VAMOS A JUGAR
Pasaron los días, varias semanas e incluso meses, y Sunako se fue adaptando a la aldea con la misma velocidad con que esta se recuperaba del funesto golpe de la traición de Orochimaru. Trabajaba en el taller del cuerpo de marionetistas desde el amanecer hasta que anochecía, completamente centrada en su trabajo, pero empezando a comprender algunas cosas de aquella extraña conversación con el marionetista. Las relaciones sociales eran algo que en realidad seguía sin comprender al cien por cien, pero lo que había entendido era que no se trataba únicamente de seguir un protocolo o de tener unos modales, sino de vivir una vida acostumbrándose a participar en las vidas de otros, que a su vez participan en la tuya. No es que se le diese excesivamente bien, de hecho seguía tan reservada como al principio, pero tener claro el concepto es el primer paso para aceptarlo y aplicarlo.
En aquel período de adaptación, desde que se sentía una infiltrada hasta que sintió que allí tenía un hogar, conoció a muchísimas más personas de las que creyó que podría conocer. Sobre todo, empezó a entender la palabra amistad, aunque su relevancia seguía siendo un interrogante.
A finales de noviembre, aquel primer dibujo suyo sobre la arena de Sunagakure se había convertido en un esqueleto bien armado pero aún por terminar. El diseño era sencillo, como siempre, aparentemente débil: una gigantesca viuda negra de flexible madera y fuerte interior de hierro, con una puerta oculta en la parte trasera y un temible arsenal allí donde debería guardar veneno. Tal y como la había concebido, se trataba de un títere de transporte, de defensa en casos extremos, útil para largos viajes de urgencia o para el transporte de heridos en el campo de batalla. Era la primera vez que construía una marioneta tan grande, y se sentía sumamente orgullosa de ella.
Y en eso estaba, encerrada en el salón de su casa a medianoche, tratando de decidir con qué material recubriría todo el esqueleto mientras soldaba, una a una, las ocho patas de Aracne. Apenas había unido tres de las extremidades al imponente cuerpo cuando escuchó unos golpes intermitentes y alarmantes en su puerta. Como llevada por un resorte, abandonó el títere, se quitó las gafas protectoras y la mascarilla, y abrió la puerta.
- Kankurô –Suspiró pesadamente.-, sólo eras tú…
- ¿Sólo yo? Querrás decir que por suerte soy yo – Sonrió de medio lado-. Vengo a presentarte a alguien.
Emocionado, se dio la vuelta y mostró su espalda, y allí donde debería haber dos pergaminos había tres.
- ¿Nuevo títere? –Divertida, se cruzó de brazos. Le recordaba a ella misma con seis años, la primera vez que Sasori le permitió tomar prestada una de sus marionetas.
- Se llama Sanshôo – Volvió a encararla con un brillo especial en la mirada.-. Voy a dejarte el honor de ser la primera en morder el polvo por enfrentarte a ella.
Sin poder evitarlo, soltó una carcajada entre dientes.
- No podrías hacerme morder el polvo ni aunque lo intentases con siete marionetas a la vez –El moreno soltó un bufido, pero ella hizo caso omiso.-. Además, no tengo tiempo para jugar contigo. Estoy trabajando.
- ¿Jugar? Yo te enseñaré lo que es jugar – Descarado, la empujó contra el marco de la puerta y sujetó sus muñecas sobre su cabeza, quedando sus cuerpos a escasos centímetros de distancia. La pelirroja ni se inmutó, aquella parte de las relaciones humanas todavía era desconocida para ella, tanto que ni siquiera entendía cuál era el juego del que hablaba Kankurô. La sonrisa feroz del titiritero se deformó hasta convertirse en un gesto de curiosidad en cuanto se fijó en aquella máscara y en las gafas protectoras.-. ¿Estás soldando? ¿Puedo echar un vistazo?
- ¡No, ni hablar, no está terminado! –Empujándolo con brazos y piernas, logró que no entrase, pero por mucha fuerza que tuviese, el muchacho le sacaba una cabeza de altura, y su musculada espalda doblaba la de cualquier chico de su edad.
- Entonces quiero verlo, sólo porque tú no quieres que lo vea –Sonriendo, volvió a arremeter contra ella, tratando de entrar en la casa y, de paso, de hacerla rabiar.-. No tengo nada mejor que hacer, porque nadie quiere "jugar" conmigo.
- ¡Está bien! ¡Vamos a ver qué hace tu nueva marioneta! –De una patada en el abdomen, logró sentarlo en el enlosado suelo del exterior, al menos el tiempo justo para cerrar la puerta tras de sí. Desde el suelo, Kankurô le tendía la mano y ponía cara de cachorro, y ella, tomándolo por estúpido, se la concedió. En ese momento, él tiró de su delicada mano, haciendo que cayese justo sobre él.- ¿P-Pero qué haces?
- Se llama venganza, pelirroja. Ya te gustaría a ti que te tuviese encima por otros motivos –Le guiñó un ojo, dejando en el aire una pulla que Sunako no comprendió. Se limitó a hacer un mohín antes de ponerse en pie, darle la espalda, y caminar hacia alguno de los campos de entrenamiento de los que disponía Sunagakure.
- ¡Oye! –Sin esfuerzo, el, a su parecer, molesto marionetista la alcanzó y echó a andar a su lado.- ¿Es ese tu nuevo look?
