YA se estáis hartas de estos podrías ser, pero es que he dejado crepúsculo y no los tengo para ver que podría ser, s alguien quiere escribir uno o que yo lo escriba no me importa en absoluto así que aprovechar.

Podria ser que Edwrd fuese un chico normal un Humano a igual que su familia, ya se pierde mucho encanto. Pero imaginároslo todo seria mucho mas sencillo excepto como se opondría ahora Jacob, se nota que me encanta el triangulo amoroso. ES largo.

Nada más entrar en clase, Angela fue a sentarse a una mesa con dos sillas y un tablero de laboratorio con la parte superior de color negro, exactamente igual a las de Phoenix. Ya compartía la mesa con otro estudiante. De hecho, todas las mesas estaban ocupadas, salvo una. Reconocí a Edward Cullen, que estaba sentado cerca del pasillo central junto a la única silla vacante, por lo poco común de su cabello.

Lo miré de forma furtiva mientras avanzaba por el pasillo para presentarme al profesor y que éste me firmara el comprobante de asistencia. Cuando pase a su lado nuestras miraras se encontraron, su ojos reflejaron curiosidad, curiosidad hacia mi. Y me fije que tenia los ojos verdes. Increíbles, el señor Banner me mando a sentarme a su lado en clase, me tendió la mano en forma de saludo y se la cogí sin que nos viera el señor Banner, en toda la clase no paramos de hablar, sin hacer casos a unos temas para mi ya dados, me miraba de forma bastante dulce, mientras un chico rubio, con las puntas muy bien cuidadas y mono de cara, pero claramente sin llegar al nivel de Edward.

-Isabella Swan y Edward Cullen, podéis dejar de hablar de un momento. –Dijo el profesor algo arto de nosotros, dicho esto nos empezamos reír algo disimuladamente, el mostró una sonrisa preciosa de estas que hacen que se te olvide todo.

Terminada la clase y después de despedirme de Edward, me fui a clase de gimnasia. El entrenador Clapp, el profesor de Educación física, me consiguió un uniforme, pero no me obligó a vestirlo para la clase de aquel día. En Phoenix, sólo teníamos que asistir dos años a Educación física. Aquí era una asignatura obligatoria los cuatro años. Forks era mi infierno personal en la tierra en el más literal de los sentidos.

Contemplé los cuatro partidillos de voleibol que se jugaban de forma simultánea. Me dieron náuseas al verlos y recordar los muchos golpes que había dado, y recibido, cuando jugaba al voleibol.

Al fin sonó la campana que indicaba el final de las clases. Me dirigí lentamente a la oficina para entregar el comprobante con las firmas. Había dejado de llover, pero el viento era más frío y soplaba con fuerza. Me envolví con mis propios brazos para protegerme.

Me tropecé y los libros se me cayeron al suelo, cuando fui a acogerlos pero otras manos me ayudaron, rapidas y seguras, alce los ojos para encontrarme con unos ojos que ya conocía, unos ojos que no me tenían que sonar tan conocidos. Le mire a la cara embobada, y el sonrió.

-¿Te gustaría apuntarte a la excursión a la playa de este fin de semana?

-Claro. –Como no decirle si, es una buena duda, me estaba poniendo enferma como el influía en mi. Solo de pensar en ello me ponía roja.

Me subí en la camioneta roja que me había regalado Charlie. Y volví a casa.

La semana paso rápido cada día intimaba mas con Edward, era una persona muy agradable mas o menos teníamos los mismos gustos en música. Me llevaba y traía a casa y tenía una personalidad impresionante. Me encantaban sus ojos y su forma de mirarme, y sus sonrisas, era increíble.

La mañana del sábado, el cielo despejo. No me lo podía creer. Me apresuré a ir a la ventana para comprobarlo, y efectivamente, allí estaba el sol. Ocupaba un lugar equivocado en el cielo, demasiado bajo, y no parecía tan cercano como de costumbre, pero era el sol, sin duda. Las nubes se congregaban en el horizonte, pero en el medio del cielo se veía una gran área azul. Me demoré en la ventana todo lo que pude, temerosa de que el azul del cielo volviera a desaparecer en cuanto me fuera.

