PRIMER OBSTÁCULO
El sol comenzaba a brillar allá en el horizonte, sobre los edificios y las terrosas dunas, pero ella ya llevaba un rato en pie. Se había puesto las mallas negras y el top rígido que hacía las veces de escudo para su torso. Abandonó la casa con los rollos de Sukeruton y Warrior bien guardados, y se dirigió al edificio de administración oficial, donde según Chiyo-baa-san además del despacho del Kazekage estaba la sede del cuerpo de marionetistas. Una mujer muy amable la condujo por el interior del edificio hasta un despacho amplio y luminoso, con varias mesas de trabajo tras un mostrador. Varios shinobi trabajaban en títeres, barnizaban piezas o examinaban materiales tras el mostrador, atendido por un hombre de unos cuarenta años que la miró cuando entró y abrió los ojos como platos.
-¿Puedo ayudarte en algo? –Pronunció cuando la pelirroja se hubo acercado lo suficiente.
-Sí, verá, me gustaría ingresar en el cuerpo de marionetistas.
El hombre asintió, y comenzó a rebuscar en un gran portafolios.
-¿Tu nombre, por favor?
-Akasuna no Sunako –El silencio se hizo en la sala. Hasta los ninjas que trabajaban animadamente en la parte de atrás alzaron la cabeza para observarla. Sunako no se sorprendió, no después de haber conocido a Chiyo-baa-san y que le dijese cuantísimo se parecía a su padre.-. No estoy graduada como ninja, si esos son los registros oficiales.
-Entonces… tú eres la chica que llegó ayer –Alzó una ceja, y cuando ella asintió separó los labios, pero tardó bastante en seguir hablando.-. La hija se Akasuna no Sasori.
Volvió a asentir.
-Me gustaría saber qué tengo que hacer para entrar, además de pasar por el examen de graduación de la escuela.
-Bueno, en realidad –Un segundo shinobi, algo más joven y con una amable sonrisa, se acercó a ellos.-, el consejo espera mucho de ti, viniendo de la familia de la que vienes.
-Eso he oído, sí –Respondió en un tono plano, sin expresión. Ya empezaba a aburrirse de aquella cantinela.
-Tal vez… podríamos hacer una excepción…
-¿Cómo dice? –Pestañeó, perpleja.
-¡Claro! Te haremos una prueba en petit comité, y si la pasas ya nos encargaremos de que el Consejo te evite el examen. ¿En qué te gustaría trabajar exactamente?
-Mi preferencia es el trabajo de taller, pero tampoco me quejaría de trabajar en el escuadrón.
Parecía que su apellido iba a servirle de algo. No tenía inconveniente en cuanto a realizar el examen, pero sería menos molesto si directamente pasaba a trabajar allí. Asintió con la cabeza, demostrando su conformidad, y el mayor de los dos hombres apartó un módulo móvil del mostrador, invitándola a pasar. Caminaron entre las mesas de trabajo, y sintió las miradas de todos clavarse en su frío semblante y en su larga cabellera roja. Por sus edades, al menos la mitad de los presentes habrían conocido a su padre en persona, de ahí su expectación. El resto, seguramente, se limitaban a demostrar admiración. Y es que Sasori había sido el marionetista más grande de la aldea, y los títeres "Akasuna no" seguían siendo de los más construidos y reproducidos. El más joven de sus guías abrió una puerta al fondo de la sala, y los tres descendieron una angosta escalera metálica que chirriaba al pisar cada peldaño. Las paredes estaban escondidas detrás de magnánimos estantes repletos de materiales, piezas sueltas, ordenadas de distintas formas. Con un vistazo rápido, distinguió una primera clasificación por emplazamientos, una segunda por materiales, una tercera por tamaños, y una cuarta por contenido. Magnífico trabajo de orden y pulcritud, tan bueno que le sacó una sonrisa torcida.
-Impresionante almacén –Concedió, aunque en realidad el de su padre era diez veces más grande y cien veces más interesante. Aun así, los dos hombres le sonrieron y la condujeron a una mesa de trabajo más grande de lo habitual, como para que muchos empleados pudiesen cooperar a la vez. Uno de ellos se perdió entre los estantes, mientras el otro se decidía a explicarle la prueba.
-Te daremos las piezas necesarias para montar un títere específico, uno que sólo tiene un modo de montarse y de utilizarse. Te dejaremos exactamente media hora para montarlo, y después tendrás que decirnos el nombre del modelo, la marca y el año –El otro shinobi dejó quince piezas de gran envergadura, y un montón de partes mucho más pequeñas, algunas incluso minúsculas, y le sonrió con malicia. Posiblemente, de ser otra persona, no les pondrían una marioneta con tantas articulaciones y piezas pequeñas.-. El tiempo empieza ya, muy buena suerte.
Esperó a que los dos shinobi abandonasen la estancia y entonces encendió la lámpara, pendulando sobre la mesa, y se acomodó junto a las piezas, con cuidado de no tapar ninguna con las piernas o el trasero. A su padre no le gustaba que se acomodase así para trabajar, siempre habían discutido sobre su postura, pero ¿qué mejor forma de hacer una marioneta que ser la marioneta?
