Hola a todas.
Los personajes no me pertenecen, incluso sus acciones se me han escapado de las manos en esta ocasión.
Espero que disfruten esta actualización, tanto o mas, que yo al escribirla.
Saludos...
8
Ella abrió los ojos al sentir el calor. Las llamas se alzaban a su alrededor y el humo se apoderaba del lugar. Se desabrochó el cinturón y buscó desesperada una salida. Miró la cabina de mando y entre las llamas logró observar el cabello negro de Regina.
― No puede ser ¡Regina! ―gritó. Corrió a su lado y revisó el pulso. Aún estaba viva, pero su respiración se agotaba y el corazón dejaba de latir―. Esta vez no, no te dejare ir ―La tomó entre sus brazos y buscó por donde salir. Las llamas se alzaban con más intensidad. Se arriesgó, protegió a Regina con su chaqueta y se adentró en las llamas.
Ya a salvo, la colocó con cuidado en el suelo y la miró. Apartó los mechones de cabello que cubrían su rostro y prosiguió a darle respiración. Apretó su pecho varias veces y volvió a darle aire. La morena no reaccionaba. Presionó el esternón una y otra vez. Respiración boca a boca… nada…
―Vamos Regina, no puedes dejarme ―susurró Emma mientras trataba de revivirla. Repitió el procedimiento.
―No creas que te libraras de mi― exclamó Regina débilmente. Tosió y respiró hondo.
Emma la abrazó.
―Creí que morirías. Estaba preocupada.
―También yo. No hubiera querido irme sin un abrazo tan fuerte.
Emma se separó y miró a su alrededor. Se impresionó a ver aquellos enormes árboles.
― ¿En dónde estamos? ―preguntó
―Le llaman el bosque encantado. Cuanto me alegro haber podido pilotear hasta aquí. La Gestapo debe estar tras nosotras.
― ¿La Gestapo? ¿Acaso, no eres miembro?
Regina negó con la cabeza.
― ¿Por qué debería confiar en ti? ―contradijo Emma
― Te salve la vida
―También yo ― recalcó la rubia
―Entonces estamos a mano ―dijo Regina indiferente.
Emma frunció el ceño y le dio la espalda. El avión ardía en llamas, pero ya ellas estaban lejos. Pensó en los dos pilotos que estaban en la cabina.
―No podías hacer nada. Ya estaban muertos ―dijo Regina como si hubiera podido adivinar sus pensamientos.
Ella no contestó. Se dejó caer a la pata de un árbol y se quedó allí en silencio. Recostada al tronco y tratando de pensar en los últimos acontecimientos. Hurgó sus bolsillos y se dio cuenta que esa no era su ropa. Se sonrojo al pensar en la posibilidad que Regina le hubiera cambiado. Encontró la lista y la leyó. Solo eran nombres. Diez personas y sus respectivos puestos de trabajo.
― ¿Por esto casi muero? ―protestó para sus adentros.
Miró a Regina. Sus miradas volvieron a cruzarse igual que aquella tarde en San Francisco. Tras unos minutos es Regina quien decide romper el silencio.
―Tuve que desvestirte. No se permite el paso a civiles en Tatoi.
―Lo entiendo. Solo espero que la ropa interior no sea militar.
―Es absurdo ¿Acaso tengo cara de pervertida? ―trató de levantarse pero no pudo. Lanzó una maldición y se quedó dónde estaba.
Emma corrió a su lado y revisó el tobillo. Estaba torcido y se tornaba de color morado alrededor.
―No podrás caminar en varios días ―concluyó al hacer la revisión.
Regina la miró furiosa.
―Debí haberte arrancado el corazón en esa mansión.
―Ya lo hiciste ―pensó Emma―. Es mejor que busque un poco de agua. Te vez deshidratada ―dijo y caminó rumbo a cualquier lado para alejarse de aquella morena.
9
El tren comenzó a moverse. El rugir de los motores, el sonido de las ruedas en marcha y las explosiones al otro lado del radio le recordó lo ruidosa que era la guerra.
Buscó los reportes enviados por Gold y los volvió a leer. Uno tras otro. Después de unos minutos, dejó los papeles en el escritorio y tomó su sombrero. Se levantó y miró por la ventana. Los soldados muertos que quedaban a su paso daban un aspecto macabro al paisaje. Ella lo había advertido. La guerra no era juego de niños "pobres monos" ―pensó―. Se levantó y salió de la oficina improvisada que se le había asignado. Se dirigió hacia el vagón de los heridos.
― ¡Coronel! ―saludó el soldado que estaba en la entrada. Ella se adentró en el vagón y miró a su alrededor con repugnancia. El olor a sangre estaba por doquier y manchones rojos cubrían los uniformes militares. Gemidos de dolor salían de un rincón del vagón.
Ella se acercó y contempló la figura decrepita que yacía allí.
