N/A: ¡Muchas gracias por la buena recepción del primer capítulo! Los comentarios verdaderamente animaron a la autora –o sea, yo. El siguiente capítulo acabó por ser inesperadamente largo, espero que eso no resulte una molestia. En todo caso, espero que sea de su agrado.
Capítulo II
Siendo honestos, Yayoi no habría sabido qué esperar de su vida ni suerte tras el remarcable hecho. Sí, no obstante y con toda certeza, se puede afirmar que tampoco esperó que sucediera lo que acabó por suceder. Algunas cosas parecían haber cambiado, mientras que otras no. Tras el suceso Shion y ella no acabaron el asunto de tanta importancia que habían comenzado; Shion parecía reacia tras su supuesto descubrimiento y la pelinegra tampoco tenía ya grandes motivaciones. Estaba aturdida, lo suficientemente como para marcharse sin más a su habitación y sólo dedicarse a pasar el tiempo en un estricto silencio, o bien bebiendo una taza de su té favorito –que de pronto se le antojaba un tanto desabrido– o bien mirando a la nada y pensando en el todo. Le tomó algún tiempo asimilar lo que había sucedido y lo que Shion había dicho. Más importante, le costaba comprender la verdadera naturaleza de las palabras de la rubia y el si acaso eran acertadas. ¿Lo eran? Ella no estaba segura. ¿El dudar era una prueba de su falsedad o de su veracidad? No podía saberlo y aquel callejón sin salida y además giratorio la volvería loca, estaba segura. Intentó bloquear esas ideas al menos momentáneamente mientras se entregaba a la lectura y finalmente al descanso hasta su nuevo turno en la oficina al día siguiente, pero incluso así no lo consiguió. En el fondo la bruma de ideas continuaba persiguiéndola y ella sabía que no se iría. Si sus preocupaciones pudieran abandonarla con tanta facilidad nunca se habría convertido en la criatura oscura que ahora era, de todas formas.
El día siguiente, no obstante, fue bastante normal. Vacíamente normal. Yayoi se había preguntado qué debería hacer de estar frente a la inspectora Shimotsuki. ¿Debía hablarle o acaso lo mejor sería simular que nada había ocurrido? De tratarse de una persona que no le importase demasiado sin duda se habría decantado por la segunda opción, pero ese no era el caso respecto a la castaña. Ella le había confiado cosas: secretos, lágrimas. No todas las de su vida, sin lugar a dudas, pero sin lugar a dudas sólo a ella de entre todas las personas que podrían encontrarse en ese edificio. No era una cuestión basada en un mero sentido de la obligación, era algo que trascendía por mucho todo aquello. Yayoi podía darse cuenta, no era pena lo que la unía a ella sino afecto. Mika Shimotsuki merecía una explicación, aún a pesar de que las cosas entre ella y Shion fuesen privadas y de común conocimiento. La situación, considerando el lugar en donde se encontraban, había sido inapropiada. Sí, eso. Eso le daba una justificación –¿la buscaba?– para pronunciarse ante Mika, pero…
"¿Y qué le diré?"
Pero fuese cual fuese la resolución de la pelinegra, lo cierto fue es que en todo aquel día de trabajo no tuvo ni la menor posibilidad de intercambiar palabras con la inspectora, ni siquiera estrictamente profesionales. Shimotsuki parecía evitarla de modo tal que apenas era perceptible para alguien que estuviera al tanto de las circunstancias pero que no pasó desapercibido para Yayoi. Y aun así, nada sucedió. A la hora del almuerzo todos desaparecieron, incluida la inspectora. Yayoi no estaba de humor siquiera para almorzar mientras veía a Shion trabajar u holgazanear, por lo que se limitó a quedarse en la oficina con su udon y luego unas revistas hasta que el descanso acabara. Una vez que eso sucedió no tuvo muchas más oportunidades para entregarse a esa clase de pensamientos; una nueva zona de estrés había sido detectada y la inspectora Tsunemori la necesitaba en su grupo. Así, Yayoi pudo dejar que sus conflictos internos fuesen eclipsados por los del mundo exterior por un buen número de horas.
