Capítulo II

Un frio viento meció sus cabellos y la hizo temblar por unos instantes. Llevaba tres horas en esa posición –sentada a pies de un gran árbol en un claro-, y no mostraba intención siquiera de acomodarse.

Hacia una hora aproximadamente que Furyoku se había ido de caza, y por lo que deducía, no regresaría pronto, algo que ahora la inquietaba; suspiro pesado y llevo la vista al claro cielo del aun verano…

No se sentía tranquila, a pesar de que el suave trinar de los pájaros debía incentivarla a ello. Y es que no se sentía así desde hacía días.

Ya llevaban dos semanas desde que habían dejado el templo ella ya convertida en toda una sacerdotisa, y a pesar de ello, y por extraño que pareciera, no se sentía cómoda con la nueva posición, como tampoco con el andar vestida acorde a ello.

Fue por esto que guardando las nuevas prendas obsequiadas en la ceremonia, se coloco el de exterminadora, recuperando en algo la confianza para enfrentar lo que se llegase a presentar durante el camino…

Apoyo la cabeza contra el tronco y cerrando los ojos permitió que los recuerdos se arremolinaran en su mente recordando a la familia de exterminadores que la acogió en su núcleo y le crío como a una de ellos. El señor Katsumoto, su hija Sango y el pequeño Kohaku. Los tres la ayudaron a sobreponerse y la acogieron junto con Furyoku, el cual era solo un cachorro...

Kagome frunció el entrecejo perpleja, abriendo los ojos al recordar aquel último hecho... Furyoku... No podía evitarlo, mucho menos cuando recordaba lo ocurrido con sus padres, sumado a fragmentos felices de antes que descubriera que la estaban cazando demonios...

Si bien, cuando los exterminadores dieron con ella el cachorro de tigre ya estaba con ella y su contextura no era la de una muchacha de seis años, la ropa que llevaba puesta era completamente distinta a la que utilizaba en su sueño; es más, esta era la de un muchacho. De cortes holgadas y anchas amarras…

Jamás se pudo reponer ante la sorpresa de descubrir que se había perdido dos años de su vida sin lograr recordar absolutamente nada de ello.

Dos años habían pasado desde aquel momento que por sueños era atormentada...

¿Qué o quién la había cuidado durante todo ese tiempo? y ¿Por qué lo o la olvido? ¿Ese ser le habría dado a Furyoku? A menos de que su mente se apiadara de ella permitiéndole recordar, aquellas preguntas como muchas otra se mantendría así; como simples preguntas llevadas por el viento a la espera de ser respondidas por quien pudiese dárselas.

Una puntada de dolor atravesó su cabeza. Recordándole que al intentar recordar siquiera algo, se lamentaría ante la molestia en su nuca.

Se llevo la mano a la zona y decidió por el momento dejar de lado lo que causara que este se extendiera.

Realizo un suave masaje y por sentirse segura, sujeto con sus palmas los mangos de las armas con forma de tridentes de delicadas y peligrosas formas llamadas Sais que se mantenían aun sujetas en el cinto en su espalda. Solo un par de años habían transcurrido desde que se había marchado de la aldea, y más desde el día en que las recibió por parte del hombre que decidido la adopto.

Con un rápido movimiento las alzo del mango y dejo en un giro las hojas apoyadas en sus palmas. Acaricio las inscripciones de la hoja con melancolía, recordando el motivo por el cual el señor Katsumoto decidió colocarle en Kanji: "la humildad, no es una debilidad".

Su mente viajó con rapidez años atrás, una de las tantas lecciones en las que se le obligó participar, pero, la que con mayor fuerza se mantenía fresca en su mente...

Los dedos de su mano derecha le dolían ante el mal recibimiento del ataque de su contrincante.

Nunca antes la habían hecho enfrentarse a Sango, ya que ella era superior, y los niveles se respetaban y se superaban a medida que el avance se mostrara, y Kagome creyó que aquel momento llegaría en un par de años -como era la costumbre-. Ya que desde que se decidió a entrenarse, a pesar de que sabía que el enfrentamiento no sería una buena idea...

Todos los entrenamientos eran individuales, pero a la hora de mostrar lo aprendido, sus compañeros de lección se turnaban para lastimarla ante su negativa en atacar. Siempre era lo mismo… Pero, al regresar de una última partida de caza de demonios, el señor Katsumoto pudo ver con sus propios ojos como en el transcurso de esos últimos dos meses la joven había evolucionado de un modo admirable, sin embargo, la inquietud en los ojos de la muchacha ante cada recibimiento, lo preocupo. Por lo mismo, ya fuera de las horas de entrenamiento bajo la dirección del hermano de su padre -el anciano Tsubasa Higurashi-, la hizo quedarse.

Tenía claro desde siempre que Kagome era una muchacha especial con habilidades especiales, por lo mismo no entendía su insistencia en solo protegerse.

Le pidió a Hojo, el hijo de su buen amigo que le ayudase. El que tuviera la misma edad que la muchacha, serviría para darle confianza, y más al ver que el joven era uno de los pocos que la aceptaba y trataba con amabilidad y cortesía.

No le sorprendió ver que ella había tomado las Sais como armas principales, cuando estas eran de defensa y desarme. Cosa que para su orgullo, Kagome hacia con destreza.

Kagome sabía lo básico y poseía una capacidad de aprendizaje rápido en consideración a los jóvenes de su edad. Y si bien, siempre se mantenía a la defensiva recibiendo todos los ataques con gran destreza, jamás los devolvía. Prefería desarmar a su oponente y terminar la batalla; solo cuando utilizaba las Sais, ya que, mas de una vez, a causa de que su Bokken -la imitación en madera de la Katana utilizado en entrenamientos-, se rompiera durante la batalla, más de una de sus extremidades terminaba seriamente lastimada. Algo que ocurrió en aquel momento a pesar de que Hojo haya sido cuidadoso.

Su tío Tsubasa, durante observaban la lucha, le dijo sobre sus dudas hacia que ella podría con aquella vida, pero Katsumoto no se conformaba con aquel comentario. Él quería que Kagome logra defenderse correctamente, y él: "no quiero lastimarlo" por parte de la joven, siempre se presentaba a la hora de que las interrogantes por su actitud se alzaran. Y ese último día descubrió "porqué".

Sango no realizo preguntas, solo asintió a la hora de que su padre le informara su decisión de preparar un enfrentamiento en batalla con Kagome, y al ver a la muchacha, comprendió que temblaba ante la idea.

