Los personajes no me pertenecen, pero como siempre, puedo pedirlos prestados y traerlos a actuar a "Sin luz, sin cámaras, sin acción".

Aquel dicho de que "Después de la tormenta viene la calma" no se cumple en este momento, en esta ocasión la tormenta continua y Emma y Regina deberán ser fuertes para afrontarla. Espero que os la disfrutéis tanto como yo al escribirla.

PD. Solo lo digo en el sentido de que me gusta escribir. No es que me encante poner a Regina y Emma a sufrir, pero ya saben, la imaginación manda. Que se puede hacer.

11

― ¡General! ―Exclamó un soldado a la vez que le daba el acostumbrado saludo militar. Firme y con la mirada al frente.

― ¿Ha llegado el nuevo coronel? ―preguntó Gold sin apartar la vista de las ventanas del tren. Todo a su paso estaba destruido por las bombas incendiarias que habían lanzado al caer la tarde.

Un teniente apareció en la puerta y saludó.

―El Coronel lo espera. Está en el cuarto vagón, yendo hacia la cabeza del tren, en el tercer departamento ―informó con voz fuerte y se retiró en seguida.

Gold se levantó y salió del departamento que le habían asignado. No estaba muy lejos, por lo que avanzó a paso tranquilo mientras observaba a los soldados heridos. No tenía informes para el coronel, eso lo ponía en una situación bastante desagradable. No tenía apuros para una amonestación.

Ya en la puerta del tercer vagón, tocó con los nudillos. Un joven soldado le abrió.

―El coronel le espera en su oficina ―indicó.

Gold continuó caminando hasta encontrase con una oficina improvisada, pero cómoda.

―General Gold reportándose, coronel

La silla giratoria se volvió hacia él. Y aquella sonrisa tan peculiar lo desconcertó. Sus miradas se encontraron y ya satisfecha de la reacción que había causado se levantó de su silla y se acercó a Gold.

―Ahora soy su coronel y está bajo mis órdenes. Desobedezca y su querida bella muere.

―… su querida bella muere… ―las últimas palabras resonaron en su mente ¿Que era todo eso?

12

Regina sentía que sus pies no daban un paso más. Habían caminado todo el día sin detenerse con la esperanza de encontrar una aldea donde poder descansar.

― ¡Ya no puedo más! ―exclamó Regina mientras se recostaba a un árbol.

A lo alto la luna llena les daba un poco de luz. Se diría que el bosque tomaba un aspecto encantador bajo aquella iluminación tenue. Y no muy lejos las cigarras comenzaban a emitir sus cantos nocturnos.

Emma la miró y luego dio un vistazo a su alrededor. Cerró los ojos tratando de recordar algo que había visto anteriormente. Lo recordó y se acercó a Regina.

―He visto un gran árbol inclinado ―señalo en la dirección donde en efecto se podía ver aquel refugio para la noche―. Podremos descansar seguras allí.

Regina asintió y caminó en aquella dirección mientras se aferraba a una rama que hacía de bastón. El frío de la noche comenzaba a apoderarse de su cuerpo. Tal vez si se metía entre las hojas lograra calentarse un poco.

Al llegar inspeccionó el lugar y ya segura que todo marchaba bien se recostó a una de las rocas que estaba cerca.

Emma la imitó y posteriormente abrió la bolsa que había logrado rescatar de los restos del avión. Al escuchar el gruñir del estómago de Regina esbozó una sonrisa.

― ¡Oh mira!, una manzana ―le tendió la fruta a Regina que la miró con recelo.

―No creo que este envenenada ―alentó Emma.

Regina sonrió y la tomó.

―Si es la de Blanca nieve, por lo menos podre despertar si me besan.

Ambas rieron con complicidad al recordar.

Emma continuó buscando en aquella bolsa. Desafortunadamente la bolsa había pertenecido a un soldado que no pensó en todo. Solo encontró un cuchillo de caza, una linterna, dos manzanas y una botella de agua.

