Hola, ya se que tengo tiempo de abandonar FF, sin embargo regrese con mas capitulos para todas aquellas personas que se dan el tiempo de leerme.
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¿Dónde se habrá metido la mundana? El lugar estaba en llamas. Si fue lo suficientemente inteligente habría salido, ahora el problema es encontrarla. Unos gritos lo guiaron hacia su objetivo. No fue tan difícil después de todo, pensó con ironía.
Camino sin prisa al lugar de donde provenían los gritos. Sus gritos lo aturdían, había una chica que reconoció como la morena del Central Park con la que la rubia, con un cuchillo en mano – después ajustaría cuentas por robar sus armas. – discutió la vez anterior. No intervino, primero disfrutaría del espectáculo. Se recargo con aire casual en la pared, el demonio las tenía acorraladas, si salían con vida sería un verdadero milagro.
Alzo las cejas cuando su "aliada" dio una voltereta hacia atrás, aparentando ningún esfuerzo, para evitar que el demonio la golpeara con una de sus patas. Mientras tanto la otra mundi estaba hecha un ovillo pegada a la pared, muerta de miedo. Esa es la reacción normal de todo ser humano ante lo oculto, la rubia es la excepción.
Lanzo el cuchillo, el Demonio lo esquivo por mucho y casi se clava en el hombro de Sebastian. Bufo y luego rodo los ojos, por eso no se les debe confiar armas de filo – o de cualquier tipo – a los simples mortales. Con un resoplido saco un cuchillo Serafín de su cinturón y pronuncio quedamente Remiel. El cuchillo alargado que sostenía brillo con el poder angelical que solo los Cazadores De sombras poseen. Algo bastante irónico, dado su condición.
Salto entre la rubia y el demonio. La expresión de sorpresa de Nina lo acompañaría por un buen tiempo, le fascino que no lo viera venir. Auténtica sorpresa plasmada en el rostro de porcelana de la mundana a su espalda. Con un rápido movimiento corto una de las patas, rodo por el suelo para esquivar el golpe de la siguiente pata y con un corte limpio rebano la cabeza, el icor demoniaco cayó en una de sus mangas. Le quemo la piel, necesitaría un iratze.
— ¿Te dio por ser heroína justo en este momento? – inquirió el Sebastian con el ceño fruncido. – Y mira a quien elegiste para salvar. – señalo con un gesto de barbilla a la Mila, que permanecía con la expresión de incredulidad en su rostro.
— ¿Qué querías que hiciera? ¿Dejarla ahí para que se calcinara? – exclamo Nina con la oscuridad amortiguando sus gritos. – No… no podía hacerlo.
—Ni siquiera te agrada.
—Tienes razón, aun así no es una excusa para simplemente dejarla morir. No soy una… - se mordió el labio para evitar soltar las palabras atoradas en su garganta. Respiro hondo para calmarse. – déjala ahí y llévame a donde mi hermano.
— ¿Dejarla aquí? – le pregunto Sebastian. Esta chica personifica las emociones encontradas.
—La saque de allí, - señalo el lugar en llamas. – la policía no tardará en llegar por el fuego, la encontraran y listo. Ya está hecho. Vámonos.
Observó cómo Nina le dio la espalda a la chica ovillada, a las llamas y a él.
La respiración de su hermano, tan apacible y regular, hizo que soltara una larga respiración. No han pasado ni dos semanas, pero la sensación de poder llenar sus pulmones de aire, sin tener ese sentimiento preocupación fue simplemente liberadora. Fue algo así como si por todo ese tiempo tratara de no ahogarse, aspirando cada bocanada de aire como si fuera la última; ahora que veía a su hermano durmiendo en la cama, no pudo evitar sonreír. Valió la pena. Las mentiras, mareos por los portales, ver a la reina de las hadas – la cual aún sigue provocándole escalofríos. – y todas esas situaciones en las que estuvo a punto de morir… lo volvería hacer. De eso no cabía duda.
Se levantó un momento por pluma y papel. Decir adiós siempre ha sido complicado, odiaba la sensación de jamás volveremos a vernos o hasta aquí llegamos. Escribir se le daba mejor cuando quería transmitir algo que no se atrevía a decir en voz alta. Apoyo la hoja de papel en la mesilla de noche, esta sería la primera y única carta que daría a Sebastian. Sin saber exactamente la razón por la cual quisiera hacerle una carta, deslizo el bolígrafo por el papel dejando que las palabras fluyeran.