De a poco la muchedumbre llego, observando cómo Sango con amplia agilidad y destreza encestaba fuertes ataques contra la que amaba como una hermana. Ambas estaban agotadas, adoloridas y frustradas por la situación.

Sango sabía que todo ello era por un buen motivo y Kagome lo entendía, pero de todos modos se dedicaba a solamente recibir. Y que el señor Katsumoto la mirar con seriedad, hacia que su nerviosismo aumentara, y entre tanto, Sango con un movimiento, la ataco y Kagome regresando en si, la tomo de la muñeca, engancho su Bokken al de ella y la empujo con su costado alejándola con fuerza.

Kagome exhausta cayó de rodillas al suelo intentando sostenerse en su arma para así recuperar energías, las que con lentitud, entre el respirar ahogante se introducían en ella.

Sango se quedo a la espera de que ella se repusiera siempre en guardia. Sin embargo, jamás se espero la orden proveniente de del tío abuelo Tsubasa.

— Atácala, Sango.

La joven atónita, se volvió a su padre en busca de algún tipo de oposición ante aquella exigencia, en especial a ver que su hermana estaba aun en el suelo sin fuerzas para continuar. Pero, al no ver nada por parte de él más que seriedad en su expresión, respiro profundo, alzo su mentó y dijo:

— No.

Clavo su arma en el suelo y se dirigió donde la muchacha que con la vista gacha con ambas manos aun en la empuñadura de su arma clavada en el piso, mostraba insatisfactorios resultados de calmarse. Se veía peor de lo que estaba cuando pararon. Algo no iba bien.

Acelero el paso, sin embargo, cuando solo estaba a pasos de ella, un viento la detuvo.

— No te acerques — susurro Kagome con dificultad.

— Kagome...

Sango acerco la mano y por un extraño motivo una fuerza sobrenatural la envolvió provocando que los bellos de la piel se le erizaran. Una onda de energía se desprendió del cuerpo de la joven, captándola todos los que estaban presentes con ojos sorprendidos.

— ¿Qué sucede? — rogo Sango —. Dime, Kagome.

— Se acercan... — pronuncio en un murmullo escalofriante, ya que para Sango, no eran simples palabras, si no una advertencia clara de un pronto ataque, tal como ocurrió la primera vez hacia solo unos meses.

Se volvió a su padre con urgencia y este, solo le basto verla un par de segundo para comprender.

Con un simple grito, Katsumoto Higurashi hizo que todos se prepararan y colocaran en el perímetro de la aldea armados y alertas, sin preocuparse en Kagome que se mantenía arrodillada exactamente en el mismo lugar. Mas cuando los demonios atacaron en una nube de miles de ellos, y los gritos de batalla se iniciaron, ella envuelta en un halo de energía, con Bokken en mano, corrió en dirección a ellos siendo seguida por Sango; la cual no se separo de ella dispuesta a protegerla. Algo, que se vio en la inversa...

Desde aquel día no se le trato igual. La gran mayoría prefería ignorarla en vez de demostrar temor, a pesar de que ella lo sentía en su interior. El cuidarlos, no era motivo suficiente para que la gente dejara de mirarla a como siempre lo hizo…

Respiro hondo, y aquella extraña sensación en su pecho se volvió a presentar.

Era un suave calor que la llenaba de un modo que su subconsciente reconocía y aceptaba sin resistencia, tal como ocurría cuando sentía la presencia de un ser querido.

¿Furjoku?

Alzó la mirada en busca del felino, sin dar con nada reconocible a parte del panorama ya expuesto desde que se sentó en ese mismo lugar horas atrás. Todo permanecía en absoluta y angustiante calma, como si su presencia fuera nula manteniéndose cada uno en su rutinaria labor diaria.

Empuño uno de sus Sais desde el mango al tiempo que guardaba la sobrante, y se volvió a observar los alrededores, viendo como todo se mantenía igual ¿Dónde se había metido Furyoku?

Ya cansada de la espera, sin mayor gesto, respiro hondo, y adentrándose a sus pensamientos de un modo ya natural en ella, busco en su ser en conjunto a su sexto sentido al animal. Pero, como si de una pared se tratara, algo en su mente se interpuso evitando cualquier intento de continuar con su búsqueda; la obscuridad producida a causa de sus parpados cerrados, y un incomodo estremecimiento que le recorrió el cuerpo, por inercia abrió los ojos con rapidez sintiendo su corazón bombear con celeridad.

Busco por los alrededores, sin dar con nada otra vez, y se sintió estúpida al creer que algo o alguien lo había provocado. Y lo más probable, es que si la anciana Kaede estuviera, ahí la habría reprendido enviándola a refregar pisos…

Debía concentrarse. Se suponía que ya estaba lista; por algo le habían quitado el titulo de aprendiz para cambiarlo por el de sacerdotisa, logrando dominar por completo lo que antes con naturalidad se liberaba. Y si algo tan simple como en ella, que es buscar a su fiel acompañante a través de la conexión espiritual con lo que le rodeaba no podía llevarlo a cabo ¿Qué le depararía en el resto del viaje? ¿Una falla en su excelente puntería? Sumado a su desconcentración, si un Yokai se presentara, estaría acabada. Gran dios...

Decidida, respiro profundo y se acomodo en su lugar. Hecho una última mirada; relamió sus labios. Se irguió y con un movimiento de cabeza intento masajear su cuello dando paso al cerrar de ojos.

En un comienzo el mismo sentimiento se produjo; aquel estremecimiento que le recorrió el cuerpo llenándose en su pecho de un modo cálido e incomodo, pero que a la vez sentía extrañamente conocido.

Por una fracción de segundo su mente de modo automático se iba a oponer, sin embargo, hizo que su fuerza de voluntad se alzara e impusiera permitiéndose el viaje a anular sus sentidos para abrir los espirituales…

Entre la oscuridad por sus parpados cerrados, un destello rosáceo se produjo, inundándola de un modo siempre agradable, por lo que el temor ante aquel reconocimiento se desvaneció y permitió a todo el cuerpo comportarse de canal entre los submundos.

Ante un nuevo destello de energía, todo ser se abrió a ella, permitiéndole percibir hasta la más insignificante presencia en un murmullo de vocecillas sumado a un insistente hormigueo en la cima de su nuca.

