¿HIJA DE QUIÉN?

Arena, arena y nada más que arena. Mirase a donde mirase, sólo veía desierto, y empezaba a ponérsele un humor de perros. Se había quedado dormida tras reparar a Warrior, sobre la misma mesa de trabajo, y a continuación había despertado con la luz del amanecer, envuelta en una túnica y tirada en medio de un desierto infinito. ¿Qué narices significaba todo aquello? Se sacudió la arena de la túnica y echó a caminar hacia un lugar al azar –total, todo llevaba a más y más arena.-. Suspiró, cansada, pero en seguida se dio cuenta de lo que ocurría. Cuando su padre había dicho que era libre, se refería a este tipo de libertad. Tan libre que ni casa tenía.

-¡Maldito seas! –Gritó, apretando los puños y mirando al cielo como si este tuviese la culpa. Libertad, independencia… su padre le regalaba la oportunidad de vivir como quisiera con tal de que no ingresase en Akatsuki.- Estoy por jurar que ayer le asustó perder… -Reflexionó mientras retomaba su camino. Si iba a ser obligada a iniciar una vida de cero, tendría que buscar, al menos, civilización. Ya se encargaría de vérselas con su padre en otro momento, aunque esperaba que fuese pronto, ahora tenía otras cosas en las que pensar. ¿Dónde rayos estaba?- Apostaría un riñón a que esto es el país del Viento. No he oído hablar de grandes desiertos en otro país… ¿¡Pero por qué estoy hablando sola!? –Se llevó las manos a la cabeza, desesperada. Pues sí que había llegado pronto la locura. O eso o su paciencia –más bien poca- había llegado a su límite.

Caminó durante horas, unas cuatro o cinco por la posición del sol sobre su cabeza, y cuando estaba en el punto más álgido distinguió algo a lo lejos: una muralla, un montículo rocoso del mismo color que las dunas, alto como un mundo y casi perfectamente camuflado en medio del desierto. Una aldea oculta. Sunako sonrió, aliviada, y apuró el paso. Apenas a unos metros se alzaba la regia Sunagakure, la aldea oculta de la Arena, el lugar donde su padre nació y creció, y donde ahora ella debía pedir cobijo. Ya la tenía al alcance de su mano, cuando un grupo de personas le cortó el paso, examinándola. Bien por ellos.

-¿Vas a alguna parte? –La cuadrilla estaba compuesta por tres hombres y una mujer. El que parecía el más pequeño de todos portaba una gran tinaja redondeada que la kunoichi identificó como "objeto desconocido pero peligroso"; tenía los cabellos de un rojo más brillante que los suyos propios, y en sus ojos azul aguamarina se podían leer tantas emociones que le recordó enseguida a un maldito texto encriptado. Y ella odiaba descifrar, por lo que posó la mirada en el que había hecho la pregunta, quien sonreía arrogante y expectante. Un chico más alto que el otro, pero no mucho mayor, enfundado en un mono negro con capucha y orejas semejantes a las de un felino. Su rostro estaba decorado con pintura morada, como si fuese un actor de teatro kabuki, y a su espalda llevaba algo envuelto en vendas, probablemente una marioneta. Sonrió, indignada. Vaya forma de tratar una obra de arte. El otro hombre, con media cara tapada por una tela blanca y uno de aquellos uniformes reglamentarios, parecía ser el maestro del grupo. La muchacha, rubia y con desafiantes ojos verdes, permanecía atenta a la escena. Todos ellos llevaban el protector que los identificaba como shinobi de la Arena.

Ni siquiera sabía qué actitud debía tomar. Aquel era su primer encuentro con desconocidos, y a pesar de estar deseando pasar desapercibida –no sin antes darles la paliza de su vida-, quizá sería mejor fingir el desconcierto que horas antes había tenido que sufrir. Gracias, papá.

-La verdad es que sólo buscaba Sunagakure –Forzó una sonrisa, que en su opinión resultó solo una mueca torcida en sus labios.-. Estoy un poco desorientada, me he despertado en medio del desierto y no sé por dónde empezar.

Hay que ver lo que son las palabras, y cómo sin mentir o engañar conseguía parecer una damisela desamparada era algo que todavía desconocía, pero que le sería muy útil.

-¿Te has despertado en el desierto? –El maestro alzó la ceja que podía verle, incrédulo.- ¿Y no puedes volver a tu casa?

