Capítulo III

Una voz grave hizo eco en sus tímpanos, pero sus ojos, su cuerpo en general no quería reaccionar.

Se sentía tan cansada; prácticamente atontada causada por su adormilamiento que, al más no poder hacer nada, se dedico a escuchar las palabras que lograba percibir, en donde pudo comprender que no estaba sola.

— ¿Qué quieres que haga? — bramo la voz —. Sólo se preparar esto. No soy ella, por sí no té has dado cuenta. Se una bestia normal y cázate algo... — escuchó un gruñir familiar y luego mas palabras que no logró entender, hasta que un rugir hizo que el otro alzara la voz con fuerza —. ¡Deja de quejarte, o prepara tú la endemoniada sopa!

Pudo haber reído, pero solo se limito a pensarlo.

Con gran esfuerzo, uno de sus ojos pudo abrirse y dejar con dificultad que la poca y molesta luz le permitiese ver algo entre manchones borrosos.

Una mancha marrón con nublosas franjas negras apareció en primer lugar. Estaba a solo un metro de ella frente a lo que deducía debía ser un fuego con un caldero sobre él.

Lo que parecía un plato, fue colocado frente al ser marrón, a lo que volvió a escuchar un nuevo gruñir por parte de este... Furyoku.

Movió los ojos recorriendo su alrededor lo que mejor podía.

La voz volvió a quejarse en contra de Furyoku y Kagome se movió dispuesta a dar con el responsable. Mas el esfuerzo y el cansancio le hizo los ojos mas pesados de lo que ya estaban, sin embargo, una sombra paso frente a ella quedando luego a solo unos cortos centímetros.

No sabía quien o que era, pero la calidez y fuerza que irradiaba la envolvió como si de una criatura se tratase, y antes de caer por el sueño, una gruesa y áspera mano se poso con suavidad sobre su frente para luego detenerse a través de una caricia en su mejilla.

Por un momento, solo un momento, deseo que aquel dulce momento se mantuviera por toda la eternidad. Solo que su tormentosa realidad no tenia planes de evitarla esa noche…

La obscura noche era inundada por un silencio aterrador.

Solo se había dormido hacia unos segundos. Tiempo suficiente como para hacerle alzar la mirada con la vista nublosa y con perezosos ojos hacia la sombra que reconoció de su madre al abrupto levantarse, para ver su rostro ser iluminado en la ventana por la inquietante luz rojiza titilante del exterior.

No pudo evitar imitarla; levantándose de su cama y correr a la ventana para ver como los aldeanos salían de sus casas y corrían enajenados cargando antorchas tratando huir en sentido contrario a la dirección en donde sus vistas estaban colocadas con una expresión de terror.

La puerta se abrió con fuerza, dejando ver una llama flameante en la punta de un madero siendo sujetada por el que reconoció como su padre.

Lo vio reparar en ellas y dirigirse a la esquina de la habitación para tomar la espada que reposaba sobre la pared.

Su madre avanzó a él con la preocupación en su rostro, por lo que su padre, imponente en garbo, cortó el resto de trecho a largas zancadas para recibir a su esposa en un abrazo protector y consolador.

Entre el susurro alcanzo a escuchar como le ordenaba a su madre que no salieran a menos de que fuese necesario. Y un nuevo abrazo los unió.

Lo que parecía una despedida, para su espanto, era eso. Aquel hombre de bello porte; casi principesco le dedico una reconfortante sonrisa y una leve caricia en sus desordenados cabellos antes de marcharse otra vez, y para siempre…

Su madre la estrecho contra sí con intensidad intentando ahogar los sollozos, los cuales mas de alguno se escapó perdiéndose entre los gritos de horror de la gente afuera… no podía hacer nada…

De un momento a otro, ya no estaba en su habitación abrazada a su madre, si no que ahora estaba junto a ella en la entrada al bosque a las afueras de la aldea, siendo sujetada desde los brazos como modo de tapar lo que estaba a su espalda y así tener la completa atención de su hija.

Kagome — le escuchó decirle con firmeza —, debes huir. Yo me quedare para despistarlos — la muchacha de manera insistente negó, demostrando en sus siempre dulces ojos color chocolate lo asustada que estaba. No quería separarse de ella.

Su madre le sujeto el rostro. Le dio un beso en la frente, le abrazó con fuerza y de forma rápida le dio un empujón para hacerla emprender carrera.

La escuchaba hablar entre su espanto, pero la palabras eran bloqueadas por la vista que ahora recibía de lo que la mujer con anterioridad había intentado ocultar… Demonios. Una inmensa nube de ellos se acercaba, y para su corta edad de siete, ya sabia a qué…

Su madre se giro, y al comprender que no quedaba mucho tiempo, se volvió y la zarandeo para hacerla reaccionar, pero el terror la tenía paralizada.

¡Huye, Kagome! — Al ver que no entraba en sí, le dio una serie de empujones girándola al tiempo para que quedara en sentido contrario —. ¡HUYE…! — al reaccionar, comienza correr con todas sus fuerzas hasta abarcar metros de distancia, por lo que se gira y ve como la aldea, la gente que la habitaba; su madre y padre eran matados y devorados sin piedad...

¡MAMÁ! — grito, y el destello de la luna creciente apareció…

— MAMÁ — despertó Kagome diciendo con palabras cortadas.

Igual a como su corazón, exaltada, de un brinco se incorporo cayendo de rodillas y sien al suelo, al su cuerpo no coordinar como necesitaba ante su comprensión sobre la resumida pesadilla de sus peores recuerdos. Los sollozos interrumpieron la quietud como un eco desgarrador de almas.

Sus extremidades temblando se sacudían sin control, por lo que a gatas se alejo del lecho, y desconsolada lloró siendo apoyada por el silencio envolvente del amanecer.

Encontró la firmeza de una pared y se apoyo a ella abrazando sus rodillas como modo de brindarse el consuelo que, como tantas otras veces, parecía no existir para ella.

Los primeros murmullos de animales madrugadores rebotaron en sus tímpanos sin dar luces de efecto en ella. Se había envuelto en sí misma, como si de una criatura se tratase; igual de indefensa, igual de desvalida y necesitada de afecto. Como la tierra misma, que ansiosa rogaba a la primavera llegar pronto para poder ser sometida a las caricias del su amante, el sol.

Era en esos momentos en que sentía en lo profundo de su corazón, la necesidad de alguien... Alguien, al cual por medio de un llamado silencioso y suplicante, pedía que llegase junto a ella para confortarla como necesitaba y deseaba; de un modo que su corazón adivinaba y pedía a gritos.

Se sentía tan triste, como sola. Tanto como sí aquellos dos años hubiesen dividido su corazón y alma dejándola incompleta y desamparada en una búsqueda incesante de alguien o de un suceso responsable de su desdicha...

