Disclaimer: Los personajes del Smash Brothers utilizados en esta historia no son míos, si no de la compañía Nintendo y/o sus respectivos creadores. No obtengo ningún beneficio lucrativo con esto, mi único propósito es el de entretener. Lo único que es mío es la trama.
Aclaraciones al final.
…
.~Un Nuevo Comienzo~.
CAPITULO IX
Centro Comercial
por Zeldi-chan de hyuuga
Día 7:
Son las ocho cincuenta de la mañana.
Para ser sincera, pensé que la idea de la pijamada iba a ser algo para que la convivencia se diera entre todas las chicas…
Luego de que Nana me acompaño por los pastelillos de Jigglypuff hasta la cocina, al regresar a la habitación, algo había cambiado.
Samus, de la nada, prefirió irse a dormir. Peach se había ido al baño a lavarse la cara, y Jigglypuff estaba entretenida en su teléfono móvil, aunque por alguna razón la batería de este se había agotado a medio juego de Tetris. Nana y yo en verdad estábamos confundidas. Me supongo que algo había sucedido en nuestra ausencia hacia la cocina. Por razones de paz, preferimos dejarlo así. Lo más seguro era que hubieran seguido peleando por ver quién de los hombres era el más "sexy."
Cambiando de tema, ¡Al fin tengo el regalo perfecto de Nana! El que me había pedido Lucas. Se lo cuestioné de camino que íbamos al comedor. Ella me dijo que hace poco su bufanda favorita se había perdido, y que olvidó por completo el traer una para estas vacaciones, y por lo que ahora no tenía ni una. Además, había un libro que había salido al mercado. Sin embargo, este era muy difícil de conseguir, y llevaba tiempo buscándolo.
¿Sabes cuál es lo raro de todo? ¡Qué es el mismo libro que yo estoy buscando!
Si, un ejemplar bastante difícil de conseguir. Aunque el libro es relativamente económico, estaba agotado desde hace meses. Era un libro acerca de la mitología griega. Esa noche, descubrí que tenía muchas cosas en común con Nana, además de su fascinación por leer.
Retomando el otro tema… ¿Cómo me fue en la pijamada? No podía decir que me fue de maravilla. Hubo muchas cosas que me sacaron de mi órbita. Sin mencionar que tuve problemas para dormir, otra vez.
Me quedé pensando en muchas cosas. Una de ellas fue el extraño sueño que tuve.
En este, aparecía Ike.
En la madrugada, sin hacer mucho ruido, me levanté muy asustada. Estaba sudando frío. Jamás me había sucedido algo así, sólo cuando sueño con mis padres. Aun así, por más que intenté controlar mi respiración, me fue casi imposible hacerlo. La única manera en la que lo conseguí fue distraer mi mente y tratar de soñar otra cosa. No dormí mucho después de eso.
No quisiera entrar mucho en detalles, no me es muy grato recordar cosas que me lastiman. Lo que sigo sin entender, es por qué había soñado que Ike y Samus… se besaban.
Se… se me estruja el corazón cada vez que lo recuerdo. Me… me hace… no, no puedo decir que me hace enojar. Pero…
Agitada, soltó un suspiro, ¿Por qué su corazón estaba latiendo como si hubiera corrido kilómetros? Paso una mano por su cabello, dejando su pluma a un lado. Ya no podía seguir escribiendo.
Decidió que lo mejor era olvidar aquello. Quería estar en paz consigo misma, no quería darle otro vuelco a su vida. No conocía ese sentimiento, y la verdad no estaba muy a disposición de averiguarlo.
Se levantó, hasta que percibió que su móvil estaba sonando, tenía un nuevo mensaje en su bandeja. Luego, lo recordó, ¡Se le olvido responderle a Sheik!
Inmediatamente, se fue a leer en su celular.
Lamento haberte dejado hablando sola aquel día. Ahora, tengo el horario un poco más accesible, hasta en la Universidad se han vuelto más tolerables.
Cuando leas esto, háblame. Así te explicaré todo.
Dile a Marth y a Pit que les mando mis saludos igual. ¡Espero volver a verlos!
Te quiere
Sheik.
Sonrió. Gracias a las Diosas y su hermano al fin se podía tomar un respiro. Decidió que acabando de lavar su ropa, le hablaría.
Hoy era día de lavado. Sin duda tenía que ir a lavar. Su ropa limpia era casi nula.
Tomó la tarjeta de cuarto, y bajó a desayunar.
...
—Veamos…— comenzó a echar la ropa a la máquina de lavado. En estos momentos, se arrepentía mentalmente por no escuchar a su madre el día en que le enseño a usar la lavadora. Bueno, no debía ser tan difícil… recordaba algo de no mezclar ropa clara con la oscura, si no quería que esta se fuera a pintar.
Echó jabón, suavizante, y le dio inicio al ciclo.
—¿Cómo se supone que se utiliza esto? — preguntó Roy, leyendo cada botón de la lavadora. En su vida había lavado por el mismo.
—Sólo echa ropa de la misma gama de colores. Usa jabón, suavizante si quieres, y listo— ese había sido Link, dándole una cátedra sobre lavado de ropa. Roy puso en práctica cada paso que su compañero le había dado —. Y la ropa tiene que ir al revés… ahora solo gira hacia dónde dice 'Inicio de ciclo'.
—¡Wou! Yo pensé que esto era más difícil— confesó el de cabello como el rubí, viendo por el vidrio como toda su ropa comenzaba a lavarse. —. ¿En cuánto tiempo sale?
—Según Peach, media hora. — dijo Link, observando su reloj de muñeca— Podemos ir a hacer otra cosa mientras termina.
—¡Vayamos a la cocina! Quiero algo de comer. —los otros dos asintieron, ya pasaba de medio día.
Antes de que se fueran, un móvil hizo eco en un el área de lavado. El dueño lo sacó de su pantalón, yendo a bandeja de mensajes. Al ver que este se quedó sin expresión, los otros dos lo miraron dudoso. Suspiró, y se frotó las sienes.
—¿Qué sucede? — inquirió Ike, viendo como Link les enseñaba la pantalla de su celular. No fue hasta que vieron el remitente que Roy explotó de risa e Ike estuvo a punto de.
Púdrete.
—¡Te… te….!—El pelirrojo no se podía aguantar la risa. Tuve que sostener su abdomen —. ¡Te contesto!
—Ya lo sé — dijo Link, guardando su celular. Ike también se estaba riendo, cosa que se le hizo extraña al rubio. Nunca lo había visto reír. El otro era el más afectado, ya le dolía demasiado su abdomen, al punto en que no podía respirar. ¡Dios, como le hubiera encantado ver la cara de Ganondorf al recibir aquello!
Y al parecer, el deseo se le cumplió.
Fueron llegando más personas con cestos de ropa. Entre ellas, el famoso trío problemático. Callaron rotundamente, como si alguien hubiera muerto en ese instante. Lo único que había muerto en ese momento era el ambiente. Si bien no se miraron con intenciones de matarse, no fue demasiado como para calmarse.
Sin embargo, cuando Roy vio la cara de pocos amigos de Ganondorf, fue como si a su humor le hubieran dado cuerda, queriéndose reír. El momento se hizo bastante incómodo. A cómo Ike notó, Bowser y Wolf se habían dado cuenta de lo que paso, lo notó por las expresiones a punto de cagarse de risa.
Lo mejor del momento, fue cuando Link y Ganondorf se miraron. Zephiel tuvo que voltearse hacia otro lado, fingiendo que iba a doblar ropa. ¡Su estómago estaba a punto de estallar en una carcajada!, El otro pelirrojo y el de cabello plateado dejaron sus cestos en la mesa, con un problema parecido al de Roy.
