Capítulo III

Yayoi podía sentirlo en sus labios, un nuevo sabor que en mucho distaba del habitual licor de fresas mezclado con tabaco. Era un sabor cítrico novedoso y adictivo, pero aun así incapaz de borrar el sabor anterior. Era agradable y casi habría creído que no era ella misma quien ordenaba a su cuerpo que intensificara el contacto, que sus labios juguetearan con los ajenos mientras sus manos se fijaban en las caderas de Mika, empujándola con suavidad hasta que su cuerpo tocara la superficie de madera de la mesa. Esa creencia habría sido completamente falaz, sin embargo: nadie la estaba obligando a hacer aquello, ¿o sí? Era Yayoi quien besaba a Mika, era Yayoi quien se dejaba besar y acariciar torpemente. Lo sabía y admitía la culpa –esa que le rellenaba el estómago, esa que de todas formas le hacía recordar el rostro de Shion así como el ardor hace recordar el evento de una quemadura– pero aun así había algo curioso en todo ello: una parte de ella se sentía inusualmente ausente.

Yayoi separó su boca de la ajena en busca de aire y sus ojos aprovecharon a observar la faz ajena. Mika se veía feliz, una pequeña sonrisa honesta asomaba en los labios que habría probado y hacía brillar todo su rostro de un moco casi deslumbrante. Yayoi sabía que aquella visión debía hacerla sentir bien –debía de ser la confirmación de que lo que había hecho no estaba mal sino todo lo contrario, pensó– pero ese no fue el efecto obtenido. La felicidad de Mika la hacía sentir vagamente feliz, sí, pero por sobre todo responsable y, aún más importante, culpable. Parte de su tormento debió reflejarse en su propia expresión porque si bien los ojos de Mika continuaban brillando, su sonrisa desapareció para ser suplantada por una expresión de preocupación. Una pequeña mano, infinitamente más suave que la propia –cuán evidente era el hecho de que ni siquiera llevaba tiempo sujetando con ella un dominator–, copó en si una tersa mejilla, cuidadosa y amable en su contacto.

–¿Yayoi-san? ¿Cuál es el problema? –preguntó la menor, aún aunque en el fondo de su ser ya intuía la respuesta. La pelinegra no le respondió con palabra alguna, pero sí desvió la mirada a la vez que su agarre sobre la cintura ajena se deshacía, convirtiéndose en un mero tacto. Mika suspiró, adoptando sus labios luego una sonrisa suave, rendida–. Está bien, de verdad. ¿Sabes? En el fondo sabía que esto pasaría –comentó en un tono inusual y falsamente animado; lo que fuera por hacerla sentir mejor.

De alguna u otra forma, el comentario pareció captar la atención de la pelinegra. Tras unos momentos volvió a fijar sus ojos en el rostro ajeno, sorprendiéndose de pronto al creer distinguir cierto atisbo de madurez en éste. Aliviada, la menor continuó.

–Sé que no quieres hacer esto.

–Eso no… –la interrumpió la pelinegra, que a la vez encontró sus palabras detenidas ante un suave movimiento de cabeza

–Lo es, Yayoi-san. Quizás puedas mentir con tu expresión pero hay otras cosas de ti que no puedes controlar –repuso Mika, apartando su mano de la mejilla ajena–. Escúchame. Sabes que me gustas y eres lo suficientemente atenta para intentar darme lo que quiero, siempre eres atenta conmigo. Pero… ah –volvió a suspirar, ahora vagamente avergonzada–. Hacer este tipo de cosas conmigo excede mucho más de la mera consideración y sé que, en el fondo, no es a mí a quien quieres. Sólo estás buscando un algo y aunque me pese sé que no soy yo la persona que lo tiene –confesó.

Yayoi la observó sorprendida por demás, sin siquiera molestarse en que su expresión no delatara su impresión. ¿Cómo Mika podía decir todo aquello sobre ella y sorprendentemente –y en particular para ella– acertar? Porque la inspectora Shimotsuki había acabado de enhebrar ideas en pensamientos que ni ella misma había conseguido. Había elementos que aun parte de ella se negaba a admitir, incluso. Pero completamente convencida o no, no podía negar el hecho de que lo dicho explicaba de alguna manera sus sentimientos en aquel momento, y de una manera que posiblemente no habría conseguido exclusivamente por sí misma. No lo explicaba todo y no aliviaba todas sus confusiones pero era algo.

