He tardado más que de costumbre en subir este capi, mil perdones! Antes de que se me olvide deciros que en teoría las tramas de los demás personajes o sus backstories son las mismas que en la serie a no ser que en el fic ponga algo que las cambie, no se si me explico, si nada de lo que pone en el fic lo cambia es que es la misma que en la serie jajajaja

Y para los que leísteis Frozen, estoy pensando en escribir una secuela cortita en breves ;)!

Los personajes de OUAT no me pertenecen. Gracias por leer y espero vuestras opiniones :)!


Hook se había unido a la búsqueda de Emma, pero no la encontraron por ninguna parte y no lo harían hasta que la rubia no quisiese que lo hicieran. Por una parte David y Mary Margaret estaban asustados por los poderes de Emma, había herido a su padre con ellos, pero sobre todo estaban preocupados por su hija. Elsa estaba igual de preocupada, Emma no había pasado siquiera por el piso, y ella entendía perfectamente por lo que estaría pasando la Salvadora, el miedo que estaría sintiendo, el descontrol de sus poderes. Pero si Emma no quería que la encontrasen no había nada que pudiesen hacer por ella.

Por suerte había alguien que había heredado lo suficiente de sus dos madres para saber cómo encontrarla. Henry cargó su mochila y salió al bosque decidido a encontrar a Emma. Después de varias horas de búsqueda, encontró a su madre apoyada en su escarabajo en uno de los caminos que recorrían el bosque.

- ¿Mamá?

La rubia se dio la vuelta con sorpresa porque alguien la hubiese encontrado.

- ¿Henry? ¿Qué estás haciendo aquí?

- He estado levantado toda la noche buscándote, todo el mundo te busca.

El chico se acercaba a ella despacio, pero con normalidad, no temía a su madre ni a sus poderes.

- Les dije que se alejaran, ahora mismo no puedo controlar mis poderes. – Henry seguía acercándose y eso ponía nerviosa a Emma. – Escucha, no te preocupes por mí, voy a encontrar la forma de arreglar esto, pero hasta que lo haga tienes que marcharte…

Aun no sabía cómo iba a arreglarlo, pero tenía que hacerlo. Si no, no podría volver a estar cerca de sus seres queridos, no iba a arriesgarse ni a arriesgarlos así.

- No, siempre has pensado que alejarte de la gente arreglará tus problemas, pero no es así. Puedo ayudarte, déjame llevarte con mamá.

Por supuesto a la rubia ya se le había ocurrido ir a pedir ayuda a Regina, después de todo era ella quien mejor conocía su magia, pero tampoco quería hacerle daño a ella. Su hijo parecía totalmente confiado en sus palabras, y Emma quería creerle, quería pensar que todo se arreglaría fácilmente, que incluso con sus poderes descontrolados ella nunca le haría daño a Henry.

- Henry, espera, yo…

Su hijo no dejaba de acercarse con tranquilidad, intentando transmitirle ese mismo sentimiento. Extendió la mano para coger la de su madre, pero en ese momento la magia latió en esas mismas manos que Henry quería coger, lanzando al chico por los aires a varios metros de distancia. Emma corrió tras él asustada por lo que había hecho.

- Henry, ¿estás bien?

Preguntó asustada, Su primer impulso fue levantarle del suelo, ayudarle, asegurarse de que estaba bien, pero luego se acordó de su magia y cerró las manos en puños, apretándolas contra su pecho mientras Henry se llevaba una mano detrás de la oreja, bajándola de nuevo con los dedos manchados de sangre.

- Sí, estoy bien.

- ¿Es eso un corte? Henry, ¿qué es lo que he hecho?

El miedo de Emma solo crecía y crecía, había hecho daño a su hijo, ni siquiera Henry estaba a salvo de ella. El chico se levantó con una mueca de dolor, intentando otra vez tranquilizarla.

- No pasa nada, estoy bien.

No, no lo estaba, Emma no podía creerse eso. Había sangre, había atacado a su hijo, por supuesto que no podía estar bien.

- Lo siento. Lo siento mucho. – Henry seguía intentando acercarse a ella. – Para. Por favor no te acerques. Te quiero chico, pero tienes que irte. ¡Vete!

