RECUERDOS

Como ya suponía, la casa estaba llena de polvo, olía a humedad y a cerrado, y apenas se podía ver nada. Buscó a tientas un interruptor, y al encender la luz descubrió una pequeña sala con una mesa de comedor y otra de té, un pequeño televisor de hacía muchos años, varias librerías llenas de libros y pergaminos y una gran ventana que iluminaba la estancia. Frente a ella, dos puertas que delimitaban el acceso a un corredor que llevaba a unas escaleras. En la puerta de la derecha, entreabierta, estaba la cocina, pequeña pero luminosa, y en la de la izquierda supuso que encontraría un baño. Pero su curiosidad le pidió que subiese las escaleras, y así lo hizo. Un angosto pasillo conducía a dos dormitorios con puertas correderas: uno de ellos justo al lado de la escalera, el otro al final del corredor. Abrió con cuidado la puerta de la primera estancia, que chirrió por el desuso. Ya arreglaría eso. Una gran cama de matrimonio presidía la estancia, con dos mesitas de noche a ambos lados y un armario empotrado a su izquierda. Una única ventana centrada sobre el lecho iluminaba la penumbra del dormitorio.

-El cuarto de los abuelos, ¿eh? –Murmuró, y antes de entrar hizo una reverencia. No venía a molestar a ningún espíritu. Se acercó en silencio a una de las mesillas, sobre la que había un marco con una fotografía. Los abuelos, los padres de su padre, sostenían a este en brazos siendo muy pequeño, riendo, demostrando felicidad que ahora tenía que demostrar una captura. Limpió el polvo del cristal y pestañeó un par de veces antes de dejar el marco en su sitio.- Así que papá ha sido feliz alguna vez, ¿no? Qué curioso –Curioso no era la palabra. Lo que en realidad pensaba Sunako era "imposible". Pero al parecer para ser una persona frustrada hay que sufrir primero, y para sufrir hay que ser feliz previamente. Ella no conocía esas sensaciones. Ni frustración, ni sufrimiento, ni felicidad. Nada de nada.

Abandonó la estancia, sintiéndose algo nostálgica –si es que se podía tener nostalgia en una mañana- con los ojos de su padre infante mirándola desde la foto. Recorrió el pasillo y encontró lo único que no pensó que podría encontrar: el cuarto de su padre. La cama era pequeña, propia de un niño de no más de seis o siete años, y más allá de aquello todo eran viejos juguetes; un caballito balancín de madera, unos cuantos muñecos de trapo, unas temari de colores… y una diminuta marioneta, no más grande que su antebrazo, hecha por diversión. La cogió entre sus manos de finos y largos dedos y se dejó caer, cansada, sobre la cama infantil, hundiéndose en los oscuros ojos del títere. Aquello no era un arma, ni una herramienta, ni siquiera era arte. Tan sólo era un juguete, un juego y nada más, pero desató el primer cabo de una vida tan recta y delimitada.

La relación que su padre y ella tenían siempre había sido laboral casi al cien por cien. Exceptuando las enseñanzas básicas, todo lo demás había sido, bueno… convivir con tu maestro. Lo cual está muy bien, porque evidentemente alcanzas niveles que sobrepasan hasta tus propias capacidades, pero no es tan bueno como Sunako había creído desde que tenía memoria. Al entrar en aquel cuarto, algo en su interior había hecho *click*, y se había empezado a preguntar cosas como por qué su padre nunca había sido un padre, o por qué siempre había sido frío con ella si al entrar en aquella casa se respiraba un amor que ella no lograba comprender o asimilar. Tampoco pedía un padre sobreprotector y exagerado como los que aparecían en los manga para chicas que Deidara se había empeñado en que leyese, sólo… ¿qué sabía ella? En realidad, debería darse un canto en los dientes por haber oído un "no tengo nada más que enseñarte". Eso sí era amor de padre. O de maestro. O algo. Sonrió, confusa a más no poder, y dejó el muñeco sobre la cama antes de abandonar la habitación. Le esperaba un gran trabajo de limpieza, y todavía tenía todo el día por delante.

Tardó un poco más de lo previsto, pero cuando cayó la noche toda la casa parecía nueva. Había convertido la mesa del comedor en una nueva mesa de trabajo, la había puesto bajo la ventana para tener mejor luz y había dejado cuidadosamente allí a Sukeruton y Warrior. No le venía bien dejar encerradas sus obras tanto tiempo, así respiraban y descansaban. Como si fuesen sus hijos. Su estómago rugió, y decidió que al día siguiente buscaría un trabajo de cualquier cosa, porque tenía que llenar la nevera como fuese. Lo que más le apetecía en el mundo era bañarse, pero antes de hacerlo cogió un trozo de pergamino en blanco que encontró en el proceso de limpieza y un carboncillo. Tenía que hacer el boceto de aquello que había venido a su mente por la mañana. Estaría constituida por dos esferas cerradas, rígidas, y tendría un tamaño colosal. Sería de defensa, no de ataque, y su función sería el transporte de emergencia. Como cuando te despiertas en medio del desierto, pensó, riéndose de sí misma. Estaba tan centrada en el boceto que no escuchó que llamaban a la puerta, por lo que cuando se dio cuenta se acercó, extrañada. Abrió con cierta desconfianza, y se encontró con una anciana de cabello clareado por la edad y firmes ojos oscuros que la escrutaban con una mezcla de sorpresa y negación. Parpadeó un par de veces antes de reaccionar.