Suspiró y se recostó a la roca. El cielo parecía el lienzo de un pintor que poco a poco lo había coloreado de azul oscuro. Las pocas estrellas que adornaban el manto le daban un aspecto de totalidad tranquilidad y la luna llena… lo hacía ver como un cuadro perfecto. Cuando llegara a San Francisco añadiría eso al guion. Sin lugar a duda aquella película sería un éxito, pero debía llegar para verlo. Debía salir de aquella pesadilla cuanto antes.

De pronto se percató que Regina la observaba.

― ¿Extrañas San Francisco?

―Mucho. Extraño a mi hijo

―Lamento todo lo que ha pasado y que estés lejos de casa

―No es tu culpa ―Emma sonrió y observó un lirio que estaba entre las dos.

Regina se percató y lo olió.

―Esto me recuerda una historia

― ¿En serio? ―Emma arqueó una ceja y la miró divertida

― Sí. Es sobre una hormiga y un lirio. Una vez una hormiga, como de costumbre, salió una mañana soleada a recolectar alimentos para el invierno. Mientras trabajaba observó a lo lejos a un lirio que contemplaba una pequeña laguna. Temerosa se acercó y la saludó. Hablaron toda la tarde y así pasaron días y ambas se divertían con la compañía de la una y la otra.

Cierta tarde cuando la hormiguita caminaba de regreso a su casa sintió una extraña sensación. Sentía algo por el lirio. Dispuesta a decírselo esperó ansiosa el día siguiente. Pero…

― ¿Pero? ―Emma notó algo en la voz quebrada de Regina

Regina tomó aire y continuó.

―Pero al día siguiente de desató una tormenta y la hormiga no pudo salir. No pudo ir a ver al lirio. Cuando logró salir era demasiado tarde. El lirio ya no estaba.

―Es una historia algo triste ―comentó Emma y ambas quedaron en silencio. Entregándose por completo a aquella extraña sensación que las inundaba a ambas y que habían sellado con aquel beso.

Emma se acercó a Regina y la miró a los ojos. Aquellos ojos profundos y misteriosos la encerraban en esa sensación que disfrutaba. Tomó su mano y la abrazó.

―No entiendo lo que está pasando entre nosotras, pero estoy completamente segura que no quiero ser aquella hormiga.

Regina esbozó una sonrisa y la apretó contra su ser.

―Ni yo ese lirio. Preferiría ser un árbol de manzanos.

Emma rio ante aquella idea.

―Tal vez pueda ser tus manzanas

―No ―contradijo Regina―. No soportaría compartirte con alguien.

13

Buscó entre sus pertenecías algo que pudiera ayudarlo. Nada. No había nada.

Frustrado tiró la botella de krassi que había sobre el escritorio y marcó rápidamente un número.

―Neal ― gritó al escuchar contestación al otro lado de la línea.

―Ya estamos tras la pista de Regina, justo en este momento iba a llamarlo ―contestó Neal para apaciguar el terrible carácter de Gold.

―Por lo menos hay algo a favor ―bufó―. ¿Dónde está?

―Encontramos rastros de un avión en el bosque y algunas pisadas. Posiblemente sean ellas ―hizo una pausa y continuó―. Hemos suspendido la búsqueda por la noche, al paso que vamos para el mañana tendrá a Regina, la norteamericana y por su puesto la lista ―Neal sonrió para lo último. Si él lograba encontrar esa lista los alemanes de seguro se lo agradecerían con creces y podría tener la vida que siempre había querido.

Gold guardó silencio un momento.

― ¿Aun está allí? ―preguntó Neal

― ¿Es todo su informe?

― Sí, señor

―Entonces llámeme cuando sea algo concreto ¿me ha entendido?

―Sí, señor ―volvió a repetir Neal.