Todos los del grupo incluido Edward, habíamos quedado en la tienda de artículos deportivos olímpicos de Newton se situaba al extremo norte del pueblo. La había visto con anterioridad, pero nunca me había detenido allí al no necesitar ningún artículo para estar al aire libre durante mucho tiempo. En el aparcamiento reconocí el Suburban de Mike y el Sentra de Tyler y el volvo plateado de Edward. Vi al grupo alrededor de la parte delantera del Suburban mientras aparcaba junto a ambos vehículos. Eric estaba allí en compañía de otros dos chicos con los que compartía clases; estaba casi segura de que se llamaban Ben y Conner. Jess también estaba, flanqueada por Angela y Lauren. Las acompañaban otras tres chicas, incluyendo una a la que recordaba haberle caído encima durante la clase de gimnasia del viernes. Esta me dirigió una mirada asesina cuando bajé del coche, y le susurró algo a Lauren, que se sacudió la dorada melena y me miró con desdén. Y mi aurero Edward, dios que mal estaba desde que le había conocido, esperándome apoyado en su coche, al verme sonrió y me hizo una seña para que me acercada a el. Cuando estuve cerca suyo me saludo y me cogió de la mano.

-Te sientas en mi coche, ¿no?, o sino con el pesado de Mike.

-Si, claro.

Si, pobre Mike, el chico estaba siempre siendo conmigo algo posesivo, excepto cuando estaba con Edward, algo me decía que le tenía miedo, pero que sino tendría a un moscón día y noche pegado a mi.

Un poco apretados entramos todos en algún coche, aunque casi Lee se quedaba en Forks y le robaban la mini furgoneta.

Entre La Push y Forks había menos de veinticinco kilómetros de densos y vistosos bosques verdes que bordeaban la carretera. Debajo de los mismos serpenteaba el caudaloso río Quillayute. Me alegré de tener el asiento de la ventanilla. Giré la manivela para bajar el cristal e intenté absorber tanta luz solar como me fue posible.

Había visto las playas que rodeaban La Push muchas veces durante mis vacaciones en Forks con Charlie, por lo que ya me había familiarizado con la playa en forma de media luna de más de kilómetro y medio de First Beach. Seguía siendo impresionante. El agua de un color gris oscuro, incluso cuando la bañaba la luz del sol, aparecería coronada de espuma blanca mientras se mecía pesadamente hacia la rocosa orilla gris. Las paredes de los escarpados acantilados de las islas se alzaban sobre las aguas del malecón metálico. Estos alcanzaban alturas desiguales y estaban coronados por austeros abetos que se elevaban hacia el cielo. La playa sólo tenía una estrecha franja de auténtica arena al borde del agua, detrás de la cual se acumulaban miles y miles de rocas grandes y lisas que, a lo lejos, parecían de un gris uniforme, pero de cerca tenían todos los matices posibles de una piedra: terracota, verdemar, lavanda, celeste grisáceo, dorado mate. La marca que dejaba la marea en la playa estaba sembrada de árboles de color ahuesado —a causa de la salinidad marina— arrojados a la costa por las olas.

Una fuerte brisa soplaba desde el mar, frío y salado. Los pelícanos flotaban sobre las ondulaciones de la marea mientras las gaviotas y un águila solitaria las sobrevolaban en círculos. Las nubes seguían trazando un círculo en el firmamento, amenazando con invadirlo de un momento a otro, pero, por ahora, el sol seguía brillando espléndido con su halo luminoso en el azul del cielo.

Elegimos un camino para bajar a la playa. Mike nos condujo hacia un círculo de lefios arrojados a la playa por la marea. Era obvio que los habían utilizado antes para acampadas como la nuestra. En el lugar ya se veía el redondel de una fogata cubierto con cenizas negras. Eric y el chico que, según creía, se llamaba Ben recogieron ramas rotas de los montones más secos que se apilaban al borde del bosque, y pronto tuvimos una fogata con forma de tipi encima de los viejos rescoldos.

