No tengo certeza se todas las personajes van aparecer, pero vos doy las edades de todos lo personajes hasta ahora mencionados:
Suzie y Lina: 21 años.
Jen: 25 años.
Rika y Alice: 26 años.
Ryo: 28 años.
-Capítulo 2: Es ella!-
Dios Santo! Era ella! Hasta no la ver aplastarle la tarta en el pecho no había reparado que era Rika... su protectora de infancia. Ryo Akiyama sonrió con tristeza. Rika seguía teniendo el mismo carácter belicoso que cuando era niña, cuando acudía a defenderlo así que los demás niños empezaban a molestarlo.
Había sido un niño enfermizo, pálido, delgado y alto, incapaz de seguir el ritmo de los demás niños, por lo que se convertía muy frecuentemente en el destinatario de sus bromas. Un médico sugirió a sus padres que lo mandasen para un lugar distinto pasar el verano, al revés de lo pasar en el hogar donde vivía, de modo que lo mandaran para casa de la tía Irene en Shinjuku. Su tía estaba más cerca de los ochenta que de los setenta y no sentía gran interese por el chico, pero su verano en Shinjuku le dio la oportunidad de conocer Rika... una especie de chico con un gancho derecho tan bueno como el de cualquier chico de la vecindad.
Tenía ocurrido algo en aquel verano que tenía que ver con su padre y que le ha dado la oportunidad de practicar mucho ese gancho derecho. Los dos se tenían unido contra el mundo y hasta tenían llegado a hacerse "hermanos de sangre", aún que Rika fuese una chica. La idea había sido de ella, por supuesto, y el golpe en el dedo pulgar había dejado una cicatriz, pero muchas veces miraba esa cicatriz y buscaba fuerzas en ella.
Ryo sonrió para él mismo al columpiar la cabeza para sacar el agua. Rika. Su protectora. Después de todos estos años...
No lo había reconocido. La verdad es que él no la reconoció a ella hasta presenciar su explosión de furia. Claro, aquel verano había significado más para él do que para ella y Ryo era el primero a admitir que tenía cambiado mucho, aún que sólo externamente.
Pero aún así, le daba pena no la ter reconocido. No era lógico, pero es que él nunca lo era, la razón pela cual se encontraba de vuelta a Shinjuku después de una ausencia de veinte años. Tenía llegado a una encrucijada en la vida.
La crisis de los treinta años. Su risa resultó un poco débil, pero es que últimamente tenía pocos motivos para reír. Hasta que una pelota de fuego le estampa una tarta de kiwis en el pecho, se dice, de esta vez con una risa auténtica. Con el dedo indicador, probó la tarta. No estaba mala.
Con una sonrisa la recordó con los brazos en la cadera, como hiciera veinte años antes, se enfrentando a los niños que lo molestaban. Pero no había nada de infantil en la curva de aquellas caderas. Se tenía convertido en una mujer. Una mujer que quería volver a ver.
- Bueno, Rika, ¿has llegado entonces a conocer el nuestro hombre misterioso? - preguntó Jen Katou al pasar al lado de Rika en la calle. - Rika! - dice corriendo tras de ella. - Estaba hablando contigo.
- ¿Que es? - Rika paró cuando por fin ha oído la voz de Jen. - ¿Que es que me has preguntado?
- Te he preguntado se has conocido por fin el nuestro hombre misterioso repitió.
- Sí, y es un cerdo.
- ¿Llevaba vaqueros o no? - preguntó Suzie.
- Sí, llevaba - repitió Rika, y se reprendió por recordar tan detalladamente que bien le quedaban.
- ¿Lo ves? Ya te lo había dicho yo - dice Jen a Suzie, dándole con el codo. - Me debes cinco yenes.
- El facto de él llevar vaqueros ahora no quiere decir que antes los llevase también - repostó Suzie. - Supongo que no lo has preguntando - dice, dirigiéndose para Rika.