Gold cerró la línea y permaneció inmóvil, meditando en la penumbra de la habitación. Entonces un plan se tejió en su mente. Era la solución al problema que tenía. Esbozó una sonrisa y abrió la otra botella de krassi.

14

Regina se había sumergido en un profundo sueño, completamente deshecha después de la marcha.

Sin embargo, Emma no se atrevió a entregarse a aquel lujo. Estuvo vigilando sin pegar ojo durante toda la noche. Sentía que aquel neozelandés con el garfio llegaría hasta allí, la Gestapo o tal vez los ingleses ¡maldita lista! Buscó con la mirada a Regina para asegurarse que estuviera bien. También tenía miedo por ella. No quería perderla una vez más.

La primera vez no podía hacer nada, pero esta vez sí y no lo permitiría. Posó sus ojos bajo aquel rostro delicado y suspiró ¿Qué clase de hechizo me has lanzado, Regina? ¿Es esto real o estoy en mi departamento soñando esto? El cuerpo cálido de Regina le respondió. Era real. No era un sueño. Y si acaso lo era, entonces no quería despertar, no mientras fuera Regina la que estuviera en ellos.

Regina abrió los ojos y la sorprendió mirándola.

― ¡Te pille!

―Sí, me has pillado mirándote ―sonrió Emma

― ¿No has dormido?

―No he podido hacerlo.

Regina se acercó más aún y la miró a los ojos.

―Veo que si tienes sueño. Yo montare guardia para que duermas tranquila.

―No es necesario ―protestó Emma―. Además me ha gustado verte dormir.

―Nos espera un largo camino, será mejor que descanses ¿podría convencerte un beso?

―No sé ¿Y si lo intentas?

Regina se acercó a sus labios y sin dejar de mirarla, la besó. Con amor, con dulzura y luego con pasión.

― ¿Convencida?

Emma guardó silencio y la apretó contra su ser. Estaba convencida, pero con ese beso había despertado otros deseos. Su respiración acelerada y su piel caliente lo pedían a gritos. La deseaba.

Regina pareció adivinarlo.

― Tal vez necesite más convencerte ―la tomó por la cintura y con la otra mano desabotonó la camisa. Pasó su lengua por su cuello y con besos recorrió sus pechos ya al descubierto. El recorrido de sus labios se detuvo en sus pezones. Sacó su húmeda lengua, los estimuló en forma circular, una y otra vez hasta sentir las reacciones de Emma. Finalmente les dio un leve y dulce mordisco. El cuerpo de Emma ardía, y no era fiebre, sintió su respiración agitada y sus dedos en medio de su cabello. Aquello hiso que se excitara. Con una de sus manos buscó su entrepierna y al tocar sintió aquella humedad tan excitante. Ahora no había límites, no había fronteras y nadie podía impedir poseerla allí en medio del bosque, en la noche, a la tenue luz de la luna... Ahora era suya y la tomó con amor.

15

No había un momento de descanso en aquel tren. Había visto durante días a los buitres volar sobre los cadáveres, ya en descomposición, de los soldados caídos durante los bombardeos. A menudo imaginaba los rostros de los familiares al recibir la noticia de que su hijo, su hermano o su esposo habían caído en batalla. Se pasó la mano por la barbilla húmeda por el sudor y contempló el rostro cansado que reflejaba el espejo. Pensó en Regina y en la posibilidad que estuviera muerta ¿Quién sería aquella norteamericana? Y mejor pregunta aún ¿Por qué Regina arriesgaba su vida por ella? Una oleada se celos le inundó, ¿hubiera hecho eso por él?

Frunció el ceño y miró su reflejo una vez más, esperando una respuesta que ya conocía. Se lavó la cara y salió del cuarto de baño.

Selena lo esperaba fuera. Al verlo esbozó una amplia sonrisa y le invito a sentarse con un gesto de la mano.

―No sabía que los paramédicos tuviesen prioridades en este tren

―No he descansado en días ―protestó él―. A tu paso dejas un desastre aterrador ¿Ya has visto?