Era ya de noche cuando abrió la puerta de su habitación, entrando a pasos seguros pero cansados. Aquel día no había sido diferente a los habituales –quizás había resultado incluso generoso, de hecho– pero aun así se encontraba sumamente cansada. Era incapaz de soportar su vestuario formar por mucho más: pronto su corbata quedó colgando sobre el respaldar de una silla, al igual que su chaqueta. No creía que fuese a abandonar su habitación en lo más mínimo aquella noche –¿qué motivos podría tener alguien como ella?– por lo que pronto su pantalón y camisa se encontraron abandonados algo descuidadamente sobre una esquina de su cama mientras Yayoi buscaban en ropa interior algunas prendas que pudiese catalogar como "cómodas" y se dirigía al cuarto de baño.
Las cálidas gotas de agua acariciándola fueron un verdadero alivio para su cuerpo, incluso quizás para su espíritu. En ocasiones no podía evitar imaginar que el agua la purificaba, incluso a alguien como ella. Por supuesto, aquello no era más que una fantasía: Yayoi había perdido sus casi infantiles esperanzas hacía un buen tiempo. Sabía que ya nunca cambiaría para lo que se consideraba "bien" pero, honestamente, ya había aprendido a vivir con ello. En el fondo ya no le importaba. Que el sistema se negara a aceptarla, aunque pudiese resultar peligrosa para muchos, no era algo que aun la molestara. Había perdido mucho, las pérdidas parecían ser constantes, pero aún así también había ganado mucho. Nuevas perspectivas, la realización de que muchas personas en las que había confiado –Rina la primera– habían resultado brutalmente diferentes a como las había idealizado y finalmente, nuevas personas valiosas que de otra forma muy posiblemente no habría conocido. Shion, Mika… sin saber por qué retenía sus nombres, pensó en ellas. Sí, estaba agradecida por tenerlas. No con Sybil, pero sí de algún modo con su vida. Cerró los ojos, sintiendo cómo el agua corría sobre su rostro, acariciando sus mejillas y párpados.
Un sonido abrupto interrumpió su relajación. Se oía amortiguado por la caída del agua, pero la pelinegra lo reconoció de inmediato: alguien llamaba a su puerta, y lo hizo repetidas veces tras un momento. ¿Shion, quizás? Yayoi pensó eso mientras cerraba el grifo de agua y salía sin más, buscando a tientas una toalla. Habría deseado tener tiempo para secar su cabello pero ciertamente no lo tenía. En su lugar sólo pudo secarse apresuradamente y salir en busca de lo primero que encontrase. Su atuendo, sumamente casual, databa de un short, una camiseta sin mangas y una toalla sobre sus hombros sobre la que descansaba su cabello aún húmedo y si bien lacio despeinado. Shion llegó apresuradamente a la puerta, sus pies descalzos, justo cuando la persona detrás de ésta volvía a tocar.
–Shion, ya te escuché. Estaba duchándome, no… –comenzó mientras abría la puerta, hasta que de pronto sus palabras se detuvieron abruptamente.
–Lo siento si te decepcioné –respondió una voz mucho más aguda que la de la rubia. Mika parecía tener la vista fija en algún punto sombrío del pasillo y no en su persona, pero Yayoi pudo reconocer perfectamente el momento en que la joven inspectora por fin se atrevió a mirarla: su expresión parecía levemente molesta –infantilmente, casi– y una tonalidad rojiza decoraba sus mejillas arrebolándolas. Tras eso no pareció capaz de fijar la vista en otra parte del cuerpo de la enforcer que no fuese en las puntas de sus pies descalzos y pálidos
–Mika… –alcanzó a musitar la pelinegra, pero abruptamente fue interrumpida por su interlocutora.
