Otra vez es 13 de Agosto, pero esta vez no está desilusionado. Han pasado dos años desde que no recibió La Carta, así que se podría decir que las heridas están cerradas.

Sus amigos le han regalado algunas cosas. Los típicos regalos de cumpleaños que se hacen los chicos de trece años; una pelota de baloncesto –se ha ganado a pulso los honores de ser el capitán del equipo del colegio- revistas subidas de tono dadas entre risas y codazos, el nuevo disco de Chuck Berry - You can't catch me! Esta frase inspirará a los grandes, os lo digo yo (1)- y una gran bolsa de frutos secos. Y risas. Y abrazos. Y bromas. Y, sobre todo, mucha amistad. Porque desde que sus padres lo internaron en el colegio para todo el año –ya verás cariño, será lo mejor para todos- ha descubierto un nuevo mundo. Sin calderos burbujeantes, sin sillas que explotan, sin orejas de burro, sin su familia. Si el mundo te da la espalda, dale la espalda al mundo. Lo que no pensaba es que al hacerlo quedaría de cara a la tecnología, a la electricidad, a la bioquímica, a los avances. Y le gusta.

Aunque hay otras cosas que no le agradan tanto. Como el hecho de que ya no vea a Elizabeth tanto como él quisiera. En Navidades, en el Día de Acción de Gracias, y poco más. A veces su prima le envía cartas, pero si ha de ser sincero, a Argus esas lechuzas no le inspiran demasiada confianza. Y se podría decir que el sentimiento es mutuo, vaya. En verano leyó un nuevo libro de Eli sobre los animales mágicos donde decía algo sobre que detectaban la magia, y nosequé cosas más –la realidad es que no quiere acordarse- así que no le extraña tanto que cuando alarga la mano para desenrollar el pergamino de la pata de Monchu, las plumas de esta se ericen. A pesar de que eso no quite que se le suba un nudo a la garganta, la verdad.

Cuando al acabar el día ve a Monchu descansando en el alfeizar de su ventana, suelta un gritito de alegría involuntario. Nunca lo ha pensado, pero es una suerte que las habitaciones sean individuales. Encontrarse una lechuza en su cama no le haría mucha gracia a nadie que no fuera Argus, a quien le produce una alegría insuperable.

La carta es corta, pero muy elocuente. Elizabeth lo ha citado el domingo en el Caldero Chorreante. No da más explicaciones, pero sabe que merecerá la pena. Con Eli, siempre la merece.

En el momento en el que se está empezando a desvestir, escucha un sonido ahogado. Al principio no le hace caso, pero al cabo de unos segundos este se vuelve a repetir. Y otra vez.

Y otra.

Y otra.

Y otra.

Curioso, se asoma por la ventana para intentar escudriñar de que se trata. Nada. No, espera. Ahí está de nuevo. Y entonces lo ve, una pequeña sombra moviéndose bajo la rueda trasera de un coche.

Y ese sonido.

Baja al rellano corriendo, y en dos minutos está sacando a la pequeña gata –porque ahora sabe que el sonido ahogado no era otra cosa que maullidos moribundos- y acunándola en sus brazos.

La mira a los ojos mientras la lleva con cuidado al edificio. Sospecha que tiene una pata rota, así que trata de no moverla demasiado. Y entonces lo siente. Algo que no sabría explicar. Una corriente, una ligera sacudida. No puede ser magia, porque el nunca ha sentido tal cosa.

Pero tal vez, y solo tal vez, esa gata sabe mucho más de lo que aparenta. Y le da un nombre. Esa delgadez extrema, flacucha y más bien de aspecto débil. No podría ser de otro modo, le viene a la cabeza. Su opuesto: Chuck Norris.

Señora Norris.


(1)John Lennon, gran admirador de Chuck Berry, tomó prestado de este el verso de la viñeta para su canción "Come Together". Y para ser sinceras, los Beatles son Los Grandes. No dude.