Yayoi dejó caer sus brazos con suavidad, liberando a la inspectora. A diferencia de ella no sonreía, pero sí su expresión estaba notablemente más relajada.

–Hay cosas que aun no entiendo de mí –admitió tras un breve suspiro, adoptando una pequeña distancia entre su cuerpo y el de la inspectora, que hasta entonces se habían mantenido extremadamente cercanos–. Pero creo que en lo esencial tienes razón. Yo… –dudó, pero finalmente esbozó una pequeña sonrisa, sincera–. Gracias, Mika.

Shimotsuki estuvo a punto de decir algo más pero un abrupto sonido las interrumpió. A sólo unos metros de distancia alguien golpeó un par de veces la puerta. El hecho no le pareció especialmente curioso hasta que observó el modo en el que Yayoi giró el rostro rápidamente, sus ojos azules bien abiertos. De más estaba decir que reconocía el toque de esos nudillos y que, sorprendentemente para ella, le preocupaba. Yayoi se separó completamente de ella, avanzando por fin en dirección a la puerta. No dudó en abrirla pero Mika pudo sentir cómo de pronto la atmósfera que la rodeaba se volvía un poco extraña.

Del otro lado esperaba una mujer de roja sonrisa y cabello dorado ondulado. Shion traía una botella de vino en su mano izquierda y una suerte de tregua en su boca. Cuando notó el cabello aún húmedo y suelto de la pelinegra junto a su vestimenta informal y escaza, su sonrisa creció.

–Me alegra atraparte. Pensé que podríamos beber un poco y ver alguna película vieja juntas, ¿qué me dices? –preguntó jocosa, entregando despreocupadamente la botella a Yayoi, quien la recibió un tanto torpemente a la vez que asentía. Shion alzó una ceja ante su silencio; Yayoi claramente no era la persona más comunicativa del edificio pero sin duda solía alegrarse mucho cuando acudía a ella para pasar tiempo de calidad juntas. Un pequeño mohín se formó en una de sus mejillas, ante una idea fugaz–. ¿Es por lo que dije ayer? Vamos, Yayoi. Sólo fue un comentario, estoy tratando de hacer las paces aquí… –comenzó, hasta que de pronto notó cómo la pelinegra desviaba la mirada por algunos segundos. Bueno, eso sí que era extraño–. ¿Qué…?

–No estoy sola –respondió abruptamente Yayoi, abriendo completamente la puerta. La figura de Mika pronto fue visible a unos metros de distancia, frente a la mesa del comedor. Shion arrugó el ceño.

Oh –se limitó a responder por un momento, sus ojos vagando por el escenario y los personajes. Sus cejas se alzaron levemente al notar una taza de té en el suelo, hecha pedazos. Se cruzó de brazos, mas cuando Yayoi se apartó para que pudiera entrar ella prosiguió. No le apetecía que las cámaras de los pasillos fuesen testigo de nada, de todas formas. La puerta cerró tras de sí–. Así que yo estaba en lo cierto, después de todo –se limitó a decir, analizando ahora sin el menor pudor la figura de Mika.

–No seas ridícula –habló Yayoi rápidamente–. La inspectora Shimotsuki sólo quería discutir algo. No es la primera vez que acude a mí –especificó, aunque sintiéndose vagamente estúpida. ¿Qué era toda esa escena? ¿Y por qué necesitaba justificar nada frente a Shion? Cuando… ¿cuándo su vínculo se había deformado en aquello?

Shion no respondió nada, regresando sus ojos a la figura de Yayoi en una minuciosa y silenciosa evaluación. La pelinegra esta vez no temió sostener su mirada, pero los orbes dorados volvieron a concentrarse en la castaña tan pronto como la escuchó pronunciarse.

–No sé qué está insinuando pero sea lo que sea se equivoca, Karanomori –pronunció en un tono que buscaba ser gélido pero que, en su lugar, sólo consiguió sonar rígido–. Kunizuka-san sólo estaba siendo amable. Preparó algo de té y estaba dispuesta a escucharme, eso no…

–Para ya –la calló Shion de repente, su expresión de pronto visiblemente irritada. Sentía que se le estaban poniendo tantas excusas estúpidas en frente, como si ella fuese ciega. Comenzó a caminar en dirección a Shimotsuki como si necesitara observarla bien de cerca antes de continuar hablando–. ¿Crees que soy estúpida? Sé cuánto desprecias a los criminales latentes. ¿Por qué le dirigirías la palabra…? No. ¿Por qué podrías jamás pedirle ayuda a uno? –sonrió, pero era una sonrisa ladina y casi dolorosa, cruenta– Bueno, supongo que no hace falta que responda a eso.