–Debemos hablar –anunció, pero poco después pareció darse cuenta del tono de sus palabras. Avergonzada, añadió vagamente. Por un momento pareció la niña dulce que Yayoi solía ver–. Si no te molesta, Yayoi-san. Lo necesito…
Yayoi no dejó que añadiera más, asintiendo con tranquilidad a la vez que se apartaba de la puerta para dejarla entrar. Mika lo hizo tras unos momentos, sus ojos acariciando la decoración ya no tan extraña para ella. Había estado allí en una ocasión ya. Recordó la deliciosa taza de té –té real–, las palabras comprensivas de aliento de la mayor y, en concreto, las caricias en su cabeza. Con Yayoi era difícil definir si algo era cariñoso o no debido a su expresión por lo general estoica, pero ella creía saberlo. Nunca había conocido más que amabilidad y comprensión de parte de Yayoi, después de todo. En ocasiones le resultaba incomprensible el hecho de que ella fuese una enforcer. ¿Cómo alguien tan atenta podía ser alguien tan oscuro? Estaba segura de que debía de haber un error con Yayoi, o al menos eso quería creer una parte de ella. La otra, sin embargo, podía intuir cierta parte de la verdad.
–Disculpa por mi aspecto tan casual, no esperaba a nadie y como dije estaba en la ducha –comentó mientras se acercaba a su cocina–. Puedes sentarte. Prepararé algo de té y mientras tanto… ¿Mika? –un pequeño sonido la hizo girarse, justo para contemplar lo que se temía: una pequeña inspectora llorando. Yayoi abandonó la idea del té por un momento, acercándose a la inspectora sin decir una palabra. Posó una de sus manos sobre su hombro, dándole un pequeño apretón cálido. Le pareció sentir que Mika se hacía más pequeña bajo su toque.
–Lo siento, Yayoi-san –se disculpó quedamente, sollozante.
–Está bien. Es importante que llores cuando lo necesites –le respondió la pelinegra, casi como si recitase un precepto.
Le tomó varios segundos recomponerse, pero finalmente lo consiguió. Ojos cansados y almendrados miraron entonces a los azules. Yayoi, con suavidad, retiró su mano. Los ojos ajenos se demoraron en los suyos y si bien Yayoi esperó que pronto se apartarían de los suyos con normalidad, eso no sucedió. De pronto se sintió sorprendida ante el silencio y el contacto visual, sorprendida y secretamente abrumada. Y tan abruptamente como se percató de ello se dio la vuelta.
–Haré té entonces. Siéntate –se limitó a decir, esta vez entregándose a su cometido eficientemente. Por incontable vez en el día volvía a sentirse un tanto insegura, sólo que esta vez con razones a su juicio más fehacientes. Recordó casi con ironía sus antiguas –y no tan antiguas– dificultades para hablar con chicas. Era… complicado.
Mika aceptó, tomando asiento en el mismo lugar que había escogido la vez anterior. Un tanto nerviosa comenzó a juguetear con uno de sus dedos en el más estricto de los silencios. Sólo rompió éste una vez que Yayoi dejó la tetera en el fuego y se acercó a la mesa para depositar dos pequeñas tazas, ya familiares. Al pasar junto a ella no pudo evitar sentir cierto aroma proveniente de su cabello, probablemente producto de su shampoo. Era gracioso cómo Yayoi podía ser tan agradable, pensó, incluso recién salida del baño y con el cabello un tanto desarreglado. La idea, sin embargo, no la hizo feliz por mucho. De pronto su rostro debió de ensombrecerse, porque la enforcer tomó asiento frente a sí y buscó su mirada. No desistió hasta que la encontró.
–Te debo una disculpa –habló por fin, y si bien lo hizo con simpleza y de modo directo, no fue tan sencillo para ella.
La inspectora pareció tensarse en su lugar.