Todos los tonos del arcoíris demostraba las distintas auras circundantes, como también percibir las diversas presencias ante las ondas espirituales que cada individuo o cosa poseía, por muy insignificante que esta fuese… Era algo agradable y único poder ver en lo profundo de todo su esencia identificante.

En ese estado, podría sentir a kilómetros a la redonda quien se encontrase dentro de este rango. Y de eso estaba aprovechando para dar con Furyoku cuando una fuerte y cálida presencia la llamaba. No apreciaba aura alguna que armonizara el llamante espiritual, y eso aumento su desconcierto, más no alzo la barrea de alerta en causa de peligro.

Si bien, no era Furyoku -ya que de eso estaba segura- su propio espíritu se sintió envuelto por el de él, adentrándose en lo profundo de su ser atrayéndola, hipnotizándola y haciéndola sentir deseosa por darle encuentro, a lo que su mente en algún momento grito: DETENTE.

La batalla interna se inicio, y sin comprender en qué momento se movió, se vio a centímetros de lo que reconocía como la presencia de un inmenso y antiguo árbol.

Aquello la desconcertó, más que el hecho de haber reaccionado tan inconsciente al dirigirse hacia algo desconocido...

La presencia de aquel ser se mantenía con intensidad en ese mismo lugar, como si fuese el árbol en sí, pero no. Gran dios ¿Qué le sucedía?

Suspiro. Con los ojos aun cerrados giro el rostro a su izquierda y a su derecha con los ojos aun cerrados, sin lograr ver la esencia identificante...

Pasó su pie izquierdo frente del derecho para apoyar la planta de este al derecho del último para luego mover el pie inmóvil hacia su derecha.

El mismo procedimiento lo realizó varias veces con movimientos gráciles de felino manteniendo sus palmas en el borde de su cinto a las caderas como soporte, y también como modo de mantenerse dispuesta a defenderse si era realmente necesario, finalizando el rodeo el árbol, quedándole una sola posibilidad, la cual le resultaba más viable.

Con lentitud, comenzó a levantar el mentón, abriendo al mismo tiempo los ojos, dando entre lo nubloso de su vista con una silueta roja.

Por la sorpresa, el temor y la curiosidad sus ojos mantuvieron el mismo ritmo para abrirse por completo, sin embargo, un jalón de su ropa la hizo volverse con rapidez dando con Furjoku a su lado en su estado apacible que mantenía siempre. Le sonrió y con lentitud se volvió a mirar la copa del árbol sin dar con nada; nada que llegase a parecerse a la silueta roja que había apreciado. Su desconcierto ante lo que creyó ver y percibir en su estado, estaba ahí. Sabía y aun sentía la presencia, y por lo mismo su vista volvía al mismo lugar con insistencia como si de un imán se tratase.

Furyoku volvió a solicitar su atención con insistencia, a lo que ella en un forzamiento por dejar de lado su porfía, se giro con dificultad hacia el animal, el cual galante caminaba de un lado al otro, logrando descubrir el motivo de su inquietud. Un enorme Ciervo Sica, de bello pelaje rojizo con redondeadas manchas blancas sobre el lomo. De astas de tamaño medio que demostraban su juventud...

— Tienes hambre — afirmo intentando parecer normal, pero sabía que la normalidad a su espíritu no regresaría desde aquel día.

Aquel ser de silueta roja y de aura imponente aun seguía junto a ellos. Lo sentía. Lo sabía... Como si una conexión se hubiese activado en el instante de realizar la búsqueda de su felino amigo, permitiéndolo sentir a su alrededor como si se tratase de una desdoblación de su espíritu.

Volvió su atención en el animal, y su actitud calma en cierto grado la tranquilizaba... Pero no del todo.

Observo el cielo, y al la luz molestarle la vista, se llevo una mano sobre las cejas permitiéndose una visual cómoda.

Los intensos rayos de sol le golpeaban con intensidad; una fuerte protesta al no querer dar paso al otoño. No le sorprendería que al día siguiente lloviera al Byakko negarse ante la terquedad de Susaku por no dejar llegar al otoño.

Ante lo absurdo de ello, sonrió; ya que desde que la mismísima Ame no Uzume los sello a los cuatro en las piedras sagradas que protegidas se mantenían en el templo, las estaciones respetaban su fechas, ya que en cada ceremonia por el paso de estación se les imploraba a los cuatro...

Se irguió en incomodidad, y como modo de aliviar la presión en la piel de la espalda en la zona del hombro derecho, realizo presión con su mano en la zona.

Se sentía agotada. Como si su energía fuese drenada por algo, y eso, no le gusto.

Decidida se levanto, sacudió la cabeza e intentando obviar el malestar en su hombro y coloco su atención en el animal a desollar.

Un siervo. Eso era lo que había mantenido ocupado a Furyoku. Y el que la herida fuera limpia, solo las incisiones de sus dientes en la yugular, demostraba su paciencia en llevar el ataque. Un salto directo al cuello. Ni la piel se veía rasgada por posibles rasgúñones.

El pelaje reluciente se estaba tornando opaco por el polvo…

Podría guardar la piel, pero tendría que tomarse tiempo en curtirla. Y tiempo, era algo que no se podría dar el lujo de gastar.

Simplemente la usaría para cubrir las vísceras y enterrarlas. Regresarlas a la tierra era mejor que el dejarlas a la intemperie bajo el inclemente sol para que la pestilencia terminara inundando el ambiente.

De las amarras de cuero negro de sus zapatos, las cuales finalizaban entre cruzadas en sus pantorrillas, saco una daga de tamaño justo para ella; de mango cómodo y de filo agudo. Más utensilio para cortar no tenía, y su sable representaría una gran ayuda a la hora de trozar la presa, como también para practicar.

Se hinco junto al animal; llevó la vista a Furyoku y negando con la cabeza, con rapidez se dispuso a destripar.

Debía ser rápida como cuidadosa. Si rompía el hígado, la carne al instante, producto a los jugos gástricos se arruinaría. Pero la costumbre de preparar los animales que su buen acompañante por años cazaba, solo le tomaba menos de media hora cumplir con su cometido. Solo luego de eso la tarea de despellejar seria sin problemas.

Y el que el incógnito observante en silencio siguiera cada uno de sus movimientos, más de una vez la hizo querer levantar la vista y buscarlo en dirección a su presencia, pero se contuvo de ello...

