los Profesionales, si mal no recuerdo al del dos o el del uno.- Vaya que nos tomó tiempo tratar de encontrarte.-rió a carcajada pura.- ¿Qué paso con el chico que estaba enamorado de ti?-intenté liberarme, pero él ejercía más fuerza.- ¿Dónde está papi para defender a su pobre hijita, eh?-preguntó dejando su voz bromista de lado.- ¿A caso pensaste que no iríamos detrás de ti?-logré mover mi brazo, asestándole un codazo en el pecho. Al menos eso hizo que se alejará un poco, dándome la oportunidad de tomar el arco nuevamente.- ¡A dónde crees que vas!-gruñó, tomándome de una pierna y tirando hacia atrás nuevamente. Forcejee e incluso arañe la tierra para recuperar mi arma, pero era casi imposible que pudiese conseguirla nuevamente.- Vamos a jugar un poco, 12.-me tomó del pelo, arrastrándome un poco, para luego hacer que me pusiera de pie.- Que bonito rostro.-pasó una de sus manos por mi mejilla, mientras sonreía. Solté un grito, al sentir un golpe por encima de mi pómulo.- ¿Estás bien, pequeña Abernathy?-preguntó con burla. Me retiré un poco, mientras me cubría la sangre que caí de mí rostro.- Espero no haberte hecho daño.- lo miré con odio, mientras me volvía a reincorporar.- Hermosa carita, cielito.- comencé a correr, pero me detuvo, tirándome al suelo. Escuché claramente como mi espalda, sonó al chocar contra la tierra.- Si no hubieses sido elegida en la Cosecha, tal vez hubiera reconsiderado prestarte atención, bonita.- tenía su rostro demasiado cerca del mío. Volví a forcejear para sacármelo de encima, pero era demasiado pesado para mí sola. No tenía ningún cuchillo a mi disposición, por lo tanto estaba desarmada e indefensa. O eso creía. Recordé que tenía un cuchillo dentro del bolsillo de mi pantalón. Deslicé mi mano hacía él. Al principio me costó un poco alcanzarlo, pero lo hice.-Veamos qué cara pone papi, cuando escuche el cañonazo que acabe…-
-Con tu vida.-murmuré y no dude en ensartárselo en el estómago. Su rostro se deformó por el dolor, abrió la boca varias veces. Antes de desplomarse hacia el costado, soltó una gran bocanada de sangre que manchó mi cuello y parte de mi chaqueta.
-¡NO!-gritó alguien de entre los arbustos, pero ese grito se vio ahogado por el sonido del cañonazo, anunciando que Profesional, había muerto. Una cica, salió de su escondite, gritando el nombre del chico que estaba tirado en el suelo con los ojos abiertos y el cuchillo en el estómago.
Recogí el arco y no dude en volver al árbol. Ni siquiera me importaba estar llevándome puestas todas las ramas que hasta hacía un rato había esquivado. Ahora solo quedamos cuatro, solo rogaba que Klaus, estuviese con vida aún. Sonreí al ver que me estaba acercando a mí campamento, ya no faltaba nada para que me pusiera a resguardo de mi tienda. Cuando estaba por llegar, escuché un grito y sentí un gran peso en mi espalda, que me hizo caer de bruces al suelo. La misma chica que minutos antes había estado llorando por el chico de su distrito, ahora se encontraba sobre mí, tratando de ahorcarme.
-Lo…lo mataste.-sollozaba, ejerciendo fuerza en mi cuello. Para mí suerte, el hecho de que estuviese triste, hacía que no hubiese tanta presión. Logré sacar mi mano de debajo de mi pecho y con ella, darle un golpe seco en la cadera que hizo que se cayera hacía un costado liberando mi espalda. Me levanté jadeando, mientras ella aún seguía en el suelo.- ¡Vamos!-gritó.- ¡Anímate a matarme!-pidió con la voz más y más quebrada.- ¡Ya no tengo nada! ¡Tan solo quiero morir!-levanté el arco, al ver que se movía, pero solo se puso de rodillas.- Te lo ruego.-tomé con más firmeza el arco, apuntando a su pecho. Iba a soltar la flecha, pero no podía. Simplemente no podía matarla. Ella soltó un grito ahogado y cayo de frente al suelo. Retrocedí un poco y me asusté al escuchar el sonido del cañón.
-¿Madi?-levanté la vista encontrándome con...
-¡Klaus!-exclamé, pasando por encima del cuerpo y abrazándolo.
-Hey, hey.-acarició mi cabello, suavemente.- Tranquila, estás a salvo, tranquila.-él me llevó hasta mi tienda, donde se encargó de curar el golpe de mi rostro.
-Te he estado esperando.-comenté, luego de haber pasado un largo tiempo en silencio.
-Lo sé.-soltó un suspiro y se sentó a mí lado.-Perdón por no haberte dado explicaciones y haberme ido así tan…de improviso. Pero no quería que solo quedemos nosotros.-chasqueo la lengua con rabia.- No quiero ser yo quién acabe contigo.-acaricié su mejilla.- Sería capaz de matarme a mí misma por ti.-me reincorporé un poco y me senté en su regazo.- Eres demasiado hermosa, Madi.-me abrazó por la cintura, escondiendo su rostro en mi pecho. Acaricie su cabeza, mientras le susurraba que todo estaría bien.- ¿Sabes?- negué con la cabeza.- Te amo.-sonreí un poco, mientras lo seguía acariciando.-Recuerdo la primera vez que te vi.-rió un poco.- Estabas con Sae la Grasienta en la carnicería de mi tía. Te veías jodidamente adorable con un pequeño vestido rosa, que seguramente te regalaron en el Capitolio, llevabas el cabello suelto y todo rizado. Lo que más recuerdo era escuchar tu risa cuando saltabas de la mano de Sae. Desde ese momento supe que eras especial y que…que…-puede notar como se le quebró la voz y unas cuantas lágrimas mojaban mi camiseta.
-Hey.-lo tomé del mentón para que me mirase.- Estaremos bien.-él asintió lentamente. Sin moverse mucho, alcanzó mis labios.
*.*.*.*
Habíamos decidido separarnos, para que cada uno buscase otro lugar para quedarse. Ambos desmantelamos la tienda y guardamos todas nuestras cosas en las mochilas. Para nuestra suerte, el cielo estaba despejado y había una brisa que no era ni fría ni cálida, era intermedia.
-Bueno.-habló Klaus, cuando ya nos encontrábamos en el suelo.-Creo que hasta aquí llegamos.-asentí con la mirada pegada en el suelo.-Bien, nos vemos.-lo abracé por última vez y lo de dejé marchar en dirección opuesta a la mía.
Me acomodé la mochila, el arco y el carcaj y comencé a caminar. Solo quedábamos cinco tributos. Los dos del uno, uno del siete y nosotros dos. Ojala que esta pesadilla termine pronto. Haber estado estos tres días en la Arena, habían sido peor que cualquier otro castigo. Mientras seguía caminando, escuché un cañonazo.
-¡Klaus!-