En primer lugar, colocó las piezas grandes con la estructura que llevarían. No era un modelo conocido, los materiales no eran los habituales en un títere de batalla y no parecía tener huecos para armamento, ni escudos, ni nada de nada. ¿Una trampa? Cogió la pieza craneal, la cabeza de la marioneta y, al ver unos diminutos huecos por la parte superior de esta, sonrió. Ya sabía de qué se trataba. Como en toda buena mesa, las herramientas estaban en un gran cajón desplegable por niveles, justo en el centro. Lo abrió y sacó herramientas a toda velocidad. El reconocimiento no le había llevado más de cinco minutos, pero jamás había montado una marioneta de aquellas, para papá eran demasiado sencillas, pero no quería confiarse por la cantidad de partes pequeñas y móviles. Dividió las pequeñas por tamaños, y las fue situando al lado del esqueleto. Cuando lo hubo reunido todo, empezó manos a la obra, y no tardó más de diez minutos en unirlo y soldarlo todo. Comprobó que nada quedaba suelto, que ninguna pieza sobraba o faltaba, y, cuando se decidió a ponerla a caminar, se abrió la puerta. Sus dos examinadores bajaban las escaleras. ¡Pero si todavía le quedaban quince minutos! Para colmo, él venía con ellos. Sabaku no Kankurô. Chasqueó la lengua.
Los tres shinobi se pararon frente a su mesa, boquiabiertos, observando cómo la muchacha movía habilidosamente cada parte del cuerpo de aquella marioneta. Se miraron y le sonrieron, a excepción del recién llegado, que puso los ojos en blanco.
-Vaya, quince minutos… todo un récord –Comentó el más joven.
-Hicimos bien en dejar que hicieses la prueba –Asintió el mayor.-, pero recuerda que no acaba aquí.
-No es un modelo típico, ni siquiera es un modelo de batalla –La sonrisa del joven se acentuó, y Kankurô comenzó a prestar atención.-. Se trata del modelo Mamá, registrado por la marca Minake hace unos tres años. Este títere fue creado especialmente para niños muy pequeños que se viesen obligados a estar solos en casa, o que no tuviesen padres, y optasen de este modo a tener una ayuda en su independencia. Claro está que no tuvo mucho éxito, para empezar porque los marionetistas solemos estar reducidos al ámbito militar, y para terminar porque el marionetismo es una especialización, no un aprendizaje básico, por lo que un niño de entre tres y nueve años no tendría idea, capacidad o conocimientos para darle todo el rendimiento que puede llegar a tener.
Boquiabiertos, la miraron largo rato, hasta que el mayor de ellos se decidió a hablar.
-Supongo que es más que evidente que estás aprobada –Le tendió la mano.-. Bienvenida al cuerpo de marionetistas.
-Gracias –Sonrió con amabilidad, devolviendo el apretón de manos. Kankurô pestañeó, perplejo, y le envió una mirada al otro shinobi, que con una reverencia se perdió entre las estanterías.
-Bien, creo que ya os conocéis, ¿verdad? –El hombre señaló a Kankurô.
-Por desgracia –Respondió este, sacando a la pelirroja una ácida sonrisa.
-¡Kankurô-san! ¡Aquí está Karasu, como nuevo! –Le dio al títere en un pergamino, tal y como deben hacerse las cosas. Le iba a gustar estar allí, lo sabía. El de los ojos oscuros cogió el pergamino y se dirigió a la escalera con cara de pocos amigos.
-De todas formas –Sunako volvió a poner toda su atención en el mayor de los hombres.-, deberías pasarte por la escuela. Un shinobi no debe pasearse por ahí sin su bandana, y en algún momento podríamos necesitarte.
-Claro, sólo dígame a qué hora quiere que empiece a trabajar y aquí estaré.
-¡Calma, calma! ¿Por qué no te tomas la mañana libre? Ven a vernos después de comer, de seguro habrá trabajo.
Siguiendo las instrucciones de su nuevo jefe, hizo una reverencia, les agradeció la oportunidad, y abandonó la oficina. Aprovecharía la mañana para buscar la escuela y quizá pasar a limpio el boceto en el que había trabajado la noche anterior. Sin embargo, no contaba con un importante factor. Al salir del edificio, el sol, ya en lo alto, la obligó a pestañear. Puso la mano en la frente, observando el despejado cielo, sin nubes, sin pájaros. Sólo un brillante manto azul.
-Si crees que tu apellido te va a abrir todas las malditas puertas, estás muy equivocada –Aquella voz prepotente y socarrona sólo podía pertenecer a una persona. Con hastío, se giró; Kankurô la observaba, apoyado en la pared, con una sonrisa torcida igual de burlona que su tono. Sunako puso los ojos en blanco.
-No lo necesito, ya lo he demostrado –Cruzó los brazos sobre el pecho, con aires de superioridad.
-Eso habrá que verlo –Desdobló el pergamino y liberó al títere, Karasu, obligándola a retroceder de un salto.
-¿Se puede saber qué haces?
-¿Tienes miedo?
