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Arnold arrugó el entrecejo en sus sueños. Aguantaba las ganas de llorar al conocer las noticias, y luego en un deprimente y lluvioso funeral. Recordaba una risa lejana, una voz burlona, un espíritu apasionado que se escapaba en su memoria, y caía en la angustia del olvido. Gritaba llamando un nombre en su mente, tratando de aferrar algo de un rosado que se desvanecía, pero sólo veía a sus padres que partían en un avión imaginado. Unas coletas rubias se transformaban en los rayos del sol que lo obligaban a despertar.
-"Hey Arnold, hey Arnold, hey Arnold"- su reloj-alarma sonó.
Arnold lo apagó con desgana. Ese sueño lo molestaba desde tiempo atrás, dos meses aproximadamente. No lograba situarlo bien. Era molesto sentir que algo se escapaba tenazmente de sus recuerdos, algo importante que lo hacía sentirse impotente. Arnold se arregló para ir al colegio.
Como todas las mañanas, Arnold se vistió, tomó desayuno y trató de mostrarse alegre para que sus abuelos no sospecharan. Sabía que fallaba, pero que sus abuelos valoraban el esfuerzo. Ellos pensaban que su estado de ánimo se debía al paradero desconocido de sus padres; Arnold mismo pensaría igual si no fuera por las pesadillas y esa sensación que aludía a otra pérdida… más rabiosa e impotente, pero no lograba recordar qué o a quién había perdido.
En el bus escolar se sentaba junto a sus amigos Gerald y Phoebe. Como todas las mañanas, se sorprendía esperando ver a Phoebe aparecer tras otra persona. Como todas las mañanas, saludaba amablemente a la niña que subía sola, mientras ocultaba su desilusión. Gerald se ocupaba de llenar el pesado silencio con las historias favoritas de todos los niños y niñas del curso: cuentos de niñas malhumoradas que escondían un buen corazón.
Una vez en el colegio, se distraía dibujando círculos, a los que a veces les agregaba chasquilla o un par de coletas. Guardaba un dibujo que le gustaba mucho, de un círculo con un moño rosa y dos puntos azules en su mitad superior; lo había hecho en una de las tantas clases en que el Sr. Simmons leía poemas románticos de poetas con espíritus atormentados de amor. Arnold también tenía el hábito de rascarse la cabeza y mirar atrás, para luego suspirar con molestia y nostalgia. A veces sentía que sus compañeros, e incluso su profesor, compartían la misma nostalgia.
Tras el colegio, se juntaba con sus amigos en el campo Gerald. En distintas ocasiones, Eugene y Curly trataron de motivar al grupo a jugar beisbol, con magros resultados. Parecía que todos sentían desgano y una pena que no se podía definir con palabras ni lógica alguna. La situación mejoró un poco cuando Stinky llevó a Gloria a sumarse a las actividades y Torvald comenzó a jugar con ellos. Sin embargo, todos sabían que lo pasaban mejor cuando hacían algo descabellado, como jugar a tirar piedras a los basureros o a inventar la amenaza más creativa e irónica. Era como si un peso del fondo del estómago se levantara. Arnold sentía la alegría contagiosa y olvidada de esa risa cuyos ecos sólo escuchaba en sus sueños.
En algún momento de la tarde, generalmente antes de irse a su casa, pasaba a saludar al Sr. Pataki a su tienda. No recordaba cuándo o cómo había empezado esa costumbre, pero sentía una compasión inexplicable por él y su familia, una sensación de soledad compartida que hacía más llevadero e incluso grato ese sentimiento. En ocasiones sentía rabia, por ejemplo, cuando lo veía junto a su hija Olga, pero primaba el afecto producto de esa sensación de cercanía.
El tiempo transcurría lentamente en ajados tonos rosados y amarillos.
Ese día fue igual a los otros. Incluso más alegre, luego que Rhonda inventara el apodo "Niño Rosa" para Harold. El buen humor lo contagió a Bob Pataki, quien lo invitó a tomar algo (una leche) en su casa. No era primera vez que iba. De hecho, otro motivo de su amistad con ese señor era por el aura de misterio de su casa. Si Arnold hubiese sido más crédulo, habría jurado que en el segundo piso, en la pieza que permanecía cerrada, había un enorme secreto que podría encerrar verdades que apenas se alcanzaban a vislumbrar. Como no era tan crédulo, se quedaba con la sensación de misterio, de curiosidad y temor de subir al segundo piso, y con la diáfana soledad compartida con cada miembro de esa familia.