-Me temo que eso es imposible.

-¿Imposible? ¿Pero qué es esto? No me digas que eres una novata intentando infiltrarte –Comentó el marionetista, llevándose las manos a la nuca y haciendo una mueca de desprecio.

-¿Para qué querría yo infiltrarme en Sunagakure?

-Pues no sé, ¿por qué no nos lo dices tú? –El muchacho dio un paso hacia ella, amenazante, y Sunako retrocedió instintivamente. Su altura imponía demasiado para ser alguien tan tonto.- ¿Asustada?

Introdujo la mano en el porta kunai y extrajo un pergamino; los otros cuatro se colocaron en guardia.

-Un marionetista que se precie lleva su títere en un pergamino, no en esa maraña de vendas –Contestó, mostrando el rollo de pergamino a modo de enseñanza.-. Eso ya dice mucho de ti, así que no, no estoy asustada –Volvió a guardar el pergamino y se dirigió al maestro, ignorando a su impertinente alumno.-. Escuche, no soy enemiga, sólo busco un sitio donde vivir y esto es el lugar más cerca de donde desperté. Pueden encerrarme, o pelear conmigo, o incluso echarme, pero no tengo por qué aguantar al arrogante de su alumno.

La muchacha rubia rió entre dientes, el aludido la fulminó con la mirada y el pelirrojo seguía ahí plantado, cruzado de brazos. El maestro, pensativo, le dedicó unos minutos de reflexión antes de hablar.

-No tenemos forma de saber si eres de fiar, por lo que te aconsejo que busques un modo de volver a casa.

Sunako puso los brazos en jarras. No quería recurrir a ello, pero se sentía terriblemente obligada a ello.

-Ya lo he dicho, no puedo volver. Pero toda mi familia vivió aquí una vez, ¿podría eso servir de algo?

El maestro mira a sus alumnos, extrañado. A continuación, devuelve la mirada a la extraña.

-Haber empezado por ahí. Si hay algún tipo de registro que indique que tu familia vivió aquí es posible que el Consejo te permita quedarte. ¿Cómo te llamas?

-Sunako –Sonríe, orgullosa de su éxito.-, Akasuna no Sunako.

Una amplia plaza se extendía al atravesar el pasadizo de entrada a la aldea oculta de la Arena. Todos los edificios y las calles estaban bañados en colores terrosos, un camuflaje cromático perfecto que a la larga resultaría aburrido. Por la hora, Sunako esperaba ver gente por todas partes, pero el movimiento era mínimo. Alzó la vista hacia el hombre que caminaba a su lado, justo unos pasos más adelante que sus tres alumnos. Sentía los ojos del marionetista clavarse en su nuca con más rabia que curiosidad, pero le dio la importancia que tenía: ninguna. Antes de acompañarla al interior de la aldea, los cuatro integrantes del grupo habían sido presentados a la chica por el maestro, que decía llamarse Baki. Y ellos tres, hermanos, cada cual de una edad, eran los tres hijos del recientemente fallecido Cuarto Kazekage, Temari, Kankurô y Gaara. Echó un nuevo vistazo antes de dirigirse de nuevo al hombre.

-Disculpe, pero ¿ha pasado algo últimamente o es siempre tan silencioso? –No quería mencionar el incidente del padre de los chicos, no estaría bien por mucho que no le importasen.

-Acabamos de regresar de los exámenes de acceso a chûnin, y después de la traición de Orochimaru, las cosas están muy inestables.

-Entiendo –Cabizbaja, recordó un rostro pálido acompañando aquel nombre. Orochimaru, el anterior compañero de papá en la organización. Un hombre al que no había conocido mucho, pero con el que papá todavía parecía mantener el contacto. Al final, todo lo que parecía información inútil le estaba sirviendo para atar cabos.

Recorrieron la aldea por las calles principales, cruzándose a penas con uno o dos shinobi cabizbajos que saludaban de forma sombría. Parece que el golpe de los del sonido había dado en su punto débil, pero las alianzas son un riesgo que de vez en cuando merece la pena correr. Llegaron ante un gran edificio, seguramente las oficinas principales, donde está el despacho del kazekage, se dijo Sunako. Baki se detuvo y la miró.

-Por favor, espera aquí.