La silueta roja sin perderla de vista, cambio de posición sentándose cómodo en la rama que soportaba su peso a solo unos metros del campamento de la joven.

Tenía claro que ella sabía de su presencia, omitiéndola sin mucho resultado, ya que a pesar de que el intenso olor del felino más el de animal muerto inundaba el ambiente, lograba percibir el aroma de ella en una suavidad enviciante, como también cada movimiento que realizaba con cada parte de su cuerpo, así mismo la tensión en sus músculos... Está nerviosa. Eso lo tenía claro, pero que se contuviera e intentara comportarse con naturalidad, le simpatizaba; más de lo que a él mismo se permitiría reconocer al no saber si había dado con la correcta... No dejaría que sentimentalismos lo afectaran. No antes de tiempo.

La bestia felina lo había salvado de ser descubierto. No se había percatado de la presencia del animal hasta que este llamó la atención de la joven. No había logrado verlo, pero sabía que ahora ella estaba alerta a su presencia, lo que le dificultaría las cosas.

Lo había consternado en un comienzo el verla en un estado de transe que pareció envolver a todos y todo lo que le rodeara, incluyéndolo por sobre todo.

Una honda invisible hizo vibrar su cuerpo paralizándolo hasta el punto de no ser consciente de nada más de la joven que, a un alarmante pasó calmo se acercaba a él.

Intentó moverse, y se maldijo por no lograrlo. La vio rodear el árbol hasta detenerse exactamente donde había estado antes. Y luego, cuando la vio alzar el rostro a él, el pánico lo inundo, pero solo duro hasta que pudo reaccionar en el instante exacto en que el tigre apareció, dándole tiempo suficiente como para ocultarse y reprocharse el no haber podido hacer algo...

Desde hacía cuatro días que llevaba siguiéndolos, y se había prometido no llamar la atención hasta descubrir lo que necesitaba, cosa que a cada segundo se le complicaba.

Si bien, el felino no había mostrado algún cambio ante ella producto de su presencia, no le quitaba la vista de encima cada vez que se detenían a descansar. Lo vigilaba. El tal Furyoku lo vigilaba siempre, exactamente como lo hacía ahora... Sus ojos siempre fijos sobre él. No de un modo amenazante, si no alerta de sus movimientos como si se tratase de un niño curioso, o como si supiera sus verdaderas intenciones... Sacudió la cabeza y regreso su atención a ella.

Su propio estómago y pecho parecían estar coordinados en alterarlo, ya que apenas la vio sonreír, sintió como si un montón de insectos subieran y bajaran una y otra vez, agitándose como locos, en especial en la zona del corazón.

Aguanto la respiración y con gran esfuerzo se contuvo de descender del árbol y presentársele. No podía arriesgarse en volver a equivocarse. Debía estar seguro. Aunque dudaba llegar a resistirse por mucho tiempo, pero algo lo confortaba en no estar equivocado ¿Cuántas mujeres exterminadoras tenían un felino por mascota? Y más uno de las dimensiones de éste.

Hacia un par de años, en un momento muy desagradable trato de cerca a una que era dueña de una gata de tres colas que se trasformaba en un felino amenazante. Y otras veces, solo simples mujeres con felinos gordos; ya sean desde gatos monteses hasta tigres de las montañas. Pero el ejemplar que lo observaba insistentemente, era algo único. Y tan bello como la joven que con él viajaba.

Debía ser ella...

Sin hacer mayores movimientos, se le quedó observando. Cada movimiento; cada gesto.

La vio atar al animal destripado desde las patas traseras y con esfuerzo arrastrarlo hacia un árbol a metros de él.

Casi por impulso iba a bajar ayudarla, pero se forzó a contener.

La vio mantener el extremo de la soga y observar dudosa la gruesa rama a metros sobre ella. Lograba descifrar en algo sus intenciones, sin embargo la curiosidad de ver como lograría pasar la cuerda por sobre la rama hizo que se cruzara de brazos al pecho y acomodara mejor para apreciar el espectáculo.

La vio sacar uno de esos tridentes que anteriormente le había visto observar con melancolía...

Amarro la soga al arma, y con una mirada cargada de desafío en dirección al reposante tigre agitó una ceja.

Se sorprendió al verla retroceder intentando controlar su respiración al tiempo que con una mirada analítica observaba el árbol frente ella; la joven cambio el arma de una mano a la otra, para luego sujetarla con fuerza y correr en aquella dirección.

Colocando una planta de sus pies sobre el tronco, impulsándose hacia arriba y al lado, la vio subir entre saltos coordinados y seguros sobre dos troncos, hasta quedar a la altura de la rama en el árbol contrario.

El anónimo observante ya sorprendió y maravillado por lo visto, creyó en su anticipo a los hechos, que ella en un error de calculó terminaría sujeta al árbol del frente, pero, cuando la vio impulsarse en este con sus dos pies, quedando de espalda, se irguió extasiado al verla volar por sobre la rama y caer con cuerda en mano por el otro extremo, y así, ocupando su peso, hacer subir el animal.

La joven cayó con suavidad sobre tierra y con gran esfuerzo para evitar que el peso muerto del ciervo regresara sobre tierra, se giro de tal modo que, la cuerda rosaba su espalda como tensor, y con sus dos manos la controlaba cediendo soga al avanzar hacia el tronco y dejarla enrollada a está.

Con este hecho se lleno de dudas. La persona que él buscaba, era lo bastante temerosa como para siquiera caminar por creer que con este hecho sería atacada, pero esta joven... Gran dios. No sabía que pensar o sentir con respecto a ella, en especial si deseaba con ansias una mirada de ella, siendo acompañada por una de sus hermosas sonrisas.

¡Maldición! Este nuevo comportamiento no era bueno para sus propósitos...

Frustrado consigo mismo se rasco la cabeza y gruño para sí, y vio como ella se volvía en su dirección buscándolo lo más probable. ¡Rayos!

De un salto lo bastante silencioso se alejo un poco logrando apreciar que ella sacudía la cabeza y regresaba a lo suyo.

Con dos carreras de leña hacia el campamento, y ya se veía exhausta. De palmas sobre los muslos, cabeza gacha intentaba recuperar el aliento.

Eso no era normal. Nadie se cansaba realizando lo que ella hizo, por muy humano que fuese. Y el tigre llamado "Viento", luego de soltar un suave "Gang-Gang", se volvió a él y se le quedó mirando casi diciendo: "has algo... debes."