Edward seguía amarrándome de la mano.

—¿Has visto alguna vez una fogata de madera varada en la playa? —me preguntó.

-No, nunca.

-Entonces te gustara.

Me sentaba en un banco de color blanquecino. En el otro extremo se congregaban las demás chicas, que chismorreaban animadamente. Edward encendió una ramita y la lanzo contra el tipi y luego hizo lo mismo con otra. Se acerco a mi y me susurro en el oido:

-Observa los colores.

Las llamas comenzaron a lamer con rapidez la lefia seca.

— ¡Es azul! —exclamé sorprendida.

—Es a causa de la sal. ¿Precioso, verdad?

Encendió otra más y la colocó allí donde el fuego no había prendido y luego vino a sentarse a mi lado. Y me atrajo hacía el, y yo me apoye en su pecho mientras nos fijábamos en la hoguera y notaba sus manos seguras alrededor de mi cintura su respiración fuerte y acompasada a la mía y también su corazón. Después de media hora se organizo unos grupos para ir a ver las marismas cercanas. Era un dilema. Por una parte, me encantan las pozas que se forman durante la bajamar. Me han fascinado desde niña; era una de las pocas cosas que me hacían ilusión cuando debía venir a Forks, pero, por otra, también me caía dentro un montón de veces. No es un buen trago cuando se tiene siete años y estás con tu padre.

Pero Edward decidió por mi al apuntarse, así que yo también accedí.

La caminata no fue demasiado larga, aunque me fastidiaba perder de vista el cielo al entrar en el bosque. La luz verde de éste difícilmente podía encajar con las risas juveniles, era demasiado oscuro y aterrador para estar en armonía con las pequeñas bromas que se gastaban a mí alrededor. Debía vigilar cada paso que daba con sumo cuidado para evitar las raíces del suelo y las ramas que había sobre mi cabeza, por lo que no tardé en rezagarme, pero Edward siempre estaba a mi lado dándome la mano para que no me cayera. Al final nos adentramos en los confines esmeraldas de la foresta y encontramos de nuevo la rocosa orilla. Había bajado la marea y un río fluía a nuestro lado de camino hacia el mar. A lo largo de sus orillas sembradas de guijarros había pozas poco profundas que jamás se secaban del todo. Eran un hervidero de vida.

Tuve buen cuidado de no inclinarme demasiado sobre aquellas lagunas naturales. Los otros fueron más intrépidos, brincaron sobre las rocas y se encaramaron a los bordes de forma precaria. Localicé una piedra de apariencia bastante estable en los aledaños de una de las lagunas más grandes y me senté con cautela, fascinada por el acuario natural que había a mis pies. Ramilletes de brillantes anémonas se ondulaban sin cesar al compás de la corriente invisible. Conchas en espiral rodaban sobre los repliegues en cuyo interior se ocultaban los cangrejos. Una estrella de mar inmóvil se aferraba a las rocas, mientras una rezagada anguila pequeña de estrías blancas zigzagueaba entre los relucientes juncos verdes a la espera de la pleamar. Me quedé completamente absorta, mientras Edward se iba con los demás chicos.

Finalmente, los muchachos sintieron apetito y me levanté con rigidez para seguirlos de vuelta a la playa. En esta ocasión intenté seguirles el ritmo a través del bosque, gracias a dios Edward me sujetaba siempre que me iba a caer.

Cuando regresamos a First Beach, el grupo que habíamos dejado se había multiplicado. Al acercarnos pude ver el lacio y reluciente pelo negro y la piel cobriza de los recién llegados, unos adolescentes de la reserva que habían acudido para hacer un poco de vida social.

