27
David desplegó un mapa y lo coloco en el suelo. Todos se arrodillaron y se inclinaron sobre él. Sacó un lápiz de su chaqueta y comenzó a trazar una línea en el mapa. Emma que estaba junto a Regina, desvió la mirada y la enfocó en Jones. Desde el principio no confiaba en él y un extraño presentimiento la presionaba cada vez que estaba cerca.
David carraspeo llamando la atención de todos.
― Primero, todos pongan sus relojes en hora. Son las doce en punto.
Todos los presentes se esforzaron por afirmar la vista en la relativa oscuridad.
―Bien, este es el plan ―prosiguió David― A las siete y treinta comenzaremos a salir de Atenas. A las ocho y quince debemos alcanzar Chalandri y recoger al hijo de Hook. De Chalandri debemos salir en dirección a la costa. Viajaremos por carreteras secundarias y a poca velocidad. Al llegar aquí, seguiremos a pie. Encontrarán a un hombre que les llevará hasta la cueva. Se llama Meletis. Tardarán en alcanzar el golfo, aproximadamente una hora, a las diez y media, más o menos.
David dibujó una X en el mapa.
—Éste es el sitio. Una cala muy escondida. Habrá un centinela con una buena luz. Un poco antes de medianoche hará una triple señal al submarino. Esta señal será emitida cada cinco minutos hasta que aparezca el submarino y conteste a ella. Les llevarán a bordo en botes de caucho. ¿Todo claro?
Todos asintieron
Jones se levantó y se dirigió a la salida.
― ¿A dónde vas, Jones? ―preguntó Cora
―Debo atender algo urgente
Emma lo miró con desconfianza e hiba a decir algo, pero Regina la detuvo.
Cuando Emma se volvió ya Jones no estaba.
—Todo va bien, querida. Pronto acabará todo.
—No creo aún que tengamos la suerte de sacarlos de Atenas —gruñó el Dr. Whale.
—No es cuestión de suerte —repuso Cora—. Debemos hacer algo para conseguirlo. Es cuestión de tiempo y que la Gestapo no ponga sus manos en el asunto.
Selena estaba ya en el bar y se llenaba un vaso de whisky. Le temblaba la mano. Bebió de un solo trago y el whisky le manchó la camisa.
Jones extendió un mapa de la provincia de Atica-Beocia y lo situó en el bar.
—Swan y Regina saldrán de Atenas a las siete y media de esta tarde.
—¿Dónde están?
—Parece que cada hora cambian de escondrijo, de modo que nadie lo sabe con certeza.
—Jones continuó:
—También parece que han marcado media docena de posibles salidas de la ciudad, de modo que no puedo especificar este detalle.
—Adelante.
—Lo que sé es lo siguiente: un submarino les esperará en este lugar exacto. A las siete y media saldrán de Atenas. A las ocho y cuarto recogerán a los niños de Lisa, que están escondidos en alguna parte, en los suburbios de Atenas. De allí irán en coche a Marathon.
Jones trazó una línea con lápiz que unía este lugar con la ciudad de Nea Makri y un punto situado más el Norte, hacia Soros. Se detuvo en una zona de bosque espeso, sobre la costa.
—Éste es el lugar. Llegarán aquí cinco minutos antes de medianoche, acercándose por la parte Sur.
Selena estudió el mapa durante un rato.
― Muy bien escogida. Aislada, con muchas cuevas, mar tranquilo y un buen bosque a retaguardia. Sin ninguna ciudad ni campamento en muchos kilómetros a la redonda.
—A medianoche —siguió Jones—, un centinela estará sobre los acantilados y hará señales al submarino.
Selena comenzó a pasear nerviosamente por la estancia.
—Debemos triplicar el cordón de seguridad en torno a Atenas, y movilizaré un batallón a lo largo de la ruta que van a seguir. Otra compañía cubrirá el lugar de la cita…
—Un momento, un momento, mi querida comandante —le interrumpió Jones—. No corras tanto. Tú me has dado cincuenta millones de dracmas por esta información. No me gustaría que se te escaparan de las manos.
—¿Qué quieres decir?
—Estás subestimando a tus enemigos. Los hombres de la resistencia tienen un buen servicio de información en todas las carreteras que salen de Atenas y un hombre precederá a la partida para explorar la ruta. Basta el más pequeño indicio de que las cosas han variado, para que sigan otro camino o sencillamente vuelvan a su escondite a esperar mejor ocasión. En el mismo momento en que comiences a cubrir de tropas cualquier zona situada en un radio de cien kilómetros de Atenas, ellos lo sabrán y se te escaparán de las manos.
