Fue a un colegio muggle. Uno muy bueno, donde era popular y le trataban bien, no como si fuera un bicho raro –que es lo que hacía su familia. Tenía amigos y sus notas estaban entre las mejores. Se integraba.

Lo malo era al volver a casa; las miradas asqueadas y compasivas, la evitación de cualquier contacto físico con él, como si tuviera una enfermedad contagiosa. Y la tenía, aunque no contagiosa, la tenía.

Aún así, los fines de semana quedaba con su prima. La mayoría de las veces Elizabeth rehuía los comentarios acerca de Howgarts, pero otras veces era Argus quien preguntaba. Y esas ocasiones dejaban en él un sentimiento francamente perturbador. Porque cuando escuchaba a su prima hablar de duelos de varitas en los pasillos, de competitividad entre casas, del techo del Gran comedor, de los desayunos -¡Parece que todos los días sean Navidad Argus, es alucinante!-, de los profesores –Me tiene manía, te lo digo yo-, de los fantasmas... veía todo a través de los ojos de Elizabeth, y le gustaba.

Y entonces, los días de sol en lo que todo parece que vaya a salir bien, su prima sacaba algunos libros y le explicaba cosas. A Argus le gustaba Historia de Magia, saber que había sucedido en el pasado para entender el presente. Herbología también le atraía, toda esa flora mágica envolviéndole. Al poco tiempo de decantarse por estas asignaturas -¿Y donde dices que puede conseguirse el Lazo del Diablo, Eli?- los dos se dieron cuenta de que precisamente eran las que menos uso de varita precisaban. Ninguno dijo nada. ¿Para qué? Los dos sabían la causa.

Pero en una fría tarde de Octubre, en un momento en el que Elizabeth salió de la habitación para ir a por la merienda, Argus descubrió sin querer su varita sobresaliendo por su mochila. Y no es que nunca hubiera visto una, que va. Pero divisarla ahí, a su alcance, era una tentación muy grande.

Cuando Elizabeth volvió al cabo de unos minutos, vio a su primo con la varita en alto, en una posición bastante cómica, haciendo unos aspavientos como de molino. Y, lejos de reírse, hizo otra cosa.

-El movimiento es un poco más suave, tienes que agitarla, no enarbolarla como una espada. Mira, así –se la quitó de las manos con suavidad, ante la mirada curiosa de Argus-. ¿Ves?

Porque si de algo disponen los niños de once años, es de perseverancia.