-¿Puedo ayudarla en algo, señora?

-Cuando ese shinobi, Baki, me dijo que mi bisnieta había vuelto a Sunagakure no me lo podía creer. Pero viéndote es imposible negar que seas hija de tu padre -¿Bisnieta? ¿Qué? ¿Esta señora es la abuela de papá? Sunako pestañeó, intentando dar respuesta a todo esto, cuando la anciana volvió a reprenderla con la mirada.-. ¿Es que no vas a invitar a tu bisabuela a entrar?

Sunako se hizo a un lado y, con un gesto de la mano, invitó a la anciana a entrar. Esta se descalzó en la entrada y se acomodó en la mesa de té, y esperó a que la anfitriona cerrase la puerta y regresase junto a ella.

-Discúlpeme, le ofrecería té, pero acabo de terminar de instalarme y no he comprado nada.

-No te disculpes. Siéntate –Indicó, y la pelirroja obedeció rápidamente.

-Yo… siento haber ocupado la casa de su hijo sin avisar… No sabía si usted seguiría viva o…

-¿No acabo de decirte que no te disculpes? ¡Y deja de tratarme como a una vieja! –La señora se echó a reír, sorprendiendo a la marionetista, que únicamente pudo asentir, completamente perpleja.- Tienes un parecido increíble con tu padre… ¿Cómo te llamas?

-S-Sunako –Dudó un segundo-, Akasuna no Sunako, señora…

-Vamos, vamos, soy tu bisabuela, deja de llamarme señora. ¿A tu padre le llamas señor?

-A papá le llamo sempai. Es mi superior –Asintió con seriedad.

-Pues sí que te ha entrenado bien –Contestó con una leve sonrisa.-. ¿Está él aquí?

Sunako negó con la cabeza. ¿Estaba bien confiar en aquella mujer? Eran familia, sí, pero los lazos de sangre no significaban mucho para ella, al fin y al cabo era azar y nada más, el juego de la lotería de la genética. Suspiró profundamente, la anciana adoptó una mirada inquisitiva, por lo que decidió explicarse más o menos.

-Considera que ya no tiene nada más que enseñarme, y desde hoy empiezo una vida nueva… por mi cuenta.

-¿Y por qué Suna? –Quiso saber, entretenida. Por un momento, sospechó que supiese que no le estaba contando toda la verdad, que le ocultaba el hecho de que no estaba allí por gusto. Claro que dentro de lo que cabía, mejor en Sunagakure que en el fondo de un barranco.

-Tiene cuerpo de marionetistas –Se encogió de hombros-. Al menos podré trabajar de algo que sé hacer.

-Vaya, vaya, no esperaba menos de la hija de Sasori… ¿Puedo verlas? –Sunako comprendió que se refería a sus marionetas y, asintiendo, se puso en pie y le indicó que la acompañase, llevándola junto a su nueva mesa de trabajo. La anciana las examinó con cuidado, tocando aquí y allá, moviendo esto y lo otro, para regalarle luego una sonrisa complacida.- Son buenas, ¿las has hecho tú? –La pelirroja asintió, orgullosa, sonriendo levemente como solía hacer su padre. Pero en ese instante sus tripas volvieron a rugir, y un sonrojo incandescente se posó en sus mejillas.- ¡Vaya padre! ¡Te independizas y ni dinero te da para cenar! –Se llevó la mano a la nuca, indecisa.- ¡Vamos! Tu abuela te llevará a cenar.

-Pero… -La anciana agarró su mano y la arrastró hasta la salida.- Señora… -La mujer no respondió, ambas se calzaron y abandonaron la casa, echándose a andar por las calles de Sunagakure.- ¡Obaa-san! –Entonces, la mujer se detuvo, satisfecha, y la observó.- No puedo depender de usted, obaa-san, ni de usted ni de nadie…

-¿Depender? Esto no es dependencia. Hace unas horas me enteré de que tengo una bisnieta, y ahora que la he encontrado quiero invitarla a cenar. ¿No le concederás ese capricho a esta pobre anciana?