Los ojos ámbar de Ganondorf se encontraron con los azules de Link.
Como si nada hubiera pasado, prosiguieron con sus labores, descolocando bastante a los presentes.
...
Ahora, se dirigían al cuarto de lavado. Se había puesto de acuerdo con Pit y Marth para ir juntos. Además, tenían que cuidar de Pit, la última vez que hizo el intento de lavar su ropa, esta había salido rosa, dado que la mayoría de las prendas eran blancas… bueno, fueron blancas en su momento.
El cuarto de lavado estaba en la planta baja. Ya era relativamente tarde, no faltaba mucho para que fuera la cena. Prefirieron esperar a que la sala estuviera vacía. No era fácil ir a lavar con casi treinta personas viviendo ahí en esos momentos, sin contar a las mujeres, que usualmente ocupaban dos ciclos de lavado.
Hasta a Zelda le dio pena admitirlo, pero no llevaba un cesto de ropa, sino dos. Ahora, se lamentaba por haber traído tantas prendas consigo. Gracias a Marth y la estaba ayudando.
Ya en la planta baja, se dieron cuenta que no había nadie más en el cuarto. Pit fue el primer en correr y dejar su cesto en las mesas al centro de la habitación.
—¡Yo primero!
—Hay lavadoras para todos pequeño Pit— hace notar el de cabello azul, dejando su cesto en la mesa, junto con el de Zelda. La joven los imitó.
—Ahora… — el de cabello café extendió un suéter color negro—. ¿Con qué puedo lavar eso?
—Ese se lava al revés, y con ropa del mismo color, o ropa oscura en su defecto— respondió Marth, sacando ropa de su cesto y dirigiéndose a una lavadora. Con las indicaciones de su amigo de cabellera azul, comenzó a voltear toda su ropa, en lo que Zelda acomodaba sus prendas en otra lavadora. Al haber más máquinas vacías, la joven aprovechó para echar más ropa en otra. Cuidadosamente, echó su ropa interior a la máquina. Por mucho que fueran sus mejores amigos, no los iba a dejar ver aquello. Si hasta sentía sus mejillas arder de solo imaginar que vieran.
Colocaron el jabón y el suavizante correspondiente. La joven colocó un suavizante de una pequeña botella que traía consigo, era su aroma favorito. Cerraron las pequeñas puertas, y dieron inicio al ciclo de lavado.
—¡Yo pensé que iba a ser más complicado! —exclama aliviado el pequeño, dando un pequeño brinco y sentándose en una mesa —. ¿Ahora qué hacemos?
—No lo sé…— concede abiertamente la de ojos azules.
—Creo que lo mejor sería ir a cenar— menciona Marth, en lo que se acomodaba sus lentes.
—¡Si, mejor vamos a comer! — de un salto, Pit se bajó y se adelantó—. ¡Me muero de hambre!
—Tomaremos eso como un sí— dijo Lowell, hablando por Zelda, en lo que lo seguían para ir al comedor.
Al llegar, fueron a la barra y tomaron lo que decidirían cenar. Con su mirada, comenzó a buscar a ese personaje que no salía de su mente. Sin querer, así lo pensó, hasta que lo encontró en una mesa, junto a su primo. El de cabello azul la observó desde el momento que entró a la instancia, sin poder evitar el sonreírle. Su corazón se aceleró con solo ver que ella le dedica una sonrisa y un ligero sonrojo de mejillas. Para su suerte, nadie lo había notado.
Recordó el momento en el cuarto de lavado. Roy y Link le presentaron más gente en ese mismo instante. Dos de ellos eran hermanos. Uno era bastante robusto y alto, y el otro era de estatura media y delgado. En cierta medida se parecían. Sus nombres eran Donkey Kong y Diddy Kong, o 'DK' como preferían que los llamaran. Llegaron con dos cestos de ropa cada uno. Al primero no lo culpaba, el hecho de ser grande quería decir ropa mucho más grande. Otro fue un chico algo cohibido, pero emanaba un aire amigable. No sabía si ese era su nombre, pero lo llamaban Red. Conoció al capitán del equipo de futbol, Jay Falcon, y su… ¿Cómo decirlo?... Su extraña obsesión por los bóxer de estampados llamativos. Fácil había contado unos doce. Claro, tampoco se iba a poner a juzgar los gustos de cada quien respecto a las prendas interiores.
Fue una total suerte que no hubiera problemas cuando aquellos tres llegaron a la lavandería. Se podía la clara rabia emanando de los ojos de Dragmire. Gracias al cielo, no volvieron a topárselo de nuevo.
Acabando la cena, iba caminando por el corredor a su habitación. Tenía que guardar su ropa. Entró y observó el cesto de ropa limpia. Además, tenía que revisar que lo que había escogido era la de él. Recordó en la tarde como Falco y Fox se equivocaron de pantalones y casi se llevan la ropa interior de Roy. Fue bastante cómico.
Bueno, todas sus camisas, jeans, y calcetas estaban ahí. Prosiguió a checar sus bandas. Sí, tenía de varios colores. Aún sigue en su mente aquel recuerdo cuando su hermana le regaló una con animal print. Bonito regalo, parecía de esos homosexuales que van a hacer aerobics. Bufó divertido.
Luego de eso, sus ojos azules se vieron asustados ante la realidad.
Le faltaban dos bandas.
No puede ser posible, pensó. ¡Pero si las tenía todas y cada una! Las conté antes de irme… ¿Dónde…?
La respuesta fue obvia, se le debieron olvidar en la lavandería. Que idiota de su parte.
Salió molesto. ¡Cómo fue posible que se le extraviaran dos de sus bandas! Él siempre las cuidaba, sobre todo porque una de ellas fue un regalo de su padre, ¡Y fue justo la que se le perdió! Una azul y la otra de color negro. La primera fue el regalo, estaba muy chico en aquel entonces como para usarlas. Su cabeza era muy pequeña. Ahora que creció, fue como si le hubieran quedado a la medida.
Su madre siempre le dijo que su padre fue un hombre muy alto, cómo ahora él era. A diferencia de él, su padre tenía cabello castaño claro, como su hermana. Incontables veces le dijeron que él era más como su madre. Cabello azul, ojos del mismo color. Su padre también tenía ojos azules.
Cabello castaño, ojos azulados… que raro. Al pensar en ello, inconscientemente a su mente venía…
No tuvo que mencionar su nombre, ya la estaba viendo.
Sonrió como estúpido, ¿Acaso pensó en ella? Dios, ya hasta se le había olvidado a qué había ido…
¡Ah sí, sus bandas! Que idiota, de nuevo.
La observó, al parecer no había notado su presencia en el marco de la puerta. Ella seguía sacando y sacando más ropa de la máquina para secado. Al ver como esta sacaba su ropa interior, no pudo evitar no sonrojarse. Luego, se sintió mal consigo mismo. Era como si la estuviera espiando. Silenciosamente retrocedió un poco sus pasos, y reapareció en la puerta, haciendo un poco de ruido para que se diera cuenta que alguien más había llegado.
La de cabello café voltetó, y se sonrojó de golpe ¡Ike estaba en la puerta! ¡Qué vergüenza! Escondió un poco su ropa en el cesto ¿La habrá visto sacando sus sostenes? No… era poco probable, acababa de llegar.
—Buenas Noches Zelda— saludó cordial, con una sonrisa.
—Buenas Noches… Ike— correspondió la joven, dejando su canasta en la mesa. El de cabello cobalto se percató que era visiblemente pesada.
—¿Necesitas ayuda con eso? — ofreció, acercándose en su auxilio.