La comida ya había empezado a repartirse, y los chicos se apresuraron para pedir que la compartieran mientras Eric nos presentaba al entrar en el círculo de la fogata. Angela y yo fuimos las últimas en llegar y me di cuenta de que el más joven de los recién llegados, sentado sobre las piedras cerca del fuego, alzó la vista para mirarme con interés cuando Eric pronunció nuestros nombres. Me senté junto a Angela y Edward. Mientras el chico que tenía aspecto de ser el mayor de los visitantes pronunciaba los nombres de los otros siete jóvenes que lo acompañaban. Todo lo que pude comprender es que una de las chicas también se llamaba Jessica y que el muchacho cuya atención había despertado respondía al nombre de Jacob.

Las nubes comenzaron a avanzar durante el almuerzo. Se deslizaban por el cielo azul y ocultaban de forma fugaz y momentánea el sol, proyectando sombras alargadas sobre la playa y oscureciendo las olas. Los chicos comenzaron a alejarse en duetos y tríos cuando terminaron de comer. Algunos descendieron hasta el borde del mar para jugar a la cabrilla lanzando piedras sobre la superficie agitada del mismo. Otros se congregaron para efectuar una segunda expedición a las pozas. En la que participo Edward y yo rehusé porque me dolían los pies.

Para cuando se hubieron dispersado todos, me había quedado sentada sola sobre un leño, con Lauren y Tyler muy ocupados con un reproductor de CD que alguien había tenido la ocurrencia de traer, y tres adolescentes de la reserva situados alrededor del fuego, incluyendo al jovencito llamado Jacob y al más adulto, el que había actuado de portavoz.

A los pocos minutos, Angela se fue con los paseantes y Jacob acudió andando despacio para sentarse en el sitio libre que aquélla había dejado a mi lado. A juzgar por su aspecto debería tener diecisiete, tal vez dieciocho años. Llevaba el brillante pelo largo recogido con una goma elástica en la nuca. Tenía una preciosa piel sedosa de color rojizo y ojos oscuros sobre los pómulos pronunciados. En suma, tenía un rostro muy bonito. Sin embargo, sus primeras palabras estropearon aquella impresión positiva.

—Tú eres Isabella Swan, ¿verdad?

Aquello era como empezar otra vez el primer día del instituto.

—Bella —dije con un suspiro.

—Me llamo Jacob Black —me tendió la mano con gesto amistoso—. Tú compraste el coche de mi papá.

—Oh—dije aliviada mientras le estrechaba la suave mano—. Eres el hijo de Billy. Probablemente debería acordarme de ti.

—No, soy el benjamín... Deberías acordarte de mis hermanas mayores.

—Rachel y Rebecca —recordé de pronto.

Charlie y Billy nos habían abandonado juntas muchas veces para mantenernos ocupadas mientras pescaban. Todas éramos demasiado tímidas para hacer muchos progresos como amigas. Por supuesto, había montado las suficientes rabietas para terminar con las excursiones de pesca cuando tuve once años.

— ¿Han venido? —inquirí mientras examinaba a las chicas que estaban al borde del mar preguntándome si sería capaz; de reconocerlas ahora.

—No —Jacob negó con la cabeza—. Rachel tiene una beca del Estado de Washington y Rebecca se casó con un surfista samoano. Ahora vive en Hawai.

— ¿Está casada? Vaya —estaba atónita. Las gemelas apenas tenían un año más que yo.

— ¿Qué tal te funciona el monovolumen? —preguntó.

—Me encanta, y va muy bien.

—Sí, pero es muy lento —se rió—. Respiré aliviado cuando Charlie lo compró. Papá no me hubiera dejado ponerme a trabajar en la construcción de otro coche mientras tuviéramos uno en perfectas condiciones.

—No es tan lento —objeté.

— ¿Has intentado pasar de sesenta?

—No.

—Bien. No lo hagas.

Esbozó una amplia sonrisa y no pude evitar devolvérsela.

—Eso lo mejora en caso de accidente —alegué en defensa de mi automóvil.