Rika negó con la cabeza, como sí al mismo tiempo intentase librarse de aquella imagen de los vaqueros.
- ¿Lo ves? No lo ha preguntado - dice Suzie en tono triunfal. - De manera que no te tengo que pagar los cinco yenes. La apuesta sigue de pie.
Como la tranquilidad de Rika. Hace años que no estaba tan enfadada. Al le tirar la tarta, el hombre misterioso de Shinjuku tenía representado todos los hombres, incluso el que la había dejado sola.
Hasta aquel momento no se había permitido sentirse enfadada pela traición de Henry, y aquella era la primera vez. Y le había hecho muy bien.
- ¿Estás bien, Rika? - le preguntó Jen. - Estas sonrojada y no parece estar bien de todo aquí, sí no te importas que te lo diga.
- Lo que sucede es que ten muchas cosas en la cabeza - intervengo Suzie. - ¿Quién no estaría preocupada en su situación?
- No estoy en ninguna situación - replicó Rika mirando Suzie a los ojos - Y no me gusta que hablen de mí como sí no estuviera aquí.
- A mí tampoco me gusta que lo hagas - confesó Jen.
- Tú estás enfadada por no ter gano la apuesta - replicó Suzie. - Y Rika está enfadada por que su prometido era un cobarde.
- Henry no era un cobarde - protestó casi sin pensar. Siempre tenía sido su debilidad defender aquellos que eran víctimas de las murmuraciones, y apareció dante de sus ojos la imagen de un chico pálido y delgado. Ryo era más bajo que ella y menos fuerte, pero ni por eso lo podía calificar de cobarde. Tenía una claridad de ideas impresionante, sobretodo en un niño de ocho años.
En el caso de Henry, tenía toda una estante llena de premios que demostraba su fuerza física. Era poseedor del récord de la ciudad por haber gano más combates de lucha en un año.
- Es bueno que te sientas enfadada con Henry - estaba diciendo Suzie.
- En este momento, estoy enfadada con casi toda la gente - murmuró Rika, - lo que quiere decir que no soy un compañía demasiado agradable, de manera que, me voy.
- No averiguó mucho - murmuró Suzie.
- Sshh...
- La única cosa que puedo decir - intervengo Rika, - es que el azul oscuro es definitivamente su color
Y con una sonrisa dejó Suzie y Jen con sus chismorreos.
Cuando Rika llegó al trabajo en la mañana siguiente, se sentía como se hubiese perdido parte del terreno que había ganado ayer. La furia la había mantenido de pie hasta llegar a casa, pero encontrarla vacía y con los regalos aún sobre la mesa había roto sus defensas. Ni siquiera la presencia de su gata, Rennda, la había confortado.
Fue al refrigerador, sacó una caja de helado de chocolate y hundió la cuchara en él sin molestarse en servirlo aparte, y así, con el utensilio en la mano, devoró casi todo el helado, mientras la otra mano quedaba paralizada debido al frío... como su corazón.
Sueños perdidos. Confianza traicionada. Las lagrimas deslizaban por sus mejillas, de pie delante el refrigerador, con Rennda a maullar a sus pies. La verdad aparecía por fin delante de sus ojos. Ya no llevaría el precioso vestido blanco. Ya no trocaría promesas con el hombre que amaba. Ya no pasaría su vida junto a él. Todo había desaparecido.
Durante su compromiso de seis meses con Henry, se tenía sentido por fin parte de la ciudad, como si el ocurrido con su padre ya no pesase sobre ella. La popularidad de Henry en la comunidad se había extendido a ella y tenían asistido juntos a festas, y hasta tenían entrado a formar parte del único club de campo. Pero todo eso no era la razón de tener estado a llorar toda la noche. La verdadera razón era que el hombre que ella amaba ya no estaba enamorado de ella.
Todos sus sueños se habían desvanecido y ahora debía enfrentar su trabajo, y a todos los curiosos. La biblioteca tenía recibido más visitantes que el habitual durante la última semana y Rika sabía el porqué. Los habitantes de Shinjukco iban ver la "pobre Rika".
