— ¡A—ah! — Cayó de rodillas sin poder evitarlo. Escuchó unos pasos acercarse a todo correr, pero estaba completamente absorta en su dolor. Con la mano izquierda, sostenía su muñeca derecha y la observaba con atención, frustrándose al percatarse de que no podía mover ni un solo dedo sin sentir un agudo dolor que pinzaba sus nervios uno por uno. Apretó los dientes y miró a su izquierda: Sukeruton estaba intacto, ya era algo.

— ¡Sunako! – Los dos hermanos se agacharon junto a ella, pero fue el mayor el que tomó su mano — Tiene mala pinta… ¿Puedes moverlos?

— ¡No! – Respondió, con una aguda nota de pánico crispándole la voz. Llevaba casi un año viviendo en Sunagakure, y poco a poco los entrenamientos con Kankurô se volvieron costumbre. Al fin y al cabo, resultaba entretenido poder hablar con alguien de tu trabajo, poder comparar ideas y opiniones, y poder trabajar sobre los puntos débiles. A lo largo de ese año, el hermano menor de Kankurô, Gaara, había decidido unirse en un par de ocasiones a sus sesiones de entrenamiento, y por algún motivo había encontrado en Sunako una rival bastante digna de sus habilidades. Sin embargo, el poder del pelirrojo era muy superior al de los dos marionetistas con los que estaba, y por esto estaban ahora como estaban: ella con la mano completamente inmovilizada, rota, y los otros dos pensando en qué hacer.

— Vamos, te llevaremos al hospital.

— Lo siento, de verdad. No quería hacerte daño – La voz del muchacho de ojos aguamarina sonó cargada de culpabilidad, incluso pasando por alto lo frío y neutral que acostumbraba a sonar.u

— …Olvídalo – En realidad, Sunako se moría de ganas por gritarle, por echarle la culpa de todo, especialmente si aquello suponía que… No, no quería ni pensarlo. Pero Kankurô le había contado quién era su hermano, y por qué la gente de la aldea le había temido desde la cuna. De algún modo, comprendía lo que ese poder conllevaba, y en el fondo no podía culparle por haber perdido el control. Podía estar muerta. Claro que, si sus sospechas eran ciertas, mejor sería estarlo.

Ni un solo médico del hospital fue capaz de hacer nada por su mano, ni siquiera después de haberse pasado todo el maldito día metida en la sala de observación. Si no había conocido a todos los ninja médico de Sunagakure, no había conocido a ninguno. Fue a las ocho, cuando el sol casi se había escondido en el terroso horizonte, cuando Kankurô regresó del despacho del director del hospital.

— Voy a llevarte a Konohagakure – Declaró, solemne.—. La Godaime es una kunoichi médico, la mejor de cuantas se han podido ver. Y la única que ha curado una herida de esta magnitud.

— ¿Konohagakure? ¡Pero…! ¡Está demasiado lejos, en tres días mi mano podría…!

— Nadie puede ayudarte aquí. Y apuraré, lo prometo, llegaremos allí tan rápido como podamos.

— No te preocupes, puedo ir sola, no necesito que me… ¡AH! –Una punzada de dolor hizo que se doblase hacia delante justo cuando se puso en pie para marchar. Por suerte, el marionetista estaba justo tras ella, preparado para sostenerla. Y sin más, la cargó sobre la espalda, pasando por alto las múltiples quejas de la pelirroja. El muchacho aguantó patadas, golpes, insultos y protestas sin fin, hasta que dieron con la casa de Akasuna no Sunako. Todavía cargando su peso, coló la mano en su bolsillo, le cogió la llave y abrió la puerta. – Kankurô, tú no lo entiendes…

Cansado, la dejó sobre la mesa de trabajo y la observó fijamente.

— Escúchame, tonta del bote. ¿Crees que no sé lo que te preocupa? No soy tan idiota – Rodó los ojos, suspirando.—. Si tu mano no tiene cura, no podrás volver a trabajar como antes. Cualquier otro no te entendería, pero yo también vivo de esto – Le mostró las manos antes de coger las suyas con delicadeza.—. Y no voy a dejar que perdamos ni un segundo.