-Sí, claro, esa marioneta de escuela elemental con cara de madre cabreada da un miedo escalofriante –Ironizó.-. Me refiero a por qué aquí, que podríamos molestar. Busquemos un sitio mejor, y te demostraré lo que quieras.
Llegaron a un descampado, entre la academia ninja y las murallas de la aldea. Kankurô se colocó en posición, con Karasu repiqueteando y moviéndose con agilidad al ser manejado por su amo. Sunako sacó el rollo que contenía a Sukeruton con toda la paciencia del mundo, lo abrió e invocó la marioneta con un sello. A primera vista, Sukeruton no parecía amenazante, parecía un esqueleto de madera, una réplica de la anatomía humana con tuercas y tornillos, y la expresión vacía. Ni siquiera contaba con pelo artificial o un manto como Karasu, pero es que no le hacía ninguna falta. Kankurô se confió y sonrió.
-¿Vas a pelear con eso? ¡Pero si es una maldita carcasa!
-Pues mi carcasa se mueve mejor que ese bicho –Sin apenas moverse, hizo que Sukeruton se abalanzase sobre Karasu, tan rápido que el marionetista no pudo impedirlo. La pelirroja obligó a Sukeruton a inmovilizar a Karasu, y tiró hasta que los hijos que lo unían al muchacho de extrañas pinturas se rompieron. En ese instante, de los brazos de Sukeruton brotaron ocho dagas envenenadas, cuatro de cada brazo, y se clavaron en el cuerpo del títere prisionero, dañando su mecanismo central.
-¡No! ¡Karasu! –Sukeruton lo dejó en el suelo con delicadeza, y a medida que su manipuladora se acercaba él retrocedía, hasta volver a ser un pergamino en su mano. Kankurô acunaba a su herida marioneta, examinando los daños y dirigiendo miradas sorprendidas e iracundas a la chica de ojos ambarinos.- Acababa de arreglarlo.
-Has sido tú el que ha querido pelear –Aclaró ella, a sabiendas de que estaba en lo cierto.-. En todo caso, lo siento, no sabía que tenía una carcasa tan débil –Se acuclilló a su lado y extendió las manos:-. ¿Puedo ver?
Confuso, el mediano de los hermanos de la arena le cedió a Karasu, que fue examinado con sumo cuidado. Tras un par de vistazos, le sostuvo la mirada, con una sonrisa apacible que el chico no supo descifrar.
-Tiene arreglo, ¿verdad?
-El sistema de armamento y el mecanismo central son muy buenos, pero es una marioneta de ataque y su coraza es débil. Por eso la cubres con estos harapos, ¿no? –Él asintió.- Te propongo algo. Si me dices dónde está la academia ninja y dejas de subestimarme, te arreglaré a Karasu y lo mejoraré en la medida que quieras.
-¿Y tú qué ganas con eso?
-Averiguar dónde está la escuela y que dejes de molestarme.
-¿Molestarte yo? –Parpadeó, claramente indignado.- Eres tú la que ha llegado con aires de grandeza, creyendo que por ser hija de quien eres todo se te va a servir en bandeja de plata.
-Eh –Le interrumpió, sin alterarse en absoluto.-, cada uno es hijo de quien es, y si me presenté como hija de mi padre no fue para ganar nada, ¿sabes? Tengo catorce años, y necesitaba encontrar un lugar donde quedarme –Se puso en pie, no sin antes devolverle a Karasu.-. Esta era mi mejor opción, y jugué mis mejores cartas. Por otro lado, has visto lo que he hecho en el taller, me has visto en combate y sigues dudando de mis capacidades. Allá tú, la ceguera voluntaria es la peor.
Kankurô se levantó, con la marioneta en brazos, y la miró en el semblante serio y una ceja alzada, evidentemente molesto. Señaló un edificio allí cerca, el más próximo a donde ellos estaban, y exclamó con sequedad:
-Aquella es la academia. Vamos, te guiaré.
-No te molestes, sé caminar cincuenta metros en línea recta –Se jactó, intentando librarse del muchacho.
-Si vas a arreglar a Karasu, no te quitaré el ojo de encima –Sunako se tomó eso como una ofrenda de paz, ya que significaba que aceptaba su trato, y por algún motivo se alegró de ello. No porque él reconociese en silencio su talento, ni siquiera porque dejase de subestimarla. Simplemente, se alegraba. Ya buscaría un porqué.
¡Y van cuatro! Bien, antes de nada me gustaría decir que me ha costado mucho imaginar y describir la oficina y el almacén de los marionetistas, así como todo el rollo del examen, el modelo, la marca... En fin, que me gustaría que se valore el hecho de que le he hecho el trabajo sucio a Kishimoto xDDD Por otro lado, me gustaría dedicarle este capítulo a alguien muy especial, ella es Mirla-chan, que es fiel seguidora de este fic, fan de Kankurô y mañana, día 6, cumple años. ¡Felicidades, Mirla-chan! Espero que este pequeño regalo te haya sacado al menos una sonrisa, y que te haya gustado.
Como siempre, dejadme opiniones, críticas y mucho amor en las reviews, y con esto me despido que son horas. ¡Un saludo!
Drusila