―Esto es la guerra ¿Esperabas que hubiesen flores a tu paso?

―Por lo menos esperaba algo de humanidad

―Humanidad, humanidad, humanidad… ―repitió asqueada por la palabra―. Te recuerdo que Regina asesinó a tu esposa. Me pregunto si tuvo algo de humanidad al hacerlo. Te puedes imaginar cuales fueron sus últimos pensamientos, sus palabras finales y después ¿qué?

Hook se quedó en silencio. Selena tenía razón, ¿Acaso Regina se había disculpado alguna vez? Hasta el momento Regina ignoraba que él estaba al corriente de lo acontecido a su esposa. Le sonreía como si nada hubiese pasado y lo que más le molestaba, le había visto la cara todo el tiempo. La rabia comenzó a apoderarse de su mente hasta dominarlo por completo.

―Sr Hook. Tenemos mucho en común ―se acercó a él y lo tomó por el mentón―. Regina debe pagar cada una de las cosas que ha hecho y usted me va a ayudar ¿cierto?

Hook apartó la mano de Selena y le dio la espalda. Había odiado la guerra y a los que participaban en ella. Odiaba a Selena, a Gold, pero sobre todo ahora odiaba a Regina…

16

Regina se levantó y miró hacia las colinas. Era la primera vez que contemplaba un amanecer. Ahora el lienzo de aquel pintor era blanco y poco a poco había dado pinceladas de azul y rojo.

―Los amaneceres son hermosos ―comentó Emma mientras se desperezaba.

―Nunca había visto uno

― ¿Bromeas?

―No. Nunca había tenido la oportunidad de verlo

Emma comprendió.

―Debemos continuar. Estoy segura que pronto llegaremos al final del bosque ―repuso Regina

― ¿El tobillo? ―preguntó Emma

Regina lo movió de un lado al otro para asegurarle que estaba mejor. Satisfecha por la mejoría, caminaron entre los árboles, alejándose del camino real para no dejar pistas. Se detenían y bebían en arroyos. Continuaban la marcha y limpiaban el rastro que dejaban tras cada descanso.

Regina caminaba en silenció y ella no quería interrumpir sus pensamientos por lo que había decidido no hablar a menos que Regina lo hiciera. Para llenar los momentos de silencio, recordaba a Henry y a su madre. Lo único que la tranquilizaba era que estaban seguros en San Francisco, lejos de aquella guerra. En ese momento comprendió a aquella morena. Los alemanes tenían a su madre y estaba obligada a obedecerles. Ojala pudiera ayudarla, pero en el fondo aún seguía pensando que esa no era su guerra y lo mejor sería alejarse cuanto antes de aquel país ¿La dejaras sola?, la voz de la conciencia comenzaba a torturar. Suspiró y miró a Regina. No lo sé, se respondió a sí misma. No lo sé…

Regina se detuvo repentinamente.

― ¿Ocurre algo? ―preguntó Emma

―Silencio ―le ordenó

El bosque estaba silencioso. Demasiado silencioso. Ambas miraron en todas direcciones en busca de algo o alguien.

―Me pareció escuchar unas pisadas ―dijo Regina

Emma prestó atención al silencio del bosque. Se dio la vuelta al escuchar que alguien se desplomaba. Solo estaban ella y Regina. No puede ser, otra vez no ―pensó―.

Tomó a la morena entre sus brazos y observó una mancha rojiza dibujarse en el uniforme británico que cargaba. Se dispuso a sacar la flecha, pero la morena la detuvo tomándole la mano.

― ¡no! Déjala donde está. Si la saca me desangrare ―dijo Regina

― ¿Qué hago? ―preguntó Emma desesperada

― Escapa ―rogó Regina. La sangre seguía emanando de su cuerpo y sus labios comenzaban a palidecer.