—No, está bien. Puedo cargarlo— confiesa con una sonrisa. Claro, no sabía cómo le haría para cargar sus dos canastas de ropa hacia su cuarto. Tendría que turnarse el viaje.
El otro recordó la razón por la que estaba ahí. Observó las lavadoras.
—Oye, Zelda— la llamó, en lo que la castaña lo miraba —. No…. ¿No has visto…? — hizo una mueca— ¿No has visto unas bandas? Una azul y una negra. Son como la que traigo puesta en este momento, solo que esta es verde.
La de orejas puntiagudas pensó, observando a las máquinas de lavado. Que ella supiera, no había visto nada cuando echó su ropa a lavar. En eso, también pensó que solo Ike tenía una sola banda, no sabía que tuviera de varios colores. Era de suponerse.
—A decir verdad, no las he visto— admite con tristeza, sabiendo que no podía hacer mucho por él. Ike suspiró —. ¿En qué máquina lavaste tu ropa?
—En esa de ahí— señalo la de la orilla, en lo que este se aproximaba a echar un vistazo. Zelda abrió grande sus ojos, ¡Era la misma que había usado ella! ¿Será que…?
No esperó y fue hacia la ropa que había dejado en la maquina secadora. Aún le quedaban ciertas prendas, comenzó a indagar, buscando y buscando, hasta que sus ojos dieron con algo que no era de ella.
Ahí estaban las bandas de Ike.
—Son… ¿Son estas? — mostró Zelda, a lo que Ike la volteo a ver. Se le iluminó la mirada.
—Sí, son esas— caminó a esta ella, y se las entregó. Greil comenzó a acariciar su textura, con rostro confundido ¡Pero que suaves habían quedado! Se atrevería a decir que ni si quiera su madre las dejaba así de suaves. Su nariz comenzó a olfatear algo, era un olor como… entre frambuesa y… otra fruta que desconocía… ¿Durazno, sería?
La joven se dio cuenta que estaba percibiendo ese aroma.
—Lo siento. Yo…— se sonrojó, mirando sus manos—. Yo uso un suavizante especial, es mi favorito. Si… si quieres, puedes dármelas y les quitaré el ol-
—No, para nada. El olor no me desagrada— sonrió, pasando sus dedos nuevamente por las tiras de tela. La otra lo seguía mirando, viéndolo perdido acariciando sus bandas. Debían de ser muy preciadas para él —. La azul fue regalo de mi padre cuando tenía cinco años. Era un chicuelo en ese entonces y me quedaban como bufandas.
El comentario sacó una pequeña, casi inaudible risa de parte de la castaña. Le fue imposible no imaginarse un diminuto niño de cabello azul con una banda en su pequeña frente. Le dio ternura. El mayor, por el contrario, sonrió con escuchar su risa. Era… bonita.
—Me alegro que hayan estado en buenas manos— lo dicho por el de cabello cobalto la hizo poseer la cara de un tomate, desvió la mirada —. Gracias.
—No tiene que agradecer— concedió la menor, mirando el suelo otra vez. Su corazón latía rápido. Estaba… sola con él. Como la vez pasada en el comedor. ¿Acaso estaba soñando? No se atrevía a mirarlo.
Apenas y se dio cuenta cuando este le preguntó algo.
—…¿Mande?
—¿Necesita ayuda con su canasta? —inmediatamente dirigió su mirada a su ropa. Se quedó sumida en la vergüenza, Ike pensaría que era una mujer vanidosa por poseer demasiada ropa. Aunque hubiera preferido decirle que no (para no molestarlo, debía tener mejores cosas que hacer que ayudarle) tuvo que acceder; ella no podía sola.
Terminó de sacar las demás prendas, en su cuarto las doblaría. Ambos salieron del recinto.
—Lamento… que tenga que cargar mi ropa— habló Zelda, llamando la atención del otro, quién solo le sonrió. En verdad se sentía algo culpable—. Es mucha.
—Pienso que es algo normal. Mi madre y mi hermana tienen demasiada. Supongo que es cosa de mujeres— la de cabello café rió ante eso. Otro pensamiento de la adorable risa de Zelda aprisionó sus pensamientos. ¿Qué… qué le sucedía?.
En lo que estaban en el ascensor, la miró de reojo. Su cabello café seguía recogido en esa media coleta que le caracterizaba. Podía ver como al parpadear sus largas pestañas contorneaban delicadamente sus ojos azulinos. Al observarla, ese cosquilleo volvió. Esa sensación… como si algo estuviera volando adentro de su estómago. No se dio cuenta cuando sus manos se movían ansiosas mientras sostenía la canasta. Solo el ruido del ascensor lo sacó de sus cavilaciones, dándole primero el paso a la de ojos azules.
Su grácil caminar, su figura delgada, sus perfectas manos blancas, que casi se le podían ver hasta las venas. Su rostro, su…
Miró como ella buscaba su llave, dejando el cesto en el piso. Al abrir, ella entró a su habitación, dejando la puerta abierta. ¿Eso quería decir que él también podía entrar? Nunca había estado en una habitación que no fuera la de su hermana, y eso solo era cuando ella no lo echaba como perrito desolado. Aunque sabía que esa no era su habitación real, sus nervios seguían a flor de piel. ¿Desde cuándo él había estado nervioso ante algo?
Sigilosamente, admiró su cuarto. Era exactamente igual al de él, pero había algo que lo identificaba a ella. Había un florero con azucenas blancas, eran naturalmente hermosas. También había un libro con pasta verde, y a un lado una pluma. ¿Será que ella escribiría un diario?
Eso no fue lo que más le llamó la atención, sino que fue el retrato justo a la derecha del florero. La reconocía a ella, pero a las demás personas no.
—Puedes ponerla aquí— habló, dejando la canasta que ella traía en la cama. El de cabello azul giró su cabeza y deposito la canasta en el mismo lugar. Otra de las cosas que diferencia su habitación de la suya, era ese olor agradable a frambuesas.
Así olía ella.
—Mu-Muchas gracias— dijo Zelda, al ver que Ike seguía en su habitación. ¡No era como que le molestara, para nada! Era el primero que entraba a su habitación. Sin intención ella lo llevaba observando parte de rato que estaba ahí. Que… que atractivo era. Ya se había dado cuenta de aquello, pero no lo había admitido, hasta ahora. Su… su altura lo hacía ver más fascinante. ¡Por las Diosas! Seguramente culparía a Peach por tener pensamientos así, y un poco a… Samus.
Toda esa nube de fantasía se esfumó al pensar su nombre. El sueño que tuvo fue como un duro golpe a su pensar. Nerviosa, se volteó hacia sus prendas. Samus era la que estaba enamorada de él, ella… tenía cierto derecho sobre él, ¿No? Ella lo conoció primero. Ella lo vio primero.
Si eso no debía de importarle, ¿Por qué le dolía al respirar, justo a su izquierda?
—Aquí tiene— se volteó con una sonrisa triste, extendiéndole las prendas que había estado buscando. Sus manos estaban nerviosas por tocar algo de su pertenencia, algo… de él—. No se le vayan a olvidar.
—¡Cierto! — Anunció, tomándolas en sus manos—. Disculpe mi descuido. Procuraré ser más cuidadoso la próxima vez. — era verdad que si hubiera sido cuidadoso, no se le hubieran perdido sus bandas. Más, como no lo hizo… ahí estaba con Zelda, en su habitación.
Tuvo el ligero pensamiento de que gracias a su descuido estaba con ella de nuevo. De saber, hubiera sido más descuidado desde antes.
No lo pensó dos veces y se acercó a ella, rodeándola con sus brazos.