La magia volvió a escapar de sus manos, aunque por suerte esta vez no alcanzó a Henry, después de dudar un momento su hijo salió corriendo de allí, dejándola de nuevo sola en el bosque. Se dejó caer contra un árbol sin poder creerse lo que había pasado, estaba fuera de control, se había convertido en un monstruo que hacía daño a sus seres queridos. No podía seguir así, si no era capaz de controlar sus poderes tendría que recurrir a soluciones más drásticas.

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Henry volvió a casa sintiéndose fatal consigo mismo por no haber conseguido ayudar a su madre, había estado seguro de que podría hacerlo, tranquilizar a Emma, calmarla. El solo quería ayudar, su plan era traerla a la mansión donde Regina podría ayudarla con su magia, pero en vez de eso había fracasado y volvía a casa con una herida que sentía latir tras la oreja.

- ¿Eso es sangre?

Preguntó Regina inspeccionándole la herida y asustándolo, no la había oído acercarse a él, o porque estaba muy distraído con sus pensamientos o porque su madre era demasiado silenciosa para su joven salud, no estaba seguro.

- No es nada.

Dijo el chico volviendo a apretar el pañuelo contra la herida y tratando de irse a su habitación sin más escándalo, pero por supuesto su madre no iba a permitirlo.

- ¿Te duele?

Preguntó quitándole el pañuelo para ver mejor la herida, finalmente Henry se rindió y asintió en silencio. Regina pasó la mano sobre la herida, que desapareció mágicamente.

- Así está mejor. – Dijo sonriendo a su hijo, que no pudo devolverle la sonrisa. - ¿Por qué no me cuentas que ha pasado?

Dijo guiándole a la cocina donde empezó a prepararle un sándwich. Aunque se hizo un poco de rogar con evasivas, al final Henry acabó contándole todo lo que había pasado con Emma en el bosque, al principio pensó que su madre se pondría furiosa al enterarse de que su otra madre le había atacado, por muy accidental que fuese, pero fue justo al contrario.

- ¿Me estás diciendo que Emma sigue sola ahí fuera? ¿Sus padres no la han encontrado?

Henry negó con la cabeza cogiendo el sándwich que le ofrecía su madre y comiéndose la mitad de dos grandes bocados.

- Creo que David y Mary Margaret están un poco asustados de sus poderes.

Regina giró los ojos molesta, casi lo encontraba típico de ellos, los encantadores encantadoramente desconfiados de la magia.

- ¿Dónde dejaste a Emma? – Un poco sorprendido por la pregunta, Henry le indicó el lugar donde había visto a la rubia. – Bien. Henry, quiero que te quedes aquí ¿de acuerdo? No te preocupes, iré a buscar a Emma y arreglaremos esto.

Dijo poniendo una mano en el hombro de su hijo para darle más convicción a sus palabras, tenía cierta prisa por ir a buscar a esa rubia cabezota, pero quería asegurarse primero de que Henry se quedaba allí y no intentaba ningún otro acto heroico.

- Sé que lo harás.

Respondió el chico con una sonrisa, poniendo su mano sobre la de su madre y dándole un apretoncito, Regina le sonrió con cariño, devolviéndole el gesto y desapareció en una nube morada.

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Por supuesto Emma ya no estaba en el mismo sitio. Aunque Regina no lo sabía, la rubia no había parado de moverse desde que huyo de la comisaria, por eso la había sorprendido tanto que Henry la encontrase. Por suerte en el camino estaban las marcas de las ruedas al arrancar, y usando un hechizo aprendido hacía mucho tiempo, con un simple toque de la mano sobre esas marcas se iluminó el camino que había hecho el escarabajo amarillo. Regina se dio prisa en seguirlo y un rato después encontró por fin el coche aparcado en mitad del camino, se acercó lentamente hasta quedar junto a la puerta del conductor y llamó suavemente con los nudillos en la ventanilla. Emma levantó la cabeza de golpe por el susto, mirando a quien había conseguido encontrarla, temiendo que fuese Henry otra vez. Regina vio claramente el borde rojo en los ojos de la Salvadora.

