Este es el ultimo capítulo del fic, solo falta el epílogo y una pequeña sorpresita. Cuando termine la historia me quede satisfecha, mi mente ya estaba en proceso creativo con la segunda parte, pero... también me hubiera gustado otro final. Es por eso que mi imaginación en sus momentos de locura empezó a crear otro, los escribí y ¡Pffff! 11 páginas de word salieron de la nada. Ese final solo esta disponible en Wattpad, en el epílogo les dejo el link por si quieren pasarse. También tengo el PDF de esta primera temporada, si lo quieren pueden mandarme un MP con su correo y simplemente comentarlo.

El plan de Nina tenía 50/50 de probabilidades de funcionar como de fracasar, todo habría que salir perfecto, no tuvo tiempo de planearlo perfectamente, esperaba fervientemente que su improvisado plan funcionara.

Corría entre los Cazadores de sombras, demonios y malos para llegar a donde ciertos individuos luchaban a muerte, en realidad todos luchaban por su vida, Nina no era la excepción. A lo lejos observo como Sebastian y Jace lucían cansados y heridos, pareciera que su orgullo masculino fuera lo único que los mantenía a flote, hombres siempre tan predecibles. Separarlos será más complicado de lo que parece, ambos se tienen unas ganas de matarse difíciles de reprimir.

Isabelle le concedió esa distracción sin saberlo cuando blandió su reluciente látigo y este término enredado en la pierna de Sebastian.

—Te regresare al Infierno. – le dijo la cazadora con una voz increíblemente fría, a Nina le dieron escalofríos. Tiro más de su látigo logrando que cayera al piso. – Voy a divertirme mucho azotándote.

—Es una actividad muy entretenida, ¿recuerdas? – se burló Sebastian de vuelta; sin sonreír para nada. – Yo no puedo olvidarlo, realmente disfrute…

Nina corría tan rápido como sus piernas se lo permitían, mientras el látigo de Isabelle se izaba en el aire como un trueno, devastador y furioso. No veía a Jace por ningún lado, lo más probable es que estuviera buscando a Clary. Sus sospechas se confirmaron cuando vieron al rubio sosteniendo el cuerpo inconsciente de su prometida, temió lo peor, pero el terror desapareció rápido cuando vio a Clary pestañear, soltó un suspiro de puro alivio.

Todo ocurrió en segundos.

Sebastian tomo el látigo de Isabelle cuando estuvo a punto de azotarlo y con una sonrisa verdaderamente siniestra tiro de él, trayendo a la pelinegra consigo.

— ¿Te crees rival para mí? – la sostuvo fuertemente del brazo. – su amigo el niño ángel no pudo conmigo, ¿Por qué crees que tu si? – ninguno se atrevía a parpadear. – No tengo tiempo de sacar la basura.

—Hijo de puta. – gruño Isabelle cuando la lanzo lejos como si pesara lo que una pluma.

—Gracias. – sonrió ensañando sus dientes blancos. – Siempre tan encantadora.

No lo dudo un momento más. Sostuvo con fuerza el mango del cuchillo que recogió de algún caído. Sebastian se dio la vuelta encontrándose con su mirada.

—Vaya, así que fuiste tú quien se me adelanto.

Había visto a Sebastian en algunas de sus facetas, desde su salvador hasta las fases gruñonas y un poco siniestras, pero jamás de esta forma. Bien sabia de su sangre fría, solo que nunca la había visto como hoy.

Siempre supo que algo estaba mal con él. Y, aun así seguía sin temerle.

—Algo así. – tuvo que tragarse el nudo en su garganta para poder responder. – Mi carta no funciono. – fue lo único que se le ocurrió decir al observar el caos alrededor. Nina dio unos pasos con cautela, el cazador no retrocedió, no tenía por qué hacerlo.

— ¿Cómo llegaste aquí? – le pregunto este verdaderamente intrigado.

—Jonathan. – lo llamo por su verdadero nombre sin responder su pregunta. – Lo siento. – se disculpó antes de enterrar la daga en su pecho, justo en el corazón.