Que pequeña , quizás él era muy alto, quién sabe. Hasta sus mejillas se tornaron de un leve color rosa. Al contrario de la joven, estaba por hacerle competencia a un tomate. Al principio, se sorprendió de que estuviera… abrazándola, todo su cuerpo se había tensado. Luego de eso, ella tímidamente accedió a rodearlo, pasando sus brazos por debajo de los suyos. Le costó admitirlo, más ese contacto se sentía tan bien. No tenía palabras para describirlo. Se sentía… segura en esos fuertes brazos. Su puntiaguda oreja estaba pegada a su torso, escuchando el latido acelerado del de cabello azul. Sus ojos azules se abrieron como platos, Él… ¿estaba nervioso?.
Le fue imposible que su ritmo del corazón no se acelerara cuando sintió las manos de Zelda por su espalda. Le estaba correspondiendo, por un segundo creyó que lo rechazaría… la joven se había dado cuenta, tenía su oreja pegada a su pecho. Entre sus manos apreció el sedoso cabello que tenía. Aplico un poco más de fuerza, apretándola delicadamente en contra de él. Quería seguir así, con ella entre sus brazos…
Zelda apretó sus manos al percibir como Ike la acercó más hacia él. No le desagradaba para nada, hasta una sonrisa patosa se formó en sus labios. Cerró sus ojos, disfrutando de eso momento que nunca quisiera que acabara.
—Gracias por cuidar de mis bandas— pero lamentablemente tenía que terminar. El comentario la obligó a abrir sus ojos, aun sin dirigirle la mirada. Su sonrisa se ensanchó más al escuchar el corazón de Ike, seguía acelerado, pero su respiración estaba serena. Entonces Ike volteó hacia el espejo, viendo sus reflejos. Definitivamente era una imagen que guardaría por siempre en su memoria. Luego, percibió como ella se estaba aguantando una risa —. ¿Qué es tan gracioso, si me lo permite? — preguntó tranquilo. El rostro de Zelda se volvió a tornar rojo.
—Nada— respondió con vergüenza. ¿La había visto sonriendo por escuchar su corazón? —. Me… ¿Me estaba riendo?
—Sí, pero no importa— ahora el que estaba sonriendo era él. Qué cosas. Suspiró, moviendo un poco a la persona que estaba en su torso al momento de hacerlo.
La joven sintió como Ike dejaba de abrazarla y, con mucho pesar de ella, hizo lo mismo, dejándolo de rodear con sus brazos. Esa seguridad que tenía se esfumó al momento en que se alejaba. Sin embargo, al mirarlo a los ojos, se sonrojó fuertemente. Había estado demasiado cerca de él, de hecho demasiado cerca de un hombre que no fuera su familia. El otro sonrió ante esa reacción.
El de cabello cobalto dirigió su mirada al reloj que estaba en la mesa de noche. Ya era tarde, tenía que ir a dormir. Mañana era el día en que irían a la pequeña ciudad a comprar obsequios.
—Me tengo que ir— llamó la atención de la otra, observando la sonrisa del de pelo azulino—. Que…que descanses, y duermas bien.
—I-Igualmente, Ike… — Tomaron rumbo hacia la puerta, la joven detrás del mayor. Salió por la puerta. Antes de irse, buscó la mirada azul de ella, quien lo estaba viendo. Le sonrió.
—Descansa — concede.
—Descansa igual, Ike— imitó Zelda, formando una sonrisa con sus labios—. Buenas noches.
Sigilosamente cerró la puerta. La escena de hace unos minutos recobró su mente, haciéndole sentir momentáneamente esa sensación de bienestar. Comenzó a caminar hacia el ascensor.
—¿Qué hacías en la habitación de Zelda?
Esa voz llamó su atención. Volteó en dirección al dueño de la pregunta, nada más y nada menos que aquel personaje a unos cuantos pasos de él.
...
Ya en prendas para dormir, volvió a echar un vistazo en su bandeja de mensajes. Suspiró triste, no le había hablado a Sheik, termino de lavar su ropa demasiado tarde. Nadie la mandaba a tener ropa en exceso. ¿Seguiría despierto a esta hora como para llamarle?...
Aun cuando estuviera por conciliar el sueño, el único pensamiento que ahora tomaba su mente era de Ike abrazándola. Recordaba el primer día que lo "conoció. "Ella había chocado con él, y este la había visto con cara de pocos amigos. No tuvo duda que le tenía miedo. Ahora, todo ese miedo se convirtió en algo que… no lograba comprender.
La hacía sentir especial. Sólo con esas dos veces que paso con él, era como si una parte de su corazón fuera resanando después de tanto tiempo, brindándole calidez y tranquilidad. Giró su cuerpo de lado, ya era tarde, casi era media noche. ¿Cuánto tiempo se había quedado abrazada con Ike? No lo sabía con exactitud. Sin embargo, el momento se le hizo segundos a su lado.
Con todo su laberinto mental, se quedó dormida con el móvil en la mano.
...
Miró por la ventana.
Había amanecido más frio de lo normal, lo había percibido al momento de salir hacia el autobús que los llevaría a la pequeña ciudad. Pinos y arboles pasaban por su ojos. Era un milagro que sus compañeros de grupo fueran bastante silenciosos. En la llegada estaban más escandalosos que el mismo zoológico.
Él iba del lado de la ventana, su camarada iba sentado a su lado. En los asientos laterales iban Roy y Lucario. Era curioso como Lucario le tenía demasiada paciencia al pelirrojo, y era asombroso como no se mareaba por leer en movimiento. No tenía mucho que Roy se había quedado dormido. Conociendo lo inteligente que es Lucario, tal vez estaba esperando que se durmiera.
En posición algo inclinada miró su reflejo por el vidrio. Tenía ojeras, bonita cosa. No cabía duda que, aunque una de las mejores cosas le hubiera sucedido ayer, no logró conciliar muy bien el sueño, no después de aquello.
"—¿Qué hacías en la habitación de Zelda?
Esa voz llamó su atención. Volteó en dirección al dueño de la pregunta, nada más y nada menos que aquel personaje a unos cuantos pasos de él.
Era Marth.
Estaba en ropa para dormir y con sus gafas de lectura. No lo estaba mirando enojado, era más de clara duda. Más bien… de preocupación. De todos modos, que le hubiera hablado con el pasillo en penumbras si lo había asustado un poco. Seguía pensando la respuesta, ¿Tendría que contarle como empezó todo?
—La ayude a subir su ropa de la lavandería— respondió llano, con gesto amable, al ver que ya se estaba llevando tiempo en responder—. Tenía dos cestos de ropa, así que…
—Oh, entiendo—trató de sonreír, pero no le salió mucho el intento. Además, no era como si Zelda dejara entrar a cualquier persona a su habitación. Ella no era así. Si estaba adentro… debía ser una muy buena razón. Aun así, veía muy sospechoso que se hubieran encontrado a solas, justo en el momento en el que ella estuviera en compañía de nadie en el centro de lavado. ¿La estaría espiando de alguna manera? No había de otra más que preguntarle—. Ike.
—¿Si? — concedió, en lo que Marth le hacía una seña para que se acercase, un poco alejados de la puerta de la de cabello café. Estaban frente a la de Marth ahora.
—Te… ¿Te puedo preguntar algo? —inquirió con amabilidad.
—Claro— dijo confiado, en lo que este miraba hacia el suelo. Estaba pensativo. Al levantar su mirada, se acomodó sus gafas. El mayor se cruzó de brazos.
—¿Tienes otras intenciones con Zelda… aparte de amistad? — pregunto calmado. En algún lugar de su mente, el mayor se esperó aquella pregunta, si hasta el mismo llevaba un tiempo preguntándose aquello. Desvió su mirada azul de la de Marth.