―Coronel ―dijo débilmente―. Los ingleses se las llevaron.
― ¿A quiénes? ―interrogó ella.
―A la bruja y la norteamericana
Ella suspiró y miró cuidadosamente a su alrededor. Se abrió la puerta del departamento y un individuo que llevaba el brazal de la cruz roja entró en él. Lo vio atender las heridas de otro soldado situado al otro extremo del vagón. Volvió su atención al hombre que le hablaba.
― ¿Quién más lo sabe?
―Solo yo, coronel. Solo yo ―tosió dejando escapar un hilillo de sangre por su boca.
Ella suspiró y lo tomó por el cuello de la camisa. Se acercó a su oído y susurró.
―Es una lástima que seas el único. Sera rápido, después de todo, has sido un buen soldado.
―Zel… ―Ella introdujo la mano en su pecho y sacó el corazón haciéndolo cenizas entre las manos.
― ¿Algún problema aquí? ―preguntó el miembro de la cruz roja que se acercaba.
―Sí, este soldado lo necesita.
― ¡Coronel! ―llamó otro soldado―. La necesitan, el general Gold la llama desde Grecia.
Ella se incorporó y miró al cruz roja.
―Era un buen soldado
―Solo que estuvo en el lugar y el momento equivocado ―agregó él indiferente.
―Así es la guerra ―La alta e imponente figura se alejaba. Se volvió y aquellos ojos verdosos se encontraron con los del paramédico. Entonces él la reconoció, aquel cabello marrón claro y ojos grises, solo podrían pertenecer a una sola persona en aquel vagón.
―Zelena… ―susurró
―Nos vemos Sr. Hook ―sonrió ella, al ver el estremecimiento en el rostro del Cruz Roja.
10
A medida que caminaban el suelo se hacía más áspero y caminar se hacía más difícil. Regina iba a sus hombros y su peso combinado con el cansancio le impedía seguir. Pero, no sería ella la que se detendría.
Regina lo advirtió en su respiración cada vez más acelerada, aquella rubia estaba agotada y no quería decirlo. "Que orgullosa" ―pensó―. De cerca aquel cabello rubio era aún más hermoso. Aún se preguntaba cómo era que una desconocida podría causar tantas cosas dentro de su ser.
―Necesitamos descansar ―exclamó de repente.
― ¿Cómo puedes estar cansada?
―Yo no, pero tú si lo estas
Emma se detuvo y respiró profundamente.
―No estoy cansada ―contradijo
―Como quieras ―Regina se soltó de los hombros de la rubia y se dejó caer al suelo. Una raíz terminó por golpear su espalda, pero ella solo apretó los dientes y aguantó el dolor.
― ¡Estás loca! ―exclamó Emma. La ayudó a acomodarse junto a un árbol que estaba cerca y se sentó a su lado―. Eres una morena problemática, ¿Ya te lo han dicho antes?
―No más problemática que una rubia que conozco ―contestó ella.
El sol desaparecía detrás de las colinas y el aire comenzó a volverse frío. De vez en cuando el crujir de las ramas alertaba a Emma y se levantaba a la defensiva.
―Deberíamos buscar un lugar seguro en el que descansar ―propuso Regina.
― ¿Te parece que hay algún lugar seguro en este bosque? ―gruñó Emma
Regina trató de levantarse aferrándose a una rama que tenía cerca. Ya frente a frente la desafió.
― ¿Sabes quién te salvó de los agentes de la Gestapo?, ¿Quién te sacó de Tatoi?, ¿Quién evitó que nos estrelláramos en ese avión? No.
Pues te agradeceré un poco más de simpatía y confianza, porque ya me estoy comenzando a cansar de esto. Podría haberte dejado morir, ambas hubiéramos muerto y sin embargo, estamos aquí ―Regina estaba colorada del enojo al ver que a la rubia no le importaba nada de lo que había hecho por ella.
―En medio de un bosque encantado ―agregó Emma―. Solas, sin alimentos, con quien sabe cuántos tras nosotras, pero vivas.
―Eres insoportable, debí arrancarte el corazón en aquella mansión y…
Emma se había acercado a ella. Más cerca de lo que hasta ahora se había acercado. La tomó suavemente por los hombros y la colocó contra el tronco de aquel árbol.
―Ya lo tomaste ―susurró―. Se acercó a sus labios. Primero tímidamente, luego Regina le correspondió y también se acercó a los labios de la rubia. Eran deliciosos. Suaves y dulces. La abrazó y la besó más. Sus labios, su cuello, sus hombros, sus pechos… Era descubrir nuevas cosas, explicarse a sí misma todas aquellas dudas que antes inundaban su ser. Ahora todo era más sencillo. Allí junto a ella…
―Eres una rubia orgullosa ¿Alguien te lo había dicho?
Continuara…