—Dudo que un tanque pudiera con ese viejo dinosaurio —admitió entre risas.

—Así que fabricas coches... —comenté, impresionada.

—Cuando dispongo de tiempo libre y de piezas. ¿No sabrás por un casual dónde puedo adquirir un cilindro maestro para un Volkswagen Rabbit del ochenta y seis? —añadió jocosamente. Tenía una voz amable y ronca.

—Lo siento —me eché a reír—. No he visto ninguno últimamente, pero estaré ojo avizor para avisarte.

Como si yo supiera qué era eso. Era muy fácil conversar con él. Exhibió una sonrisa radiante y me contempló en señal de apreciación, de una forma que había aprendido a reconocer. No fui la única que se dio cuenta.

— ¿Conoces a Bella, Jacob? —preguntó Lauren desde el otro lado del fuego con un tono que yo imaginé como insolente.

—En cierto modo, hemos sabido el uno del otro desde que nací —contestó entre risas, y volvió a sonreírme.

— ¡Qué bien!

No parecía que fuera eso lo que pensara, y entrecerró sus pálidos ojos de besugo.

-Y que, te sigue volviendo loca Forks?

-Creo que lo estoy superando, muy bien. –Claramente con un motivo como Edward Cullen, quien no lo hace.

-Me alegro, de veras.

Seguimos hablando de frivolirares, hasta que alguien bajo su cabeza y presiono sus labios contra mi mejilla, me gire y reconocí a Edward. Le deje espacio para que se sentara, pero me quede entre Jake y Edward, estos se miraron con una mirara de odio, y Edward me puco una mano en mi cintura, era un momento realmente incomodo y lo único en que pensé era en que creía haber conseguido a otro chico. Pero decidí quedar bien y hacerme la tonta un poco y dije con mi voz mas inocente:

-Jake, este es Edward ...

-Su novio. –Se anticipo a decir el en forma de aviso.

-Y bueno, el es Jake, el hijo de Billy. –Dije ignorando que me había interrumpido.

Jake no dejo translucir ningún sentimiento, hizo una pequeña sonrisa y se levanto.

-Perdonarme, me tengo que ir.

Y de repente le vi andando hacía el bosque mientras un amigo suyo por lo menos tan grande como el le acompañaba, yo en cambio me fije en las olas del mar golpeándose contra la arena de la playa, dejando un rastro de espuma.

Un rato después oí un aullido, y a todos se nos puso la pierna de gallina.

Edward me abrazo para darme su calor, mientras todos nos volvíamos a los coches, pero sin duda alguna no mejor acompañaros que yo. Y me quede pensando, que no me había enterado que éramos novios. Cuando los dejo a todos en sus casas, me llevo hasta la mía, pero no quería salir del coche, y le mire. Se inclino hacia mi y yo entreabrí los labios, pronto nos besábamos, con dulzura, sin limites, solo demostrando cuanto nos queríamos, pero el Beso se termino y me fui a casa de Charlie. Con una sonrisa puesta en los labios. Salude a Charlie y me subí a mi cuarto, me quite las deportivas. Entonces empezó a sonar el teléfono y deje a Charlie que lo cogiese. Salí de mi habitación, en dirección al baño.

-Bells, es para ti, es Jake.

Me quede muy sorprendida ya que no me esperaba su llamada, pero aun así baje y cogí el teléfono.

-Hey hola. –Dije. Entonces note su voz ronca al otro lado del teléfono.

-Hola Bella, como estas?

-Bien, ¿y tu? –Dije mas bien por modales, como se me nota odio el tipo conversación, innatural.

-Yo como siempre, solo quería hablar contigo.

-¿sobre que?

-Bueno, decirte que me has caído estupendamente, dios no se como decirlo, es algo, lo que quería decirte es que te bajaras alguna día.

-Claro, Jake.

-Podría ser mañana mismo, excepto que hubiese quedado con tu novio.

Eso lo dijo con un tono un poco de odio y burla hacia la palabra novio, se notaba de lejos que no le gustaba Edward nada.

