CAPÍTULO 1. CÚMULO DE CIRCUNSTANCIAS

Sacó algunos sickles de su bolsillo, le indicó a Stan su destino, y fue a sentarse a la parte trasera del autobús, abriéndose paso entre las camas que habían aparecido al caer la tarde.

El autobús ya ganaba velocidad, y los edificios, las calles y las urbanizaciones comenzaron a evaporarse con la misma facilidad con la que el ánimo de Harry descendía en picado hacia una espiral de preocupación. Perder de vista aquellas paredes hubiera estado bien si realmente hubiera acordado encontrarse con alguien según bajara del autobús. Pero no era el caso.

Nadie sabía de su partida, e intuía que al menos un anciano con barba blanca y gafas de media luna, no estaría de acuerdo con que hubiera decidido arriesgar su vida de aquella manera, tentando al destino. Pero si algo era cierto era que, tras todos aquellos años, había llegado a comprender de alguna manera a Voldemort, y a la forma en la que acostumbraba a actuar. Tras el suceso en el Ministerio, se escondería un tiempo. Maquinando y planeando entres las sombras para volver a salir, más amenazador y más temible que nunca.

Al inicio de aquella tarde, y tras horas de letargo, había decidido no permanecer ni un segundo más encerrado en aquella casa. Su rutina, durante aquellas semanas, había consistido en comer a penas dos veces al día, ir al baño en momentos de preocupante necesidad, y culparse. Culparse una y otra vez por lo ocurrido hacía un mes, en aquel maldito departamento.

Por su puesto, había recibido cartas de sus amigos. Tres veces por semana. Incluso a Ron y Hermione se les habían sumado Neville y Luna, los únicos junto a Ginny que habían acudido junto a él al Ministerio de Magia. Pero él no necesitaba palabras de ánimo vacías ni promesas en las que le aseguraban que aquello pasaría; palabras que encontraba sobre todo en las cartas de Hermione, pero que Ron y Neville no habían tardado en añadir a las suyas de formas poco ortodoxas. Las únicas que esperaba con algo de interés eran las de Luna, ya que siempre venían cargadas con sus propias experiencias veraniegas o en planes disparatados para derrocar al Ministerio. Eran las únicas ocasiones en las que aquel semblante de abatimiento desaparecía del rostro de Harry. De hecho, no sabía si le gustaban más las cartas de Luna o el hecho de que Ginny, la hermana de Ron, no le hubiera mandado ninguna. No es que se hubieran carteado alguna vez, pero ya que el resto se había puesto de acuerdo para intentar animarle, agradecía que la pequeña de los Weasley no gastara tinta en causas perdidas. O quizá fuera que estaba demasiado ocupada escribiéndole a Dean –con quien había empezado a salir desde el curso pasado-, que se había olvidado completamente de él.

Sus tíos y primo se habían dedicado a ignorarle todo el tiempo que había pasado allí, pese a saber desde el verano pasado, que Voldemort había regresado. Y él, cansado de darle vueltas una y otra vez al mismo tema, se puso a empaquetar sus cosas; tarea demasiado complicada después de descuidar su habitación durante aquellas semanas. Tuvo que limpiar restos de comida que habían quedado desperdigados por toda la habitación, momento en el que aprovechó para meditar qué haría una vez que saliese del número 4 de Privet Drive; y una cosa había quedado clara desde el inicio: Grimmauld Place estaba descartado. Había pensado en avisar a Ron sobre su paradero, solo por si algo salía mal; pero Hedwig había salido a cazar, y seguramente para cuando volviera ya se encontraría en la Madriguera. Iría allí; sino había espacio siempre podría dormir con las gallinas en el corral.

Se tranquilizó pensando en ello, mientras el autobús zarandeaba a los pocos pasajeros que ya quedaban a bordo, dando sacudidas y virajes constantes. Varias vomitonas, gente mareada, quejas y paradas después, alguien anunció ` La Madriguera, Ottery St. Catchpole ´ y Harry, con el estómago en la garganta, salió a trompicones del Autobús Noctámbulo mientras Stan bajaba su equipaje.

– ¡Hasta otra, Neville! – dijo Stan antes de subirse de nuevo al autobús. Harry murmuró algo que sonaba en duendigonza y dos segundos después, el autobús había desaparecido en una explosión de luz.