Y Kagome se pregunto más tarde, qué motivó al ser de silueta roja a dejarle tamaña cantidad de leña.

Había escuchado mientras rogaba por no desmayarse entre su última recolección el sonido de árboles caer. Y aunque sólo unos cuantos leños se lo habría agradecido una inmensidad, la pirámide de madera cortada que le doblaba en altura era en verdad una exageración. Una muy dulce exageración; debía reconocer.

Y por muy extraño que le pareciera, la recarga de energía que se produjo en su cuerpo en aquel instante, le hizo sentirse aliviada. Sonrió hacia el bosque, y un suave "Gracias", se permitió susurrar al viento esperando ser escuchada.

Sólo le tomó una hora despellejar al animal, unos minutos tener encendido el fuego, y con su sable trozarlo para así asarlo sobre fuego en una improvisada estaca.

Furyoku como si se tratase de una criatura, se quedó a la atenta espera de que su ansiado alimento, deseando que encontrase ya listo para devorarlo.

Quizás, era un poco exagerado el tener asándose todo un animal, pero, las dimensiones de su buen amigo lo requerían, y ahora que llevaban compañía... y también serviría para guardar su poco para el día siguiente. Si pasaban por alguna aldea, podría comprar unas cuantas cosas para acompañar la carne, ya que las especias que la anciana Kaede le entregó, solo provocaba que su instinto culinario se activara, permitiéndole adobar la carne con habilidad. Se le acumulo saliva de solo imaginarse el sabor ante el agradable aroma que comenzaba a desprenderse. Y solo esperaba que el acompañante anónimo opinara lo mismo...

Corto con cuidado una pierna, y con unas hojas improviso un plato.

Se adentro un poco en el bosque y simplemente dejo la presa ahí.

No espero algún tipo de agradecimiento, ya que lo más probable es que creyese que su actitud era algo esperado y merecido, o también que fuese demasiado tímido como para siquiera atreverse dejar ver, ó que crea que lo matara si lo llegase a tener enfrente... Hmmm, quizás no era por ninguna de aquellas, pero prefería pensar en ideas de ese estilo a que las intenciones de su tímido acompañante fuesen motivadas por razones más oscuras...

Un suspiro doloroso se escapó de sus labios, el cual sumado al cansancio que decidió apoderarse de ella, por un momento creyó que se desvanecería logrando ser atrapada por Furyoku.

— Creo que estoy agotada… — murmuro permitiéndose el apoyar su costado en el animal. Cerca del fuego, bajo la sombra de un árbol la dejó caer. Y Kagome lo observó ir al otro extremo del claro donde había mantenido el resto de sus cosas.

Con el uso de sus mandíbulas, Furyoku tomó las armas de la joven para llevarlas donde ella, pero, para cuando regreso, Kagome dormía tal cual había quedado -de piernas estiradas sobre el suelo, espalda contra el tronco del árbol, brazos y cabeza caída- sin muestras de despertar, y él, se recostó a su lado permitiéndole a la joven buscar su compañía y abrigo.

El ser misterioso curioso, ante la provechosa tranquilidad proporcionada por el atardecer, volvió a chequear con sus sentidos el estado de la joven que seguía durmiendo, aunque no podía decir lo mismo sobre el estado del animal, ya que apenas se movió con intenciones de descender, éste agito sus orejas y sus ojos lentamente comenzaron abrirse mirándolo con fijeza; como si se tratase de un certero desafío a las intenciones en sus movimientos, por lo que sin quitarle la vista de encima se dirigió de un salto al centro del claro, donde encontró el morral que la joven llevaba consigo durante el viaje.

Sin dejar de estar alerta a los movimientos de la muchacha, y mucho menos del felino, abrió el bolso con un simple movimiento con su mano derecha.

Lo que aparentaba ser un paquete, llamo su atención. La cinta de amarre en seda, de un delicado y firme moño demostraba lo importante -tal vez de un modo afectivo- para la joven. Por lo que, temeroso de rasgar con sus garras sin querer el envoltorio con infinito cuidado, lo dejo de lado.

De un bolsito de cuero su olfato se sintió afectado ante la -para él- intensa mescla de olores; hierbas y más hierbas había ahí dentro, y la nariz ya le comenzaba a picar... con fastidio dejo el bolsito a un lado y siguió hurgando.

Unas mudas de ropa que estaban bien dobladas en el fondo, lo hicieron sonrojar con intensidad al comprender que consistía en ropa interior. Pero, por muy extraño y avergonzado que se sintiese, no las devolvió. Solo se limitaba en tenerlas en alto con la vista fija en ellas, imaginándose a la joven utilizándolas para cubrir su desnudez… la suavidad del Nemaki le hizo preguntarse luego de un tragar pesado si la piel de ella sería igual al de la seda en sus manos… estaba en verdad tentado en verificarlo.

Ella dormía, y podía ser lo bastante sigiloso cuando quería y necesitaba como para acercarse lo suficiente para tocarla sin ser descubierto. Aunque, dudaba seriamente siquiera poder rosarla; no porque no pudiese, si no porque recordando, el tigrecito seguía mirándolo. Y él, que aun mantenía las prendas en alto, sintiendo la suavidad y percibiendo en su totalidad el aroma de ella que se desprendía de sus cosas, lo tenía literalmente atontado, encantado… maravillado…

Un movimiento de la joven bastó para que dejara desparramadas las cosas que había sacado y saltara sobre la primera rama alta a la vista, sintiéndose estúpido al ver que ella solo se agitaba ante el posible mal dormir, llevándolo preguntarse: ¿Qué la inquietaría de aquel modo...?

No era la primera vez que se le veía así. Pero las pesadillas parecieron empeorar con el transcurso de los días, lo que traía desagradables consecuencias.

Si bien, a él no le sucedía nada cuando la joven liberaba energía entre su mal dormir, esta se volvía atrayente para todo demonio a kilómetros a la redonda.

Más de una vez tuvo que prevenir un ataque a ella, quedándose en vela y aprovechar los momentos en que la joven se dedicaba a descansar, a preparar su alimento, o por las noches hasta momentos antes de que las pesadillas comenzaran a tener forma en los sueños de ella.

Fue durante esos momentos de vigilia en que, durante una ronda luego de matar unos demonios serpientes, se encontró un grupo de Yokais en el camino.

Alcanzo a tiempo esconderse para no ser visto sobre la copa de un árbol.