–No, no es cierto. No es necesario que me des explicaciones de… –pero, sorprendentemente, de pronto fue la pelinegra la que la interrumpió. Lo hizo con tranquilidad, pero lo hizo.
–Dije una disculpa, no una explicación. Lo que yo haga no es asunto de nadie.
–Te equivocas –replicó la castaña rápidamente, provocando que Yayoi la observase impertérrita, mas en el fondo levemente sorprendida–. Es mi asunto. Eso fue altamente inapropiado, el laboratorio no es un lugar para… –sus mejillas volvieron adquirir la tonalidad habitual– ese tipo de cosas.
–Admito que el lugar no fue adecuado –comenzó Yayoi buscando ser paciente–, pero aun así…
El agua de la tetera comenzó a hervir soltando un pequeño chillido característico a la vez que la inspectora Shimotsuki se ponía de pie bruscamente, sus palmas chocando contra la superficie de madera de la mesa.
–¡Nada fue adecuado! No sólo el lugar, incluso tu relación con Karanomori-san no es…
Pero algo la impidó continuar. Pese al semblante estoico habitual de Yayoi, en esta ocasión no había conseguido mantenerlo. Mika, en un primer momento, se asustó: Yayoi había copiado su gesto, poniéndose de pie y con sus manso pegadas a la superficie de la mesa. Su expresión no era la de siempre: su ceño estaba torcido, sus labios estaban curvados en una mueca extraña y sus ojos parecían incluso más apasionados de lo normal, decían demasiado. Su voz tampoco fue la sosegada habitual, la que Mika conocía. Era una faceta auténticamente nueva. Y, mientras tanto, la tetera continuaba cantando.
–Mi relación con Shion está totalmente fuera de esta discusión. No tienes derecho a cuestionarla.
Y Mika dijo algo de lo que se arrepentiría. Dedicó a Yayoi una mirada también inusualmente dura.
–¿Derechos? Los criminales latentes son los que no tienen derechos.
Sólo con escucharse bastó con arrepentirse. Yayoi la observó auténticamente incrédula por espacio de unos segundos. Por un momento Mika creyó que Yayoi iba a estallar en lágrimas o algo por el estilo, algo que sin duda de estar en su lugar ella habría hecho. Se sintió culpable. Definitivamente aquello que había soltado traspasaba una línea. Apenada, alargó una de las manos buscando rozar con las yemas el dorso de la mano ajena.
–Y-yayoi-san, lo siento. No quise decir eso, de verdad… –musitó, hasta que de pronto ahogó un chillido. Yayoi apartó su mano con violencia, apartando la pequeña taza de té de un golpe y provocando que ésta se estrellara contra el duro y frío suelo. La tetera también gritó.
–Creí que estabas cambiando. No puedo creer que dijeras eso –se limitó a responder. Yayoi se dejó caer sobre su asiento finalmente, casi como un peso muerto. Sus ojos ahora simplemente miraban los dispersos trozos de cerámica de la taza, dispersos a un lado de la mesa.
Y así como Yayoi se dejó caer con aire ausente, Mika se puso en pie. En silencio se dirigió hasta la cocina, apagando por el fuego que alimentaba el llanto vaporoso de la tetera. Tras eso se acercó a Yayoi en silencio hasta quedar a su lado. La pelinegra tenía los ojos ahora fijos en la superficie de la mesa y no dio muestras de notar la presencia de Mika hasta que ésta se arrodilló a su lado y tomó una de sus manos entre las suyas con suavidad. Cuando Yayoi la observó aún con una mirada indescifrable, vio arrepentimiento en todo su rostro.
–Lo siento –volvió a decir la joven desde del fondo de su pecho. Yayoi no apretó su mano, pero tampoco se apartó.
–¿No me tienes miedo? Parecías asustada –se limitó a decir, sus ojos sobrevolando por la mano ajena.