—Muy bien. ¿Qué sugieres, pues?
—Sal inmediatamente de Atenas, llega a Marathon por el Sur, y evita la ruta que ellos deben seguir. Fíltrate en la zona fijada con veinte o treinta hombres bien armados y espera el desarrollo de los acontecimientos.
—Muy bien. Salimos ahora mismo. Gold, que despejen las salidas de la ciudad. Y reúna a treinta de nuestros mejores hombres. Dentro de una hora salimos hasta el norte de Marathon y allí esperaremos a que oscurezca. Entonces, iremos al lugar de la cita.
—Ahora hablas con sensatez —Contestó Gold
—Otra cosa —añadió Heilser y se volvió hacia Jones
—¿Qué?
—¿Vienes con nosotros, verdad?
—Desde luego, comandante. No me quiero perder la escena por nada del mundo
Las siete y veinticinco.
Se abrió la puerta de la vieja bodega. David Bajo y los miró a todos.
―Es hora. El coche nos espera ―anunció
Emma tomo a Regina por las manos y caminaron hacia la salida. Avanzaron con cuidado de no ser observados y por fin subieron al coche que las esperaba.
Antes de cerrar la puerta el doctor le extendió unas tabletas.
―Si algo marcha mal, se las tragan
― ¿Qué es? ―pregunto Emma
―Cianuro
―Espero que no sea necesario ―comentó Regina con voz nerviosa.
―De acuerdo ―Emma guardó las tabletas en su cazadora y se recostó a Regina.
El doctor cerró la puerta y pronto el coche comenzó su trayectoria.
Todo marchaba de acuerdo al plan incluso pareció que la suerte los acompañaba, en todo el transcurso del viaje no se encontraron con ningún reten y menos a ningún agente de la Gestapo siguiéndoles. De pronto recordó que Jones no había estado con ellos en toda la tarde.
Regina que percibió su inquietud, se abrazó a ella.
―Si algo sale mal, quiero que sepas que…
―No ―Emma no la dejo terminar y aferro más fuerte a ella―. Nada saldrá mal, Regina.
De repente el coche se detuvo y la puerta se abrió.
Cora las miró a ambas y sonrió.
―Desde aquí debemos seguir a pie
Un hombre llamado Meletis les guio junto con Cora.
Hook y su hijo caminaban detrás de ellos.
La caminata resulto sofocante. A pesar que la noche era fresca y todos estaban relajados, Emma se sintió cansada y acalorada.
Regina la miró preocupada y le extendió una botella de agua.
―En San Francisco no suelo caminar tanto ―rio ella.
Cora murmuró algo a Meletis y esté asintió. Ella se detuvo y espero hasta que Emma y Regina la alcanzaran.
―Me permites un momento con mi hija.
Emma miró a Regina y ella asintió.
Marathon permanecía en calma a la luz de la luna. Había una cueva arenosa y una pared rocosa encima. Un sendero rocoso conducía a la playa. Más allá de las rocas comenzaba el espeso bosque.
Eran las once.
El oficial se dirigió a Selena en demanda de órdenes.
—Extienda a sus hombres por el acantilado, dominando la cueva —murmuró ella—. Y no se mueva nadie hasta que yo lo mande.
El capitán saludó y se fue. Susurró las órdenes y sus hombres se dispersaron entre las rocas, el bosque y la maleza. Formaron un anillo en torno a la cueva, con las armas preparadas.
—Todo marcha bien —susurró Jones—. Estoy seguro de que nadie nos ha descubierto. Deben venir —añadió señalando un lugar concreto con el dedo— por esa parte. Podemos descansar. Nos queda una hora.
Las doce menos cinco.
El capitán alemán reconoció a sus hombres y fue a informar a Selena de que todo estaba a punto. Todos los ojos estaban fijos en el extremo meridional de la caleta. Lo único que podía oírse era el ir y venir de las olas sobre la arena y el rumor de las hojas de los árboles agitadas por la brisa.
—Pero ¿dónde están?
—Un momento aún.
Pasó un minuto… otro… otro.
Jones señaló a Selena una luz que se encendió tres veces seguidas en la próxima colina, muy cerca de ellos. Otra luz contestó del mismo modo en dirección al mar. El corazón de Selena comenzó a latir.
—Ésta es la señal —dijo Jones—. A la próxima, todo estará a punto.
Un liviano rumor de pasos se oyó en el bosque, a sus espaldas
—Ya llegan —murmuró Jones.