— Kankurô… —Murmuró.

— Te llevaré en la espalda para asegurarme de que no te des golpes contra lo que sea, pesas menos que una pluma, y así iremos más rápido.

—Kankurô… —Una luz se iluminó en sus ojos al pensar en todo aquello. Kankurô sería cualquier cosa, pero se estaba preocupando por ella en exceso, y eso le convertía en una persona demasiado pasional. Otros dirían que era un buen compañero, pero para Sunako sólo era un signo de debilidad.

— No pararemos para nada, ya comeremos después de ver a la Godaime.

— ¡Kankurô, tengo algo que nos hará llegar antes! – Por fin, atrajo su atención. Sonrió y se giró, todavía sentada en la mesa, para alcanzar un rollo de pergamino que reposaba contra la pared. Con gran esfuerzo, lo cogió con el brazo que tenía sano, pero Kankurô se lo arrebató en seguida — Es la marioneta en la que he estado trabajando todo este tiempo.

— No es momento de fardar, Sunako

— No seas idiota, es una marioneta de transporte. Está pensada para recorrer grandes distancias en el menor tiempo posible.

— ¿Estás segura de esto? — El silencio pesó sobre sus cuerpos cansados. Kankurô sabía cómo era Sunako con respecto a su trabajo, por lo que supuso que cederle aquello que con tanto esfuerzo había construido significaba que realmente confiaba en él.

— Lo estoy — Respondió con sequedad — Nos turnaremos, todavía tengo una mano sana — Su sonrisa delató pesar, y la atmósfera se oscureció un poco más —. Si trabajamos bien, podemos llegar en unas dieciocho horas.

Sin pensárselo dos veces, cogieron algunas provisiones y abandonaron la casa, apresurándose a salir de la aldea para comenzar su improvisada aventura. Aracne se alzó orgullosa, inmensa, lo suficientemente amplia como para que ambos pudiesen acomodarse en su interior. El muchacho se sentó ante los mandos mientras la pelirroja, resignada y dolorida, se acurrucaba tras él, controlando la situación sobre su hombro. Y a pesar de que todo empezó bien, a medida que las horas y las leguas quedaban tras sus pasos todo se complicaba para ambos.

Apenas quedaban un par de horas para el alba, y después de casi quince horas de viaje no había palabras que ocupasen el silencio de la madrugada. El marionetista guiaba el títere lo mejor que podía, haciéndolo avanzar a máxima potencia, disfrutando de no haber recibido ni una sola queja sobre su manejo de aquella increíble obra de arte. Como no podía ser de otro modo, achacó ese silencio a que Sunako se mordía la lengua por no reconocer lo hábil que era y lo bien que se le daba manejar aquello, pero tras varias horas de noche infinita se preguntó si no estaría dormida. Por ello, cuando Aracne puso sus patas en las últimas montañas que los separaban de la aldea de Konohagakure, trató de verla por el rabillo del ojo, esbozó una socarrona sonrisa y habló:

— ¿Se te ha comido la lengua el gato, Sunako?

—… — No obtuvo respuesta.

— Vamos, vamos, no puede molestarte tanto que esto se me dé también.

— Hmpf — Farfulló entre dientes, sin poder dar al moreno alguna señal sobre su estado.

— ¿No te parece que ya has dormido demasiado?

— Ah… — Una palabra quedó ahogada en su garganta, por lo que Kankurô se giró un poco más. Sunako no se movía, permanecía encogida sobre sí misma, sujetándose la muñeca de la mano herida y con el rostro pálido como la luna que aún podía apreciarse en el firmamento. Tragó saliva.

— Venga, pelirroja, no me asustes — Disminuyendo la velocidad, estiró el brazo hacia ella con intención de despertarla. Sunako tembló al sentir los dedos de Kankurô tocando su hombro desnudo, entreabrió los ojos y se encogió más, tensando cada músculo de su cuerpo.

— ¿Falta mucho?

— Apenas un par de horas.

—… — De nuevo, Sunako no contestó, pero él no estaba de humor para dejar pasar más minutos de silencio. Se giró de nuevo y la vio agitarse a pesar de sus intentos por contenerse. Inspiró profundamente.