No le agradaba sentirse así.

Cerró los ojos con fuerza al sentir como aquel -ahora- molesto hormigueo en la nuca se acrecentaba ante la cercanía de ese ser que la llenaba de curiosidad. Se sabía observada, y no hizo mayor amago en moverse para buscarlo. Ni aun así, cuando sintió la presencia de su observante-guardián cerca.

Pero, cuando la misma mano grande y masculina que la noche anterior se poso en su mejilla con suavidad hizo lo mismo en ese instante, su cuerpo vibro y su corazón salto y bombeo dentro de su pecho de un modo inquietante del cual le costo reaccionar, y mucho mas al sentir que aquella situación era una repetición de un suceso pasado… sintió el pulgar acariciarle y el temor recorrió su cuerpo provocando que un sudor frío se presentara, y este pareció aumentar cuando descubrió que el dueño de aquel gentil contacto era el mismo que irradiaba esa energía envolvente que le agradaba sentir cerca desde que lo descubrió aquella tarde…

Una calidez la envolvió, y las ansias de abrazarse a él, fuese quien fuese, se presento en su mente y crecía de manera alarmante, hasta que…

— ¿Kagome?

Aquella voz… aquella voz a su corazón le era conocida. Más, el dolor punzante en el hombro se volvió a presentar queriendo sumirla en la oscuridad.

Sin darse cuenta había liberado energía, y sintiéndose alzada por los aires, a lo lejos escucho intensas pisadas entre el crujir de madera romperse el cual retumbaba en la vivienda.

— Maldición — escucho mascullar cerca de su rostro.

Le dejaron sobre algo blando peludo y suave y se sintió ser arropada con cuidado.

Su cabellos sintieron esta vez la caricia, y entre ello la voz de "él" volvió a escucharse.

— Duerme. Yo me encargo.

No lo hizo. No podía.

La curiosidad y la necesidad de saber quien era, hizo que acumulando fuerzas de no sabía donde se levantara como pudiese, y entre lo oscuro de la cabaña intentara dar con la salida.

Tropezó y cayó varias veces, mas no desistió.

En un comienzo la vista le costo acostumbrarla a la luminosidad, el sol del amanecer le daba directo en el rostro, por lo que el ardor en los ojos fue peor.

El murmullo de voces solo fue eso lo que percibía, nada mas. Hasta que ya agotada, decidió cerrar los ojos e intentar escuchar algo. Mas cuando la presencia del que se encontraba con el que ya conocía, de la impresión la hizo chocar contra la pared de la cabaña y a tientas intentar dar con alguna de sus armas.

Tropezó con todo lo que se le cruzo, hasta que un suave resplandor la llamo identificando su arco y carcaj con flechas. Uno de los obsequios de la señorita Midoriko apenas la conoció…

Las afirmo con fuerza y regreso a la entrada.

El joven híbrido se irguió, y con una expresión de fastidio tomo la vieja empuñadura de su arma.

— La joya — dijo el demonio frente a él —. Dame la joya.

— No se de que demonios hablas.

El ser de considerables dimensiones; de piel roja, bellos negros y cuernos en la cima de la frente golpeo el suelo con su sanguinolento mazo y sonrió diabólico dejando ver dos hileras de grandes colmillos.

— La siento — el demonio cerro los ojos y alzando el mentón se quedo así —. Su presencia está en el aire aun. No lograras nada mintiendo.

— No se de que hablas, demonio; acá no hay ninguna joya. A menos que busques a Colmillo de Acero — el joven desenvaino, y desde la vaina, la hoja de la espada irradio luz y a medida en que la sacaba, esta se transformo en una espada de considerables dimensiones —. Es la única joya que poseo y que me interesa mostrarte.

— Vuestro hermano debió enseñarte a no mentir — el Oni lo miro a los ojos acompañándose de una sonrisa burlona —, o hacerlo de un modo más convincente.

— El idiota de Sesshoumaru no miente, ya que el expresar emociones no existe en él. Y es medio hermano, insecto.

— Pudo no haberos enseñado modales, pero eres igual de arrogante... Híbrido. Deberías cuidar tus modales.

— No tengo interés en gastarlos contigo, ya que en el agujero donde te enviare dudo que te sean necesarios.

— Sigue hablando, y lo único que provocarás será que te devore hasta el alma. Mi señor Susanowo no se lamentara, ya que no es a ti, híbrido de Inu-Yokai, a quien quiere.

— Un cuerno tú señor.

— Maldito bastardo — el demonio alzo su mazo preparándose para envestir —. La lengua será lo primero que te arranque, y luego, ella será mía... — algo pasó por su lado deteniéndose en el árbol detrás del Oni. De lo cual al este volverse, dio con la flecha. Giro el rostro, y al ver a Kagome con arco y flecha en posición vestida sin nada más que su Nemaki, amplio la sonrisa antes de decir —: La presa viene al cazador.

Ella sintió un gruñido de molestia cerca, sintiendo a la vez la presencia de aquel que ahora podía ver sin problema alguno.

Un híbrido... eso dijo el Oni. Un Híbrido de Yokai y humano... si no fuese por sus notorias orejas perrunas podría pasar totalmente inadvertido... sonrió para sí con aquella mentira.

Por simple temor a desconcentrarse, decidió mantener su vista en frente, aunque el saberlo a su lado, la desconcertaba de un modo agradable. Y es que era en verdad apuesto.

Podría culpar el hecho de haber vivido tantos años entre mujeres y él al ser el primer ser masculino que haya visto luego de su encierro, era de esperarse aquella reacción ¿o no? de soslayo lo vio a su lado, logrando apreciar su perfil... ¡Oh, Gran dios! era mas que apuesto. Mentalmente sacudió la cabeza y se forzó a prestar atención en lo que hacia.

— ¿Qué haces aquí? — Su voz gruesa vibro en ella y la hizo desear volverse para querer mirarlo al rostro otra vez, pero mordiéndose el labio inferior y frunciendo el ceño, tenso mas la cuerda de su arco reafirmando su posición —. Deberías estar acostada ¡Deberías estar donde te deje!

Gruño entre dientes él.

— Estoy bien — no supo como logro articular palabra, y por lo mismo, se felicito por el hecho de que salieran tan natural.

Movió los dedos de la mano que sujetaban el mango del arco y se quedo con la vista fija en el Oni sin pronunciar absolutamente nada.

Había visto tantos demonios durante los años, que la apariencia ya no le afectaba, mas no podía decir lo mismo sobre su presencia. Esta le llegaba como una ola de energía oscura dejándola con deseos de alejarse, en especial porque sentía que le latían las sienes.

— ¿Ves algo que te agrade, muchacha?

— Maldito. ¿Como te atreves en hablarle así…?

— Susanowo — los interrumpió ella — ¿Quién es?