-Bueno nos veremos, mañana Jake. Cuídate.

Colgué, y me dirigí al baño, para darme una buena ducha de agua caliente que relajara mis músculos proveniente de la tensión del día. Terminado mi placer me marche a mi cuarto y me caí encima de la cama dormirá, muriéndome de sueño.

A la mañana siguiente hacia un esplendoroso día soleado, después de tomar mis cereales (yo los llamo crispis) sonó el teléfono, y se me ocurrió, que después de esta llamada descolgarlo para tener un domingo tranquilo, pero lo cogí. Era Edward.

-Hola Bella, no te importa que me pase por tu casa para recogerte, ¿verdad?

Me pidió con esa voz tan perfecta y fascinante, incluso le hubiese dicho que si, si no fuese porque le había dicho a Jake que bajaría esta mana para estar con el, pero aun nos quedaba la tarde a Edward y a mi.

-Lo siento Edward, pero Jake me llamo ayer para decirme que bajase con el a la reserva, y le dije que si, lo siento.

Hubo un pequeño silencio, por parte de la otra línea después de habérselo dicho.

Un silencio antes de la tormenta.

-No, no bajes.

-¿Cómo?

-Lo que he dicho no bajes, hay algo que no me gusta de él. Me parece peligroso no se porque pero es la verdad, no vallas.

-Dios Edward no exageres, Jake es un chico de dieciséis años, es cierto muy grande, pero un chico y no creo que sea malo, me aprecio buena, persona. Edward ten un poco de fe.

-Vale, lo que tu quieras, pero por favor no bajes.

-Lo siento estoy decidirá.

-Vale pero si hay aunque minúsculo índice de que algo va mal sube a Forks, te estaré esperando.

-Solo va a ser una mañana, no dramatices por ello Edward, te prometo que la tarde es para ti.

-Eso espero, pero como te haga daño, no se lo voy a perdonar.

Dijo esto con un suave tono de amenaza. Menudo exagerado, que me iba a hacer Jake si nuestros padres son mejores amigos, se enterarían enseguida, y además parece buen chico, pero que tenga dieciséis cuesta de creer.

Conducí por la carretera mojada de los días pasados, los lados de la carreteras adornados de árboles tan verdes, que parecían un planeta distinto, La luz del sol hacia brillar las hojas verdes como si de esmeraldas se tratase. Charlie se había alegrado mucho cuando le había llamado al trabajo para contarle mi plan y le pedí las indicaciones para llegar a la casa de los Black. Al parecer tenia ganas de que tuviese algún plan, y mas si era con el hijo de su mejor amigo.

La casa de los Black me resultaba vagamente familiar, era pequeña, de madera, con ventanas estrechas y pintadas de un color rojo mate que le asemejaba a un granero diminuto. La cabeza de Jacob asomo por la ventana incluso antes de que yo saliera del coche. No cabía duda de que el peculiar rugido de mi motor le había alertado de mi proximidad. Jacob le estaba muy agradecido a Charlie por haberme comprero el coche, ya que de este modo se había salvado de conducirlo. A mi padre le gustaba mucho mi coche, pero para Jacob, la restricción de velocidad era un serio inconveniente.

Nos encontramos la mirara de camino de la casa.

-¡Bella!- Una sonrisa se cruzo por su rostro y sus brillantes dientes contrastaron vividamente contra el rojizo intenso de su piel.

-¡Hola Jacob!- Sentí una desconocida oleada de entusiasmo ante su sonrisa. Fui consciente de cuanto me alegraba verle y esta idea me sorprendió.

-¿cómo te encuentras?- Me pregunto para ser mas bien educado, que otra cosa.

-Bien ¿y tu?- Le devolví la pregunta.

-Como siempre.

Decidimos ir a dar un paseo, después de habla de unas cuantas cosas, dijo:

-Con que sales con Edward Cullen, ¿te gusta?

-Si, muchísimo.