Había sido la "pobre Rika" cuando su padre huyó con la secretaria, abandonándolas, a ella y a su madre. Se tenía convertido de nuevo en la "pobre Rika" cuando tenía dieciséis años y su madre y su nuevo hombre se marcharon para Inglaterra. Y más una vez volvía a ser la "pobre Rika".
Pues no estaba dispuesta a interpretar el papel, se dice al entrar en la biblioteca. Con un colirio tenía suavizado la evidencia de ter pasado toda la noche a llorar y aún que el helado de chocolate no haya logrado calmar su dolor, la tenía hecho sentir mejor durante un poquito. Como el recuerdo de aquél hombre misterioso a mirarla, boquiabierto pela sorpresa, después de le aplastar la tarta en el pecho.
Intentando alegrarse, en aquella mañana tenía puesto una túnica azul y unas leggings y cogió el pelo en una cola. El resultado final era... aceptable. Era aceptable, un pelo rojo que le llegaba abajo de los hombros y un aspecto agradable. Le gustaba pensar que sus ojos violeta reflejaban su inteligencia. Henry le había dicho que tenía una sonrisa preciosa. Pero Henry le había dicho tantas cosas...
Era una lastima que ya hubiese terminado el trabajo de catalogación, pero las buenas noticias eran que parecía haber una decida de gente que pasaba en la biblioteca para verla. Por primera vez en una semana, las salas estaban desiertas.
Quizá hubiese llegado el momento de buscar otro trabajo, ascender, ir para una ciudad mayor... una ciudad que se pudiese permitir un auténtico presupuesto y personal calificado, en lugar de voluntarios con los que tenía que contentarse. Quizá hubiese llegado el momento de se ir de Shinjukco.
Pero en aquel momento llegó Alice McCoy, una de sus mejores amigas, y entonces recordó porque es que tenía quedado allí: por unas cuantas personas como Alice.
- ¿Como te encuentras? - le preguntó con su voz suave, al aproximarse de la mesa de lectura onde Rika estaba reuniendo los jornales dispersos.
- Tan bien como se puede estar, supongo.
Alice le dio un abrazo. Se conocían desde el sexto año y al largo de todo ese tiempo tenían compartido secretos, risas y lágrimas. En una época en que las relaciones eran de usar y tirar, aquella amistad de décadas le ofrecía una estabilidad que ella avaluaba más de lo que podía exprimir con palabras. Alice tenía sido su madrina en la boda, y tenía sido la primera persona a quién tenía llamado después de recibir la nota de Henry.
- ¿Puedo hacer algo? - preguntó, como hiciera en aquel momento.
- Has sido un ángel conmigo.
- Quería poder hacer más.
Alice prefería pasar desapercibida. La idea de tener todos los ojos en ella por ser la madrina de Rika no le agradaba mucho, pero aceptó porque su amiga necesitaba de ella. Era de esa clase de amigas.
- ¿Suzie y Jen volvieran a molestarte? - preguntó, con voz baja.
- Aún no, pero tengo certeza de que después van a venir.
- Será mejor volver al trabajo - Alice era la responsable por la caja de la drogaría, donde se vendía de todo. - Estoy en el descanso. Te llamare más tarde.
Cuando Alice se marchó, la biblioteca volvió a quedar en silencio. El edificio tenía sido una donación hecha a la ciudad y un constructor tenía donado su tiempo para hacer las reparaciones. La biblioteca tenía abierto las puertas en el verano en que su padre se fue, y poco había cambiado desde ese momento, por el menos allí. Rika tenía intentado colocar en andamiento el máximo de actividades, empezando por organizar una hora de lectura para los niños, un club de lectura para chicos mayores y una venda de libros para obtener dinero y hacer nuevas adquisiciones.