El menor lo miraba paciente, analizando cada reacción que tenía con mencionar el nombre de su amiga. ¿Qué si no lo había notado? Se confió un poco, pero después lo notó. Notó como se miraban cada vez que ella entraba al comedor, la sonrisa que le dedicaba, y como el otro correspondía. Notó como este, al escuchar la conversación de las mujeres, al escuchar su nombre daba un vuelco. Pequeños detalles que él fue mostrando fue como le llegaron a su conclusión. Ahora, tenía que escucharlo a él.
Ike lo pensó, mirando a través de su cabeza cada recuerdo que tenía de ella, cada sonrojo, cada sonrisa. Sus preciosos ojos azules, su cabello, la charla en el comedor… el abrazo. Su forma de caminar, su forma de hablar… ¿Era normal todo esto que le está sucediendo?
Fue un idiota por no haberlo notado antes. Sonrió como su cara lo ameritaba.
—Si te soy sincero, apenas lo estoy descubriendo— respondió con calma, mirando hacia el menor que le preguntó. Si había una especialidad que caracterizase a Marth, era el hecho de leer el rostro de la personas. El segundo pudo notar ese leve sonrojo en el de cabello cobalto. Miró hacia abajo y se quitó los lentes.
—Está bien— esa respuesta le fue suficiente —. No creas que busco enemistarme contigo. Ese no es mi estilo. Tampoco busco alejarte de ella. — confesó afable, mirándolo. Tal vez lo hubiera hecho, pero solo con la condición de que su amiga lo hubiera rechazado. Cómo vio ahora, y como lo empezó a pensar… Ella le estaba dando su consentimiento.
Eso quería decir… que había la posibilidad de que a Zelda le gustara Ike. Aun no mostraba los signos de estar enamorada… o quizás ya lo estaba mostrando, y él no se había percatado. A lo mejor ni si quiera ella misma se había dado cuenta de ello. No quería echar a perder aquello que ellos dos estaban formando poco a poco… dejaría que ambos lo notaran por si solos. Si alguno de los dos acudía a él… (Ya hasta estaba considerando a Ike) no les vendría mal un consejo.
¿Qué podía hacer? Así era él, siempre veía la felicidad de sus seres queridos antes que la de uno mismo. Se sentía feliz por su amiga, feliz de que después de tanto sufrimiento, encontrara la felicidad con esa persona especial. Muy en el fondo, sabía que esa persona era Ike.
Sólo había un ligero problema.
—¿Me permites darte un consejo? — preguntó Marth.
—Claro— respondió amable. Bueno, ¿Y por qué no?
—Habla con Link— esas simples palabras hicieron al de cabello azul quedarse sin aire. Pudo ver la clara mortificación en los ojos de Ike. Sabía la relación que estos dos llevaban. En la mente de ambos recordaron las palabras de Falco—. Zelda es una persona especial para él… incluyéndome a mí y a Pit. La cuidamos como si fuera nuestra hermana. Es por eso… que debes de hacérselo saber antes de que llegue a sus oídos por otra persona…"
Después de eso ya no recordaba varias cosas, como haberse despedido de él o de llegar a su cuarto. Miró de soslayo a su compañero de asiento, un cierto rubio que había preferido entrar en el mundo de los sueños. Su cabeza estaba recargada hacia su lado contrario, con los brazos cruzados. Las palabras de Marth siguieron rondando toda la noche. Inclusive lo que el mismo dijo lo había dejado con una incógnita enorme. Prefirió mirar hacia su reflejo. Ahora, estaba hablando de un asunto más serio.
Sus sentimientos por Zelda.
Era cierto que ni si quiera se percató en qué momento fue cuando empezó a llamar su atención, más lo que si sabía era que tenía algo que discutir al respecto. Suspiró con pesadez. ¿Quién diría que terminaría sintiendo algo por alguien? Hace mucho que su corazón no se había visto en ese dilema. Claro, aun no confirmaba nada. En sus pensamientos presenció las reacciones que su madre y quizás su hermana tendrían, probablemente lo terminarían interrogando hasta que les dijera la verdad. Eso le causó una pequeña risa.
La pequeña comunidad de establecimientos se reflejó en sus ojos. Adornos de Noche Buena era lo que más predominaba, incluyendo a ese señor de vestimenta roja y barba color blanco. Sonrió sin querer, a simple vista se veía que era una ciudad acogedora. Era lógico que ya hubieran llegado. No tardo mucho para el gran centro comercial se viera a lo lejos. Todos comenzaron a murmurar la llegada. El autobús se detuvo solo unos minutos después, avisando que ya podían bajar. Link ya estaba despierto. Entonces Peach se levantó del primer asiento.
—¡Hemos llegado dulzuras! — exclamó emocionada la de voz chillona—. Nos reuniremos en la fuente principal del gran Centro. Sincronicen sus relojes, nos encontraremos a las seis de la tarde. —después del anuncio, todos corroboraron la hora de los relojes. Ya listos, comenzaron a descender del autobús.
Se encontraban en el estacionamiento. Hacia frio, pero no como para congelarles los huesos. Se fueron aglutinando hasta que el último de los estudiantes abandonó el vehículo. Solo así este se fue.
Luego de un rato, retomaron el rumbo a hacia la enorme entrada del centro comercial. La joven de cabello café miraba extasiada todo el lugar. A pesar de ser una ciudad pequeña, era bastante parecida a Delfino City. En eso recordó a su hermano, que siempre la acompañaba para hacer comprar Navideñas. Comenzó a hacer eso en los últimos años, cuando tuvieron la edad decente de poder independizarse.
—¡Mira Zelda! Se parece mucho al Centro Comercial de Delfino City. ¿No lo crees?
—Sí Pit. Es lo mismo que estaba pensando. — concedió, en lo que se adentraron al enorme Centro. Si por fuera se veía enorme, por dentro era toda una magnificencia. Había personas comprando en los establecimientos, aunque no una muchedumbre. Estaba relativamente vacío para ser un centro de compras.
Pequeños grupos se fueron dispersando hacia áreas distintas. En eso, vio la enorme fuente característica de un Centro, justo en medio de todo el lugar. Prosiguieron caminando hasta ella. Se había quedado con Marth y Pit.
—¿A dónde quieren ir? — preguntó Marth, metiendo sus bolsillos a su gabardina.
—No lo sé… — dijo Zelda en lo que se acomodaba su bolso de lazo largo.
—¡Vamos a comer algo! — aún en marcha el pequeño se posicionó frente a ellos, con sus brazos en la nuca —. ¿No tienen hambre?
—A decir verdad, si tengo un poco. — confirma el de cabello azul —. ¿Tu Zelda?
—También estoy hambrienta— bueno, no había desayunado nada al salir de la gran casa. Hicieron aproximadamente dos horas de camino. Sí que tenía hambre.
—¡Entonces desayuno será! — dijo con emoción Pit.
—¿Buffet o Comida rápida?
—¡Yo quiero comida rápida! No puedo esperar más tiempo. Si no como, ¡Podría explotar de hambre! — los otros dos rieron ante el argumento de Pit.
—Que yo sepa nadie ha explotado de hambre— dijo Zelda, en lo que buscaba algún local dónde tuvieran desayunos.
—Pues yo sí puedo explotar…
—¡Miren! ¿Qué les parece si comemos ahí? — señalo el de cabello azul. A los dos se les iluminó el rostro. Ese era uno de los mismo locales dónde, por primera vez, fueron a comer los tres juntos. ¡Debía ser una señal, eso era seguro! Y además, no había nadie—. El lugar dónde fuimos a comer por primera vez.
—¡Si lo recuerdas Marth! — sonrió Pit a sus anchas.