— El señor Susanowo, muchacha insolente. — lanzó una flecha centímetros de la oreja del Oni y con rapidez coloco otra.

— Limítate en responder, bestia — bramo el joven dirigiendo el filo de su espada en dirección al demonio, a lo que este realizó una mueca de fastidio.

— Responder pregunta tan estúpida, molesta — entorno los ojos y regreso la mirada donde ella —. Él fue quien nos libero. El que nos hizo ver cuanto valíamos por sobre los insignificantes humanos.

Antiguas historias cruzaron la mente de Kagome. Relatos de niña, en que su padre, el general Akino le contaba sobre las antiguas guerras que se desataron por causa de alguien que poseía el poder de provocarlas. Pero, ¿Qué tenia que ver el dios de las batallas con ella…?

— El fue quien causó La Gran Guerra — susurró.

El Oni asintió.

— Ahora comienzas a recordar — dijo el demonio —. No existe nadie que no este enterado de ella.

— Yo no sabía — comento con tono aburrido el joven híbrido llevando su espada al hombro.

— Sorprendente, en especial ya que tu padre fue uno de los grandes generales opositores.

— Ósea, uno de los vencedores — acoto con arrogancia.

— Por el momento. Llegara el día en que los demonios nos alcemos y retomemos lo que desde un comienzo debió ser nuestro. Esta vez las cosas serán muy diferentes. Las circunstancias están de nuestra parte, y una muestra de ello esta frente a mí. Grande fue el error de que te concibieran, muchacha, pero mi señor no lo ve así, y menos… vuestra propia madre...

— Calla — masculló el joven apretando el mango de Colmillo de Acero dirigiéndolo a él, mas el demonio no obedeció.

—... Ilusos al querer conservarte ante la promesa de vida...

— Calla.

—… Tu mejor sacrificio sería desaparecer, y puede que los vencedores definitivos sean "ellos"…

— ¡Que te calles!

—… Pero no lo harás. Eres débil como todos lo que habitan aquí.

— ¡He dicho que te calles, maldito!

— Sabes que es verdad. Ella será la perdición…

El joven híbrido se lanzo al ataque, pero a ella le vasto solo una flecha para detener todo.

Un alarido de dolor cruzo los cielos, y ella no hizo nada más.

El demonio con flecha incrustada en el hombro del brazo con el que manejaba su arma, furioso intento atacar, y fue ahí cuando el híbrido de traje rojo y cabellos plateados como rayos de luna se deshizo de él, en el instante en que desde la zona lastimada, el demonio comenzaba a deshacerse.

Vio como con un solo movimiento de su arma y gritando "Viento Cortante" el demonio era deshecho, más gran parte de los árboles detrás de este.

No presto atención a nada más. No quería hacerlo. Sentía en lo profundo de su corazón como las palabras crueles de ese ser penetraban en ella y la dañaban sin consideración alguna.

— Mienten — escucho a su lado, mas no se volvió —. Disfrutan fastidiando la vida del resto con mentiras.

— Lo sé... — contesto con la vista perdida en donde el demonio había estado —. Aun así… — se volvió a él y con una leve inclinación de cabeza, le dijo —: gracias — le sonrió —. ¿Tienes hambre? Yo estoy que desfallezco — él, atónito se le quedo viendo mientras regresaba a la oscura cabaña como si nada hubiese ocurrido. Como si el haberse dado cuenta de lo afectada que había quedado había sido solo su imaginación —. Ah — le escucho exclamar deteniéndose en la entrada. Sus cabellos negros caían gráciles por su hombro derecho, y la cinta que firme se mantenía en su cintura manteniendo cerrada su Nemaki le dejo ver las sinuosas curvas, que perfectas le demostraban cuan mujer ya era… —. Por cierto, ¿Cual es tu nombre?

Subió la mirada a su rostro, y aquellos ojos de mirar dulce acompañado de una sincera sonrisa le hicieron fallar la voz, por lo que se vio obligado a carraspear la garganta.

— Inuyasha... Mi nombre es Inuyasha.

La sonrisa de ella se ensancho y una leve risita le acompaño antes de decir su nombre como si se tratase de un suave ronroneo…

— Un gusto, Inuyasha.

La vio ingresar y él la siguió atontado.

No se atrevió a decir nada por temor a arruinar el momento y más porque sus pensamientos y deseos le podían jugar una muy mala pasada, pero apenas ella sintió su presencia volvió hablar.

— Furyoku — le dijo ella entre la oscuridad dejándole ver por momentos su silueta entre los rayos de luz que se filtraban por entre las tablas —. ¿Lo has visto? Ya sabes, el tierno tigre que me acompaña.

— Dudo que pueda decir que es tierna esa cosa. Pero si, lo he visto.

— ¿No duerme aquí? — le escucho un poco mas lejos.

— Sí, lo hace.

— ¿No sabes hace cuanto se marcho?

— Hace solo unos minutos.

A ojos cerrados y a tientas, Kagome se dirigió en búsqueda de las ventanas entre tropezones y chocando con lo que deducía eran sus propias cosas. Y para cuando dio con la primera, alzo el panel hacia el exterior y dejo un palo sujetándolo, la brisa del frescor de la mañana atravesó la tela de su ropa haciéndole caer en la delgadez de su vestir.

Sus mejillas se tornaron sonrosadas ante la vergüenza, y con lentitud, afirmando con fuerza su bata de vestir contra si para así asegurarse que no se dejara ver nada, se volvió y dio con la penetrante mirada de Inuyasha.

Sintió su cuerpo estremecerse. Su corazón se paralizó por un corto instante para luego agitarse en su pecho como un caballo encabritado deseoso de ser liberado.

No supo el verdadero motivo por el cual no dejó de mantener el contacto visual. Podría culpar la intimidación ya inexistente a pesar de no saber nada de él y del porque la seguía, cuando en verdad tenía claro que la razón se encontraba en sus ojos.

No recordaba haber visto algo como ellos. Era como sí se tratase de dos piezas de refulgente oro líquido; envolviéndola y abrasándola de un modo del cual sentía atrevido, pero para su consternación, en lo absoluto indeseable… Trago pesado y algo en aquel mar dorado brilló y su corazón se desato desbocado intentando salirse dentro de ella y por instinto, apoyo sus manos en su pecho como modo de evitar que este se saliera al no poder contenerlo.

Jamás en todos los años en que vivió junto a los exterminadores, ningún hombre o joven le miro del modo en que él lo hacia, por lo que jamás se sintió una beldad, y mucho menos mujer como en ese momento... Su alma estaba siendo desnudada por aquel ser extraño, y por un segundo, sintió como si lo conociera de antes.

Un sudor frío le recorrió el cuerpo, y aquella última idea le hizo palpitar las sienes con intensidad, mas decidió no dejarla ir y menos olvidarla…

— Intente enmendarla — le escuchó decirle con voz ronca atrayéndola a la realidad sin cortar el contacto de ojos.