Sunako se dio cuenta entonces de que, además de salir casi desarmada, se había llevado consigo las gafas y la mascarilla, de las cuales se deshizo en seguida, ocultándolas en la cintura de su pantalón.
- Has venido a molestarme mientras trabajaba, y a horas muy poco decentes. ¿Qué esperabas, que me pusiera un vestido de gala?
- No estaría mal – Arqueó las cejas.
El campo de entrenamiento apareció ante ellos, evidentemente desierto por las horas y sumido en un silencio sepulcral que ponía los pelos como escarpias. La pelirroja se situó a unos metros del titiritero, esperando pacientemente con las manos en los bolsillos. ¿Qué demonios obligaba a ese molesto chico a tocarle las narices cada dos por tres? Si no se veían en el taller, se encontraban por la calle, y si no él mismo forzaba un encuentro como el de aquella misma noche. Ciertamente, y a pesar de haberse acostumbrado ya a su actitud socarrona y a su tono arrogante, no era más que una molestia.
Una gran salamandra apareció del nuevo pergamino de Kankurô, y la muchacha sonrió en seguida al reconocer el modelo. Si de verdad creía que podría vencerla con aquello, la llevaba clara. Aun así, accedió. Tal vez derrotándolo entendería por qué no iba a vencerla. O, al menos, no en ese combate.
- Si te parece bien, lucharé desarmada –Él, divertido, soltó una carcajada, pero no dijo nada. Por extraño que pareciese, se limitó a atacar. Sus dedos se movían con maña al manejar los finos hilos de chakra con los que manejaba su marioneta. A pesar de ser nueva, parecía conocer cada detalle de su estructura y de sus habilidades, cosa que, a ojos de la pelirroja, sugería que la había montado y desmontado quién sabe cuántas veces. Tendría que permanecer atenta.
Para su sorpresa, el marionetista parecía querer jugar fuerte, y en cuanto la rígida defensa de la salamandra sirvió para ocultar su cuerpo liberó también a Karasu. Sunako pestañeó, pero apenas abrió los ojos y el recién llegado la saludaba con una lluvia de kunai, probablemente envenenados. Con agilidad y destreza, logró esquivarlos, pero tenía que reconocer que con una marioneta en sus manos todo habría cambiado. Aun así, logró acercarse lo suficiente como para recibir un explosivo de Karasu, el cual sorteó ya con más dificultad. Sin embargo, el humo resultó ser un buen aliado: en ese mínimo instante en que Kankurô perdió la visibilidad, y antes de que hiciese retroceder al títere, logró alargar el brazo, agarrarlo, y romper los hilos de chakra que lo unían a las manos de aquel.
- ¡Karasu!
- Tranquilo, yo te lo cuido –Haciéndose con los mandos, comenzó a manejar al muñeco, y en cuanto la nube de humo se hubo disuelto pudo observar con orgullo la cara de asombro del joven marionetista.
- ¡Dijiste que lucharías desarmada!
- Dijiste que querías enseñarme a tu nueva marioneta. No he incumplido mi palabra, ahora que estoy armada no estoy luchando – Alzando una ceja, se acercó a él para devolverle a su títere, de nuevo en su pergamino.-. Pero no te inquietes, conozco a Sanshôo. Es una buena marioneta, seguro que te es útil.
- ¿Seguro que te es útil? ¿No vas a decirme nada sobre lo simple que soy? – Indignado a medias, le arrancó el pergamino de las manos y la interrogó con la mirada.
- Te será útil. La conozco a ella y te conozco a ti, nada más. Y no te digo nada sobre lo simple que eres porque ahora sé que no eres tan simple – Él frunció el ceño, claramente confuso, y en silencio recorrieron el camino de vuelta a casa de la muchacha.
Estando frente la puerta, fueron conscientes de que una negra noche sin estrellas había devorado el cielo. El silencio era infinito, y no sólo entre ambos, sino que la aldea entera dormía plácidamente mientras vivían la noche más extraña desde que se conocían. Ella sacó la pequeña llave del bolsillo y se dispuso a abrir la puerta cuando volvió a escuchar la voz del de los oscuros ojos castaños:
- Oye, Sunako… Hay algo que quiero preguntarte –Ella asintió, atenta.-. ¿A qué ha venido ese cambio de opinión sobre mí?
- Cuando te conocí me hiciste pensar que eras un creído, un arrogante, un niñato y un ignorante – Él sonrió, recordando aquel primer y estúpido enfrentamiento.-. Ahora sé que aunque eres un creído, un niñato y un arrogante, no eres tonto como las piedas.
Pestañeó, helado. No había resultado tan bueno como esperaba, pero algo era algo: aquella chica de hielo había accedido a cambiar su primera impresión, y eso le daba mayor opción a recibir una respuesta afirmativa a la siguiente pregunta.
- ¿Sería raro considerarte amiga mía?
- Eso depende de lo que tú entiendas como amigo – Replicó, echando un vistazo al oscuro manto celeste.
- Pues… no sé, supongo que un amigo es esa persona que te conoce mejor que muchos pero que siempre se esfuerza por conocerte un poco más. Una persona a la que aceptas tal y como es y con la que pasas tiempo.
El viento soplaba en las dunas del desierto, y su voz junto al chasqueo de la llave al abrir la puerta fueron lo único que rompió el silencio. Entonces, los grandes ojos dorados de Sunako se posaron en los castaños del hijo mediano del Kazekage, y su voz sonó suave como una canción de fondo.
-En ese caso, Kankurô, somos los mejores amigos del mundo.