La biblioteca abría cuarenta horas por semana y cerraba al domingo y a los lunes. Tenía pensado en sacar vacaciones de quince días para ir de luna de miel, durante los cuales la biblioteca quedaría cerrada, pero al cancelar la boda canceló también esos quince días. Era mejor dejarlos para el verano, cuando hubiese tenido tiempo de planear la viajen ella sola.
No hacia ni idea donde es que Henry tenía pensado pasar la luna de miel. Tenía insistido en que lo dejase a él hacer todos los planes, y así había sido, pero esos días ya no existían.
En aquella misma tarde, Rika estaba sentada delante de su mesa, preparando cartas para distintas empresas, cuando reparó que alguien la miraba. El hombre misterioso de Shinjukco estaba delante de ella, con una caja en las manos mirándola con expectativa.
Rika estaba acostumbrada a mirarse alborozadores en la biblioteca, desde Danny, de doce años, que una vez había intentado hacer fuego en los baños, hasta el señor Obefort de ochenta años, que no dejaba de insistir en que la biblioteca debería disponer de ejemplares de Playboy, de manera que también podría manejar aquel misterioso caballero, quien quier que sea.
- Te trago algo - dice él.
Pero Rika no picó el anzuelo y dejó que el silencio llenase la habitación.
- Después de una ceremonia de bienvenido tan original como la de ayer, creí que lo mínimo que podría hacer era devolverte el favor - explicó, y al vela tensa, sonrió: - Tranquila. No te voy lanzar nada - dice, y abrió la caja para le enseñar la tarta. - Es de kiwis. Para substituir la que se estropeó ayer.
- No tenías que hacerlo - dice, aún manteniendo distancia.
Ryo se desilusionó. Ni siquiera tan cerca y sin estar encharcado lo reconocía.
- Vaya! Hola, Rika. Espero no interrumpir - dice Lisa al penetrar en la biblioteca, y se acercó a ellos mirando hacia Ryo sin disimular su curiosidad. - ¿De manera que se conocen, eh?
- No - dice Rika.
- Sí - dice Ryo al mismo tiempo.
- No interrumpes nada, Lisa - dice Rika. - ¿Que puedo hacer por ti?
- Quería saber si ya llegaran los libros que pedí - preguntó, sin dejar de mirar Ryo.
- No. Ya te lo he dicho ayer, llevarán aproximadamente diez días a devolverlos. Es la primera en la lista.
- Pues, es verdad - dice. - Ya me lo habías dicho. Me debo ter olvidado con toda la excitación de lo ocurrido últimamente - y volteándose por fin para mirar Rika, añadió: - y dime, ¿ya te encuentras mejor? Sigo sin creer que el bueno de Henry hubiese hecho una cosa así - hasta el ultimo momento no le pasó por la cabeza la insinuación de que ella podría tener culpa que un hombre bueno como Henry la dejase. - ¿Sabes algo más de él?
- No, y no espero saberlo - contestó, tensa.
- Que lastima. Hacían una pareja ideal. Bueno, será mejor que me vaya y que vos deje con lo que estaban haciendo.
Y salió a toda prisa de la biblioteca, deseosa de difundir la noticia de que el hombre misterioso había llevado dulces a Rika. Lo rumor estaría por toda la ciudad en quince minutos y, por supuesto, sin ninguna proporción.
- ¿Quién es el bueno de Henry y lo que te ha hecho? - preguntó Ryo.
- No es asunto tuyo.
- Pues estoy haciendo con que lo sea.
- ¿Quién te crees?
- Yo sé muy bien quién soy, pero tu no, ¿verdad?
- ¿Es esa tu forma de decir que eres alguien importante? Porque si es así, no me impresionas nada.
- Pues ayer por la noche parecía que sí - puntualizó, y añadió después con una sonrisa: - ¿Lo sabes? En la ultima vez que te vi perder la calma reventaste el labio al Drie por me haber puesto un ojo negro. ¿Te recuerdas, princesa?
Espero que os guste, y espero recibir comentarios en este capítulo.