Querido Jonathan:
A estas alturas no sé qué decirte. Bueno, realmente si lo sé por eso me decidí a escribir esta carta. Probablemente ni siquiera te molestes en abrirla, si lo haces hay algunas cosas que quise decirte desde que te vi ese día en el Central Park. ¿Listo? No importa, te las diré de todos modos.
Cuando casi me desmayo y no, antes de que pienses que es por tu belleza etérea y letal de la que tanto presumes, fue más bien el shock inicial de saber que solo yo podía verte. ¿Sabes lo molesto que es cuando te señalan? ¿Cuándo te llaman fenómeno? ¿Cuándo existes pero nadie te presta atención? ¿Acaso sabes lo que se siente ser lastimado por nada más que unas simples palabras? ¿Han destrozado tu vida y ni siquiera es tu culpa? Bueno, yo si se lo que siente y no es nada agradable.
Desearía jamás haberte conocido. Suena duro pero es la realidad. Desearía que jamás me hubieras seguido a todos los lados que iba, apuesto a que te fijabas en todos esos detalles… por ejemplo, como me gusta el café. Cuando enseñaba a mi hermano a tocar la guitarra, puede que alguna pelea. Qué se yo. No dudaría que como todo buen acosador, incluso llegaste a entrar a mi habitación mientras no estaba. Y, te digo un secreto: no me siento molesta por eso. En absoluto. Es cierto, me hubiera gustado jamás saber de tu existencia, sin embargo de no ser por ti mi hermano aun seguiría cautivo, ya sé que no lo hiciste por mí. Lo entiendo, no del todo pero lo suficiente. Gracias, sinceramente.
Soy una buena mentirosa, tuve que serlo. Aun así tu actitud dejo mucho que desear, te creía más inteligente. Unas cuantas palabras de una 'mundana', un montón de fórmulas químicas falsas y caíste en la farsa. Debo ser realmente buena; al final ambos obtuvimos lo que queríamos. Tengo a mi hermano de vuelta y tu ese libro que supongo debe valer oro.
El tiempo que estuve en el Instituto… también mentí un poco. Se…cosas acerca de ti que me dejaron helada; tienes una hermana, ¡una hermana! Y se odian, Jace te odia, Isabelle te odia, aunque a esta última pareciera no agradarle nadie, todos te odian. Y te temen. ¿Sabes? Por extraño que parezca no temo de ti, sino por ti. Ya sé que intentaste destruir toda una raza, eso se llama genocidio solo por si no lo sabes. Ahora estas de vuelta, quieres venganza. Entiendo eso. Lo que no logro entender, es como te sentirás si ganas.
Ser el amo y señor de nada no puede ser algo precisamente espectacular.
Estar solo es aún peor, eso sí lo entiendo y muy bien.
Al principio esto iba a ser una simple nota de despedida, luego pensé en un plan para convencerte de desistir de tus planes y al final… el asunto aquí es simple: detesto las despedidas.
Hasta nunca, Jonathan.
A pesar de todo te deseo lo mejor, gracias por todo. Ojala jamás volvamos a vernos, porque sinceramente no sé si podré contenerme de sacar mi bate especial para golpear personas que desean destruir el mundo.
Atte. Nina Sawyer, la mundana que te sorprendió más de lo que quieres admitir.
La caligrafía de Nina Sawyer resaltaba en la hoja que sostenía entre sus manos. Era la tercera vez que la lee y seguía sin creerlo.
Se fue. Dejo el libro y la carta dentro de este. Tomo a su hermano, junto sus cosas y se fue. Simplemente despertó por la mañana, sin oír un ruido y lo supo. Se fue. No había ajetreo en la cocina, ni la voz melodiosa de la rubia meneando las caderas mientras preparaba el desayuno. O un niño ruidoso rompiendo cosas por allí. Consiguió lo que quería, ella tenía razón, aunque le costara admitirlo. La volvió a leer y no pudo evitar la sonrisa que estiro sus labios cuando releyó la parte donde le conto que lo había engañado. Le molesto creerle con tanta facilidad, sin embargo las ganas de asestarle un buen golpe, no estaban ahí. Asustar, quizás.
La chica es buena con las palabras, tuvo que admitir a regañadientes. Inteligente y con una mente aguda. Brutalmente honesta, también.
No sabía qué hacer. Buscarla ya no es una opción. Doblo la carta y la guardo entre las páginas del libro. Ya era hora de comenzar con su plan, que bastante retrasó por culpa de cierta rubia en la que no podía dejar de pensar.