Tenían el mismo comportamiento que los que se encontró temprano ese día; algunos del grupo olían el aire de forma desesperada, mientras que otros se mantenían a un lado del que, supuso, sería el líder. El aspecto de este último, no era como el del resto. Su apariencia a simple vista eran de humano, pero sus rasgo, al ser sometidos a un análisis profundo, lo Yokai salía a la vista. Cabellos azules y ojos grises, de piel tan blanca que parecía transparente… parecía mujer con sus delicadas y bellas facciones. Resoplo asqueado.

Una de las bestias que oliscaba el aire se detuvo y miro al sujeto de rostro femenino con una sonrisa maliciosa.

— La encontraron… — susurro el ahora guardián lo suficientemente alto como para que lo escucharan.

El de cabello azulado se volvió a él y una sonrisa sádica se dibujo en sus ojos y en su labio levemente curvado. Gruño por lo bajo y con un tronar de dedos se preparo para el ataque.

Vio como el líder, les dio la orden a dos para que se quedaran con él y el resto junto al femenino partió en busca de la joven.

Con rapidez trato avanzar, pero se le colocaron enfrente al instante viendo como el resto de los Yokais se perdía en el bosque a gran velocidad, a lo que no pudo evitar colocar un rostro de desesperación. Debía apurarse…

Kagome aquella mañana, se levanto de buen ánimo. Últimamente era así.

Podía ser que las pesadillas la aterrorizaran todas las noches, pero, había algo agradable cuando la realidad se presentaba. Y era el saberse protegida.

Absurda idea, ya que era solo eso, "una idea". No lo había visto. Solo sentía su fuerte presencia a su alrededor, siendo acompañada por la de otras desagradables criaturas, las cuales a los minutos después desaparecían.

En algún extraño sentido, encontraba adorable esa sensación de seguridad –a pesar de que él le hurgueteara las cosas de vez en cuando…-

Reviso sus armas por enésima vez, y en el preciso instante en que envainaba su Katana a su costado y observaba los alrededores si Foryoku había regresado de su cacería, sintió la presencia de seres malignos acercándose a gran velocidad.

No lo pensó demasiado. Rápidamente se saco lo que le pudiese molestar, quedando con su ropa de exterminadora y sus armas en sus respectivos cintos, colocándose en posición de defensa dedicándose a observar los alrededores. Los sentía; en cualquier momento le caerían encima. Pero, también sintió la angustia en el ser de silueta roja…

Su corazón se contrajo ante la preocupación por aquel que sentía cercano de algún modo, y este aumento al sentir que las presencias se hacían cada vez más fuertes hasta rodearla.

— Por fin me doy el gusto de saber que lo de la "Joya", no era una mentira — Kagome frunció el ceño al escuchar la voz que provenía detrás de ella, por lo que se giro muy lentamente colocando ambas manos en cada una de sus Sais, logrando ver a las criaturas que le tenían el cabello erizado ante la maldad que irradiaban.

Al comprender que había aguantado demasiado tiempo la respiración, con calma la boto e intento tomar más.

— Huele sabroso — dijo otro de los Yokais que estaba al lado del que tenia apariencia humana. El resto, parecían alimañas rebuscadas en las profundidades de la tierra. Si bien sabia que las apariencias engañaban, mientras más miraba al de relucientes cabellos azulados, bellos rasgos e imponente armadura plateada sobre un vestuario de finos bordados en hilo de plata sobre una tela azulina y blanca, su aura le llegaba como ondas eléctricas que le quemaban desde el interior, comprendiendo, que era el peor de los cinco…

Muy sabroso… — le recalco otro dejando asomar entre sus afilados dientes, una larga lengua que chorreaba baba.

— ¡Silencio! — ordeno el Yokai de cabellos azules, el cual por poder, nombro jefe del grupo. Este, a paso pausado se comenzó acerca lentamente hacía ella sin quitarle la vista de encima. Kagome en reacción, rápidamente saco sus armas girándolas en sus dedos y dejándolas en posición de ataque dando una rápida mirada ante la posible presencia de su fiel amigo, el cual no se dejaba ver… estaba sola. Regreso su vista al frente, dando con una delicada mano pálida de largas y afiladas uñas. Frunció el ceño —. Ven conmigo por las buenas — comenzó a decir este con voz calma —, o deberé hacerlo por las malas.

La joven no emitió palabra, solo lo miraba con su ceño fruncido y respiración pausada, preguntándose a la vez sí su seguidor anónimo se encontraría bien…

El Yokai, al ver que no conseguiría nada, bufo y miro a los otros de reojo, y con un gesto con la cabeza les ordeno a dos que la atacaran.

El que en esos instante, mientras Kagome veía como sus atacantes se le acercaban, se preguntaba si estaba en condiciones como para matarlos a todos ellos y si los ausentes acompañantes se encontraran bien, la llevo de un modo que jamás había logrado con tanta rapidez buscarlos por los canales espirituales, dando con el guardián de silueta roja moviéndose a gran velocidad en su dirección, y de Furyoku… con el no alcanzo hacer contacto, ya que apenas alzo la vista, tuvo que prepararse para su propia batalla.

La joven en un movimiento rápido, hizo girar las Sais entre sus dedos al tiempo en que emprendía carrera. Con un leve apretón de sus mangos, las Sais de un momento a otro se envolvieron por un halo de energía rosácea, de la cual las criaturas que la iban atacar no se percataron.

El sonido de metal cubrió el silencio. Recibía cada envestida a la espera oportuna de arremeter.

Debía ser precisa y rápida, ya que la mas mínima falla, la llevaría a desprender demasiada energía, y estos Yokais, serian solo el comienzo de unos cuantos mas que no tardarían en llegar…

Impulsándose con su cuerpo, en un medio giro, le corto la garganta a uno mientras que a otro, al tiempo en que este se le abalanzaba, le enterró en mitad del pecho una Sai, mientras que la otra, con rapidez se incrustó en la yugular del mismo. Giro el rostro mirando fijo al jefe con desafío y evitando mostrar su agotamiento ante el ejercicio… y el de elegante armadura, gruño.

— ¡Ataquen! — ordeno este al resto de los Yokais y ellos, al ver como sus compañeros desde las zonas en que fueron dados muertos se deshacían hasta hacerse nada.