Con dificultad y sin entender aun a que se refería, desvió la mirada en dirección a cualquier cosa que la hiciese pensar en todo menos en lo que él le provocaba. Por instinto toco sus mejillas, sintiéndolas tan calientes que por un momento se creyó afiebrada.

La serie de pieles de animal sobre el suelo más una frazada arrugada sobre estos, le hizo ver que aquella era la zona en donde ella había dormido; una improvisada y caliente cama… ¿Preparada por él?

Con ojo analítico observo la vivienda; no había muebles. Las paredes estaban desgastadas y dejaban leves aberturas en algunas zonas entre maderos causado por la descomposición. Un leve olor a madera vieja le hizo ver que ellos eran los últimos habitantes de otros que hacia tiempo no la visitaban.

El suelo de una fina capa de madera, solo tenía una delgada película de polvo. ¿Será que alguien más estaba ahí con ellos? Quizás su mujer…

Un dejo de decepción se dejo asomar en sus ojos al tiempo en que se dirigió a su improvisado dormitorio. No sabía porque le podía afectar que Inuyasha tuviese mujer. Ó quizás se trate de su hermana… pero, ¿Por qué no ha sentido la presencia de nadie más a parte la de él durante todos esos días? Bueno, debía considerar que era extraño que un híbrido de Yokai y humano se viese emparejado, cuando tal como ella, eran tratados como parias por ambas razas… pero si ella había sido aceptada por unos pocos, ¿Por qué él no?

Sacudió la cabeza y al volverse para agradecerle, cayó en su ropa de exterminadora rasgada aun lado del hogar central.

Ahora entendía. "Había intentado enmendarla". Se agacho a recogerla y permaneciendo arrodillada, se dedico a examinarla.

Unos raspones en las piernas; desgaste en los codos. Mas la espalda, estaba completamente rasgada.

Manteniendo sujeta con fuerza las prendas llevo su mano derecha a su Nemaki metiéndola por debajo, y así por sobre el hombro quiso tocar su espalda. Lo que deducía un vendaje le cubría las "heridas". Y recordando aquel extraño malestar en su hombro derecho, con rapidez se toco la zona sin encontrar nada ahí, ni siquiera un vendaje acusando la posible herida. Extraño…

— Logre quitarte todos los trozos de madera en la espalda, pero a pesar de que te haya aplicado unos emplastos de hierbas, dudo que no queden cicatrices.

Ella asintió, y sin volverse, dijo:

— Tu mujer… — con dificultad carraspeo la garganta y haciendo un gran esfuerzo volvió a decir —: Tu mujer… ¿se encontrara cerca?

— mi… mi… ¿mi mujer…? ¿Qué mujer?

¿Qué "que mujer"?

— la que me cuido y atendió… y atendió… mis heridas…

Algo hizo "clic" en su cerebro y ella recordó lo dicho por él hacia solo unos minutos atrás; el verlo "solo" a él entre sus despertares… su voz… su presencia… volvió a observar la habitación cayendo en todo. Estaba bien cuidado el lugar, pero no con ese detalle que una mujer tendía a darle a cada cosa. Y al chocar contra la improvisada cama, y que de la orilla saltara polvo -demasiado polvo- le hizo ver que él y solamente él se habían encargado de todo, en especial de ella.

Su corazón se aceleró y choco contra la pared de su pecho ante la sola idea de que él la haya tenido que desvestir y luego volver a vestirla... Oh Gran Dios... Se llevo las manos a la cabeza y varias veces con su puño se golpeó la frente con la intención de quitar las malas -las muy malas- ideas que comenzaban a cruzar su mente.

Nada malo había sucedido. Lo mejor era pensar que él a ojos cerrados le cambio de ropa y que la atendió con caballerosidad, ya que la idea de deshacerse de él le revolvía el estomago...

Lo miró a los ojos y las palabras se trancaron en la garganta, y solo pudo negar con la cabeza y forzarse a olvidar cualquier intento de reproche a pesar de que las ganas de gritarle en la cara lo que estaba pasando por su cabeza le hacía arder la garganta.

De ceño fruncido se levanto y se dirigió al hogar con la idea de colocar toda su atención en la preparación de algo que comer, pero al instante en que comenzaba a inspeccionar las provisiones, un chasquido resonó frente a ella y una chispa se dejo ver dando paso a una hilera de humo sobre un pequeño montón de paja seca.

Alzo la mirada y vio como Inuyasha se agachaba para soplar creando una llamita, y agregándole más paja y un par de delgados palos, las llamas adquirieron fuerza y ella no mostró intento en dejar de admirarlo, solo porque otra vez no pudo.

— ¿Por qué me miras así?

Kagome se acomodo en su puesto, dejo lo que tenía en sus manos y alzando la mirada para así mirarlo a los ojos, con voz suave, dijo:

— Solo me pregunto… ¿Por qué me sigues? -Si es que es a mí a quien sigues…- No puedo negar que me desconciertas, en especial porque desde hace años Yokais y Onis solo me buscan por un propósito del cual poco se. Y si bien, tú no has intentado llevarme donde Susanowo; el que por días sigas nuestro rastro, me protejas y cuides... Solo quiero saber el motivo.

El silencio los cubrió y el mirarse solo hizo que la incomodidad creciera. Y a pesar de la idea de que ella mostrara tal grado de sinceridad lo desconcertara sin poder creerlo aun, ya que hacía años que nadie le hablaba así… por lo que al igual que un cachorrito desvalido, bajo las orejas y temeroso intento coordinar idea coherente ante su nerviosismo.

— ¿mis motivos...? — la joven dio un suave asentimiento —. Mis motivos… este…Yo... eh… mis motivos. Kagome, yo...

Pudo haber agradecido el que Furyoku ingresara en ese momento atrayendo la completa atención de ella, pero la verdad, es que no.

Maldijo su cobardía y se quedo a la espera de que ella volviera a preguntar para así liberar la carga, pero no ocurrió.

Angustiado apretó los puños deseando golpearse, mas solo se quedo quieto, como cual estatua de santuario.

Había esperado por tanto tiempo este momento ante su forzada lejanía, que el tener que mantenerse separado de todo atisbo de ser vivo, al parecer y para su desgracia le había hecho olvidar cómo dirigirse a ella. Más cuando por años creyó que eso no sucedería.

Desde su nacimiento se sabía solitario, y por largo tiempo lo había sentido así hasta que la joven que estaba frente a él lo cambio, para luego por circunstancias externas regreso a algo peor. Pero jamás creyó que la soledad afectaría su confianza al hablar, y mucho menos con ella… Y el tener que compartir el poco y desagradable tiempo que Sesshoumaru a la fuerza se había visto a pasar junto a él, no podía decir que eso era mantener contacto con un ser vivo, y menos que servía como práctica comunicacional, ya que no dudaba por ningún segundo que su medio –desagradable- hermano era lo más probable un InuYokai de hielo con monosílabos como medio de comunicación, en la que dar órdenes era lo que ocupaba su frases diarias.

