Hola, bueno como siempre muchas gracias por todas las personas que me leen. Les contare que este fic esta en proceso de convertirse en PDF, quizá al final de mes ya este listo, pero no es seguro. También tengo que decirles que en cuanto termine de subir este fic me retirare de FF, no subiré la 2T (segunda temporada), espero que lo comprendan a todas aquellas personas que me leen.
Nos leemos por ahí.
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El rubio observo con una ceja enarcada el libro que sostenía en sus manos. Se lo entrego, así sin más, a pesar de saber sus intenciones para con el mundo. Fue inteligente cambiar las portadas de los libros, una forma sencilla de engañarlos.
Se sirvió vino en una copa y le dio un trago. Dejo el libro en la mesita de noche, no lo necesitaría por ahora. Tendría que planear con detalle lo que planeaba hacer, esta vez no habrá errores. De eso se aseguraría.
El agudo sentido del oído de Sebastian percibió un movimiento a su izquierda. La figura frente a él, casi de su estatura, estaba oculta entre las sombras de su apartamento. Sonrió, detesta las visitas inesperadas.
—Odio las visitas inesperadas. – expreso en voz alta tomando un trago en la copa donde previamente sirvió el líquido tinto.
—Yo también, pero dudo que tengas visitas muy seguidas. Sobre todo cuando se vive en el infierno, los Demonios tienden a ser desagradables. – el niño ángel siempre lograba sacarlo de sus casillas. Mantuvo su rostro impasible, sin demostrar nada.
—Vaya, niño ángel. Admito que no esperaba tu presencia en mi humilde hogar, ¿qué te trae por aquí? - Sebastian se sentó en el sofá individual con una copa de vino tinto en la mano izquierda y la derecha apoyada en el brazo del sofá totalmente relajado por el intruso en su apartamento. - Dudo que sea una visita de cortesía.
—A estas alturas deberías saberlo. - le respondió Jace con indiferencia. - Voy a mandarte de regreso a donde perteneces. - con total tranquilidad se movió hasta quedar recostado parcialmente en el sillón opuesto a Sebastian. - El infierno sera poco esta vez, Sebastian.
—Tengo curiosidad, ¿Cómo me encontraste? Esta vez me oculte muy bien. – dejo pasar las anteriores palabra del rubio sobre matarlo, él también sabe jugar con las palabras y le fascina provocarlo. – Mejor cuéntame, ¿Cómo esta Clarissa? Quizás pronto le haga una visita.
Provocar a Jace con su novia seguía teniendo el mismo efecto que hace años. Puños apretados, labios en una sola línea, ceño fruncido y un monton de pensamientos sobre como matarlo. Sebastian esbozo una sonrisa.
—Jamás le harás daño, lo juro por Ángel. – aseguro Jace con convicción. – Mejor cuéntame, ¿Dónde está esa bonita rubia? ¿Ya huyo de ti? Por qué si es así, ya había tardado en alejarse. Probablemente ya entro razón y prefirió alejarse de ti.
Le borro la sonrisa del rostro con esas palabras. No respondió, se limitó a tomar otro trago del vino servido en la copa.
—Ese no es asunto tuyo. – le respondió neutro. – ¿No quieres servirte una copa? la necesitaras. – se las arregló para colocar una sonrisa burlona en su rostro.
—Matarte no puede tardar tanto, tengo una cita a las ocho.
—Temo tendrás que perdértela. – Sebastian se levantó del sofá, con esa gracia felina difícil de igualar, corrió con rapidez para tomar el libro de la mesita donde lo dejo. – Nunca te desharás de mí, Jace. – le enterró una daga Morgenstern en su costado izquierda. – Si me disculpas, yo también tengo una cita muy importante. No te preocupes, yo mismo me asegurare que a Clarissa le llegue la noticia de tu muerte. – giro el anillo de la familia y desapareció.
Sebastian lo tomo desprevenido, jamás se esperó ese movimiento. Debió matarlo, pero atacar por la espalda nunca ha sido lo suyo. El dolor lo recorrió por entero mientras caía de rodillas, si retiraba la daga hundida en su interior moriría desangrado sin importar la cantidad de sangre que repusiera, dibujar una runa tampoco era una opción segura; las probabilidades de que alguien le encontrara eran nulas. Salió sin avisar. Mala idea, pero no podía desaprovechar la oportunidad cuando el cuchillo de Sebastian apareció en su habitación misteriosamente. De inmediato supo quién fue la persona que lo dejo, la pregunta es: ¿Cómo entró?