Mika negó con la cabeza. El miedo había estado allí, lo admitía, pero su presencia había sido breve. Conocía demasiado bien a Yayoi como para saber que nunca la lastimaría. De hecho, no podía imaginarla lastimando a nadie, ni siquiera si Sybil decía que era peligrosa. Apretó levemente la mano ajena, áspera en las yemas. Le reconfortó sentir un pequeño movimiento, un pequeño gesto por parte de la mayor.
–No, no lo tengo. Si hay alguien que sé nunca lastimaría a nadie, esa eres tú Yayoi-san –admitió con una pequeña, tímida sonrisa.
Para su sorpresa, de pronto fue la expresión de Yayoi la que se vio turbada. Pero no de un modo negativo, sino simplemente… ¿avergonzada? La sonrisa de Mika no pudo evitar crecer un poco.
–A veces pareces una niña pequeña, de verdad –se escuchó decir. En respuesta, sólo recibió un silencioso mohín que la hizo reír.
–¿Puedo preguntarte algo? –habló de pronto Yayoi. Mika asintió, curiosa– ¿Por qué te molestó tanto? Quiero decir, entiendo las razones teóricas. No soy una niña pequeña, sé cuándo estoy rompiendo una regla y elijo hacerlo. Esa es la diferencia –y, probablemente sin darse cuenta, sus mejillas volvieron a inflarse en un mohín–. Pero quiero decir, ¿tenías otro motivo?
Mika se tomó un momento para responder. Quiso apartar sus manos, pero de pronto se dio cuenta de que no era posible así como así: ahora una de las manos de Yayoi sujetaba la propia. Podía mentir, lo consideró, pero ¿cuál era el punto de eso? ¿No era ya lo suficientemente evidente? En el fondo sabía que varios debían de pensarlo. Se puso de pie sin romper el contacto de sus manos, pero sí destruyó el contacto visual apartando la mirada.
–¿Qué sentido tiene decirlo? Creo que ya lo sabes.
–No, no lo sé. No hasta lo oiga de ti –replicó Yayoi, aunque en el fondo no estaba segura de si quería escuchar eso. Sabía que muy probablemente sería un gran error, un gran problema. Otra gran incógnita en la que pensar. Pero, ¿no tenía ya problemas de todas formas? Yayoi volvió a ponerse de pie, obligando a Mika a que la mirase a la cara. Mika lo hizo, pero su respuesta tardó en nacer. Le costaba sacarla de sus labios, era demasiado complicado, demasiado peligroso.
–Yayoi-san, eso es porque… –lo intentó, de verdad que lo hizo, pero de pronto no sabía cómo continuar. Ella también temía que la luz quemara sus sueños. ¿Y si no era posible? ¿Y si no era adecuado? ¿Y si muy probablemente no era correspondido? De pronto se encontró pensando en el que estaría bien si era algo incorrecto en tanto Yayoi sintiese lo mismo que ella. ¿Pero y si no era así? Una sombra de miedo cruzó su rostro, una sombra que Yayoi notó. Y de pronto pareció no tener que hablar, pues una mano amiga subió hasta su cabeza, acariciando con cuidado sus cabellos castaños. La mirada de Yayoi era de nuevo indescifrable pero tranquilizadora.
–Está bien, no tienes por qué. Sólo era… –iba a decir "curiosidad", quizás era mejor simplemente no saber nada e ignorarlo todo, pero una sonora negativa la detuvo. Una negativa de la dueña de ojos de repente brillantes, decididos. Una negativa propiedad de la misma dueña de aquellos pies que de pronto se pusieron en punta sobre sus zapatos, de la misma mano que se aferró a su ropa y, finalmente, de los mismos labios que con cierta torpeza encontraron los suyos en lo que en un principio fue un contacto casto.
Yayoi no sabía cómo sentirse respecto a sí misma, no después de que su mano descendió hasta la nuca ajena para atraerla a sí a la vez que correspondía aquel beso, un beso que la remontaba a un pasado ya lejano y casi olvidado.