Resopló molesto ante desagradables recuerdos y se vio forzado a regresar a la realidad al escuchar al felino gruñir. Creyó por un momento que era para él, ya que esa era la costumbre; él se descuidaba y Furyoku le gruñía. Pero cuando comprendió que la queja del animal en realidad era hacia Kagome, presto atención sorprendido a la vez.

Ella se veía preocupada por como el tigre se comportaba. Este soltaba fuertes quejidos y se dedicaba en llamar la atención de ella ante gruñidos, tironeos de ropa y en especial, jalándola en dirección a la improvisada cama. No tenía demonio idea de qué podría ser, y por lo visto menos ella, hasta que sus sentidos le dieron aviso de la presencia de externos.

— Se acerca alguien — dijo con seriedad.

Ella preocupada se volvió a él, dejándole ver de un modo leve pero perceptible el temor en sus ojos.

— ¿Demonios? — le escucho preguntar.

— Humanos — aclaro con rapidez escuchándola suspirar de alivio —. No se cuántos. Pero, vienen niños con ellos.

Inuyasha sintió un escalofrió recorrerle el cuerpo y no dudo de quien podía ser la responsable de aquello.

La situación se repetía. No podía moverse, no podía; solo el pensar no le era impedido, y eso le fastidiaba por sobre manera, y mucho mas por el hecho de que un demonio -o varios- podrían atacarlos ante la irresponsabilidad de ella.

— Son dos niños — comenzó a decir ella regresando en sí permitiéndole a Inuyasha moverse —, dos hombres adultos y un anciano, y tres mujeres… ¿Por qué me miras así?

— ¿Olvidas qué demonios perciben tu energía? — bramo él dirigiéndose a mirar por la única ventana abierta a la espera de un inminente ataque.

— Te aseguro que no se me olvida. Y mucho menos ahora que estas aquí… — un suave rubor cubrió las mejillas de Kagome al sorprenderse decir aquello, por lo que con rapidez decidió continuar el tema antes de querer meter la cabeza en algún agujero —. Soy cuidadosa a la hora de usar mis poderes. No tienes de que preocuparte.

— Por lo visto, las noches para ti no cuentan — soltó sin siquiera darse cuenta que había hecho y menos el tono que había empleado. Y al percatarse en lo sombríos que los ojos de Kagome se volvieron, un nudo se formo en la garganta llenándolo de pánico y deseando golpearse.

— Kagome… — intento acercarse con la acertada intención de disculparse, pero Furyoku se lo impidió con un intenso gruñido acercándole a la vez a la muchacha el envoltorio de seda y delicada cinta.

A pesar de sus varios intentos por saber que poseía ese delicado paquete, jamás se le paso por la cabeza ultrajarlo. Quería demostrarle a ella que era de confianza. Aunque con su forma de hablarle dudaba seriamente si ella llegaría a tomar en cuenta aquello…

Inuyasha suspiro pesado y a paso cansado se dirigió a la salida, dándole así la privacidad necesaria a Kagome para cambiarse.

Furyoku salió junto con él y como guardián se echo a un lado de la puerta con una expresión de tranquilidad que lo hizo suspirar agotado. Y más aun porque no podía estarlo.

Recordaba el rostro de Kagome ante sus toscas palabras, y entre un ir y venir al tiempo que escupía maldiciones a los cielos y farfullaba un montón mas a cada insecto que se le cruzara enfrente, y pateando cada piedra que apareciera en su andar.

Una insignificante "chinita"; un insecto de tierno aspecto, de cabeza negra, sobre alas rojas con puntos negros, tuvo el atrevimiento de posarse sobre su nariz en el instante mismo en que quería golpear un árbol como modo de desquitar su rabia, mas al verla, se detuvo.

Se le quedo mirando por largo tiempo, casi hipnotizado sin cambiar su posición de ataque. Y un fragmento alegre se le vino a la mente y lo lleno de calidez.

Una maraña de cabellos negros paso frente a él. Una niña; una niña de no mas de ocho años corría por un prado rocoso en las que inmensos rosales crecían como agregados bellos en tan tosco paraje.

La pequeña agitando sus brazos daba alegres brincos entre su correr, tarareando canciones antiguas, que solo en importantes ceremonias se escuchaban.

La pequeña constantemente se devolvía a él y le sonreía con aquel característico dulzor, haciéndolo ruborizar hasta quedar con el rostro completamente encendido. Y sus nerviosos pasos empeoraban cuando ella le tomaba la mano para que así mantuvieran el mismo alegre ritmo.

La veía olorosar y observar con fascinación cada detalle de las amarillentas flores perfumadas, deteniéndose en una en específico.

No se movía, no hablaba, incluso, no respiraba. Estaba completamente absorta en una rosa que comenzaba a mostrar indicios de abrirse. No era una belleza comparada con las otras, por lo que no entendía qué podía tenerla así. Una serie de insectos verduscos la tenían completamente cubierta en la zona de los sépalos, impidiéndole que abriera.

Él, deseoso de no querer verla triste, acerco su mano en un pleno intento de deshacerse de tales molestas criaturas, mas ella lo detuvo, y en el instante mismo en que iba a preguntar el motivo, ella con una amplia sonrisa señalo un insecto de mayor tamaño sobre otro rosal de mejor aspecto.

Una chinita… susurró con calma.

La vio acercarse al insecto y tomarlo con cuidado, y con la misma calma lo dejo en el rosal infestado quedándosele mirando por unos segundos, para luego caminar con tranquilidad en el sentido y rumbo que antes mantenían.

No sabía que decir, ya que no entendía nada. Su sabiduría de la vida era tan nula como el de la pequeña humana que le acompañaba. Y es que él era un muchacho; hijo de Yokai, pero muchacho al fin y al cabo…

Frunció el entrecejo y con la curiosidad reflejándose en su rostro, se volvió a ella. Pero la pequeña, como siempre sucedió, se adelantaba a sus pensamientos. Y con una suavidad tan de ella, dijo:

Las chinitas ayudan a las rosas a que los insectos no las maten. Ellos se comen a esas desagradables criaturas… ¿Tu crees qué, no debí haber intervenido?

La miro a los ojos, y en ellos se reflejaron la esperanza a la espera posiblemente de su respuesta. Pero ¿Cuál era la haría feliz?

No lo sé — contesto él agachando la mirada.

El rostro de ella por un lapsus se entristeció, y dándole una sonrisa que le hizo olvidar todo, lo ínsito en continuar…

¿Cuántos años desde aquel momento? Demasiados para su gusto. Demasiados años desde que se sentía aceptado por alguien. Demasiado tiempo desde que se sentía querido por lo que era y más.