Harry, mareado y confuso, se sentó sobre su baúl, se llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos, en un intento desesperado por no vomitar lo poco que había comido aquel día. Eran muchas las veces que se había jurado no volver a subir en aquel aparato demoníaco, pero debía reconocer que era la única forma que tenía de llegar sin garantizarse una primera página al día siguiente en el Profeta que jurase 'Harry Potter visto paseando por Newcastle y Cardiff. ¡Este chico no para quieto! Ja, Ni el-que-no-debe-ser-nombrado puede seguirle la pista.' Por Rita Skeeter.

La cabeza le zumbaba, y aún tenía por delante el saber qué sucedería una vez que tomara control de sí mismo y se encaminara hacia la casa. Una casa apagada y silenciosa. Raramente silenciosa.

–Hola, Harry –un búho ululó en el preciso momento en el que la voz tomó pie en frente de él. Desde su posición, solo podía ver unas zapatillas de casa algo desgastadas.

Alzó la mirada lentamente, todavía con nauseas. La pequeña de los Weasley le sonreía serena; como si verle allí, sentado en su baúl en las puertas de su casa y a buenas horas de la noche fuera algo completamente normal.

– ¿Pero…cómo…? –intentó hablar, aunque pronto se arrepintió, ya que una arcada le hizo amagar. Las palabras "…has sabido que vendría…" se perdieron por el camino, pero la pelirroja entendió.

–Reloj de los Weasley. –acotó con simpleza, mientras se sentaba a su lado en el baúl. – Me temo Harry, que mi madre te ha cogido tanto cariño, que te ha incluido en el reloj familiar. Bueno, a ti y a Hermione…–sin saber porqué, en el rostro de la chica apareció una sonrisa pícara. –Ronald insistió. Porque... ¿cómo dijo? ¡Ah, sí! Porque si ella estaba en peligro, irías a salvarla, poniéndote también en riesgo…y blabla. – rodó los ojos divertida mientras se ajustaba la bata a la cintura.

En medio del mareo y la confusión, Harry no pudo evitar sonreír, ya que a él también le parecía una excusa muy pobre, incluso para Ron. Sin embargo, no quería ahondar en su irrefrenable y constante manía salvadora de todo cuanto le rodeaba, provocando desastres como el del pasado junio, así que puso toda su atención en la muchacha. Parecía recién salida de la cama, su pelo se encontraba ligeramente alborotado, y sus zapatillas a juego con su bata verde, confirmaban sus sospechas. Ahora que comenzaba a tener percepción de lo que le rodeaba, se sorprendió de ver que la noche ya era cerrada. Aquel viaje le había parecido eterno, y se preguntó que hora sería.

– ¿Y los demás? –dijo incorporándose un poco.

–En la cama. ¿Te haces una idea de la hora que es? Nadie te esperaba, Harry –de pronto vio como una llama de reproche aparecía en el rostro de la joven, muy parecida a las que la señora Weasley solía dedicar a los gemelos, pero desapareció tan pronto como había brotado. Harry, que sin darse cuenta se había encogido un poco, se animó algo ante la perspectiva de poder pasar una noche sin que nadie le recordara lo mucho que se había arriesgado aquella noche, al presentarse allí por las buenas, corriendo Merlín sabe qué peligros. – ¿Qué hay de ti? ¿Por qué estás despierta? –preguntó desviando el tema.

–No podía dormir, así que bajé a la cocina a por un vaso de leche y vi como tu manecilla viajaba. ¿Y a qué otro lugar podrías viajar sino era aquí? –sonrió elocuentemente, y su sonrisa contagió a Harry, al cual se le estaban pasando definitivamente las nauseas.

–Se me ocurren un par de sitios ¿sabes? Zacharias Smith me invitó a pasar con él las vacaciones y no sé, aún me lo estoy pensando...–sus sonrisas se ensancharon un poco más y Harry se percató del intenso frío nocturno que ya los abrigaba, y del cual no había sido consciente hasta esos momentos. –Será mejor que entremos –señaló la fina bata de la muchacha. Y aunque ésta se encogió de hombros, ambos se levantaron. Pusieron la jaula sobre baúl y entre los dos lo llevaron hacia la casa. Entraron atravesando la cocina, que seguía abierta desde que Ginny saliera por ahí, y pasaron por el salón a oscuras intentando no hacer ruido, cosa que no consiguieron ya que Harry tropezó con una butaca.

– ¡Auch! –solo la risa de Ginny consiguió hacerse oír por encima del estruendo de la jaula al caer contra el suelo de madera. – ¡Nos van a oír! ¿Te parece gracioso? –incluso él sonreía aprovechando la oscuridad que los embargaba. Pero no pensaba admitirlo. Se levantó a tientas del suelo intentando ubicarse en la oscuridad.