— tiene… ¡Tiene poderes de Sacerdotisa! — exclamo horrorizado uno sin controlar su retroceso. Pero al dar solo dos, una garra ensangrentada se dejo ver desde el vientre del Yokai…

Kagome, desconcertada se quedo viendo la escena. Sin ningún remordimiento el ser de cabellos azulinos se deshizo de uno de los suyos, llevándola a preguntarse si ella estaba en el marco de Viva o Muerta ante su captura…

Sacudió la cabeza Kagome como modo de quitar aquellos pensamientos de su cabeza, y firme se irguió. Acomodo las armas juntándolas y se quedo a la espera.

Los otros Yokais miraban atónitos sin intentar mostrar temor ante lo sucedido, ya que por lo visto, ese seria el resultado de ellos si no obedecían. Y Kagome tenía claro cual era la opción más factible para ellos. Arriesgarse con ella, era lo mas seguro, ya existía un posibilidad de atraparla -o matarla, dependiendo del interés del jefe-. Por lo que apenas los vio volverse con ojos centellantes, respiro hondo y corrió hacía ellos.

Rodó en el suelo evitando el ataque de uno y quedo justo en el medio de las bestias. Y estos, sin poder reaccionar, mato a dos degollándolos. Se abalanzo en contra de un tercero deteniendo con rapidez el arma de este con una de sus Sai para así permitirse ante un leve contacto con uno de sus dedos, paralizarlo y así con su arma enterrársela directo en el corazón.

Percibió la cercanía del restante. Fue por eso que, acomodando su arma, y con el impulso de su giro, le lanzo su Sai clavándola en medio de su sien. Exhausta, le dedico una mirada desafiante al Yokai que los lideraba. Y sin quitarle la vista, al tiempo que el cuerpo inerte del ser recién matado se deshacía, arranco el arma de él, y al erguirse, recibió todo el impacto del cuerpo del ahora no tan calmo ser de aura siniestra.

La fuerza de él, mas una onda de energía que expulso la hizo ser lanzada a metros de él, chocando su espalda contra el duro tronco de un árbol que de fibrosa y quebradiza madera, provoco que el dolor del choque pasara a segundo plano ante los trozos de madera incrustados en su espalda hasta los huesos…

Desde el suelo, intentando aguantar el dolor, a paso elegante lo vio colocarse de perfil, dándose aires de suficiencia –algo tan común en aquellas criaturas-. Le vio alzar su espada y colocar el filo en dirección al sol como modo de juego para demostrarle lo filudo de los bordes de la hoja.

Y envainado su arma, se volvió a ella. Y para su sorpresa, él le sonrió con cordialidad. Algo que chocaba por completo con la demostración de sanguinario-desalmado de solo hacia unos minutos…

Intento acomodarse en el suelo para así poder levantarse, pero una intensa punzada de dolor atravesó su hombro siendo acompañado por todo el resto de su espalda.

— Que poco educado de mi parte — le escucho decir realizándole una venia de mano apoyada al pecho y sin quitar su sonrisa amable —. Mi nombre es: Kadonomaro. General del gran señor Susanowo.

Kagome frunció el ceño al oír el último nombre… Sunanowo… ¿de donde se le hacia familiar?

— ¿Qué es lo que quieres de mi? — interrogo con gran esfuerzo, ahogando el deseo de gritar y llorar ante el dolor, y por sobre todo, la soledad…

— ¿yo? — pregunto con voz curiosa y divertida.

Esta era la primera vez que ella se atrevía y por sobre todo, tenia la posibilidad de realizar la pregunta que tanto tiempo la había consumido en la desesperación de su propia existencia.

— Yo solo sigo ordenes, muchacha — continuo él con voz pausada —. Debo llevarte ante mi señor, nada más.

— ¿Él… es él el que ha hecho que me persigan todos estos años?

La voz en algún momento se le quebró de dolor. Pero no algo físico, si no más profundo, ya que desde siempre había sospechado que la cacería en la que se le sometió desde su nacimiento era responsabilidad de hechos en los que no tenia culpa ni responsabilidad. Ella, era el chivo expiatorio, y lo sabia, como también dolía… y este dolor aumento ante el asentimiento de Kadoromaro.

Los recuerdos de la gente gritando se agolparon en sus oídos, como si se encontrase a su espalda la escena de muerte que la acompañaba, y como un intento de alejarlos, se cubrió los oídos sin lograr demasiado.

Sus manos temblaban, más no soltó las armas. La imagen de sus padres…

Un par de lagrimas se deslizaron por sus mejillas al mismo tiempo que apretando los labios intentaba ahogar el sollozo. Más no lo logro…

— Mi padres… la gente de esa aldea… todos los que han muerto por el simple hecho de cuidarme, o por el desafortunado destino de haberse topado conmigo… — entre un caudal de lagrimas, olvidando su molestia física, se dejo caer de rodillas clavando el filo de las Sais en el suelo manteniéndolas siempre empuñadas.

— Una perdida lamentable lo de esa gente — dijo con voz quedada Kadoromaro —. Pero, si vienes conmigo, toda matanza acabara. Mi señor será compasivo.

¿Compasivo? ¿Podría serlo alguien que daba la orden de matar solo por atraparla…? eso no era ser compasivo. Toda esa gente sacrificada por ella; por protegerla para que jamás dieran con ella… todos ellos merecía más que lastima. Muchísimo más. Y por primera vez en toda su vida, sintió molestia.

Le molestaba ese semblante falso que el Yokai demostraba. Le molestaba que la incomodara con su energía, y mas sus palabras dichas de modo tan despectivo hacia los que guardaba en su corazón como un tesoro sagrado.

¿Compasivo? Ningún ser con una pisca de bondad se rodearía con criaturas que exudara esa energía para cumplir con sus pedidos.

Dejando sus armas de defensa clavadas en el suelo, se levanto como si sus dolores y heridas fuesen solo una simple ilusión de algo que solo imagino.

Respiro profundo y llevando su mano a su cadera derecha, empuño un arma que solo había utilizado una vez desde que se le regalo; cuando trozo carne para su guardián incognito, el cual sabia que se acercaba a toda velocidad, lo que hizo que una agradable calidez creciera en su pecho.

— ¿Pelearas, muchacha? ¿Estas dispuesta a que te vuelva herir?

— No, si lo impido.

Con elegancia, Kagome desenvaino su Katana, llevándola a su lado derecho. Y en dirección al suelo, la dejo extendida, lista para lo que se avecinara.

Él la imito desenvainando su espada. Echo su cabello hacia atrás y le sonrió.