-Lo amas.-Me pregunto mirándome a la cara seriamente.

Pensé en esa pregunta, que por cierto era muy fuerte que te pregunten eso cuando tienes diecisiete años. Si me volvía loca yo y mi corazón cuando Edward se encontraba a mi lado, no podía estar sin el mucho tiempo, me faltaba el aliento con el menor roce, dios estaba loca por el pero enamorara, no lo se le mire y dije:

-Jake creo que siento algo muy grande hacía el, pero no se si se trata de amor. Nunca me he enamorado.

El me miro de una forma muy profunda, tanto que parecía leer mis sentimientos.

-Sabes espero que te des cuenta de algo de gran importancia. Y que lo aceptes.

Dijo con aire esperanzado.

-El que?- dije sin querer con una nota de curiosidad.

-No te la puedo decir pero espero sinceramente que te des cuenta y cuando lo sepas dímelo.

Decidí cambiar de tema. Así que pregunte:

-Y bueno, ¿qué te pareció mi novio?

De repente se puso a temblar, por todo el cuerpo, se decía a si mismo que se tranquilizase y empezó a darme miedo y recordé las palabras que me había dicho Edward, tan nítidamente cono si estuviese a mi lado.

"Vale pero si hay aunque minúsculo índice de que algo va mal sube a Forks, te estaré esperando."

Pero ignore esa voz.

-Dios, Jake te encuentras bien.

-Si, si estoy bien. Por cierto ¿Quieres dar una vuelta conmigo, por la playa?

-Claro.

Dios después de llegar a casa, de haber estado con Edward y sus hermanos dando alguna que otra vuelta, y de los apasionados besos de Edward, llegue a casa agotara. Una vez en mi habitación, cerré la puerta. Registré el escritorio hasta encontrar mis viejos cascos y los conecté a mi pequeño reproductor de CD. Elegí un disco que Phil me había regalado por Navidad. Era uno de sus grupos predilectos, aunque, para mi gusto, gritaban demasiado y abusaba un poco del bajo. Lo introduje en el reproductor y me tendí en la cama. Me puse los auriculares, pulsé el botón play y subí el volumen hasta que me dolieron los oídos. Cerré los ojos, pero la luz aún me molestaba, por lo que me puse una almohada encima del rostro. Me concentré con mucha atención en la música, intentando comprender las letras, desenredarlas entre el complicado golpeteo de la batería. La tercera vez que escuché el CD entero, me sabía al menos la letra entera de los estribillos. Me sorprendió descubrir que, después de todo, una vez que conseguí superar el ruido atronador, el grupo me gustaba. Tenía que volver a darle las gracias a Phil.

Y funcionó. Los demoledores golpes me impedían pensar, que era el objetivo final del asunto. Escuché el CD una y otra vez hasta que canté de cabo a rabo todas las canciones y al fin me dormí.

Abrí los ojos en un lugar conocido. En un rincón de mi conciencia sabía que estaba soñando. Reconocí el verde fulgor del bosque y oí las olas batiendo las rocas en algún lugar cercano. Sabía que podría ver el sol si encontraba el océano. Intenté seguir el sonido del mar, pero entonces Jacob Black estaba allí, me cogió en brazos haciéndome retroceder a la parte oscura del bosque.

—¿Jacob? ¿Qué pasa? —pregunté.

—¡Corre, Bella, tienes que correr! —susurró aterrado.

Pero Jacob, que de repente se convulsionó, soltó mi mano y profirió un grito para luego caer sobre el suelo del bosque oscuro. Se retorció bruscamente sobre la tierra mientras yo lo contemplaba aterrada.

— ¡Jacob! —chillé.

Pero él había desaparecido y lo había sustituido un gran lobo de ojos negros y pelaje de color marrón rojizo. El lobo me dio la espalda y se alejó, encaminándose hacia la costa con el pelo del dorso erizado, gruñendo por lo bajo y enseñando los colmillos.