Con uno de sus dedos se interpuso en el trayecto del insecto como modo de incentivarlo a subirse, cosa que la chinita hizo. La miro por largo tiempo, recordando una y otra vez aquel momento vivido once años atrás. Puede que en ese momento no entendiera el motivo de la tristeza de ella, pero el transcurso de los años; la madurez le hizo comprender muchas cosas, en especial esta.

Ella comparaba su nacimiento, el cuidado y sobreprotección que su primera familia le dio, así como también ocurrió luego con la segunda, sumándose él en su momento…

Furyoku, dando un profundo gruñido lo trajo a la realidad, percatándose del desagradable olor que inundaba los alrededores; ese que los humanos exudaban ante la presencia de peligro.

Volvió su vista a la chinita, pero esta dejando salir sus transparentes alas voló alejándose de él.

Sintiendo una leve opresión en su pecho, desganado se volvió en dirección a donde sabía estaban los humanos, dando al instante con sus miradas atemorizadas. Las cuales por primera vez en su vida de adulto, no eran dirigidas a él, ya que Furyoku era el completo centro de atención de los ocho humanos que habían aparecido. Tal cual como Kagome había dicho; dos niños, tres hombres y tres mujeres…

Los sintió aguantar la respiración en el instante mismo en que el tigre, acompañándose de un bostezo dejando mostrar sus fauces se levanto, provocando que el desagradable olor a miedo aumentara.

Debía reconocer que el miedo de ellos era bien fundado. El tigre de cuatro extremidades bien plantadas sobre el suelo era tan alto como el más alto de ellos, y la actitud calma de Furyoku, poco servía para aliviar en algo el deseo de correr y desaparecer que experimentaban aquellos humanos.

En momentos como aquel, lo mejor habría sido mantenerse al margen, y así su presencia se habría mantenido inadvertida. Sin embargo, solo basto con que el más pequeño de los menores mirara alrededor para que ante una ahogada exclamación de fascinación los adultos dieran con él.

Como nunca se había criado en lo que se podría llamar un grupo de personas como "familia", la actitud que adoptaron los dos hombres adultos le sorprendió. Alejaron a los pequeños entregándoselos a sus madres dejando de lado aquel olor a miedo dejarlo sentir otro distinto, uno que él mismo solo con dos personas había dejado lucir, en la que Kagome estaba incluida.

Siempre había considerado a la mayoría de los humanos estúpidos y solo unos pocos le había demostrado que valían la pena. Pero estos que tenia en frente, definitivamente estaban en el primer grupo. No entendía como olvidaron al tigre y se preocuparon por completo de él, creyendo poder hacerle algo en caso de un ataque.

Resopló e intentando mostrar una actitud de aburrimiento se cruzo de brazos y apoyo su espalda contra el tronco del árbol tras él. Pensó que mostrándose desinteresado con ellos, estos bajarían la guardia, pero al parecer la estupidez iba a mas, ya que viéndolos tomar lo que tuviesen a mano –ya sea un palo o una laya para levantar heno se prepararon para atacarlo. Suspiró agotado y sin cambiar de posición los espero, sin antes decirles:

— Solo pierden su tiempo — les dijo con voz cancina —. Lárguense. No es necesario intentar atacarme.

Uno de los hombres levanto más su "arma" e intentando mostrar valentía, con voz gruesa dijo luego de tragar pesado:

— Puede que no logremos nada, pero será suficiente para que ellos arranquen.

Inuyasha llevo su vista detrás de los hombres y pudo ver como el resto de la familia intentaba con dificultad devolverse hacía el bosque para intentar desaparecer.

— ¿Están seguros de eso?

Estos asintieron firmes. Inuyasha sonrió de medio lado, y mirándolos a los ojos sin dejar de sonreírles, sin que ellos se diesen cuenta, de un brinco apareció detrás de ellos.

— ¿Y, ahora?

Bufo para sí al verlos volverse aterrorizados. Y sin mayores movimientos, se encamino a la casa, y en ese instante algo se bloqueo en él, paralizándolo por completo.

La visión frente a él era tan chocante como si Sesshoumaru lo hubiese golpeado durante una lección de batalla. Incluso, en ese momento, perfectamente sabía cual de los dos golpes le dolía mas, y podía asegurar que el verla con ese atuendo solo permitido en mujeres prohibidas a la vida mundana era el que mas le afectaba…

No supo en que momento Furyoku se coloco detrás de él y menos cual era el motivo por el cual gruñía, y poco le importaba, pero al verla alarmada correr en dirección a ellos, algo se activo en él haciéndolo reaccionar.

— ¡No se atrevan! — dijo ella colocándose frente al tigre y a él, y luego, él frente a ella tomándole el antebrazo a uno de los hombres viendo como el rostro del hombre se desfiguraba de dolor.

— No te atrevas a tocarla — bramo entre dientes.

— Inuyasha — lo llamo ella con suavidad, pero él no mostró intenciones en dejar de realizar presión, a lo que ella colocando su mano sobre su hombro y sobre el del humano reaccionó ante el contacto sin dejar de sentir como su cuerpo completo vibro —. Por favor. Se lo pido a todos. Por favor… — sintió su mirada suplicante sobre él y por temor a sus emociones, la evitó con gran dificultad.

Le dio al humano un último gruñido antes de soltarlo, y al ver a la gente reaparecer se volvió a ella, viendo como de manera adorable sus mejillas comenzaban a tornarse sonrosadas sin dejar de sonreírle.

— Gracias… — le escucho susurrar antes de verla partir con rapidez hacía el grupo con el rubor aumentando.

Por varios segundos se quedo pasmado donde mismo solo dedicado en verla. En admirar su endulzante presencia.

Poco le importo que Furyoku le estuviese cabeceando por la espalda solicitándolo para lo que sea; no podía moverse. Y es que, puede que sin importar el vestuario, le era imposible verla como alguien entregada solamente al servicio en honor a los desaparecidos dioses. Ella se veía igual de hermosa de sacerdotisa a como si llevara su ahora arruinado traje de exterminadora o en el pasado un andrajoso vestuario varonil…

Furyoku lo mordió con fuerza en un costado, así que fastidiado se volvió a reclamarle.

— ¿Qué demonios quieres? — farfulló, pero al verlo pasar por su lado soltando profundos gruñidos se volvió en dirección a Kagome, viéndola hacerle señas para que se acercara.

Por lo visto una de las mujeres, la mas anciana no se sentía bien. Estaba pálida, se quejaba constantemente apenas Kagome tocaba uno de sus tobillos. Al parecer se había lastimado durante el intento de huída, y quizás, solo quizás sentía un poco de culpa.