— No seré cuidadoso.

— Espero que así sea, ya que yo no lo seré.

La sonrisa en el rostro de Kadoromaro se ensancho, y con cierta coquetería en su semblante, agrego:

— ¿Quién lo creería? Me agradas.

Él agito su espada y una ráfaga de energía salió expulsada en su dirección, por lo que con rapidez, corriéndose a un lado lo esquivó preparándose para la envestida que le siguió.

Él cumplió con lo prometido; la ataco y ella se defendió como pudo. Solo uso su arma, ya que algo en su interior le gritaba no usar sus poderes. Y lo entendía. No podía lidiar con demonios y con la criatura frente a ella al mismo tiempo. Pero, si no hacia algo pronto, los demonios serian su ultima preocupación, ya que con el cansancio, Kadoromaro la vencería y no quería pensar en lo siguiente…

El choque de metales continúo. Recibía, contenía y respondía tal cual se le enseño. Las armas no eran cosas que le atrajeran aparte de encontrarlas bellas en su elaboración. Pero, no negaba que al estar junto a los exterminadores por tanto tiempo; observando la fascinación expresadas en el rostro de todos al manipularlas y el empeño y habilidad demostrada en su acción, hizo que Kagome se sintiera atraída a aquel mundo. En un comienzo por deseo de sentirse aceptada por los que la rodeaban, y más adelante, por el compartir el sentimiento de dicha mesclada con adrenalina en una practica de enfrentamiento. Mirada que Sango -la joven que sin problemas la llamo hermana- irradiaba en sus prácticas.

Aguanto la respiración, y se forzó a cargarse de energía. En honor a ellos, los Higurashi de los Exterminadores de la aldea de Byakko, se prometió vencer.

Pero la llegada de Furyoku, la hizo perder la concentración en el instante en que el felino salto al ataque en contra del Yokai, dándole tiempo para tomar una de las Sai y prepararse para continuar.

— Furyoku — el tigre no la miro, pero sabía que estaba atento —. Déjalo. Él es mío.

Apenas Furyoku dejo de pelear con el Yokai, Kadoromaro la envistió y ella lo recibió de nuevo, escuchando a un lado los gruñidos de su buen acompañante el cual se contenía en defenderla.

Y ella, ya cansada, aprovechándose de la oportunidad, engancho el tridente conjunto a su sable a la espada de él, a lo que él se aprovecho y la empujo hasta hacerla chocar contra un árbol.

El dolor fue intenso. Recordándole lo sucedido anteriormente en la cual su espalda estaba ya lastimada, y el dolor punzante en su hombro.

— No puedes hacer nada, princesita. Deberías rendirte, y quizás, decida otro destino para ti.

Ella sonrió de medio lado y manteniendo la presión en el punto exacto, con un giro de su Sai y sable, en la espada de Kadoromaro se formo una fisura que la hizo resquebrajarse desde la mitad de la hoja.

— Pero… ¿Cómo?

— Las Sais tienen la capacidad de quebrar cualquier espada.

Ella habría esperado alguna reacción violenta por parte de él, pero en cambio, este le sujeto las muñecas con fuerza dejando caer lo restante de su arma y uniéndole las muñecas por sobre la cabeza, la dejo a su completa merced.

Lo sintió pegar su nariz a su cuello y olerla con insistencia.

— tu aroma… tu aroma es único…

Un desagradable escalofrío recorrió su columna y más, cuando sintió que se apegaba a ella de un modo no muy decente permitiéndole sentir cierta zona masculina que para ella era totalmente desconocida. Quería gritar, pero no lo hizo. Quería pedirle a Furyoku ayuda, pero no lo hizo. Quería por primera vez salir libre de algo sin que nadie la ayudase, sin embargo, aquello se veía tan lejano que las lágrimas quisieron salir…

— ¡KAGOME!

Su nombre retumbo en sus oídos como si una luz de esperanza la inundara, y por un momento lo creyó haber imaginado. Su corazón se sobresalto y bombeo desesperado en su pecho ante el llamado desesperado.

— Por lo visto, el hibrido se a librado… — un bufido se escapo de los labios del Yokai y regreso su atención a ella, pero Kagome sin controlarse, entro en transe y sus armas cayeron al suelo —. Estas acabada, muchacha — le susurro sin prestar atención a su estado —. Sin tus armas, no puedes hacerme nada, y lo sabes.

— No necesito un arma para deshacerme de ti. Me basta con esto.

Apretó los puños y Kadoromaro la soltó al sentir quemarse en las manos.

— Maldita — exclamo. Pero su molestia iba a mas al ver que usaba su energía — ¡Atraerás demonios!

— No lo hare, me basta contigo.

Apoyo una de sus palmas en el tronco del árbol a su espalda, y un impulso de energía proveniente de esta hizo que de a poco cada partícula, trozo de madera, piedras, raíces, hojas de césped y hojas secas de arboles se inundara con esta energía y avanzara con velocidad hasta llegar donde el Yokai, el cual grito de dolor apenas fue alcanzado.

Kagome sintió de un momento a otro, como su energía era drenada. Y cayendo de rodillas, sin fuerzas siquiera para poder llevar una mano en el hombro que ahora ardía y palpitaba con intensidad, vio como alguien de traje rojo, descalzo y larga cabellera blanquecina se colocaba frente a ella enfrentando a Kadoromaro.

Más cuando los vio enfrentarse, ante el primer ataque, cayo completamente desplomada sin saber de nada ni de nadie, y mucho menos, si ella seguía con vida...

Continuara…


N/A: AH... Otro capitulo. Y, para que sepan, el tercero no esta terminado. Falta de motivación, tiempo y de lo mas importante, inspiración.

Las musas agarraron sus pilchas y se mandaron cambiar, así que si alguien las ve, no me molestaría que me avisaran para ir a buscarlas.

Estoy pensando seriamente que me odian. :( Y eso que no pido mucho, que estén cerca para que las ideas fluyan, pero no hay caso…

XD definitivamente estoy loca. Pero es cierto, la motivación no quiere mantenerse y necesito saber si la historia les agrada, ya que mi amiga Blesdyn dijo estar esperando impaciente el next chapter. Así que sus reviews en verdad esta vez los pido U.U muy humildemente.

Cuídense un montón y nos vemos hasta el otro capi, en donde todo podrá suceder :P

Besos y abrazos!

NOS LEEMOS…