— ¿Qué? – Sebastian observo como la sangre escurría a sus pies, no era roja, sino negra. – Tu…

—Lo lamento tanto. – vio como una lagrima caía silenciosamente por la mejilla de la rubia. – Si pudiera hacer esto diferente, lo haría. Para nosotros. – la delicada mano de Nina se posó en su pecho y un leve resplandor salió de ella. – Ojala no tuvieras que morir, ojala yo también muriera, les facilitaría muchas cosas. No sé qué vaya a ser de ti, no sé a dónde iras, solo espero que…

Sebastian sentía como la vida se le iba poco a poco, fue como estar cayendo, sin saber si en algún momento fuera a aterrizar.

—¡Jonathan! – el grito de la rubia fue lo último que oyó antes de caer definitivamente.

El anillo que Nina apretaba con fuerza en su puño era lo único que le quedaba de Jonathan. No habría cuerpo que reclamar, de nuevo por su culpa. No supo cómo ni cuándo, solo vio al nefilim caer a un pozo sin fondo, que al parecer ella misma creo. Ahora dos Cazadores la escoltaban al Salón de los Acuerdos, solo esperaba que hubieran limpiando toda la sangre derramada, esta vez no podría contener el vómito si veía toda esa sangre alrededor.

Fue un alivio entrar y ver los cristales brillantes. Tomo una gran bocanada de aire, ahora venía la parte difícil. Enfrentar todo lo que había sucedido en las últimas doce horas. Prefería otra horda de demonios. Le indicaron que se sentara en la silla en medio del Salón, genial. Si de por sí ya llama la atención estar sentada en medio de todos es todavía peor. Se cruzó de brazos para darse un aire despreocupado, aunque por dentro su mente ya maquinaba las posibles preguntas que podrían hacerle y como debía responderlas. Busco a Jace con la mirada, la encontró en menos de un segundo pero este desvió la mirada con tanta rapidez, ignorándola. Auch, eso dolió.

— ¿Nos harías ese favor Nina? – la pregunta de la cónsul dirigida a Nina saco a esta de sus cavilaciones.

— ¿Me pregunto algo? No le prestaba atención. – no pidió disculpas por qué no lo sentía.

—Si podías sostener la Espada Mortal para nosotros. – suspiro la Cónsul con gesto cansado. Su agarre en el anillo se tensó pero asintió, no quiso añadir que tampoco le dejaban opciones para elegir precisamente.

Guardo su recuerdo en un bolsillo de los pantalones que le consiguieron, le quedaban un poco flojos. No se quejaría, es mejor que llevar unos cubiertos de sangre. Nina estaba casi segura de que la Espada Mortal no serviría con ella, y no se equivocó. Cuando la espada cayó en sus palmas abiertas espero sentir algo, nada. Ni un cosquilleo o dolor.

—La creí más pesada. – dijo casi para sí balanceando su peso. – eres una entre un millón Mallertach. – Cuando las cosas no pueden ponerse másextrañas, ocurre lo impensable. La espada resplandeció suavemente, oyó jadeos por la impresión, cuando Nina pronuncio su nombre en voz alta, la soltó asustada causando un gran estruendo cuando cayó al suelo. ¿Qué está mal con ella? – Mierda. – articulo aquello que todos estaban conteniendo. – Juro que no…

—Llamen a los Hermanos Silenciosos. – ordeno la Cónsul sin quitar la vista de Nina. – Comprenderás que no podemos dejarte ir después de esto.

—Lo comprendo. – asintió. La Cónsul la miro casi con alivio. – Aun así, eso no quiere decir que esté de acuerdo. – miro directamente a la mujer con sus ojos azules dominados por la determinación. – de ninguna manera dejare que husmen en mi mente en busca de… lo que sea que estén buscando. Es de las pocas cosas que no he perdido, no dejare que me arrebaten eso. – dijo casi en un susurro.

—Debería ser enviada al exilio. – opino un nefilim que la miraba con desdén, suspiro. Por sus ropas supuso que era parte de la Clave. Salvó sus traseros y así se le agreden, no era una pregunta, más bien una obvia afirmación.

—Debería aprender hablar solo cuando tenga algo inteligente que decir. – replico Nina casi por reflejo. Esas frases siempre salen a relucir en momentos así. – Sus reglas ni siquiera aplican en mí, no soy nefilim y estoy segura como el Infierno que es lo último en lo que me convertiría, aunque mi vida dependiera de ello.