―Ni lo pienses. No te dejare aquí ―Emma la tomó con cuidado entre sus brazos y se dispuso a caminar. Pero él ya estaba cerca a ella y le propinó un golpe con el arco que la hizo rodar por el barranco que estaba sus espaldas.

Luces y sombras aparecieron en su mente, imágenes de Henry y su madre, escenas de los últimos acontecimientos con Regina.

Regina, intentó llamar, pero su voz no logró salir. Intento incorporarse, pero el golpe asestado por aquel hombre y el impacto de la caída se lo impidieron.

La figura de un hombre con un arco apareció borroso a lo alto. Los parpados se volvieron pesados y una vez más volvía a repetirse aquella pesadilla. Otra vez no ―rogó―. Se arrastró como pudo y se dio cuenta que había llegado hasta un arroyo. Metió la cabeza con la esperanza que el agua fresca lograra reponerla. Necesitaba fuerzas para rescatar a Regina. Pero de nada sirvió, todo seguía dando vueltas a su alrededor y unas nauseas terribles se apoderaban de ella. Debió ser debido a la caída. Se quedó quieta un momento y observó el cielo por un momento. Aquel cielo que hacia un momento Regina observaba. Una lágrima se deslizó por su mejilla al pensar en aquella flecha clavada en el pecho de Regina. Cerró los ojos y se preguntó si era su fin ¿Lo seria?

―Henry, madre, Regina… ―pensó en San Francisco y en las tardes en las que iba al parque y se sentaba en una de las colinas a contemplar del Golden Gate. ¿Era el fin de aquellos días? No, no podría ser su fin. Debía levantarse de allí e ir a buscar a Regina. Huir juntas a San Francisco. Intentó levantarse, pero una vez más su cuerpo no respondía por lo que giró su cuerpo a un lado olvidando que el arroyo estaba cerca y cayó. Le pareció que su cuerpo se sumergía poco a poco hasta el fondo. Una sonrisa se dibujó en su rostro al escuchar el grito de Regina. Si moría en ese instante se llevaba el recuerdo de la voz de aquella morena, de sus besos y de aquella noche…

17

―Emma ―gritaba desesperadamente Regina mientras intentaba levantarse―. Morirá si la dejas en el bosque.

―También morirá si la llevas contigo ―contestó fríamente mientras la miraba con lastima.

―Ella no tiene la culpa de nada. Ayúdala ―rogó Regina

Hook movió la cabeza negativamente y miró hacia el lugar donde había caído aquella norteamericana. Con suerte llegarían los animales salvajes y harían el trabajo por él. Y si sobrevivía, la mataría el hambre y el frío del bosque.

Volvió su atención hacia Regina. La flecha continuaba en su pecho. Había acertado en el disparo, Regina no moriría si la atendían rápido.

―Debemos irnos ―le informó

―No me iré de aquí sin ella

―No estás en disposición de decidirlo. Te recuerdo que eres una prisionera y ahora una traidora

Regina apretó los dientes por el dolor y la rabia.

―Prefiero morir con ella ―gritó airada

―Como quieras

Hook hizo una señal a los que lo acompañaban y le acercaron un pequeño maletín. Sacó una de las inyecciones y le suministró un sedante a Regina.

―Esto te relajara. Lo lamento, pero más por lo que le hiciste a mi esposa. Jamás te lo perdonare.

Ahora entendía la actitud de Hook. Era eso, ya sabía lo que le había pasado a su esposa. Los efectos del sedante comenzaban a apoderarse de su cuerpo. El dolor de la herida desaparecía y un pesado sueño lo reemplazaba.

―Adiós Emma ―susurró esperando que la oyera. Pero no lo haría estaba lejos. Aquello parecía una de las novelas de aquella escritora que amaba. Aquella película en la que quería trabajar, solo que sin luz, sin cámaras, sin acción… Sin efectos especiales y sin doble. Todo era real. Cerró los ojos y se entregó a lo que tuviera que pasar. A aquella oscuridad que siempre la perseguía.

Continuara...