Capítulo 10:

"Nacimos para morir…"

Lugo de que el aerodeslizador se hubiese llevado el cadáver de Klaus, me obligué a mí misma a abandonar el lugar. Retomé mi camino hacia el este, tratando de alejarme lo más que podía de la Cornucopia. A cada paso que daba me sentía realmente mal, aún tenía los ojos mojados y empañados. Antes de haber dejado por completo el lugar, busqué una cámara e hice la señal que hacíamos en el distrito. Recordé al padre de Klaus, el cuál debería estar devastado por haber visto la muerte de su único hijo, pero yo me encargaría de su muerte no haya sido en vano.

La verdad es que no tengo ni la más remota idea de cuánto habré caminado, pero solo sé que me alejé muchos kilómetros en pocas horas. No me sentía ni cansada, ni con hambre ni sed; a lo largo del camino no me crucé ni con tributos ni Mutos. Estaba completamente sola, escuchando los sonidos del bosque.

Llegué a la parte más montañosa de la Arena. Allí hacía un poco más de frío y corría más el viento. Tuve que ponerme la chaqueta de Klaus y subirme hasta arriba el cierre de la mía. Decidir establecerme allí por un tiempo. A medida que subía para encontrar algún lugar estable en el que pudiese mantenerme en pie, resbalaba con la escarcha que cubría la roca de las paredes.

-¡Maldición!-exclamé cuando resbale, raspándome la rodilla, haciéndole un agujero al pantalón y viendo cómo se me iba poniendo roja para luego comenzar a sangrar. Esa simple herida no me impidió seguir subiendo hasta hallar una cueva justo en el centro de la montaña.

Tal como hice en el árbol, utilicé la lona como base para no tener que sentir el frío del suelo y tener más o menos algo en que dormir. Saqué una lata de conserva y comí apenas menos de la mitad. En el interior hacía mucho más frío que en el exterior, por eso saqué la manta que había pertenecido a Klaus y me envolví en ella, dejando que el aroma a su antiguo dueño, me embriagase. No había pasado ni un día sin él y lo extrañaba horrores. Me había acostumbrado a su presencia y ahora la echaba de menos.

Tomé la decisión de no salir de la cueva por al menos unos días, aún no me sentía en condiciones de seguir luchando en esta Arena.

El primer día, me quedé viendo el amanecer y el atardecer en la misma posición, sin moverme ni nada. Al segundo, un pájaro se posó en la entrada, pero ni siquiera me inmuté de ese hecho. Al tercero, tuve que hacer algo, ya que se metió un Charlajo que imitaba los gritos de Klaus y eso me exasperaba. Al cuarto, escuché una voz que decía que el primero en llegar a la Cornucopia, sería el ganador y el resto moriría. Ahí fue cuando realmente reaccione y me dije a mi misma: se acabaron los días de luto.

Cuando decidí volver a ponerme en marcha, tenía un hambre impresionante y la comida que tenía, no me llenaba. Escuché un suave canto en la entrada de la cueva. El mismo pájaro que se posó al segundo día, terminó siendo mi almuerzo. Con las manos temblando, logré sacarle todas las plumas. Prendí una pequeña fogata, lo suficientemente grande como para cocinar al ave. Miré una de las plumas y era de un color llamativo, muy bello por así decirlo. La carne del ave era tierna y jugosa, lo bastante sabrosa como para llenarme por un par de horas.

Una vez que terminé de almorzar, tiré los restos por la montaña y apagué la fogata, para luego tomar mis cosas y comenzar a bajar.

Me interné en la espesura del bosque, por ahora todo estaba en silencio, como si se guardasen lo mejor para el final. Tenía el arco preparado por las dudas y miraba para todas partes, asegurándome de que no me tomaran por sorpresa. Llegué al arroyo. Creo que ese fue el único momento en que baje la guardia. Saque la cantimplora plateada y comencé a llenarla con agua, use mis mano para lavarme la cara y humedecerme el cuello. Sentí un movimiento entre los arbustos y rápidamente me puse a la defensiva. Detrás de un árbol vi algo pequeño que caminaba por encima de una rama. Me acerque apenas, distinguiendo a una ardilla. Reí ante lo pomposa que era su cola y lo tierna que era su cara. Bajé el arco, sin perderla de vista. Me reí aún más al ver como se movía con gracia entre las ramas hasta que llegó a una que estaba sobre mi cabeza. Estiré mi mano para tocarla, pero me mordió. Solté un grito y retrocedí. La adorable ardillita, ya no era tan adorable cuando me mostro unos afilados dientes, de los cuales choreaba un fino hilo de mi sangre. Fui retrocediendo cada vez más al ver que más de esas cosas salían de entre las ramas.