— ¿Crees que puedes aguantar?

— Sí.

No se lo pensó dos veces, y puso lo mejor de sí mismo para terminar de una vez ese viaje. En su empeño, se abstrajo de tal modo que cuando pudo ver ante sus ojos la aldea de Konohagakure y fue consciente de que ya estaba amaneciendo aceleró hasta la gran puerta de entrada. Se frotó los ojos, orgulloso por haber conseguido hacer el recorrido en menos tiempo del estimado, y se giró hacia su compañera con renovadas energías.

— Ya hemos llegado, será mejor que entremos a pie — Pero Sunako no se movió un ápice. El marionetista se deslizó fuera de su asiento y gateó hacia ella —. Vamos, dormilona, tenemos que curar esa mano tuya.

— Ah… a-ah… — Se quejó, inconsciente, cuando él trató de moverla.

— Sunako…

El cuerpo de Sunako cayó, inconsciente, sobre un costado El miedo le paralizó un segundo, pero en seguida tomó una decisión. De un golpe, abrió las puertas camufladas de la marioneta, se deslizó fuera y tiró de su cuerpo ligero para cargar con ella entre sus brazos. El primer sol de la mañana le hizo lagrimear, pero nada le detendría, el tiempo corría en su contra. Devolvió a Aracne a su pergamino, se lo echó a la espalda y recorrió los últimos metros hasta entrar en la aldea.

— ¡Kankurô! — Una voz que no pudo reconocer le saludó animosamente desde el interior de las puertas. Se fijó en las mallas verdes de quien le saludaba, y reconoció a ese shinobi chiflado que había peleado contra Gaara en los exámenes. Junto a él, el genio de los ojos blancos y la chica de los moños. Se detuvo, apurado, con el sudor perlándole la frente — ¿Qué haces por aquí?

— Necesito ver a la Quinta — Con un ademán de la cabeza, señaló a Sunako, y el corazón se le encogió un poquito más .

— Vaya, ¿qué le ha pasado? — Preguntó la morena. ¿Tenten? No importaba, no tenía tiempo para preguntar.

— Estábamos entrenando con Gaara y su arena le ha roto la mano. Nadie en Sunagakure ha podido hacer nada por ella.

— ¿Y a qué esperas? ¡Vamos! — Los tres shinobi lo escoltaron entre las calles hasta el hospital, donde inmediatamente fue llamada la Godaime. En menos de cinco minutos, Sunako había sido ingresada, y Kankurô se encontró solo con un nudo en la garganta y con los chicos que lo habían acompañado. Clavó la mirada en la puerta durante varios minutos, esperando que las noticias saliesen pronto, esperando no tener que odiar a su hermano por sacarle la luz a un par de ojos dorados que brillaban más que el sol del desierto. Suspiró.

— Kankurô-kun — La voz de la muchacha lo sobresaltó —, estoy segura de que Tsunade-sama ayudará a tu amiga.

— Tiene que hacerlo — Replicó con el rostro sombrío —, sino lo hace… Sunako…

— ¡Lo hará! ¡Estoy seguro! — El extravagante muchacho de verde sonrió — Además, sólo es una mano. ¡Nada está perdido!

— Sunako es marionetista — El silencio se apoderó de la sala de espera. ¿Qué pasaría si Sunako nunca recuperaba su mano? ¿Qué pasaría por esa cabeza orgullosa, fría e introspectiva? Se dejó caer sobre una silla, observando el infinito. Los tres shinobi se disculparon con él por tener que marcharse, y no olvidó agradecerles el haber facilitado su camino hasta el hospital. Cuando los perdió de vista, dejó caer su cabeza entre las rodillas, sin saber por qué demonios estaba tan agobiado. Sí, Sunako era su amiga. Sí, sería una auténtica jodienda si perdía su mano para siempre. Pero estaba demasiado enfadado, demasiado crispado por las circunstancias, demasiado nervioso. No quería perder sus entrenamientos, sus horas de trabajo, sus discusiones profesionales… Todo porque sabía que no podría acercarse a ella de otro modo.