—Obviamente Pit. — confirmó, formando un gesto — Hemos sido amigos desde entonces. — se acercaron al local, con el menor un poco más adelante que ellos. La joven iba sonriendo, le daba gusto tener amigos como ellos. Quizás solo fue un simple momento el haber comido en un establecimiento igual hace tres años, pero fue un momento que marcó significativamente sus vidas.
El de cabello castaño fue el primero en llegar al mostrador, seguido de los otros dos.
—Buenos días, ¿Qué desean ordenar?
—Mhm… yo quiero un Desayuno Deluxe, con jugo de naranja— dijo Pit, en lo que los otros veían el menú en la parte superior.
—Yo un McMuffin con huevo y jamón, junto con un café mediano— dijo Marth, en lo que volteó a ver a Zelda— ¿Qué vas a ordenar?
—Uhm… un McMuffin con huevo, salchicha… y un café igual— dijo tímidamente. Tenía la ligera impresión de que la cajera se le quedaba viendo sus orejas. Bueno, era normal, no eran muy comunes fuera de Hyrule.
—¿Para comer aquí o para llevar? —preguntó.
—Para comer aquí.
—Serían trece dólares con ochenta centavos—Tanto Pit como Zelda sacaron sus carteras, pero Marth se les adelantó, pagando en efectivo la cuenta de los tres.
—¡Ey Marth! No es justo que pagues tu solo— chillo el menor, llamando su atención—. Somos amigos, siempre nos hemos repartido la cuenta.
—Pit tiene razón, Marth— secundó la joven, sintiéndose un poco culpable de que hubiera hecho eso. Los berrinches de sus compañeros de pelo café… le provocaron una ligera risa al de cabello azul.
—No sean así. Considérenlo un regalo— afirmó el mayor, en lo que la cajera le regresaba el sobrante de lo que pago. Los otros no captaron muy bien el comentario. ¿Regalo de qué? —. Por ser mis amigos hace más de tres años. Son como mi familia.
Lo que dijo Marth conmovió a Pit, y casi hace llorar a Zelda.
—¡Nos vas a hacer llorar! — El menor casi tumba al de cabello azul por el enorme abrazo que le proporcionó—. Si tan solo papá Sheik estuviera aquí…— el argumento de Pit causó una gran risa a Zelda. ¡Sonaba tan gracioso cuando lo llamaban de esa manera!
Luego de la cajera les diera sus alimentos en la misma bandeja, Marth la tomó y se sentaron en una mesa no muy lejos de ahí. Cada quien se repartió sus alimentos y comenzaron a comer. De verdad que sus hambrientos estómagos ya estaban adoloridos por esperar algo que digerir.
—Después de comer, ¿A dónde iremos? — inquiere Zelda, cuidadosamente dándole un sorbo a su café. La última vez casi se le deshace la lengua.
—No lo sé— habló Pit a medio bocado, terminándose los panqueques—. ¿Qué sugieren?
—Pues tenemos que comprar los… regalos navideños— continuó Marth, meando su bebida humeante. La joven miró a su amigo frente a ella. Sus ojos azules se veían apagados tras sus lentes de lectura. De alguna manera se sentía mal por su amigo, sin poder ayudarlo—. ¿Qué le compraras a Sheik, Zelda? — preguntó el mayor, intentar desviar su atención de él mismo.
—La verdad aun no estoy segura… — admite con tristeza. Se lamenta por ser muy indecisa a la hora de tomar decisiones— Tenía planeado una nueva funda para su móvil, o alguna prenda de vestir.
—Pienso que lo que le regales está bien— dijo Marth, prosiguiendo en su desayuno—. Eres su hermana, cualquier cosa que venga de ti le encantará— sus palabras hicieron que sus mejillas se coloraran.
Tenía razón. Usualmente, podía decirse que ella era detallista con las personas que más quería. En su mente apareció la vez en que ella le tejió una bufanda a Sheik. No fue la gran cosa en realidad, hasta podía decir que un color del tejido se le enredo, lo cual causó una fea bola enredada de estambre. Sin poder arreglarla, y con su pesar, prosiguió tejiéndola. Al final, a su hermano le fascino. Hasta la fecha él la sigue portando.
Miró a Marth, y luego a Pit. El primero comía como su porte lo daba a relucir, y el segundo era un pequeño hambriento. Con personalidades tan opuestas… aun así, en la hoja del destino, ya estaba predicho que se conocerían. Sabía que ellos no la dejarían sola.
Eran mejores amigos.
...
Después de que pararan en un lugar de comida china—la favorita de Roy— decidieron ir primero a una tienda de ropa cerca de por ahí. La mayoría estaba comprando regalos, o viendo prendas para sí mismos.
—Mira Ike, ¿Qué te parece esta cazadora? — la voz de Link llamó su atención, mostrándole lo que tenía colgado en el gancho de ropa. Sinceramente era muy elegante, aunque se veía algo grande para Link. —. ¿Te gusta?
—Muy bonita, ¿Piensas llevártela?
—Quizás— habló, luego de que le dio otro vistazo— Por cierto, ¿En dónde está Lucario?
—Lo vi entrar a la Librería, a unos locales de aquí— dijo Ike, en lo que veía una cazadora color café. Se preguntaba que talla sería el pequeño Pit, pensaba que sería un buen regalo para él.
—Creo que fue obvio, no debí preguntar. — dijo Link, más para sí que para Ike. Su amigo de cabello azul tenía un libro nuevo cada semana.
—¿Qué les parece esta camisa? — Roy se unió al dúo, mostrándoles una camisa formal color vino tinto —. ¿Creen que sería buen regalo para Lucario?
—Pienso que sí, es raro ver a Lucario en prendas que no sean algo formales— secundó el de cabello rubio, en lo que miraba entre más ropa.
Un poco alejada de ellos, en el mismo departamento, se encontraba una desesperada rubia, buscando algún regalo para su bombón. Suspiró pesadamente, no sabía cómo a Peach se le daban demasiado fácil este asunto de "las compras." Es decir, no llevaba ni diez minutos ahí metida entre toda la ropa de hombre, ¡Y no tenía ni la más mínima idea de qué era lo que le gustaba a Ike! Con decir que ni si quiera se sabía su talle…
Aunque de algo estaba bien segura: ¡No abandonaría ese centro comercial hasta haberle comprado algún obsequio para su bombón! Miró disimuladamente hacia su derecha. Ahí estaba su Ikey, de pie y tan llamativo con ese suéter entallado. Le estaba dando calor de solo verlo. Y su banda en la frente…
¿Banda en la frente?... ¡Sí! Una banda para su hermosa frente es el regalo perfecto… pensó. Con ese nuevo descubrimiento, comenzó a buscar bandas masculinas para Ike. ¡Seguro el obsequio le daría una oportunidad para pedirle que saliera con ella! Hasta las manos le estaban temblando de sólo imaginar.
Sin que la rubia se diera cuenta, estaba siendo observada por los hombres restantes.
—Oye Ike— dijo Roy en susurro, llamando su atención—. Creo que está buscando un regalo para ti— comenzó a reírse, en lo que Link lo secundaba. Greil le dirigió la mirada a la rubia, la veía como literalmente pasaba de prenda en prenda a velocidad súper rápida.
—Para 'mí bombón Ikey.' — con el comentario de Link casi se ahogan de la risa, haciendo una imitación de la rubia. Ike también se estaba riendo, aunque seguía algo perturbado de que le atrajera a Samus. Definitivamente era un mujer con un carácter bastante peculiar, más le admiraba su obstinación para alcanzar sus objetivos. No tenía claro si uno de sus objetivos era el mismo, aunque imaginaba que eso era muy poco probable.