Pero ese día, las horas pasaron más rápido con la pequeña alegría. Pronto fue de noche y aunque el sr. Pataki y Olga ofrecieron llevarlo en el nuevo y muy seguro auto a su casa (la sr.a Pataki no conducía desde un accidente que nadie recordaba bien), Arnold decidió caminar hasta la Casa de Huéspedes. Caminar distraído por las calles, con el deseo esperanzado de que en una esquina chocaría con un encuentro inesperado. Era un día marcado por una alegría especial. Cualquier cosa podía suceder, incluso ser seguido por sombras sin darse cuenta.
Sin embargo, tras varias cuadras y esquinas donde no se encontró intempestivamente con nadie, se arrepintió de no haber aceptado el ofrecimiento del Sr. Pataki. La noche estaba fría, parecía llenarse de sonidos y silencios extraños. Su mente se llenó con el recuerdo de antiguas leyendas urbanas y las advertencias de los peligros que enfrentan los niños si salen solos en la noche.
Dos hombres de dudosas intenciones se acercaron de improviso, dando la razón a sus pensamientos.
-"Hola niño. Fría noche"- Uno de ellos le dijo. Arnold no respondió.
-"Bien, mocoso. Hagámoslo corto, pásanos todo lo que traigas".
Arnold sólo llevaba su bate de beisbol. No quería entregarlo, pero algo le dijo que su kung-fu no le serviría en esa ocasión. Decidió correr.
-"¡Eh, niño!"
Lo alcanzaron en un oscuro callejón, con unos botes de basura. Uno de ellos sacó una cuchilla.
-"Tú te lo buscaste mocoso. No me gusta que me hagan correr. Ahora…"
Las sombras del callejón parecieron aumentar su densidad. Arnold, inconscientemente se refugió en ellas, como si lo llamaran y ofrecieran protección.
-"¡No escaparás de nuevo!"- Arnold se vio cogido de los brazos. Uno de ellos lo sostenía y el otro sonreía de modo demencial.
-"Sólo te íbamos a quitar lo que tenías, pero no me gusta que me engañen… ¿has escuchado hablar del mercado de órganos?"- La cuchilla posó su filo en su cuello -"Ahora…"
Algo pareció agitarse. Las sombras parecieron tornarse más definidas y oscuras.
-"Ahora lo dejas y te vas"- una voz rabiosa habló entre dientes. Arnold logró localizar la fuente de la voz en una figura oscura, con una ¿más cara blanca? Que difícilmente lograba ver desde su posición.
Arnold sintió temblar a sus captores, pero fue retenido con más fuerza.
-"Bonito truco.¡ No te metas en nuestros asuntos!"- respondió uno de los asaltantes.
Arnold vio la figura acercarse a ellos… sí, vestía completamente de negro y tenía una máscara blanca en su rostro. Debía ser un poco más alta que él. ¿Quién sería?
-"Déjalo ir"- la voz rabiosa se hizo más calmada y amenazante.
Su captor lo liberó para atacar a la figura negra, pero ésta pareció esquivarlo. Arnold vio como el de la cuchilla traspasó el cuerpo negro con el arma, pero fue como si hubiese intentado apuñalar una columna de humo. Una columna de humo que le quitó la cuchilla y zarandeó a los malhechores.
-"Corran o desaparecerán".
Los asaltantes corrieron para desaparecer en la noche. Arnold se acercó a la figura enmascarada.
-"¿Estás bien? Gracias por… "- empezó a decir Arnold. El corazón aún le latía con violencia, pero una alegría y una sensación de paz lo embarcó desde lo más profundo: la figura le era conocida. Estaba seguro que la conocía.
-"… gracias por ayudarme. ¿Te conozco?"
Arnold observó como la figura, que parecía haber estado muy enojada a pesar de que la máscara no transmitía emociones, ahora parecía inquieta.
-"Eh, no..no, definitivamente. Tengo que irme." - la figura se alejó con cierta torpeza.
-"¡Espera!"- Arnold la alcanzó, tomándole del brazo. El brazo no era de humo o sombras; era delgado y femenino como él esperaba.-"¿Te volveré a ver?"