Mika no respondió, se sentía demasiado intimidada a la vez que la rubia avanzaba en su dirección, ella retrocediendo a su vez hasta que pudo sentir nuevamente la mesa tras ella, cortándole el paso. La crueldad de Shion era acertada e incluso de pronto comenzó a recordar su miedo. ¿Qué hacía allí? ¿En esa habitación junto a esas… personas? Su yo del pasado estaría avergonzada, avergonzada y asustada. Alejó el rostro todo lo posible cuando por fin Shion se detuvo frente a ella, su rostro extrañamente cerca del suyo. Sus mejillas enrojecieron y su pulso se volvió irregular.

–¡Oye! ¿Q-qué crees que…?

Sólo obtuvo un bufido como respuesta, tras el cual la rubia se alejó.

–No te emociones, mocosa –la interrumpió, girándose en dirección a Yayoi–. Huele a cítricos –sentenció.

–Shion, no… –comenzó Yayoi, quizás demasiado tarde. Una idea fugaz le presentó una hipótesis de lo que la mayor podía estar tramando con aquello y de pronto los hechos se la confirmaron a la vez que ésta atrapaba sus brazos, inmovilizándola y adueñándose de sus labios brevemente, saboreándolos. Shimotsuki desvió la vista visiblemente incómoda y así se mantuvo hasta incluso después de que Shion se separara de quien había sido su amante.

–Y tus labios saben a cítricos –volvió a sentenciar con toda seguridad. Su expresión ya no se veía irritada sino abatida, y una de sus manos con perfectas uñas rojizas se posó sobre su propia frente–. Demonios, Yayoi… –musitó.

Yayoi se mantuvo congelada por un momento, sintiendo la frialdad de la botella de vino aún en sus manos y una roca que volvía a bajar por su estómago. Quería decir algo, pero de pronto no encontraba las palabras adecuadas. ¿Disculpas? Eso era ridículo. Sabía que, si acaso Shion necesitaba algo, no era eso. ¿Qué, entonces? Lo sabía, en el fondo: silencio. Aun así volvió a abrir su boca a punto de pronunciarse. Una lástima que nunca pudiera llegar a decir lo que fuera que quería.

–¿Sabes qué? No me importa, has lo que quieras. Besa, folla, rompe a la mocosa. No es como si planearas hacer otra cosa esta noche –escupió. "No es como si yo te importara esta noche", pensó para sí. Se giró y comenzó a caminar en dirección a la puerta, pero unos dedos algo callosos sujetaron con firmeza su brazo. Shion intentó zafarse pero desde luego el agarre no cedió.

–Shion, por favor. Te equivocas.

Shion sonrió, dolorida. No se giró.

–¿Equivocarme? No, Yayoi. Tú eres la que se equivocó. Todo este tiempo… Sé en lo que estuviste pensando. Creías que te engañaba, que me acostaba con quien fuera como si fuera una especie de prostituta. ¿Tienes idea de lo que duele ver eso en tu cara? ¿En tu cara?

Las palabras les dolieron a ambas, tanto a quien las profirió como a quien las recibió. Yayoi no disminuyó su agarre, sin embargo. Al contrario, incluso lo volvió más tenso.

–¿Por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué nunca me probaste lo contrario?

–Suéltame, me lastimas –pero el agarre no cedió.

–¿Es porque de verdad te acostabas con Kougami?

–Eso no fue lo que pasó. Ahora suéltame –volvió a pronunciar, esta vez con el tono de una exigencia. Su voz sonó demasiado firme para el torbellino de emociones que en verdad estaba experimentando.

La voz de Yayoi, sin embargo, ya no era capaz de controlarse.

–¿Cómo podías hacer eso y mirarme a la cara? ¿Qué clase de persona…?