–No, no. Por supuesto…es todo menos gracioso –en su voz estaba marcada la sonrisa que pintaba sus labios, pese a no poder verla. –Vamos –susurró. Iban a retomar la tarea cuando de repente se oyeron pasos arriba. Ambos se quedaron tanteando la oscuridad, sin mover un músculo, mientras los pasos volvían a una habitación y cerraban una puerta.

–Fred. –susurró Ginny, respondiendo a la pregunta que no había formulado. –Tiene el sueño muy ligero. –explicó agachándose a recoger el estropicio. –Por lo general es difícil levantar a un Weasley de la cama, por eso pensamos que es adoptado. –era complicado reírse silenciosamente, aunque dos lo intentaron de todas maneras.

Cuando pudo dominarse, Harry murmuró tratando de entender. – ¿Pero Fred y George no estaban en…? –En sus cartas, Ron le había explicado que los gemelos habían abierto una tienda en el Callejón Diagon, y que desde entonces eran pocas las veces que se les veía el pelo.

–Ya te contaré. Vamos –colocaron de nuevo la jaula sobre el baúl y a tientas, llegaron hasta el pie de la escalera, donde dejaron todo. Regresaron a la cocina, pasando de nuevo por el salón, donde Ginny no desaprovechó la ocasión para hacer una simulación perfecta de la caída de Harry. Se llevó un dedo a los labios y siguió divertida hacia la cocina. Momento en el cual Harry aprovechó para sonreír.

Al llegar, éste reparó por primera vez en las dos tazas humeantes de leche con galletas que había sobre la mesa. Miró a Ginny y ésta lo captó al vuelo.

–Cuando bajé, supuse que llevabas un rato viajando, y como sabía que no te podías aparecer, pensé que me daría tiempo a preparar algo –dijo encogiéndose de hombros tranquilamente. –Luego oí un ruido fuera, y bueno, el resto ya lo sabes –se sentó en la mesa invitándole a hacer lo mismo con la mirada.

Agradecido y hambriento, se sentó frente a ella, y ambos dieron buena cuenta de las galletas en silencio. No es que fuera un momento tenso o violento, sino que tan solo disfrutaban del sonido del reloj de la sala marcando los segundos, del cloqueo constante de las gallinas en el corral y de los ronquidos de alguien que parecía estar cinco pisos más arriba. A Harry se le acabaron pronto las galletas, y Ginny sin pensarlo y sin mediarlo con él, le cedió las que le quedaban. Al fin y al cabo, ella si había cenado…y desayunado. El tiempo restante, se dedicó a verle comer entre ausente y somnolienta. Cuando Harry ya iba por sus últimos tragos de leche, Ginny habló como si siguieran la conversación de antes y no hubiese habido interrupción alguna.

–Hermione viene mañana y Bill ha traído a Flegggrrr para presentársela oficialmente a mis padres…–exageró tanto el sonido gutural de la erre que pareció estar a punto de soltar un escupitajo. Harry estuvo a punto de atragantarse con la leche en un ataque de risa, pero tragó con dificultad. – ¿Fleur Delacour? –preguntó una octava por encima de lo normal a causa del esfuerzo. –Vaya, las clases de inglés dieron para mucho –

–Así es. –respondió extrañamente impaciente. –Bueno el caso es que Flegggrrr está durmiendo en la habitación de Charlie, y Fred y George han vuelto para pasar el fin de semana en casa –ella esperó que él diese alguna señal de entendimiento. Cosa que no hizo, así que siguió impaciente. –, por lo que todos los cachivaches que habían acumulado en su cuarto, están ahora en la habitación de Percival –Percy seguía peleado con su familia, y Harry no sabía nada de él a parte de donde podía meterse su varita, citando textualmente varias cartas de Ron.

La cara de Ginny amagó antes de proseguir. –Por lo que…tienes varias opciones –dijo cruzándose de brazos y ladeando el rostro.

Harry la miró confundido. – ¿A qué te refieres? –

–A donde vas a dormir, claro – dijo sin rodeos, como si fuera lo más obvio del mundo.

–Pues…–la noticia de que tendría que empezar a plantearse aquello, le pilló con la guardia baja, y la ausente sonrisa que había mantenido hasta entonces, desapareció de su rostro. La idea inicial del gallinero se materializó en el acto. – ¿Cuáles son las opciones? – preguntó entre nervioso y divertido.

–Pues por un lado está el gallinero. Cómodo, confortable. Con almohada de paja a tres tamaños y plegable más un set de cloqueos incorporados. Dos knuts. –dijo con desparpajo la pelirroja. Harry soltó una sonora carcajada sin poder evitarlo y siguió escuchándola alucinado. Posiblemente, aquella era la primera vez que hablaban con tanta confianza, aunque él no pensaba decírselo.