- Tienes que irte.

Dijo Emma sin bajar siquiera la ventanilla. Regina giró los ojos.

- Emma, si sales y hablas conmigo podemos encontrar una solución.

Lo último que habría esperado en la vida era estar donde estaba ahora mismo intentando ayudar a Emma Swan en vez de queriendo destruirla. Pero claro, tampoco imaginó nunca que esa mujer llegaría a su vida o que acabaría convirtiéndose incluso en una presencia agradable.

- Vete, no quiero hacerte daño a ti también, ¿no sabes lo que le he hecho a Henry?

Emma casi esperaba ver como la cara de Regina cambiaba de la comprensión a la ira al saber que algo le había pasado a Henry por su culpa, pero eso no pasó.

- ¿Quién crees que me ha dicho dónde encontrarte?

Como la rubia seguía negándose a bajar, se dirigió a la puerta del copiloto para entrar ella, pero no había pasado ni del capó cuando Emma salió del coche al adivinar sus intenciones.

- ¿Acaso te has vuelto loca? Tienes que irte, y rápido, nunca se cuando voy a volver a descontrolarme.

Regina metió las manos en los bolsillos de su abrigo con calma.

- A mí ahora me pareces bastante controlada.

- No, yo… - Emma se miró las manos donde saltaban chispas mágicas. – Soy peligrosa.

La morena hizo un gesto con la mano como si la otra mujer acabase de decir una estupidez y caminó hacia ella.

- No eres peligrosa, solo necesitas aprender a controlarte, a todos nos ha pasado. - Emma la miró sin terminar de creerse que Regina hubiese pasado alguna vez por una situación parecida. – Mi madre acabó en el País de las Maravillas porque perdí el control en un momento.

Explicó la morena con un encogimiento de hombros, parada ante Emma sin ningún tipo de nerviosismo.

- Pero seguro que nunca le has hecho daño a Henry.

Gruñó la rubia sin darse cuenta de que Regina estaba a unos pocos pasos de ella sin que tuviese que luchar por mantener su magia a raya.

- Lo único que le hace daño a Henry ahora mismo es no saber cómo ayudarte. ¿Por qué no viniste a mí directamente?

Preguntó la morena con tono molesto, frunciéndole el ceño a la otra mujer, quien bajo la vista y encogió un poco los hombros.

- No quería poner en peligro a más gente.

Por mucho que a Regina la conmoviese esa preocupación por su parte no pudo evitar resoplar de fastidio.

- ¿Y no te paraste a pensar en que soy tu mejor oportunidad para controlar esto? Y de todos modos si te descontrolabas podría contener tu magia con la mía.

Los ojos de Emma se abrieron de golpe con una idea repentina.

- ¿Puedes hacerlo? ¿Contener mi magia, quitármela?

Regina la miró con cierta empatía y sonrió con tristeza.

- Podría quitarte la magia, claro que sí, pero no lo haría. – Emma iba a protestar, pero la otra mujer no la dejó. – Forma parte de ti, Emma, de quien eres, está en tu interior del mismo modo que el valor, la bondad o esa irritante capacidad para sacarme de quicio. – La rubia rio un poco sin darse cuenta por esas palabras.

- Pero podría ser normal.

Murmuró la rubia sin mirar a Regina.

- Cuando Henry se dio cuenta de que era especial, yo no le apoyé, le hice creer que estaba loco y que sería mejor que fuese normal ¿recuerdas? Y no podía estar más equivocada, menos mal que no me escuchó. Nadie debería perder parte de lo que le hace especial.

Respondió la morena encogiendo un hombro para sonar más casual de lo que en realidad eran sus palabras, a pesar de todo lo que había hecho, de lo que más se arrepentía la Reina Malvada era de no haber creído en su hijo cuando debía. Emma sonrió un poquito, levantando por fin los ojos para mirar a Regina, que le devolvió una pequeña sonrisa y sacó una mano del bolsillo para extenderla hacia la Salvadora.

- Así que, ¿qué tal si empezamos a trabajar en esa magia?