Asintió en silencio y se apoyó contra la pared. No le gustaba esperar o hacer esperar, pero tenía que intentarlo. Los tres hermanos de la arena entraron en el edificio detrás de su maestro, comportándose como anteriormente: Gaara con indiferencia, Temari riendo entre dientes y Kankurô asesinándola tanto a ella como a su hermana con la mirada y una mueca de desprecio. Sonrió, había herido el orgullo del marionetista, y eso serviría para bajarle los humos. Al menos hasta que se le ocurriese retarla o algo parecido. Ese tipo de cosas no gustaban a Sunako, pues las consideraba infantiles, pero si lo hacía no diría que no.

Su impaciencia la invitó a sentarse en el suelo y esperar mientras dibujaba formas al azar con el dedo en la tierra. Justo entonces, una pequeña araña se interpuso en sus garabatos, y se hizo la luz. Necesitaría madera, acero, herramientas… Y dinero, necesitaba dinero. Suspiró profundamente. ¡Vaya padre el mío! Pensó, hastiada. Trabajar le quitaría tiempo a sus labores como marionetista, pero si quería vivir allí tendría que subsistir de algún modo. Puso los ojos en blanco, desesperada. ¿Qué trabajo podría desempeñar? Su primera opción fue servir como kunoichi, que para algo lo era, pero tendría que hacer aquellos ridículos exámenes de graduación en la escuela y de paso de grado. Su nivel y el de su padre ya eran el mismo, los exámenes no suponían ningún reto, pero ninguna aldea le daría el grado así porque sí. Se llevó las manos a la nuca y observó el cielo azul, donde no había ni una nube. Ya pensaría algo más tarde.

Baki salió del edificio junto a los tres hermanos, y Sunako se apresuró a ponerse en pie y sacudirse la arena de la ropa.

-Los ancianos del Consejo han dicho que puedes quedarte en la casa de tus abuelos, y me han pedido que te dé la bienvenida a Sunagakure. Esperan grandes cosas de ti.

-Gracias por todo, y lamento haber causado tantas molestias –Hizo una leve reverencia, como señal de respeto.

-La casa de tus abuelos no está lejos, te guiaré hasta allí –En silencio, siguió al maestro, y vio cómo sus alumnos también los acompañaban. Un rato después, Baki decidió retomar la conversación.-. Y dime, Sunako… ¿qué piensas hacer ahora?

-Lo cierto es que no tengo ni idea –Pestañeó, con sinceridad-. Llevo toda la vida dedicándome a las marionetas, no sé qué otra cosa podría hacer, pero tengo entendido que hay que pasar una serie de exámenes para ser oficialmente shinobi y la verdad es que no me apetece en absoluto –Se llevó las manos a la nuca, con cansancio.-. Supongo que haré cualquier cosa que me permita vivir y seguir trabajando.

-¿Y qué hay del cuerpo de marionetistas? –Temari los alcanzó y le dedicó una sonrisa desafiante a la muchacha.- Sólo tendrías que hacer el examen de graduación de la academia, y podrías trabajar en el taller.

-¡Claro! Olvidaba que Sunagakure es la única aldea con cuerpo oficial de marionetistas… ¿Y qué tengo que hacer para entrar?

-Valer –Respondió Kankurô a sus espaldas, con la misma sonrisa arrogante del principio.

-Entonces estoy dentro –Le respondió con una falsa sonrisa amable. Unos minutos más tarde llegaron a una pequeña casa, de apariencia semejante a la del resto de edificios, en cuya entrada un viejo poste había perdido la placa metálica con el apellido de los habitantes.-. ¿Es aquí?

-Sí, aquí tienes la llave –Baki sacó una pequeña llave plateada del bolsillo y se la entregó.-. Si necesitas cualquier cosa, no dudes en preguntar. El consejo desea que te sientas a gusto en la aldea.

-Gracias de nuevo, ha sido un placer –Hizo otra reverencia y, cuando vio cómo los cuatro se alejaban, se dio la vuelta y se encaminó hacia el que se convertiría en su nuevo hogar.


¡Y allá vamos con el segundo capítulo! Sunako ha encontrado Sunagakure y se ha instalado allí. ¿Qué pasará ahora? ¿Intentará volver a Akatsuki o se olvidará de todo y empezará de cero, tal y como Sasori espera? Si queréis saberlo, sólo tenéis que seguir leyendo :3

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Drusila.