Su casa seguía igual que la última vez. Tal vez tenía que ver con que no hacía más de dos semanas que huyó.

— ¿Nina? – hablo bajito su hermano sosteniendo su mano con fuerza.

— ¿Qué sucede Ian? – se arrodillo delante de el para estar a su altura.

—Tengo miedo. – susurro mirando sus tenis sucios.

Nina suspiro y lo abrazo con fuerza.

—Yo también tengo miedo. – confesó apretando sus brazos alrededor de él. – pero tienes que recordar algo Ian, los monstruos existen, pero yo siempre estaré ahí para salvarte, ¿de acuerdo?

El niño asintió en silencio, su hermana siempre lo ayudaría, siempre.

—Ahora vamos a entrar, nuestros padres deben estar preocupados. – caminaron el pequeño tramo del camino de grava hasta posarse frente a la puerta blanca de madera. Nina toco el timbre un par de veces antes de que su madre abriera la puerta. Casi los tira al suelo al ver que eran sus hijos. Los brazos de su madre se sintieron reconfortantes después de lo que pareció una eternidad.

—Al fin, al fin están aquí. – Nina tampoco pudo contener las lágrimas. Lloraba sin saber exactamente por cual emoción. No sabía que decir, no podía devolverle el abrazo, solo dejo que su madre llorara permaneciendo en silencio. Su hermano, Ian, abrazaba a su madre como si su vida dependiera de ello. La extraño, se notaba.

—Angela… - su padre observo la escena; atónito con el celular pegado a la oreja, hacia una llamada, irónicamente con el agente a cargo del secuestro de su hijo y la desaparición de su hija mayor. - ¡Por Dios! – exclamo dejando caer el celular al piso aun con la llamada en curso. – Están aquí. – susurro pasando sus brazos alrededor de su familia. Lloraba, incluso más que su esposa.

Nina se deshizo del abrazo familiar repentinamente incomoda. Las muestras de afecto no se le daban; mejor dicho solo se le daban con personas de confianza. Su hermano, por ejemplo. Se sintió fuera de lugar al observar como sus padres abrazaba a su hermano menor, olvidándose momentáneamente de su primogénita.

— ¿Nina? – pregunto su padre mirándola por primera vez en días. Su madre llevaba su hermanito cargado en brazos al interior de la mansión. - ¿estás aquí? – le sonó como una pregunta.

—Sí, papa. Estoy aquí. – respondió sin mucha emoción. Sin saber cómo sentirse.

—Nina… - su padre dio un paso al frente, hacia ella mismo que ella retrocedió.

—Te dije que lo iba a encontrar. – fue todo lo que dijo. Su voz quebrada por las lágrimas que corrían silenciosamente por sus mejillas. – Me tengo que ir.

Se dio la vuelta para echarse a correr. Su padre intento alcanzarla sin mucho éxito. Corrió unas cuantas manzanas, aún tenía algo que hacer en la que un día fue su casa. Regresaría, pero no para quedarse.

La noche cubría la ciudad con su manto. Las estrellas no brillaban, ni se respiraba ese ambiente de felicidad. O tal vez sí, pero Nina no se encontraba del mejor humor para notarlo. Miro hacia arriba, calculando los metros que tendría que escalar para llegar al borde de su ventana. Nunca la cerraba, tenía la esperanza de que siguiera así. Se agarró fuerte de la tubería y se impulsó con fuerza hacia arriba. Trepo con cuidado, conteniendo la respiración mientras subía. Lo que menos deseaba era que sus padres se despertaran y la atraparan con las manos en la masa. La ventana seguía abierta, una pequeña sonrisa asomo en sus labios. Un poco de suerte siempre le venía bien, sobre todo por los últimos días.

En su habitación todo estaba tal y como lo recordaba: las paredes pintadas de un suave color violeta – su favorito. –, su guitarra colgada en la pared, el estante con algunos huecos libres de los libros que saco antes de su apresurada huida, su cama estaba hecha. Enarco la ceja por este hecho, no recodaba haberla tendido. Se paseó por su habitación, suspiro. Ya no era su habitación. Las frases escritas a mano que adornaban sus paredes… era diferente. Se sentó en la cama con la cara entre las manos, lloró y esta vez, si sabía por qué.

Esta ya no se sentía como su habitación, su refugio de los de afuera. Ahora soy como ellos, pensó con ironía. Tantos años de mentir, de construir ese muro ¿para qué? En menos de un segundo quedo derrumbado. Quería culpar a alguien. Quería culpar a sus padres, a su hermano, a Jace y a ese montón de Cazadores de sombras, pero sobre todo, quería culpar a Sebastian. Quería culparlo por hacerle sentir cosas, por no poder sacarse su imagen de la mente y sobre todo porque, aunque deseara odiarlo… no podía, o tal vez no lo ha intentado debidamente.

Se levantó de la cama limpiándose bruscamente la cara con las mangas de su sudadera y abrió la puerta de su closeth. Se puso en cuclillas, tanteo el hueco que hace tiempo había hecho en la pared y saco la caja con algunas de sus pertenencias. Las joyas era lo que menos le importaba, las notas y grabaciones eran sus tesoros más preciados. Una lagrima resbalo por su mejilla manchando la hoja que sostenía en sus manos.

—Es ahora a o nunca.

Juro en silencio con la caja entre sus manos.