Pasados dos horas de exhaustiva búsqueda de regalos, creyó que lo mejor era descansar un poco sus pies. Ese Centro Comercial era más grande de lo que aparentaba. Por lo menos ya tenía la mayoría de los obsequios. Ya tenía los de sus compañeros: a Link le había comprado una cazadora color negro, a Marth un suéter índigo de lana, al pequeño Pit la cazadora café que había visto (y que rezaba porque fuera de su talla) a Roy una cartera de piel, entre otros regalos que traía cargando en esas bolsas. Cansado, se dejó caer en el respaldo de aquella banca. Le faltaban los regalos de su madre y hermana. Sinceramente, nunca sabía que obsequiarles. Todos los años le reprochaban por no escoger los regalos bien. Nunca les quedaban. Por eso, siempre optaba por preguntarles que era lo que querían. Eso lo sacaba de muchos problemas.
Sin embargo, también le faltaba un regalo. Le costaba admitirlo, y le daba cosquillas en el abdomen, pero había planeado comprarle un obsequio a Zelda. El dilema era, obviamente, qué regalarle. De solo imaginárselo, su mente se ponía en blanco, irónicamente. La nada era lo único que apoderaba su mente. Suspiró agotado. No sabía qué hacer. Claro, de que le iba a obsequiar algo, lo haría. Hablando de aquello, también tenía que hacer caso al consejo de Marth y hablar con Link de lo que sentía. No es como si estuviera afirmando nada, más quería que, como dijo Falco, "todo siguiera con curso normal."
Hablando de Link, ¿En dónde se había metido? Llevaba buscándolo un rato, junto con Roy que se había ido con él a quién sabe dónde. Minutos después, sintió una ligera presencia acercarse, por lo que volteó a su lado. La rubia de coleta alta se estaba aproximando a él.
...
En lo que esperaba a Marth y Pit, pensó en ir a la librería a unos locales de ahí. Según sus amigos, no querían que ella viera sus obsequios de parte de ellos. Recordar como Pit casi la corre de la tienda la hace querer reírse cada vez más, como quería a ese pequeño de cabello café. Entró en la librería algo amplia, y se dio cuenta que los estantes estaba repletos, sin mencionar el agradable olor a libro nuevo que despedía todo el lugar, y aparte vacío.
Era como estar en el paraíso.
Comenzó a caminar entre los pequeños pasillos formados por los estantes, y se encontró una figura conocida para ella, entretenida leyendo la parte trasera de un ejemplar.
—Hola Lucario— saludó la joven, en lo que se acercaba a él. El otro le sonrió.
—Hola Zelda— correspondió cortés, y nuevamente dirigió la mirada a la pasta trasera. No se dijeron más, y cada quién se entretuvo en lo suyo. Estaban ensimismados leyendo la reseña de cada uno de los libros. Los favoritos de Lucario eran drama, suspenso, misterio y ¿Por qué no? Algo de ciencia ficción. Los favoritos de Zelda siempre fueron las novelas, la mitología griega y fantasía. Claro, gustaba de vez en cuando agrandar sus barreras de conocimiento, y se atrevía a leer otro tipo de libros, por ejemplo: suspenso.
—¿Has comprado todos tus obsequios? — pregunto el personaje de cabello índigo, llamando su atención, en lo que ambos caminaban hacia otro estante.
—Sólo algunos, aún no he terminado— responde amable, tomando un libro y apreciándolo con sus manos. La portada era muy llamativa—. Soy un poco torpe con eso de las compras navideñas. Suelo ser muy indecisa a la hora de escoger algo.
—Somos dos— confiesa llano, con ligera vergüenza al admitirlo. La joven sonrió con empatía, se sentía un poco aliviada al saber que no era la única con esos problemas. Aparte, era agradable platicar con Lucario. Era serio, pero no le trataba con indiferencia. Al menos no con ella.
Segundos después, encontró un ejemplar muy bonito, pero no estaba segura de comprarlo. Se le ocurrió preguntarle a Lucario, quizás y él ya lo hubiera leído y la daría alguna recomendación. Levantó su rostro, pero su sonrisa se borró al encontrar una expresión que nunca había visto en él: aflicción. Sus ojos carmesí lo revelaban todo. No tenía la visión en ella, si no en un lugar más allá de la tienda de libros. Confundida, giró tras su espalda y mirar el causante de tal expresión en su compañero. El problema lo vio a unos cuantos metros de ahí.
Eran dos personas sentadas en una banca de madera. Pero no eran cualquier persona, sino que era una su compañera de cabellos dorados: Samus, y justo a su lado estaba… Ike. Se reían de, al parecer, algo muy gracioso. Debía serlo por como sus risas alegres lo detonaban. Una opresión enorme llegó a su pecho, por lo que desvió sus ojos azules de aquello. ¿Por qué algo tan banal le causaba tremendo malestar? Inconscientemente abrazó con más fuerza el libro que había tomado, como si intentara consolar ese ahogo en aquello.
Lucario no estaba mejor que ella, le costó demasiado asimilar aquella imagen que le mostraban sus ojos. Le daba tristeza, porque sabía que nadie hacía reír a esa mujer hermosamente fría. Y Ike lo había hecho. Lo hacía sentirse bastante impotente, inservible. Sin duda, eso hería bastante su orgullo.
¡Está bien, bien! ¡Me gusta Ike Greil! ¿Algún problema con eso?
El pensamiento apareció en la mente de ambos, cayéndoles como agua fría. Ninguno de ellos lo sabía, pero estaban sufriendo por personajes diferentes. Sin percatarse, estaban compartiendo un sentimiento. Lucario era fuerte, pero siempre dudo esa fortaleza cuando se trataba de sentimientos. Dejó el libro que había tomado del estante, ya hasta se le había olvida cuál iba a llevar. Miró a su derecha, olvidándose de su acompañante, quien también tenía un rostro acongojado. ¿Será qué…?
—Discúlpame— trato de sonreír en lo que ella le miraba, pero el intento le fue poco efectivo—. Te he entristecido por una estupidez mía.
—No ha sido tu culpa Lucario— admite sincera, aun con sus ojos apagados. Sin querer, el sueño que tuvo ya estaba haciendo mella en su cerebro. Su mente traicionera le estaba jugando una mala pasada. El otro notó como su semblante cambiaba drásticamente. Se sintió algo culpable, de no haber sido por la distracción que tuvo no le hubiera causado problemas a Zelda. ¿Siempre tenía que entristecer a las personas a su alrededor? Tal vez por eso ella había puesto sus ojos en aquel personaje alto de cabello azul.
—¿Te llevarás ese libro? — por el bien de los dos el mayor intentó cambiar de tema, refiriéndose al ejemplar que tenía abrazado la joven. Zelda observó el libro, y su sonrisa otra vez volvió en sí.
—No lo sé. Te… te iba a preguntar si ya lo habías leído y pedir tu opinión, para pensar si el libro valdría la pena adquirirlo. Pienso que sería un buen regalo para Marth— dijo mientras le extendía el libro para que lo tomara. El de cabello azul observó el título y lo analizó unos segundos.
—Si al joven Lowell le gusta las historias de acción y algo de drama, pienso que sería bueno llevarlo. — le responde, regresándole el ejemplar, a lo que ella lo tomó de nuevo—. Ya lo he leído, es un libro bueno.
—Que bien, en ese caso me lo llevaré— admite con alivio, dándole otra mirada al objeto entre manos. Ambos se aproximaron a la caja registradora. Pagaron los respectivos libros por cuentas separadas. Al pagar Zelda, la cajera observó sus orejas poco comunes con mucha determinación, lo que la hacía sentirse algo apenada. Ya debería estar acostumbrada para ese entonces. Al pagar Lucario, la joven de la registradora no dejó de mirar ni un segundo sus ojos rojos. A diferencia de la de cabello café, ese hecho no parecía afectarle mucho a Lucario. Después de eso, salieron de la tienda.