Ahora esa pregunta no obtendría respuesta. Ni tampoco sabría qué es lo que Clary, su Clary quiso decirle con tanta insistencia. Recordó cómo le pidió matrimonio, quiso hacerlo como todos los mundanos lo hacen en las películas, lamentablemente las cosas no terminaron como esperaba, a él, el gran JaceHerondale.
Su mente estaba vagando sin sentido, otro signo de que ya empezaba a perder la conciencia, ¿moriría sin decirle a Clary cuanto la amaba? ¿Sin matar a Sebastian?
— ¡Jace! – una voz femenina resonó antes de ver todo negro.
La guitarra descansaba en su regazo. Intentaba armarse de valor para subir al pequeño escenario improvisado del Java Jones. Había pasado por situaciones estresantes en las últimos semanas; conviviendo con un hombre que su meta en la vida era acabar con el mundo, la desaparición de su hermano y sus intentos fructíferos por recuperarlo, saber que Mila ha tenido que recibir ayuda profesional después de lo sucedido en aquel almacén ese suceso la hizo darse cuenta de cuan frágil puede ser la mente, Mila se quebró mientras que ella aguanto todo tipo de insultos por años. Todavía le causaba escalofríos recordar esa noche en el almacén, las llamas, los gritos… cerró los ojos y respiró profundo, enviando esos recuerdos al fondo de su mente. Cantar frente a un montón de desconocidos le daba aún más miedo que enfrentarse a un demonio, negó con la cabeza divertida por la situación.
De Jace, Clary, Sebastian y compañía no ha vuelto a escuchar nada. Así es mejor, eso quiere decir que las malas se están haciendo esperar. Dejo la guitarra en el asiento contiguo, hoy tampoco era día de mostrar sus dotes artísticos. Le dio un sorbo a su café helado y cerró los ojos. En unos días se iría España, eligió el destino al azar sin pensar mucho en el precio, su abuelo materno le dejo una pequeña fortuna que en los últimos tres años fue en aumento; viviría cómodamente sin preocupaciones. Bueno, preocupaciones de la gente normal que no ve un mundo aparte.
—No pensé encontrarte aquí. – no dijo cuándo fijo su vista en Simon, el vampiro con capacidad de pasearse a la luz del sol. - ¿tocas? – señalo la guitarra.
—A veces. – se encogió de hombros. - ¿Qué haces aquí? ¿Me estas siguiendo?
—No. – respondió con una sonrisa. – A veces toco con Erick aquí, probablemente haya oído su poesía.
—Mi hermano de siete años tiene más imaginación que él. – rodo los ojos al recordar la horrible poesía del chico.
—Lo encontraste. – la sorpresa era tangible en su voz. Nina, por su parte, solo se limitó a asentir con la cabeza. – Es… increíble.
—No tanto, unas cuantas bombas molotov y un montón de subterráneos después…
—No me refiero a eso. – la interrumpió Simon con aparente calma. – Hace unos días Jace casi muere.
Los ojos de la rubia se abrieron sorprendidos por esa pizca de información. La simple idea de Jace muerto… jamás se le hubiera ocurrido contemplar esa idea siquiera, esas palabras sonaban tan lejanas.
—Fue a buscar a Sebastian, seguimos sin saber cómo dio con él. – continuo en vista de la estupefacción de la rubia. – Alec y Clary lo encontraron desangrándose con una daga Morgenstern en su costado, suponemos que el lugar era de Sebastian.
Nina se recargo en su asiento. Fue su culpa. Ella fue quien dejo el cuchillo en la habitación de Jace, a sabiendas de que este entendería su significado. Sabiendo lo mucho que ambos se odiaban, no le importo que pasara después; solo quería librarse de esa responsabilidad. Debió matarlo cuando tuvo oportunidad.
—No te preocupes, está perfectamente. Su cabeza no sufrió ningún daño, tampoco. Sigue irritando a Alec y molestándome… - se supone que sonreiría, no lo logro.
—Es malvado, ¿cierto? – Simon observo como Nina contenía las lágrimas.
—Sí. – asintió en silencio. – Le gustas.
—¿En serio crees que le gusto? – pregunto la rubia con cautela, evitando con todas sus fuerzas ponerse a llorar.
—Creo que todos lo sabemos, solo falta que lo haga… él.
— ¿Quién eres? ¿Cupido acaso? – pregunto con sarcasmo Nina. – Ya he visto de lo que es capaz, ustedes antes que yo y… ya no sé qué hacer. – se pasó las manos por el pelo, un gesto de exasperación. – Me tengo que ir, lo siento.
Simon vio cómo se levantó para salir del local. Si, a ella también le gusta, decidió después de un rato.
