MADRE
Kyoko, con las manos llenas de bolsas, se encaminaba alegremente al piso de Ren. Tenía pensado prepararle una cena sorpresa para cuando llegara esta noche. Hace días que él le había dado una copia de las llaves de su apartamento, que ella al principio había rechazado. A Kyoko le había parecido un gesto muy íntimo, más propio de novios, pero él le hizo ver el sentido práctico del asunto (claro que sí, muy listo…). Era un hombre soltero, vivía solo, con lo cual si algún día se retrasara, ella tendría que estar esperando por fuera. O algún día se le podía ofrecer que pasara por su piso para algún encargo, lo que fuera. El caso es que al final la convenció: como si fuera tu casa, para cuando quieras, para que no tengas que esperar por mí…
No estaba ya muy lejos del edificio cuando se fijó en una mujer morena que caminaba en su dirección. Llevaba el pelo recogido en un moño alto, y traje de chaqueta. Su semblante era serio, muy serio, casi mostrando disgusto.
Kyoko se quedó paralizada.
Cuando su mirada se cruzó con la de esta mujer, acertó a decir:
- ¿Madre?
La mujer se detuvo. Pareció reconocer los ojos dorados de la muchacha.
- ¿Kyoko? ¿Eres Mogami Kyoko?
- Sí, madre…
- Mira, me has ahorrado un viaje a tus oficinas.
- ¿Madre?
- Deja de importunarme con papeles y autorizaciones. No vuelvas a hacerlo. Le enviaré a tu empresa un documento por el que te autorizo a firmar en tu propio nombre. Cualquier decisión que debas tomar, en adelante será solo tuya. No tengo mayor interés por lo que puedas hacer con tu vida. No deseo saber nada. Buenos días.
Mientras tanto, Tsuruga Ren está siendo 'interrogado' sin piedad por su jefe, Takarada Lory, y su mánager, Yashiro Yukihito. Todo el mundo puede ver que la relación entre Ren y Kyoko ha cambiado, que el trato entre ambos es distinto. Y se mueren por saber. Quieren detalles. Ren no sabe ya cómo seguir esquivando las preguntas. Ya ha agotado todos sus trucos y recursos, pero simplemente no puede seguir eludiéndolos porque delante de él están los dos maestros que le enseñaron este arte de la evasión. Da las gracias mentalmente al móvil que suena en su chaqueta. Salvado, piensa. Pero su sangre se congela cuando oye la angustia en la voz al teléfono:
- ¡Corn!
- ¡Kyoko! ¿qué ocurre?
- … -solo se escucha la respiración agitada de la muchacha.
- Kyoko, háblame, ¿qué pasó?
- M-madre… -sollozos- la he v-visto… -llantos- no… no me quiere… -desesperación.
Ren se queda lívido.
- ¿Dónde estás?
- E-en tu piso...
- No te muevas de ahí. Voy para allá.
Ren lo deja todo, sale corriendo. No dice nada. No oye a nadie. Deja a Lory y a Yashiro con la palabra en la boca. En su cabeza solo oye el dolor de la voz de Kyoko. El ascensor hacia el parking queda descartado. Demasiado lento. Las escaleras, sí. Vuela. Vuela sobre cada uno de los tramos como lo haría un príncipe de las hadas. Rápido, rápido, rápido. Puede sentir el pulso de su corazón latiendo en sus oídos. El aire lucha por llegar a sus pulmones. El coche. El tiempo se ralentiza, parece no avanzar. Los semáforos le declaran la guerra. Cuidado, peatones. Kyoko está sufriendo. Kyoko le necesita. Kyoko le llama. Corre, Kuon.
Ya está ante la puerta de su piso. Llave equivocada. La otra. Entra. Las bolsas de la compra, tiradas en la entrada, el contenido desparramado en el suelo… Grita su nombre. No hay respuesta. No la ve. La busca por todas las habitaciones. Encuéntrala… ¡Por fin!
Un ovillito tembloroso, escondido tras la puerta del baño. Eso era Kyoko.
Él la mueve para sentarse detrás de ella, acercándola y sentándola en su regazo. La abraza fuerte, muy fuerte. Los párpados rojos, hinchados. Pálida, sin rastro de color donde antes sus rubores se lucían. Una caricia en su mejilla, y el calor de su voz la van trayendo de vuelta. Es Corn, Kyoko. No estás sola, no tienes que llorar sola… Igual que junto al río…
Y allí, en el suelo, entre suspiros, llantos y sollozos, ella va desgranando la historia del encuentro con su madre. Cada frase, una puñalada. El rechazo definitivo. El desprecio absoluto por la carne y la vida que esa mujer trajo al mundo.
Kuon en su interior se desespera y se revuelve enfurecido como nunca antes, luchando por ser desatado y romper las riendas, y por poder tomar venganza por su Kyoko. Mogami Saena… Despreciable, repugnante, indigna de ser llamada madre… ¿Cómo es posible que tal aberración de 'madre' haya podido engendrar un ser tan sobrehumano como Kyoko? ¿Cómo es que un monstruo sin alma puede traer a un ángel de luz a este mundo?
Pero a Ren se le parte el corazón cuando la ve sufriendo así, desmadejada y rota. Le seca las lágrimas con sus manos, susurrando sin parar palabras de consuelo, le llena de pequeños besos la cara, la frente, las mejillas, los labios, los ojos…, le seca las lágrimas con sus besos… Él sigue hablando, hablando… Ella sigue llorando, pero ahora bajito, con voz queda. Pero poco a poco, el cansancio y la pena le vencen y se queda dormida exhausta en sus brazos…
La lleva a la habitación de invitados, le quita los zapatos, la arropa, y la besa en la frente. Se sienta a su lado en la cama y le retira un par de mechones rebeldes de la cara. Con el dorso de la mano le acaricia suavemente la mejilla y es entonces cuando se da cuenta:
- La besé… ¡Oh, Dios mío!, la besé…
Cuchillos no, por favor… Estrictamente necesidades argumentales, lo siento. En dos o tres días el último episodio, prometido. Les agradezco haber leído esta historia.
A los usuarios no registrados 'Guest' (usted sabrá quién es XD) y 'JAGTO', gracias mil por sus comentarios.