Se rasco la cabeza intentando entender sus enredados pensamientos, los cuales no tenían nada coherente.

Se coloco detrás de ella observando como con rapidez ella atendía a la mujer dando órdenes a todos… incluso a él ¿Le había estado hablando? Y al parecer seguía haciéndolo al verla mover los labios sin dejar de mirarlo. Sacudió la cabeza y presto atención a sus palabras.

—… por favor, Inuyasha. Ayúdame a llevarla adentro.

Sin siquiera dudarlo o mostrar una pizca de queja levanto a la anciana mujer en brazos y veloz, siendo seguido por Kagome la llevo al interior de la cabaña.

Se impresionó al ver como en tan solo unos minutos ella había ordenado el interior, cuando se suponía debía estarse solo cambiando de ropa.

No había algo botado; todo en un lugar especifico. Las pieles que él había juntado para que la joven pudiese dormir estaban correctamente estiradas y la frazada doblada a pies de esta.

— Déjala sobre las pieles — se arrodillo a su lado atendiendo a la anciana y él sin saber que hacer, solo se quedo a su lado mirando cómo se movía —. Hierve agua, por favor — le susurró sin volverse a él, por lo que no supo si en verdad las palabras eran para él… — ¿Inuyasha? — lo miró a los ojos y él se sonrojo al instante, por lo que sin esperar repetición de un brinco se dirigió al intento de inicio de fuego, el cual ahora estaba completamente consumido al no haberse preocupado nadie de él.

Como Kagome solo quería para un té, esa fue la dosis que preparo. Mas cuando se lo entrego y vio como le sonreía entre el agradecimiento, no pudo evitar sonreír idiotizado al comprender que ella, a pesar de todo no estaba molesta con él.

Sí… definitivamente seguía siendo la misma Kagome que hacía años conoció, y él, definitivamente el mismo idiota embobado…

Luego de realizar unos vendajes, preparar unas medicinas para el dolor en base a hierbas, Kagome se lució junto con las mujeres luego de una corta explicación por parte de ella del porque viajaba junto a al tigre y él, en la preparación de algo que comer.

Por lo visto Furyoku había sospechado que la joven reaccionaría aquel día, y por lo mismo había llegado con un venado de considerables dimensiones. Tanto así, que luego de que comieran hasta quedar satisfechos, quedo suficiente carne como para regalárselas a la familia para que tuviesen por días, hecho del que prefirió guardar silencio cuando ella le pregunto si le molestaba, ya que así era.

Era el alimento de ellos dos. Bueno, de ellos tres, contando al mandón de Furyoku. Y como quedaron sin provisiones, las cosas no se mostraban muy cómodas.

Suspiró pesado y decidió regresar su atención al grupo. Para Inuyasha, los ocho humanos eran especimenes especiales -por no decir estúpidos e ilusos-. No dudaron jamás las palabras de Kagome. Ni siquiera colocaron "peros" a la hora de un corto relato.

Les dijo que tanto el tigre como él mismo eran sus amigos y acompañantes y los adultos solos se miraron y luego asintieron aceptándolo; Como si la posición de sacerdotisa hiciera las personas innegablemente correctas. Y aunque no colocaba en duda que la relación que tenia con Furyoku se tradujera en eso ¿Estaba bien colocarlo a él en la misma lista? Eso la hacia en exceso confiada, en exceso tonta o una muy buena mentirosa. Y a pesar de que no se la imaginaba actuando como la ultima opción, y menos el creerla tonta –si es que con los años los exterminadores no le reventaron el cerebro entre entrenamiento-, el que fuese en exceso confiada lo enlazaba a un anhelo profundo en el que esperaba fuese esa la real opción…

La vio moverse segura de cada uno de sus movimientos, permitiéndole a Inuyasha corregir sus pensamientos.

Se había equivocado; ella había cambiado. Cosas se realzaron con el pasar de los años, pero era tan fuerte y segura de sí misma como también de sus capacidades. Si bien se enorgullecía de ella al saberla capaz de protegerse, la angustia hizo que una opresión en el pecho se expandiera entumeciéndole los músculos del corazón.

Por mucho tiempo rogó en silencio a los dioses durante su entrenamiento bajo las órdenes de Sesshoumaru, el que ella durante la amplia separación pudiese encontrar a alguien que la cuidara y aleccionara en lo básico de defensa; pero al ver que la joven había logrado superar todas sus expectativas, la idea de que ya no fuese necesario para ella hizo que su cuerpo por completo temblara.

Los exterminadores habían hecho un gran trabajo. Eso, debía reconocerlo…

La comida apenas estuvo lista, se dispusieron en comer. El detrás de ella con la vista fija en su plato sin mostrar interés en compartir. Sin embargo, Kagome siempre se mantuvo al pendiente de él y lo hacía participe de las conversaciones realizándole preguntas al respecto, o simplemente mirándolo como si su opinión fuese de suma importancia para ella.

Intento mostrarse hierático al respecto, mas en el fondo sentía que si no sonreía, expresando en algo el alboroto emocional, se volvería loco. Y fue por eso, que al llevarse una porción de su comida a la boca, antes de completar el trayecto se permitió el que sus comisuras se curvaran hacia arriba sin creer que alguien podría verlo. Mas eso no ocurrió, uno de los pequeños que frente a él jugaba junto a los otros se le quedo mirando y la sonrisa se plasmo al instante en su inocente rostro, como si aquel obsequio hubiese sido para él y no para la joven que absorta mantenía una conversación sobre una serie de ataques de demonios por los alrededores.

En cualquier otra circunstancia poco le habría importado el que demonios mataran gente, y mucho menos le habría llamado la atención si no fuera porque Kagome estaba ahí.

Inuyasha se acomodo en su puesto y escuchó con atención cada detalle dado, avanzando inconscientemente hasta quedar a un lado de la joven sacerdotisa, la cual al sentir su cercanía se relajo al instante. Lo mas probable es que la misma preocupación cruzo su mente ¿Demonios en cacería de ella?

No le parecería extraño eso. Ya que más sospechoso seria que nada sucediese…

— Lo mas preocupante, ha sido los secuestros — dijo uno de los hombres dejando a un lado el improvisado plato de espigas tejidas que ellos traían.

— ¿secuestros? — interrogó Kagome.

— Así es — contesto el hombre —, muchachas de solo dieciocho años.

— pero no cualquier muchacha — aclaró una de las mujeres que picaba un trozo de fruta para uno de los pequeños —. Solo jóvenes con dotes especiales. Únicas.

Inuyasha frunció el entrecejo y sin dejar de estar atento a Kagome, pregunto a la espera de mayor aclaración:

— ¿Únicas?

— Si. Jóvenes destinadas a ser sacerdotisas.