–¡Que me lastimas! –su voz restalló como un latigazo a la vez que se giraba, y su mano también: su palma se estrelló contra la mejilla ajena en probablemente la bofetada más fuerte que había ejecutado nunca. El sonido del cristal rompiéndose contra el frío suelo y la libertad de su brazo fueron instantáneos. Por primera vez en su vida, la mirada que le dedicó Shion fue gélida–. Incluso si lo hubiera hecho, ¿crees que eso te justificaba, de alguna manera? ¿Qué sentido enfermizo de la justicia es ese? –dedicó una mirada aún más helada a la castaña que observaba todo desde su posición casi estática, una mano cubriendo su boca. Luego regresó a Yayoi, quien mantenía los brazos laxos y sus ojos fijos en el suelo– Te diré algo. Te he visto tratar a la mayoría de los hombres que conozco como cerdos insensibles, pero… –se giró y comenzó a caminar, esta vez con la certeza de que nadie la detendría–. Hoy tú has igual, incluso peor que cualquiera de ellos.

Esas fueron sus últimas palabras antes de salir del lugar, poniendo punto final a la discusión con un portazo. Tras eso un denso silencio se extendió por la habitación por espacio de varios segundos hasta que la persona menos herida habló.

–¿Yayoi-san?

Nadie le respondió. El único movimiento que pudo presencia de parte de Yayoi, en todo caso, fue su cuerpo desplomándose. Los ojos de Mika casi se salieron de sus órbitas: la pelinegra podría haberse clavado en sus rodillas fragmentos de cristal mojado. Fue rápidamente a su lado y se arrodilló cuidadosamente a su lado, sus ojos buscando ver el estado de la mejilla herida. Decididamente no se esperó la imagen con la que se encontró.

Yayoi temblaba. Su mejilla magullada estaba teñida de una tonalidad rojiza pero en general todo su rostro se encontraba congestionado, al igual que sus ojos se veían enrojecidos. El azul contrastaba sorprendentemente, adoptando una tonalidad tan brillante que sólo podía competir con las lágrimas que brotaban de ellos. Sus labios estaban curvados en un rictus tristemente doloroso y de ellos sólo emergían sollozos comparables a los de una niña pequeña. Mika sintió que su dolor era contagioso, pero no se permitiría ser débil en aquel momento. Kunizuka había sido un pilar de suma importancia en sus momentos más dolorosos y oscuros, un pilar sólido e iluminado. Por nada del mundo sería menos para ella.

–Vamos, hay que ponerte hielo ahí –le dijo con suavidad, uno de sus brazos rodeando sus hombros y apretujándola en un intento vano por consolarla. Siempre había sido mala para esas cosas pero habría aprendido un par de cosas de Yayoi. Así, después de su pequeño abrazo, comenzó a acariciar su espalda temblorosa–. ¿De acuerdo?

Yayoi no respondió verbalmente, pero tras un momento alcanzó a asentir torpemente.

–Bien, bien –musitó Mika nerviosamente, intentando darse ánimos. Ella podía con esto–. ¿Puedes levantarte por ti misma?

Yayoi volvió a negar, la mirada perdida y sus ojos anegados en lágrimas.

–De acuerdo. Pasa uno de tus brazos por sobre mis hombros –dijo ayudándola con una de sus manos a la vez que pasaba su brazo restante por debajo de los ajenos. Tras un pequeño esfuerzo logró ponerse en pie; Yayoi ayudó pero aun así gran parte de su peso era más bien muerto. Mika observó brevemente las sillas dispuestas alrededor de la mesa pero rápidamente llegó a la conclusión de que sería mejor alejar a Yayoi de aquella habitación: no quería que recordarse y reviviese todo lo que había sucedido allí aquella noche.

–Te llevaré a tu cama, ¿de acuerdo?

La ausencia de quejas fue tomada como una respuesta afirmativa.

Mika la ayudó a llegar hasta allí. Se sorprendió por lo espacioso y sorprendentemente agradablemente decorado de la habitación pero de todas formas no tuvo demasiado tiempo para considerar aquello. Básicamente se dedicó a Yayoi. Encendió una iluminación tenue, deshizo su cama, la ayudó a tenderse allí en su costado izquierdo –el indemne– y la cubrió con sus sábanas. Cuando se aseguró de que Yayoi se quedaría allí –no parecía somnolienta pero sin duda no tenía deseos aparentes de moverse, de todas formas– fue a por hielo y algo en qué envolverlo. Poco después regresó junto a ella, se sentó a su lado sobre la cama y comenzó a aplicarle el hielo. Para entonces Yayoi no lloraba pero sus ojos se veían casi tan hinchados como su mejilla magullada. El silencio se extendió por varios minutos entonces, minutos en los cuales el único movimiento destacable en la habitación fue el de la mano de Mika aplicando su compresa improvisada. Cuando consideró que ya había sido suficiente simplemente se dedicó a acariciarle el cabello, ahora ya seco.