Ante aquello, no pudo resistirse más y se dejó conducir por las solitarias y poco transitadas calles de la Aldea Oculta de la Arena. Le gustaba aquella tranquilidad, aunque se debiese a unos tiempos tan malos, poco a poco se arreglaría y siempre era mejor que estar en guerra. No comprendía demasiado bien aquella situación, pero sí sabía que debía respetar a sus mayores, y para más inri aquella mujer era su bisabuela. Seguro que ella podría contarle algunas cosas interesantes. Sabía por su padre que Chiyo –pues así se llamaba la buena mujer- había sido una gran kunoichi, experta en venenos y magnífica marionetista. Podría aprender mucho de ella sino fuese porque estaba ya retirada.

Llegaron a un pequeño restaurante con la parte frontal abierta, entraron y se sentaron. Tras pedir la cena, no pasaron ni cinco minutos y la mujer ya estaba preguntando cosas otra vez. Le daba miedo perder la paciencia con ella, así que rezó por contenerse.

-¿Realmente quieres entrar en el cuerpo de marionetistas?

-Claro, ¿por qué no? –Asintió. La camarera les sirvió dos raciones de yakisoba recién hecho.- Es lo único que he hecho siempre.

-Eso implicaría trabajar por la seguridad de la villa.

-Si voy a vivir aquí, me interesa que la villa esté segura –Intentó sonreír, pero seguía sintiendo que en sus labios no era más que una fea mueca torcida.

-En ese caso, creo que deberías pedir que te dejen trabajar en el taller. No hay muchos marionetistas que prefieran la calma del taller a la actividad del campo de batalla, pero por tu trabajo diría que disfrutas más de ese modo.

-¿Cómo lo ha sabido? –Pestañeó, sorprendida. Si era capaz de deducir aquello sólo con ver su trabajo, qué sería capaz de hacer con un títere entre las manos.

-Son muchos años de oficio. Los marionetistas que hay ahora mismo son jóvenes y alocados, se mueren por tener marionetas destructivas, ágiles… Ya no se aprecia el trabajo de elaboración o perfección. El único que parece estar dedicado con empeño es el hijo del Cuarto Kazekage, Kankurô, pero todavía tiene mucho que aprender.

-Ah, él –Suspiró con cansancio. Sólo lo había visto una vez en su vida, pero al oír su nombre su estómago se cerró. Vaya un arrogante.-. Le conocí esta mañana. Es descuidado, arrogante y bocazas.

La anciana se echó a reír, llamando su atención de nuevo. ¿Qué había dicho?

-Las apariencias engañan, créeme, y un mal comienzo no tiene por qué augurar un mal final –Tras esto último, Sunako notó algún tipo de trasfondo que no supo reconocer. No le dio más importancia, y siguió cenando. Si iba a tener que ver a aquel tipo todos los días, tendría que acostumbrarse a él.-. En cualquier caso, no creo que tengas problema para entrar. Ve mañana a hablar con el jefe del escuadrón a ver qué te dice, y si necesitas cualquier cosa sólo ven a buscar a tu bisabuela –Le sonrió, esta vez de forma maternal, e inconscientemente tuvo que sonreírle. Nunca le habían sonreído de aquel modo.

La anciana la acompañó a casa y se aseguró de que quedase sana y salva, a pesar de que esto era totalmente innecesario. No hubo un tierno momento de abrazo bisabuela – bisnieta, como a la mujer le hubiese gustado, pero sí hubo sonrisas y compromiso silencioso entre ambas. Sunako entró en casa, cerró con llave y se preparó el baño. Y ya metida en la bañera, reflexionó profundamente. En primer lugar, se preguntaba si habría acertado con el motivo de su padre para abandonarla a su suerte en medio del desierto. En segundo lugar, se preparaba mentalmente para lidiar con el chico de las extrañas pinturas. En tercer lugar, se convencía de que a lo mejor aquella vida no estaba tan mal, y que incluso conseguía… ¿qué? ¿Para qué estaba ella allí? ¿Cuál era el objetivo de su vida? Se tranquilizó, diciéndose que la vida es un círculo vicioso, y que su objetivo era encontrar el objetivo. Sonrió para sí misma. Esperaba encontrar su camino, o su destino, algún día. Y esperaba que fuese en Sunagakure.


¡Y ya van tres! Bien, antes de nada, quisiera dar las gracias al user de AksunaNo_Sasori por el apoyo que me está dando con este proyecto. Es uno de los mejores fake que hay en cuanto a Naruto, y sinceramente recomiendo su cuenta. Además, está empezando a hacer autorol donde se mete de lleno en la piel de su personaje. Ahora ya a título personal, muchas gracias por apoyarme, por seguirme, y sobre todo por haberme dado una oportunidad. Espero que estés disfrutando con esto tanto como yo escribiéndolo. Lo mismo os digo a los demás, espero que me digáis en las reviews qué os está pareciendo y cómo lo veis, porque a esta historia aún le queda mucho de sí ;3

¡Gracias por todo! ¡Un saludo!

Drusila.