Emma dudó un segundo mordiéndose el labio inferior, pero se armó de decisión para agarrar la mano de Regina.

- ¿Swan?

Dijo alguien antes de que pudiese coger la mano de la reina, el ambiente calmado y tranquilo que se había creado se rompió de pronto y la magia de Emma volvió a desatarse, golpeando a Regina como había hecho con Henry, mandando a la mujer varios metros más lejos.

- ¡Regina!

Gritó Emma, el pánico había vuelto a su voz. Quien había gritado su nombre había sido Hook, que había aparecido de la nada y se acercaba a ella tan rápido como podía.

- ¡No! ¡Aléjate!

Volvió a gritar la Salvadora intentando alejarse ella, otro golpe de magia involuntaria mandó a Hook contra un árbol en dirección contraria de donde se estaba levantando Regina. Emma los miró a los dos con expresión asustada y montó en el coche con el miedo en los ojos.

- Emma. ¡Emma, espera! – Gritó Regina intentando alcanzarla antes de que el escarabajo se pusiese en marcha, sin conseguirlo. - ¡Déjame ayudarte!

Gritó al parachoques trasero sin conseguir respuesta antes de que el vehículo desapareciese en una curva del bosque.

- ¿Swan?

Escuchó a sus espaldas, el pirata estaba levantándose también con expresión dolorida y aturdida, cojeando un poco. Bien.

- Estarás contento.

Gruñó la reina lanzándole una mirada de asco antes de coger aire para concentrarse, si se daba prisa aún podría seguir al coche. Sin darle tiempo a Hook de decirle nada desapareció en otra nube de magia.

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No había solución, era un peligro, quizá por eso nadie la había querido nunca, quizá por eso todo el mundo la devolvía, porque era un monstruo, quizá toda esa gente que la había abandonado se había dado cuenta y aprovecharon para alejarse antes de que les hiciese daño, justo como estaba haciendo ahora con todos sus seres queridos. Tenía que librarse de ello de una forma u otra, se ofrecería por completo a la Reina de las Nieves si así terminaba con esa maldición, todo había empezado al hablar con ella y todo terminaría igual, si no conseguía librarse de la magia jamás podría volver a estar con su familia, a lo mejor era es su castigo por hacerles daño, a lo mejor era su destino, perder a todo el mundo. Y como la Reina de las Nieves había dicho, ahora sabía exactamente dónde encontrarla.

Llegado a cierto punto el camino estaba cubierto de nieve, así que se bajó del coche y siguió a pie, notando el frio a su alrededor y como la magia que escapaba de ella destruía todo, haciendo temblar incluso el suelo bajo sus pies. El escondite de Ingrid no podía estar muy lejos, y seguro que la estaba esperando. Pero no pudo comprobarlo porque una nube morada que se convirtió en Regina le cortó el paso.

- No lo hagas Emma.

La rubia dio unos pasos atrás, mirando a su alrededor asustada al ver que empezaban a caer ramas de los árboles.

- Es la única solución. Tienes que marcharte, no quiero hacerte daño.

- ¡Claro que no es la única solución!

Gruñó Regina con frustración, como si fuese algo tan obvio que habría que ser estúpido para no verlo.

- Por favor vete, ahora.

Emma sujetaba fuertemente una mano con la otra, apretándolas contra su pecho, estaba terriblemente asustada, la inseguridad y el pánico eran tan claros en su cara que el instinto de Regina era calmarla, hacer desaparecer ese miedo para siempre.

- No, tú nunca te vas cuando yo te lo pido. Eres una maldita cabezota y te quedas, y me ayudas quiera o no…incluso si he intentado matarte alguna que otra vez…así que yo no voy a irme. Me dijiste hace poco que si yo no iba a luchar por mi final feliz, tú lo harías por mi ¿recuerdas? – A unos pasos de ellas se abrió una grieta en el suelo y Emma cerró los ojos, temblando, intentando controlarse. – Bueno, ahora voy a devolverte esas palabras, si tú vas a rendirte contigo, yo no lo haré. – La rubia abrió los ojos mirándola con cierta sorpresa, pero también algo de esperanza. – Sé que asusta poder hacer daño a tus seres queridos, pero renunciar a tu magia no es la respuesta.