Y en ese momento apareció, una mujer de cabellos rojos como el fuego, piel blanca, de increíble belleza y ojos rojos como la sangre. Me miro y sonrió enseñando unos colmillos puntiagudos.

El lobo recorrió de un salto el espacio que mediaba entre el vampiro y yo, buscando la yugular con los colmillos.

— ¡No! —grité, levantando de un empujón la ropa de la cama.

El repentino movimiento hizo que los cascos tiraran el reproductor de CD de encima de la mesilla. Resonó sobre el suelo de madera.

La luz seguía encendida. Totalmente vestida y con los zapatos puestos, me senté sobre la cama. Desorientada, eché un vistazo al reloj de la cómoda. Eran las cinco y media de la madrugada.

Gemí, me dejé caer de espaldas y rodé de frente. Me quité las botas a puntapiés, aunque me sentía demasiado incómoda para conseguir dormirme. Volví a dar otra vuelta y desabotoné los vaqueros, sacándomelos a tirones mientras intentaba permanecer en posición horizontal. Sentía la trenza del pelo en la parte posterior de la cabeza, por lo que me ladeé, solté la goma y la deshice rápidamente con los dedos. Me puse la almohada encima de los ojos. Después de un rato conseguí dormir, sin sueños, pero sin olvidar el primero de todos. Siendo ya por la mañana me levante y prepare mi desayuno, Charlie bajo las escaleras con unos papeles, los dejo sobre la mesa mientras preparaba su desayuno y yo no puede evitar mirarlos, pero lo que me sorprendió fue ver que se trataba avisos, de osos gigantes por la zona, y no se porque lo relacione con el sueño. Pero era imposible, no era racional que Jacob Black fuera un hombre lobo, ya se que era imponente y mucho mas fuerte y con mejores reflejos que los demás pero llegar a ser un hombre lobo daba mucho margen para mi gusto.

LO malo es que esta idea no se me iba de la cabeza. Y no se me fue en todo el santo día, estaba ya furiosa cuando llegue a casa con Edward, mientras este me abrazaba e intentaba tranquilizarme cosa que le agradecí con varios besos. Luego el se marcho, y yo tuve tiempo para pensar en el caso. Me senté en una de las sillas de la cocina y cerré los ojos mientras pensaba, todo ello me estaba carcomiendo por dentro así que decidí que no perdía mas que una amistad llamando a Jake con forma de broma y dependiendo de cómo reaccionara seria broma o realidad.

Marque su numero y me respondió el.

-Hola Jacob!.

-¡Hola bella! Ocurre algo? –Me pregunto con algo de preocupación.

-No nada, lobo, solo quería hablar contigo. –LO dije todo lo rápido posible, así que no se si me entendió.

Puede ser que por esos se ha quedado callado.

-¿Bella has dicho lobo? ¿por qué has dicho lobo?- Dijo con un tono lleno de preocupación

-Jake no te enfades conmigo, ni nada, ahora vas a descubrir lo loca que estoy pero, ¿Eres un hombre lobo?

Silencio.

-Si.

No sabia si lo había dicho o no me quede a cuadros, una cosa es decir una hipótesis y otra que te digan que es cierto, así que espere sus risas, pero no llegaron, y en ese momento me empecé a asustar.

-Bella, ¿sigues ahí?

-Si, era eso lo que dijiste que descubriría.

-Principalmente, no. Eso solo era secundario.

"secundario" había dicho yo creo que era primario, no se yo.

-Y ¿que es lo que era Primario?-Pregunte

-Bueno, seria mas fácil decirlo delante de tuyo, pero bueno, te voy a responder. Estoy enamorado perdidamente de ti.

Y lo único que se es que en ese momento se me cayo el teléfono de las manos y lo demás estaba negro y me sucumbí en esa oscuridad, mientras oía una preocupara voz preguntar por mi, cada vez mas bajito que antes. Creo que acabe pensando en Edward y Jake, tan parecidos y tan distantes.

-Bella estas ahí, responde. Bella.

Fin del 3ª podría ser