Las horas le parecieron días, no fue hasta poco después del mediodía que recibió noticias por parte de una enfermera. Sunako no tardó en aparecer por las puertas, con la mano vendada y mirada perdida. No dijo nada, y no iba a decir nada, lo sabía. No exteriorizaría nada salvo lo que sus ojos le confesaban.

Había sido un día raro, muy raro, y cuando el atardecer bordeó el horizonte se encontraban ya lejos de Konohagakure. Todo había ocurrido demasiado rápido para él, y que Sunako no hubiese dicho nada desde que abandonaron el hospital no ayudaba a su nerviosismo. Entonces, su voz lo sacó de su ensimismamiento:

— ¿Te parece bien si pasamos la noche aquí?

Encogiéndose de hombros, escondió la marioneta entre los arbustos y una vez se aseguraron de que pasaba inadvertida se acomodaron en su interior. La pelirroja no miraba a ningún lugar en concreto, y de nuevo tuvo que ser él quien rompiese el hielo.

— Podemos seguir en cualquier momento.

— Creo que es mejor que descanses — Cruzó los brazos sobre el pecho —. Has trabajado muy duro.

— Estoy en perfectas condiciones, no necesito descansar — Poniendo los ojos en blanco, la imitó al cruzarse de brazos. Sunako suspiró, apesarada y agotada, encogida de hombros.

— Sólo intento decir… Gracias, Kankurô.

El chico enmudeció ante aquella declaración, e incluso sintió cómo su orgullo se transformaba en un apretado nudo en la faringe. Sonrió, tratando de disimular.

— No hay de qué, pelirroja. Al menos, ahora estás bien, y no tendré que matar a mi hermanito.

— No tienes que matarlo, él no tiene la culpa de mi debilidad — Kankurô se tensó en su sitio, evitando perderse ningún movimiento —. Mi mano va a tardar en recuperarse, y nunca volverá a ser la de antes. No podré pelear en un tiempo, y aunque lo haga no volverá a ser lo mismo — Su voz descendió hasta convertirse en un susurro —. Así que tendrás que enseñarle tus juguetitos a otra persona.

En sus labios de melocotón se dibujó una sonrisa amarga, tensa, cargada de dolor y frustración, y al marionetista no le gustó nada. Chasqueó la lengua con fastidio, empeñado en que se equivocaba, en que nada de aquello podía ser cierto.

— Ah, no, no intentes librarte de mí. Tendrás que seguir aguantándome mucho tiempo.

— Te estoy diciendo que no voy a poder hacerlo.

— Y yo intento decirte que no voy a dejar que te rindas así como así. Eres una asquerosa perfeccionista, compórtate como tal.

Sunako no dijo absolutamente nada. Tenía toda la razón, estaba en lo cierto, no podía rendirse. Y sin embargo lo que más le sobrecogía no era el hecho de tener que enfrentarse a un miedo para seguir con su vida, sino que le impresionaba la firmeza con la que el muchacho se negaba a dejar que se rindiese. Tragó saliva, asustada de verdad, y se acercó a él. Sus ojos de abismo la miraron, con el orgullo por bandera, pero con una chispa de brillante incertidumbre. No se lo pensó dos veces, sus neuronas estaban entumecidas y sus extremidades agotadas por el cansancio.

— Entonces tú también tendrás que aguantarte — Y le robó el primero de muchos besos.

¡Hola a todos! Ya, ya lo sé, es imperdonable el tiempo que llevo sin subir capítulo, pero lo cierto es que me bloqueé con el mundo del fanfic en general y con esta historia en particular. Sin embargo, creo que ahora puedo seguir, y aunque durante el curso no pueda actualizar muy a menudo, espero poder acabar esta historia en verano. Realmente, lo que espero es que no me odiéis por haberos hecho esperar tanto (/w\). En fin, espero que os haya gustado este capítulo, por breve que sea, y que esperéis con ganas la continuación. ¡Ahora empieza la acción de verdad! ¡Más aventuras, más conflictos, y sobre todo más cercanía entre nuestros protagonistas! :D

Un besito~

Calendula Requiem