— ¿Ayudaste a Sebastian a llegar aquí? – le pregunto el mismo hombre que antes la acuso.

No contesto, se dedicó a mirar el techo como si la respuesta le fuera a caer del cielo.

— ¿Entonces? – insistió el hombre.

—Hummm… - fue lo único que dijo Nina después de un rato.

— ¿No vas a cooperar? – le pregunto la Cónsul amablemente, aunque se podía ver como trataba de ocultar su impaciencia.

De haber sido otra la manera en que se conocieron, probablemente aquella mujer le agradaría.

—El miedo hace cosas curiosas en las personas, ¿no creen? – pregunto la rubia retóricamente casi distraídamente.

—Responde la pregunta. – el hombre no se molestó en ocultar su ira.

—Si no fuera así no estarían acusando a una chica de dieciocho años de confabular con su enemigo. – siguió Nina sin responder la pregunta inicial. – Sin contar que fui yo quien lo mato. – si conocieran bien a Nina se hubieran dado cuenta como luchaba por contener las lágrimas y tragarse el nudo en su garganta que le impedía hablar. – Le tienen miedo a Sebastian, me tienen miedo a mi... por eso me quieren lejos o encerrada en algún lugar. Lo desconocido da miedo, nada del otro mundo.

— ¿Desde cuándo eres tan sabia? – se burló el mismo hombre. Ya empezaba a sacarla de sus casillas.

—No vaya por ahí, si lo hace perderá. – le advirtió Nina sin levantar la voz.

—Niña, a mi tu no me dirás que hacer…

—Edward, basta. – lo detuvo la Cónsul. – Esta es una situación desconocida para nosotros, no podemos dejar pasar lo que acaba de ocurrir. – intento conciliar la Cónsul.

—Qué más quisiera yo. – medio sonrió Nina. – De ninguna jodida manera dejare que esas cosas grises entren en mi mente, no tocaran un solo cabello de mi cabeza, ténganlo por seguro. No dejare que tomen una muestra de sangre, ni que involucren a mi familia, por mi todos pueden irse al...

—Entendimos. – Corto la Cónsul. – No quieres tener nada que ver con nosotros.

—Tanto como ustedes quieren tener que ver conmigo.

—En ese caso, será mejor que cortes todo lo que tenga que ver con tu familia. Te dejamos en paz, aléjate de ellos y nosotros nos alejamos de ti. – Edward hablo. Nadie lo contradijo. — ¿Quién esta favor de esto? – cuando pregunto Nina contemplo impotente como la mayoría levanto la mano y la primera persona fue Jace. Fue como recibir un puñetazo en la cara, le tenía un aprecio tácito, ya no.

—Es más fácil echarle la culpa a la niña rubia tonta, ya entendí. – asintió imperceptiblemente. – No hago predicciones, pero de lo que si estoy segura es sobre sus decisiones. Cuando me busquen, y si logran encontrarme para pedirme un favor les aseguro que no moveré un solo dedo para ayudarles; los mandare a comer pastel, a todos. – miro a la multitud de nefilims. La mayoría compartía miradas de desdén dirigidas para ella.

Alec, Simon, Magus y el novio de Tessa, cuyo nombre no recordaba, no levantaron la mano, entre otros que no reconoció. Con un suspiro se levantó de la silla. Vio como Magnus asintió con la cabeza, Nina asintió de vuelta. Un favor no le vendría nada mal.

—Haré algunas excepciones cuando vayan a pedirme perdón de rodillas a cambio de mi ayuda. – miro a excepciones.

— ¿Qué te hace creer que necesitaremos tu ayuda? – pregunto Edward con desdén.

—Porque Sebastian va a regresar, otra vez. Y cuando lo haga no sabrán cómo manejar la situación, porque probablemente estén muertos antes de siquiera idear cualquier plan. Claro, también está el hecho de que a mi probablemente le cuesta más dañarme; se los dejo a su consideración. – se encogió de hombros con una sonrisa despreocupada.

Con ese último salió del Salón de los Acuerdos, con la frente en alta y sin mirar atrás.