–Intenta dormir, Yayoi. Ya es tarde. Yo limpiaré todo –le aseguró, su mano continuando con su atención. Levemente, los ojos de la pelinegra se cerraron un poco.

–No deberías… –musitó por fin, sus primeras palabras en un lapsus considerable.

–Es lo menos que puedo hacer –a lo cual no recibió respuesta, al menos inmediata.

Los minutos continuaron silenciosos y monótonos hasta que fue la suave voz de Yayoi la que lo resquebrajó.

–Shion tiene razón. Soy horrible –murmuró.

Mika negó con la cabeza, acompañándose luego por sus palabras.

–No, no lo eres. Cometiste un error pero todos lo hacemos –le dijo con dulzura en su tono– y estoy segura de que Karanomori lo entenderá.

Los párpados de Yayoi se dejaron caer un poco más, pero su semblante se ensombreció.

–No lo creo, Mika. Nunca… nunca la vi tan enojada en toda mi vida. No hay manera de que me perdone –respondió, y Mika pudo percibir cierto temblor de nuevo en su voz. Su mano acomodó delicadamente un mechó de cabello oscuro detrás de su oreja antes de continuar con sus caricias.

–Lo hará. Te lo prometo.

Y esas fueron las últimas palabras que oiría Yayoi aquella noche antes de quedarse dormida. Mika se mantuvo a su lado hasta que esto sucedió y, tan pronto como se aseguró de que la enforcer ahora estaba segura y descansando, se separó de ella. Cumplió su promesa respecto a limpiar todo el desastre, ocupándose de recolectar los trozos de porcelana y cristal desperdigados por el suelo del comedor y de luego lavar la zona en donde el vino se había derramado. Le tomó su tiempo pero ni siquiera en su mente esbozó la menor de las quejas; se sentía responsable de lo ocurrido, y no sólo se refería a lo acaecido aquella fecha. En cualquier caso, una vez acabada la limpieza se puso en pie y se marchó.

No iba a su casa, sin embargo. Tenía una última promesa que intentar cumplir y tenía una idea bastante acertada de en dónde encontraría a la única persona que podría ayudarla en ello.


La única alma en aquella cafetería era ella, un espíritu dorado sin brillo frente a una pantalla que no le decía nada. ¿Sus compañeros? Un cenicero casi colapsado por cigarrillos manchados de rojo y una copa medio vacía junto a una botella en igual estado. La bebida apenas había conseguido tener el menor efecto en ella –extrañaba el alcohol de verdad, como el que había dejado que se estrellara en el piso del comedor de la pelinegra– pero en líneas generales el tabaco había conseguido aplacarla. Había calmado su ansiedad, al menos. Ya no disfrutaba de las caladas ni de los sorbos, sin embargo. Estaba demasiado ausente sobre ello.

Ya habían pasado un par de horas desde "lo sucedido" –necesitaba referirse a ello de un modo indirecto para no sentirse incluso peor. Una parte de ella quería olvidarlo todo, olvidar a Yayoi incluso. Aquella parte, no obstante, no era la que predominaba. Sus pensamientos no podían evitar remontarse al pasado y a preguntas sin respuestas. ¿Cuándo todo había cambiado? ¿Cuándo Yayoi había comenzado a sospechar de ella? No quería admitirlo pero quizás la respuesta era un "desde siempre". No era una sospecha legítima –al menos no tras que la rubia comenzó a entender que su relación era mucho más que un mero juego con una colega sino que su relación era algo serio e importante, tras lo cual abandonó cualquier vínculo amoroso o carnal que no tuviese que ver con su nueva amante– pero de alguna manera se sentía responsable: nunca había hablado con Yayoi para hacerla sentir mejor, para tranquilizarla. Era cierto así mismo que Yayoi tampoco la había interpelado directamente al respecto en todos esos años, pero en el fondo sabía que su propia actitud no facilitaba exactamente las cosas. ¿Quizás debería haber sido más expresiva? ¿Quizás debería haberle dejado más en claro el hecho de que a su manera –imperfecta pero suya y única al fin– la amaba?

Porque no la amó: la amaba, y lo continuaba haciendo. El dolor amenazaba con enterrar todo su amor, no obstante. Aquello que había exteriorizado en el lugar de Yayoi había sido apenas una pequeña parte de lo que sentía. Pensó en aquello mientras se llevaba por incontable vez el cristal de la copa a los labios. Yayoi no la había lastimado sólo aquella noche: estaba segura de que no había sido intencional pero con sus sospechas mismas, con el modo con el cual en ocasiones lo hacía lo había conseguido. Y las heridas se acumulaban sobre una piel que no llegaba a sanar.