La figura, a pesar de la máscara, pareció mirarlo inquieta.
-" ¡Oye Cabeza…! Quiero decir, Arnold. Tienes que soltarme y dejarme ir. O habrán consecuencias."- aunque algo amenazante, Arnold no se dejó amedrentar. Ni soltó el brazo pese a los evidentes esfuerzos que hacía la figura por sacudirse sus manos.
-"Al menos, dime tu nombre. Tú sabes el mío"- dijo Arnold, tratando de ver quién podía ser.
La figura suspiró. Luego miró en torno suyo y sacudió un poco más su brazo retenido.
-"¿Me dejarás ir si te digo un nombre?"
-"Tú nombre"- precisó Arnold.
-"Soy una sombra; no tengo nombre, no ya."
-"¿Alguna vez lo tuviste?"
La figura dudó.
-"¿Por qué deseas retenerme? Ok, salvé tu trasero de esas pestes y ya me agradeciste. Dejémoslo así. Ni siquiera debería estar aquí"- murmuró para sí misma al final.
Arnold no supo qué decir. Frases como "te extraño", "me agradas", "no eres mala como aparentas" y muchas otras vinieron a su mente. Pero ninguna tenía mucho sentido.
-"Tengo que irme. Un gusto hablarte…"- Arnold escuchó decir a la figura al tiempo que el brazo se soltaba de su agarre. Un peso se hundió en su estómago.
-"Espera, ¿cómo te puedo llamar?" - la figura lo miró dubitativa.
-"¿Para qué deseas llamarme?"- la figura lo miró con curiosidad ahora.
-"Bueno, por si andas por aquí y podemos pasear juntos… tal vez pueda ayudarte…"- Arnold sintió que hacía el ridículo.
-"Sí, claro. Ayudaría que no te expusieras a ser asaltado. ¿Qué andas haciendo a estas horas, fuera de tu casa, de todos modos?"- exclamó con ironía la figura de sombra.
-"Son sólo las 09.00 de la noche, no es peligroso. Venía de visitar a un amigo. Los Pataki."
-"No, claro que no. Y porque no es peligroso fue que tuve que rescatarte de un encuentro amistoso con un cuchillo"- ironizó la figura enmascarada. Arnold se sentía cómodo conversando con ella. -"En serio, tienes que redefinir tu concepto de peligroso. Para darte una pista, salir de noche ya no es una opción de tranquilidad."
De pronto, la figura dudó.
-"Eh, ¿dijiste que venías de ver a Los Pataki? ¿Por…cómo…?"- la figura pareció dudar de continuar la pregunta.
-"Los Pataki son mis amigos. Es una familia que ha sufrido y pasado por varias cosas, ¿sabes?"- dijo Arnold con un dejo de amargura que desconocía.
-"Me tengo que ir"- dijo la figura cortante.
-"¡¿Pero cómo te llamo?!"- preguntó Arnold alarmado, al ver la figura empezar a diluirse como una niebla en las sombras. El proceso se detuvo unos segundos antes de responder.
-"Soy una sombra…"
-"¿Puedo llamarte "Hellie"?"- preguntó Arnold con osadía y creatividad. La figura de sombras dio su muda aceptación.
-"¿Hellie, la niña sombra?"- preguntó Arnold, pero ya no había nadie que le respondiera. La figura se había fundido con las sombras tenues del callejón.
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Decidí actualizar y subir este capítulo, antes que la otra (nueva y prometida) historia de Phillipe Bob.
Como pueden ver, Helga se ha transformado en una sombra, un ser extraño que no está vivo ni muerto, sino al margen de la realidad. Pero esto ha tenido varias consecuencias. Empezando por la dificultad de Helga para pasar desapercibida, y la tenacidad de cierto Cabeza de Balón.
Espero no sea una historia muy larga (estoy pensando en unos 6-8 capítulos, incluyendo el epílogo), y ojalá les guste. Sino, bueno, al menos habré liberado algunas neuronas de cargar con esto. XP
Por cierto, originalmente, el nombre sería "Chica Fideo", pero no calzaba bien con el desarrollo. Así que si desean vuelva ese nombre… bueno, tal vez podría elaborar algo. O no. Muajajaja.