-Mutos.-murmuré. En un rápido movimiento, tomé mis cosas y comencé a correr por entre el follaje. Me corté la mejilla con una rama, pero seguí corriendo. A mi par vi a otro tributo escapando, pero él tenía más problemas que yo. Estaba siendo seguido por una bandada de pájaros de largos picos que le había picoteada toda la cabeza. Salté una piedra y caí de boca al suelo. Sentía a las ardillas corriendo detrás de mí, por lo que me volví a poner de pie y seguí corriendo. Escuchaba los pájaros que iban detrás del otro tributo, pero a su vez se sumó la tributo profesional del uno, también siendo perseguidos por los Mutos, pero esta vez eran los lagartos.

Nos abrimos paso hasta llegar a la Cornucopia, allí tanto los pájaros como las ardillas, se detuvieron. A nosotros no nos quedó más opción que saltar al agua para librarnos del otro peligro que se nos venía encima. Antes de saltar, vi de reojo a al chico del uno, siendo emboscado por dos lagartos, que lo superaban en estatura y fuerza. No sé como pero, caí al agua de un golpe seco y sentí mi garganta obstruida por un momento. Logré abrir los ojos en las pantanosas aguas y divisé a la profesional con sus manos sobre mi cuello, tratando de ahogarme. Movía mis piernas para liberarme, pero casi no podía. Logré hacer que mi rodilla llegase a su estómago y le propiné un puntapié, que me dio unos segundos de ventaja para salir al exterior. Cuando mi cabeza salió del agua, escuché con claridad el sonido del cañón. El profesional del uno, había muerto. Miré hacia la orilla y los lagartos se acercaban. Nadé tan rápido como pude hasta la base de la Cornucopia.

-¡¿A dónde crees que vas?!-gritó la chica del uno, tomándome de la bota y tirando de ella, para ahogarme, como así sus manos tratando de escalar por mi espalda, para dejarme abajo. Escuché el sonido que hicieron los cuerpos de los Mutos al volver a zambullirse, por lo que logré darle una patada a la chica en la nariz y así poder subir. Me acosté en el suelo de la Cornucopia y me quedé ahí, tendida, tratando de normalizar mi respiración.

Esperaba escuchar el cañonazo que dijese que solo quedaba yo, pero nada paso. Me trate de reincorporar como pude y me asomé a la orilla de la tarima, mirando hacia el agua. El marrón del fango, no me dejaba ver nada por lo que no podría decir si la chica estaba viva o no. Solté un suspiro y como pude, me puse de pie. Me dolía la garganta y el dedo que me había mordida la maldita ardilla.

El interior de la Cornucopia, aún estaba como lo habían dejado los Profesionales, con las tiendas y algunos restos de brazas. Tenía sed y hambre. Me senté en el suelo y me llevé las rodillas al pecho. Solo quería escuchar el cañonazo e irme a casa. Y lo escuché. Me levanté rápidamente y el cadáver de la chica apareció flotando en el agua. No sabía cómo reaccionar, quería llorar, quería reír todo al mismo tiempo. Terminé arrodillada junto a la orilla con las manos en el rostro riendo y llorando de felicidad. Cualquiera que me viese en ese estado, pensaría que estoy loca o algo por el estilo. Ahora solo faltaba escuchar la voz de Claudius, anunciando que yo era la ganadora.

Pero eso no pasó.

Levanté la cabeza tratando de buscar alguna cámara. Encontré una en la esquina de la Cornucopia, me puse de pie. Sí, estaba enojada y me quería ir de ese lugar.

-¡Se supone que cuando un tributo gana, lo vienen a buscar!-grité. Miré al cielo, pero no apareció ningún aerodeslizador.- ¡Vengan por mí!-insistí. Escuché un movimiento en el agua. Giré y vi una cola escamosa que se hundía nuevamente. Me acerqué al lugar donde había estado sentada y tomé mi arco. Saqué una flecha del carcaj y la coloqué, solo para estar preparada. Desde diferentes puntos, se escuchaba como el agua se agitaba y varias veces, me sentía observada.

-Madison…-voltee, pero no vi nada. A mi nariz llego un aroma, que yo más odiaba.

-Rosas.-susurré. Cuando me di vuelta, sentía algo filoso sobre la piel de mi garganta. Los ojos se me llenaron de lágrimas y sangre comenzó a bajar por toda mi ropa. Frente a mí había un lagarto con las garras manchadas de rojo. Me llevé las manos a la garganta, pero era inútil tratar de detenerlo. La boca se me comenzó a llenar de sangre y casi que me estaba ahogando. Tenía la vista clavada en el cielo, intentando pedir ayuda, cuando vi la figura de un aerodeslizador que bajaba la gran pinza que me sacaría de la Arena. Lo último que recuerdo haber visto, fue una brillante luz y luego…oscuridad.