El silencio y la incomodidad los sumió a ambos jóvenes, dejando que los adultos hablaran entre ellos sobre el tema y lo curioso que los hombres destinados a monjes no fuesen tocados, llevando a las mujeres a quejas al respecto por ser siempre las del sexo femenino las requeridas para algún tipo de sacrificio.

Luego de quejas sin sentido, una de las mujeres dijo algo que los trajo a la realidad.

— El hombre vestido de Mandril trajo las desgracias.

— ¿Un hombre… un hombre vestido de Mandril? — Furyoku gruño y todos se volvieron con rapidez a ver que ocurría dejando de lado por el momento lo que Inuyasha había preguntado.

Los pequeños le volvieron a jalar los bigotes al enorme felino, y sus madres espantadas hicieron intento de acercase para alejarlos del animal, a pesar de que el tigre lo único que hacia era cubrirse la cabeza entre quejas con sus enormes patas para así impedir aquel insistente ataque.

— No tienen de que preocuparse — hablo Kagome con voz calma —. Furyoku no les hará nada. Es muy bueno con los niños — alzo sus manos y con suavidad las bajaba con las palmas extendidas —. No tienen de qué preocuparse. La paciencia de Furyoku es de oro

Las mujeres sin hacer comentarios, con la misma lentitud; como si las manos de la joven sacerdotisa fueran encantadoras de serpientes, regresaron a sus lugares mirando constantemente a los pequeños, corroborando las palabras de la joven, ya que el inmenso animal, agotado de tanto jalón, se levanto de su puesto y se dirigió a otro extremo, siendo seguido al instante por lo menores.

De lo último que Kagome dijo, Inuyasha no estaba muy seguro. Por lo que durante largos minutos no le quito la vista al animal de encima deseando tener la oportunidad de rebanarlo en venganza a su comportamiento hacia él los últimos días.

— Y respondiendo la pregunta de usted, joven Inuyasha; un hombre vestido con piel de mandril apareció días antes en la aldea — dijo uno de los hombres.

Su mujer asintió, y llevando la vista al techo, intento traer a la memoria recuerdos de los sucesos transcurridos.

— Él apareció hacía unas semanas, y pidió hablar con el señor de la aldea. Desde ahí las cosas cambiaron.

— Y no es que las cosas estuviesen bien desde antes, esposa mía. Ya llevamos años con problemas en la aldea, solo que ahora las cosas empeoraron desde la visita de aquel ser.

— ¿Por qué dice eso?

— Toda clase de seres deambulan por los alrededores. En un comienzo era algo que no afectaba demasiado; incluso, nos habíamos acostumbrados con el pasar de los años. Pero, últimamente, desde que ese ser apareció todo se ha alterado. Peleas, robos, los ataques de demonios… mas esos seres de los que hable antes, ahora se muestran inquietos y atacan a cualquiera que intente interferir con ellos, como si supiesen que algo se avecina.

La familia asintió unánime.

— Quizás nada de esto estaría sucediendo si nuestro señor no le hubiese pedido que se marchara — finalizo la mujer con un suspiro.

— lo secuestros se habrían convertido en tomas permitidas. A alguien buscan, y por lo visto, no pararan hasta encontrar a la desdichada — dijo el hombre de mayor edad con voz cancina mientras se acomodaba en su puesto.

— ¿Qué le hace pensar que es a una mujer la que buscan, anciano?

El anciano hombre le dio una mirada desaprobatoria a Inuyasha por el tono de voz, mas no hizo comentario al respecto más que su aclaración.

— ¿Por qué mas secuestrarían muchachas?

Inuyasha volvió malhumorado el rostro, no sin antes mascullar un par de maldiciones que hicieron sonreír a Kagome. Más cuando ella se volvió al grupo, su sonrisa había desaparecido por completo.

— Hay algo que me gustaría preguntarles. Todo lo que sepan, me será de gran ayuda — lo adultos asintieron y ella recuperándose respiro profundo y exhalo antes de mirarlos a cada uno a la espera de que viesen lo importante que era la pregunta que se formularía —: ¿No saben si tenía algo que ver con el dios llamado Susanowo?

— ¿el dios Susanowo? — pregunto el hombre más joven, recibiendo por parte de Kagome un asentimiento —. No; jamás lo nombro.

El resto asintió apoyándolo en sus palabras.

— Pero… — dijo la mujer joven —, dijo servir a alguien importante. Alguien que si nuestro señor cumplía con lo que pedía, "él" le daría todo lo prometido.

La más anciana; la que desde un comienzo se mantuvo en silencio, limitándose en agradecimientos o señalar con gestos lo que necesitaba, con voz clara y rasposa siendo envuelta en un halo de misticismo, recito a todos:

— "Sus marionetas, los humanos; simples mortales sin ninguna habilidad sobre natural que sobre pase a otros seres, fueron fácilmente seducidos con la promesa de poder y gloria."

Todos guardaron silencio, absorbiendo las palabras dichas como si una sentencia de muerte se hubiese dejado dar a luz por la mujer, que de simple presencia demostraba ser la cabeza de aquella familia. Hasta que Inuyasha, cansado e incomodo por el ambiente, resoplo hastiado.

— no ha dicho nada que yo no sepa, anciana.

— No, Inuyasha — le susurro Kagome —. Lo que ella recitaba, era un fragmento del Gran Libro.

— ¿Gran Libro? ¿Ese donde cuentan el comienzo de toda vida en la tierra?

— Ese mismo — Kagome le sonrió y él, arrogante alzo el mentón y corrió la mirada sonriendo de medio lado.

— La historia se repite, señorita Kagome — dijo la anciana mujer —. Y aquel ser vestido de mandril, solo está cumpliendo con parte de lo que casi destruyo la creación…

Continuara…


N/A: WIIIIIIII! Por fin! El tercer capitulo…. Uffff ni les digo como costo tenerlo listo, ya que tanto mi editora en jefe (blesdyn ), como yo; ocupadas, y el contacto entre ambas se alargaba por días debido a cada una con sus compromisos. Pero aquí esta por fin! Miles de gracias amiwiiiii (amiga en chileno :S)

En este capitulo ya nos comenzamos adentrar en la trama principal, aunque aun queda enredos por desatar, secretos que salgan a la luz y misterios que resolver.

:P

Las musas regresaron (aunque a la fuerza), así que a avanzar antes de que se arranquen.

Ya Inu salió a la luz, pero, la gran pregunta es: ¿Por qué ambos se sienten afectados uno por el otro? ;) Y ¿Por qué la necesidad de protegerla y a tenderla?

¿Quién da más? ¿Quién da más? ¿Quién dijo yo? XD

Ya lo sabrán jijijijiji

Madeleinemarivop: En verdad me alegra que te guste la historia, como también que hayas dejado un mensajito. Cuídate, y gracias.

Cuidence un millón, y vale agradecer lo reviews

Bye bye

NOS LEEMOS…