Sanar. Pensó en la bofetada y sus mejillas se tiñeron levemente. ¿Qué demonios había sido eso? ¿Por qué lo había hecho? Eso… eso decididamente había sido horrible, algo que en condiciones normales no habría hecho jamás. Se había sentido tan ciega, sin embargo. Tan ciega por la tristeza y la ira, aun cuando ésta se había liberado auténticamente después de aquello e incluso cuando todavía quedaba mucho por liberar. Quizás debería irse de allí de una vez, pensó. No quería sentirse en el espacio cerrado de su habitación, asfixiante sin importar la decoración y sin duda demasiado solitario, pero sentía que sólo allí podría liberar las lágrimas que en verdad necesitaba dejar nacer.

Inevitablemente, su mente llegó a un ya famoso punto: Kougami. Shion suspiró, dejando la copa sobre la mesa y tomando un nuevo cigarrillo que encendió y se llevó a los labios lentamente. Yayoi temía algo que en realidad nunca había sucedido. No era nada para enorgullecerse, sin embargo: en el fondo había llegado a un punto en el que desearía haberse acostado con él al menos en una ocasión, no por una cuestión de justificarse o vengarse sino por una mera necesidad, curiosidad incluso. No se engañaba: sabía que de una combinación tan explosiva como lo sería la de ella y el pelinegro podría resultar una situación de lo más memorable. No obstante, también lo sabía: no habría sido lo mismo que con Yayoi. Yayoi no era una mera fuente de placer, ni siquiera de distracción. Quizás al principio sí, quería calmar su curiosidad y experimentar aquellas cosas que había visto hacía tanto en esa grabación enviada a las autoridades por la perra de Rina, había deseado que Yayoi la tocase del mismo modo en que había hecho con la que entonces había sido su novia y había deseado también escuchar de ella aquellos mismos sonidos que parecían avergonzar tanto a la enforcer de expresión aparentemente inmutable, sólo que provocados y dedicados por y para ella. Pero las cosas habían cambiado entre ellas, y para bien: Shion había encontrado algo que jamás creyó que existía sobre la tierra, no al menos para ella, y Yayoi había encontrado algo que había considerado perdido para siempre. Juntas se habían complementado a la perfección incluso en lo triste y precario de su situación. Hacían que cada día valiera la pena, redescubrían algo que podía ser llamado "amor" cada día de sus vidas y si bien no parecían pensar demasiado en el futuro, solían vivir bajo la certeza de que sus días continuarían invariables.

Y sin embargo los labios de Yayoi sabían diferente.

Shion dejó su cigarrillo a medio consumir en el cenicero a la vez que sin más cerraba su portátil. Decididamente debía volver, rápido. Ya no se sentía bien; estaba mareada. Quizás podría encontrar algo de paz en su cama, sin importar que estuviera vacía. O al menos eso pensó hasta que notó a una presencia ya poco agradablemente familiar avanzando en su dirección. Shion se enderezó en su lugar, intentando brindar a la castaña una imagen algo más recompuesta de lo que quedaba de su ser.

–Te hacía más blanda como para que te atrevieras a verme de nuevo, niña –soltó la analista aun en su lugar, dejando vagar su mirada por las mesas vacías a su alrededor varios segundos. Quisiera lo que quisiera la niña que jugaba a ser inspectora, no se quedaría junto a ella mucho tiempo de todas formas.

Mika ignoró el comentario. En otra ocasión sin duda la presencia de Shion la habría intimidado –ni hablar de encontrarse junto a ella a solas– pero aquel día había cambiado por completo las cosas. Quizás descaradamente, tomó asiento frente a la mujer.

–Quiero hablar –se limitó a decir en su tono más serio, ese que usaba cuando quería con todas fuerzas convertirse en una inspectora real.

Shion alzó levemente una ceja.

–¿No vas a pedírmelo con un "por favor"?

–No.

Para su sorpresa, lo que recibió a modo de respuesta fue una profunda risa, aunque Mika no habría podido decir si en verdad guardaba algo de diversión en ella.

–De acuerdo, niña. Pero a cambio quiero algo para beber de verdad.

Mika se ruborizó, pero asintió con expresión aún seria. Aquello constituía un avance.