—¡Zeldaaaa! — escucharon a lo lejos, por lo cual giraron tras de sí y vieron a un pequeño rubio con suéter a rayas rojas y de ojos azules corriendo hacia ellos. Llegando, el pequeño se recargó en sus rodillas, se veía que había corrido una gran distancia— ¡Al fin!... — exclama con emoción — Al fin… Al fin te encuentro Zelda— dice con alegría el menor, en lo que trataba de recobrar el aliento.
En lo que terminaba de recuperarse de la risa por ver a McCloud caerse en la tienda de frente a ellos, escuchar ese nombre a lo lejos le hizo volver en sí y girar hacia todas direcciones, hasta que le encontró en una tienda de libros justo tras él. Se veía un agotado Lucas, junto a Lucario, que estaba a un lado de Zelda. A juzgar pareciera como si el rubio les estuviera hablando. Sin embargo, verla le hizo sonreír sin darse cuenta. Samus también miró hacia atrás por la repentina acción de su acompañante, para verlo de nuevo y percatarse del gesto que su boca estaba haciendo. Un gesto feliz. Miro otra vez la escena, y ahí estaba ella. Zelda.
Las entrañas se le retorcieron.
—¿Qué sucede Lucas? — inquirió con semblante preocupado, con Lucario detrás suyo—. ¿Paso algo?
—No… ¡Digo si!, Bueno…— algo cohibido coloca la mano detrás de su nuca. Con Zelda se sentía en gran confianza, pero los ojos de Lucario le hacían poner bastante nervioso. Le tenía un poco de miedo a ese muchacho, sin mencionar que casi no se dirigían la palabra. El de cabello índigo notó los ojos que ponía el pequeño Flint al mirarle. Era obvia su actitud de miedo, era raro ver a un tipo de ojos como el rubí.
—Puedo retirarme, si es lo que gustas Lucas.
—¡No para nada! No me refería a eso, es… sólo que… — trataba de no enredarse con sus pensamientos y no tartamudear en el intento. Ese hábito se le estaba quitando poco a poco, pero aún había residuo de él. Agotado por no saber qué hacer, se encogió de hombros—. Es sobre… ¡No puedo encontrar el libro que me dijiste Zelda! — soltó exaltado —. Lo he buscado, pero no he encontrado nada… — la joven de ojos azules sonrió maternalmente. Le daba ternura ver como Lucas luchaba por algo para su amiga de cabellos cafés, y tristeza al mismo tiempo, por ver las facciones del pequeño frente a ella—. Ya he venido a esta librería— dijo Flint refiriéndose a de donde habían salido ellos—. Y tampoco había nada
—¿Qué libro es el que estás buscando? — intervino Lucario con voz seria, haciendo que Flint diera un respingo.
—Ahm… es… es de Mitología Griega… el título es "El Origen de los Dioses del Olimpo" — confiesa cohibido mirándose las manos. No podía sostenerle la mirada a Lucario. Suspiró con pesadez—. Lo he buscado en las tres librerías del Centro Comercial, pero no he encontrado nada…
—¿Probaste con la tienda de libros en el segundo piso?
—¿Segundo Piso? — preguntaron al unísono, mirándolo incrédulo por lo que estuviera diciendo. Bueno, el Centro comercial era de tres pisos.
—Hace una hora fui ahí, y tienen mucha más variedad de ejemplares. La diferencia es que el local está algo alejado de los demás, lo cual hace difícil su acceso.
—¿Lo dices en serio? — inquiere pasmado el menor de cabello rubio. Escuchar eso le hizo disminuir su preocupación. Ahora que lo recordaba, sólo había tenido la oportunidad de checar el primer piso. Se conocía a sí mismo, y sabría que sería lo demasiado torpe como para ir al segundo piso. Terminaría perdiéndose si iba por cuenta propia —. Ustedes… ¿Ustedes c-creen que puedan acompañarme? — cuestionó, y los brillantes e implorantes ojos de Lucas les miraron. Era difícil negarse a una petición como esa. Esa oración era más para Lucario, que casi no convivía con demasiada gente.
La de cabello castaño accedió al instante. No podía dejar a Lucas solo, después de todo él fue hasta a ella para pedirle un consejo sobre Nana. Además, ese era el mismo libro que estaba buscando, si iba tal vez y hubiera más y ella podía adquirir uno. La mera idea de encontrar el libro que tanto ha anhelado la hacía emocionarse. El joven de cabello azul lo pensó unos segundos, preocupando por un instante a Lucas, quién se imaginó que estaría enojado con una solicitud como esa. Otra cosa era que sólo él sabía la ubicación de dicha tienda. Después de un momento, Lucario trató de sonreír, diciendo que accedía a ir con ellos.
La emoción de Lucas fue tanta que terminó por abrazar a sus dos acompañantes. Le daba mucha alegría saber que le apoyarían en una búsqueda que, si bien no era una cosa fuera de este mundo, el simple hecho de ir con él era como si le traspasaran algo de fuerza. Con el joven rubio en medio de ellos dos, comenzaron la caminata hacia las escaleras eléctricas.
Solo que antes de alejarse totalmente del lugar, Zelda miró tras su espalda hacia la banca de madera lejana de ellos. La rubia y el de banda en la frente seguían ahí. Podría jurar que ni si quiera se percataron de la presencia. El pecho de la joven de nuevo se oprimió. Pero, ¿Por qué se sentía así? Al fin Samus estaba consiguiendo lo que quería: a Ike. Debería estar feliz por ella… eso eran… las amigas, suponía. Con mucho pesar volteó el rostro hacia adelante, no quería seguir mirando. No se dio cuenta, pero Lucario hizo exactamente lo mismo que ella: observarlos en la lejanía, sin saber que en la las fauces del joven se estaba haciendo un enorme nudo.
...
...
...
Notas:
Después de un milenio, ¡Aquí me tienen! crean o no, en más de mes y medio no abrí Word para actualizar mis historias. No se preocupen que me pasaré igualmente a actualizar las demás.
¡Pregunta!: ¿Cómo se llama el lugar a dónde fue a desayunar el trío protagonista? (Aclarando de una vez que sus derechos tampoco me pertenecen…)
El nombre del libro que mencionó Lucas no existe (creo yo). Yo inventé el nombre.
Espero el capítulo haya sido de su agrado. ¿Querían beso? ¡Pues no!... Digo, ya verán, luego habrá uno. No se mortifiquen por Wolf (que me lo han estado pidiendo), el luego aparecerá. ¿Qué les pareció la actitud de Lucario? Espero no haberme salido tanto del canon. Una disculpa también si no puedo meter a muchos personajes, o que sólo los mencione una vez. Manejar treinta de ellos está cañón, créanme.
La escuela me ha dejado agotada, sin mencionar que ¡Ya me gradué! *todos celebren* Tuve que hacer dos tesis, estoy haciendo exámenes de admisión y todo ese problema que implica ser graduada. ¡Nunca dejen el estudio para después ternuritas! Es de lo que va a depender su futuro, pequeños.
Cualquier error de dedo es libre de comentar.
Agradezco con mucho amor a mis lectores:
Esteff
SterbenRt
Otaku-gamer123
Alice117.97
Sekmeth Dei
Animeseris
LOL: ¡Muchas gracias por tu review! Lo prometido es deuda, ¡Aquí tienes el siguiente capítulo! Ojalá sea de tu agrado. Créeme, a mí me dio más risa escribirlo xD ¡Nos leemos!
nueiii
¡Se agradecen reviews!
Zeldi-chan de hyuuga
Miércoles 2 de Julio del 2014