Una lluvia de chispas salió de las manos de Emma, que volvió a cerrar los ojos. Regina dio un paso atrás para apartarse de esa magia, pero en cuanto paró volvió a acercarse a la rubia sin dudar.

- Sé que me has dicho que te pasó algo parecido, pero tú has estado toda tu vida rodeada de magia, yo no. En tu mundo hay magia por todas partes, no es algo extraño, pero esto… - Se miró las manos como si quisiera arrancárselas. - ¿Qué clase de monstruo le hace daño a su hijo?

Preguntó mirando a Regina con unos ojos acuosos muy abiertos por el miedo.

- No digas eso Emma, no eres ningún monstruo. Sí, mi mundo estaba lleno de magia, pero mi mundo es tu mundo, tú eres de allí, naciste allí. – Emma la miraba sin dejarse convencer. – Has tenido la magia dentro toda tu vida, lo sabes. ¿Recuerdas el sombrero de Jefferson, el dispositivo de destrucción de Storybrooke, el eclipse, el puente, el monstruo de hielo? Puedes controlarlo.

Dio un paso hacia la rubia que dio dos hacia atrás, temblando cuando otra lluvia de chispas hizo caer una gruesa rama a poca distancia de ellas, aunque Regina no se inmuto.

- Yo no hice nada, esas veces estaba contigo, tú canalizabas mi magia, yo me limitaba a imitarte.

- Yo no canalizaba nada, Emma, era tu magia unida a la mía, magia que tu hacías por ti misma, no yo.

Parecía que la Salvadora quería acurrucarse en el suelo y gritar hasta que todo pasase, pero Regina no iba a permitirlo, pensaba acabar con el miedo de Emma.

- No es lo que hacen los demás, no es lo que puede hacer Henry por ti, o tus padres, o yo. Eres tú, Emma, tienes que aceptarte, tienes que quererte, con lo bueno y lo malo, tienes que aceptar esta parte de ti que, créeme, no es algo malo. – Dio dos pasos más hacia la rubia. – Tienes que abrazar tus poderes, y entonces serás tu quien tenga en el control. Debes dejar de tener miedo.

Extendió una mano hacia Emma, en una clara invitación para que la cogiese, pero la sheriff apretó más las manos contra su pecho.

- ¿Qué estás haciendo? Eso podría matarte.

Regina dio otro paso, podría haber cogido ella misma la mano de Emma.

- ¿Quieres matarme? – Preguntó, y la otra mujer negó con la cabeza, mirándola con ojos asustados. – Entonces no lo hagas.

Con una confiada sonrisa cogió la chispeante mano de la Salvadora, que cerró los ojos por un segundo, como temiendo no ser capaz de controlarse, pero la magia las envolvió deteniendo toda la destrucción a su alrededor y sin causarlas ningún daño. Emma miraba a su alrededor sin creerse lo que había hecho, pero Regina la miraba con una sonrisa orgullosa, sin haberlo dudado ni un segundo. Finalmente toda la tensión salió del cuerpo de la Salvadora, que puso también su otra mano en la de Regina con una risa cansada y unas lágrimas de alivio.

- No puedo creerme que lo hayas conseguido.

Dijo mirando agradecida a la reina.

- No he sido yo, has sido tú. Tienes el control, solo te hacía falta recordarlo. – Extendió la mano libre hacia Emma. – Ahora dame las llaves, te llevare a casa.

Con otra risita la rubia finalmente soltó a Regina y buscó las llaves para dárselas.

- ¿Vas a conducir mi coche?

Hacía un momento estaba muerta de miedo, ahora volvía a encontrarle humor a las cosas.

- Esa cosa que tú llamas coche sí que es peligrosa, pero me arriesgare.

Rio Regina cogiendo las llaves y caminando junto a Emma hacia el escarabajo.

- Gracias por ser una maldita cabezota y quedarte.

Dijo la rubia antes de que la otra mujer arrancase. Regina la miró para devolverle la sonrisa y fue en ese momento cuando por fin se dio cuenta de una cosa.

Mierda.