Estuvo mirando su reloj durante cinco minutos, hasta que la doble señal se repitió tres veces más.
Jones se levantó y dijo:
—Bien, Selena, el juego terminó.
Ella le miró, absolutamente sorprendida y confusa.
—Bien, mi querida comandante. Realmente hay un submarino, pero se halla a cien kilómetros de aquí, en la parte opuesta de Grecia. Me olvidé de este insignificante detalle. Si mis cálculos son exactos, en estos momentos Emma, Regina, Hook y su hijo deben de estar subiendo a bordo.
—¡Detengalo! —gritó Selena
—No te apresures tanto. Esta señal que acabas de ver, significa que doscientos guerrilleros han tomado posiciones en el bosque. Guerrillas, creo que llamáis a esto. La segunda señal nos ha indicado que tus hombres se han rendido.
Llegó jadeante el oficial.
—¡comandante, estamos rodeados!
—Ordene a sus hombres que tiren las armas, capitán. La resistencia sería inútil. No quiero morir como mártir griego y cualquier ofensa hecha a mí o a mi amigo David —dijo Jones—, provocaría gravísimas represalias.
Selena miró en torno suyo. Los fusiles de los guerrilleros griegos brillaban en todas partes, detrás de cada árbol. Miró la desierta caleta. Tenía la cara blanca y demudada, y los labios inyectados en sangre.
—Rinda la fuerza —ordenó al oficial—. No hay otra salida.
—Eso es —apoyó Jones con una sonrisa en su rostro
—Te costará muy caro, Jones
David se acercó a ellos.
—Tenemos rodeados a los alemanes y hemos cogido sus armas. Terminemos de una vez.
—Entonces —preguntó Selena—, ¿éste es el fin?
—No nos queda otro remedio.
Selena caminó lentamente hasta llegar a un tocón. Se sentó encima y encendió un cigarrillo. Jones rogó a David que aguardara unos instantes. Se acercó a la alemana. Estaba tranquila. Había perdido el juego y aceptaba las consecuencias.
—Dime una cosa, Jones, ¿cómo lo habéis hecho?
—Un plan muy ingenioso, lo reconozco. La resistencia se hallaba enfrentada con un grave problema. Sacar a Emma, Regina, Hook, su adorable hijo y ahhh, si, también a Bella. Había que sacarlos de Atenas sin llamar la atención y con el mayor sigilo. ¿No te extraña que Gold no esté aquí? Si. También colaboró a cambio de protección para Bella.
―Malditos colaboradores.
Selena escupió sobre el suelo.
Jones sonrió y le dio unas palmaditas.
―Sigue siendo una buena chica y no le digas a David que me diste cinco millones. Solo le di diez y se enojaría mucho si supiera que el resto es mayor.
―Debemos irnos ―gritó David impaciente.
—Un momento. Tú sabes, Selena, que incluso en el caso de que hubieras cogido a Swan y hubieras conseguido la lista, las cosas hubieran venido a acabar de modo parecido. No estás en el buen camino. No estáis en el camino adecuado. Podéis atraer a hombres sedientos de dinero dispuesto a vender lo que más quieren, toda esta basura de que hablas, pero no a los demás. De vez en cuando surgen aficionados como Swan o Regina, llenos de miedo, inexpertos, pero, precisamente por esto, llegan a alcanzar lo que se proponen. Desgraciadamente para granujas como nosotros dos, existen en el mundo demasiados hombres y mujeres como éstos. Al final nos vencerán siempre.
―De acuerdo ―dijo Selena en voz baja―. Ya estoy lista, que sea rápido.
El submarino subió a la superficie. Regina subió a la cubierta y respiro el delicioso aroma a mar. Se preguntó si estaría soñando. Y si lo era, no quería despertar. Emma Swan, escritora de segunda categoría, aficionada en el campo de la intriga internacional y el espionaje, estaba a su lado. Le acarició suavemente el hombro cuando la línea del litoral del norte de África apareció en el horizonte, ante sus ojos.
―Me pareció que en el auto me quería decir algo. Algo muy importante.
Regina sonrió y la miró a los ojos.
―Creo que lo olvide ―respondió y se acercó a su labios. Besándolos tiernamente.
― ¿Ah sí?
―No, En realidad no. No podría olvidar algo tan importante como el hecho de que te amo, Emma Swan.
Emma sonrió complacida y la beso larga y apasionadamente. También la amaba, desde la primera vez en que la vio lo hizo y de seguro lo seguiría haciendo hasta el fin de sus días.
FIN