–Por otro lado, está el sofá Weasley. Una reliquia de incalculable valor, más un cojín relleno de plumas de lechuza –dijo de forma pomposa, mientras Harry seguía riendo a carcajadas. –Todas de Errol por su puesto –añadió como si eso fuera a sumarle puntos a la venta. – Tres knuts, dos si a la mañana siguiente no eres es capaz de mover el cuello. –Harry, que apuraba su último trago de leche, escupió sin poder contenerse el líquido por toda la mesa. Ginny se secó con un paño que había aparecido convenientemente junto a ella.

Y como si eso fuese lo menos importante, añadió jugando con las puntas del paño de cocina. –Y luego está la cama plegable de Hermione –exhaló. –La pusimos esta mañana al enterarnos de que vendría mañana – Sus ojos se despegaron de Harry por primera vez, y fueron a parar al reloj de pie del salón que acababa de marcar la medianoche.

Aquella vez, el silencio entre ambos fue más espeso, ya que ambos sabían donde estaba la cama plegable de Hermione. Harry, que había estado demasiado preocupado en pensar una disculpa por haberla puesto perdida de leche y trozos de galleta, arqueó las cejas sorprendido con la guardia baja.

Ginny se levantó como un resorte mirando hacia cualquier lugar que no fueran aquellos ojos verdes, solícita en limpiar rápidamente lo que habían ensuciado. Y lo que no habían ensuciado también. Solo por si acaso.

– ¿Y bien? –dejó las tazas en la pila, y comenzó a frotarlas con saña. - ¿Qué decides? – dijo con entereza. Era muy fácil mostrar entereza de espaldas.

Harry aún tenía un crucigrama pintado en la cara. Trató de serenarse. Entrecerró los ojos, frunció el ceño, sacudió la cabeza de lado a lado. Y luego entrecerró los ojos un poco más. Y todo en una fracción de segundo. Aquello no era diferente de cuando dormía con Ron varios pisos más arriba ¿no? Una cama plegable, unas escaleras, un Weasley en la habitación... sí, nada salía de lo acostumbrado.

–El gallinero era tentador, pero creo que me quedaré con la cama plegable de Hermione –ahora tocaba sonreír a medias, y la pelirroja también cumplió.

Sonrieron a medias al menos durante tres minutos y veintitrés segundos. Ella limpiaba con saña y el estrujaba el paño olvidado en la mesa. Todo eso antes de darse cuenta de que tendrían que moverse. Por eso, varias medias sonrisas después, emprendieron rumbo a la habitación.

Aunque esta vez, a Ginny se le olvidó burlarse por su torpe caída.

Subieron poco a poco por la chirriante escalera hasta el tercer piso. Cuando llegaron frente a la puerta de Ginny, ésta se puso un dedo en los labios y señaló la habitación contigua, la de sus padres. Harry asintió entendiendo, y la siguió con cuidado hacia el interior de la habitación antes de cerrar la puerta con cuidado. La habitación estaba en penumbra, bañada tan sólo por un débil y tenue resplandor procedente de la ventana. Harry dirigió su vista hacia allí, y Ginny que se había girado para ver sus reacciones, captó el mensaje. –Es que siempre duermo con…–fue hacia la ventana para cerrarla y correr las cortinas, pero el chico se le adelantó. –No, no te molestes. Yo también –susurró algo incómodo. Era verdad. En Privet Drive siempre hacía demasiado calor y además siempre la dejaba abierta para que Hedwig pudiera volver cuando quisiese.

Se había quedado plantado en la puerta, sin atreverse a dar un paso más en lo que él internamente consideraba `Terreno vedado y desconocido ´. Ginny, algo divertida por la situación, sonrió en la oscuridad, se apartó de la ventana y fue a encender la luz de la mesilla que había entre las dos camas. La luz bañó la habitación, y Harry pudo ver como una bruja en escoba, le saludaba desde las paredes antes de darse la vuelta y lanzarse hacia los postes de gol que quedaban al fondo de la imagen. Ginny una vez más respondió una pregunta no planteada. –Gwenog Jones. La…–

–….capitana de las Holyhead Harpies –terminó el muchacho, recordando el nombre que había leído en más de un libro sobre quidditch. Ginny asintió y divertida, arqueó una ceja. – ¿Piensas quedarte ahí toda la noche? –se sentó en su cama, y dejó que sus zapatillas volaran por toda la habitación al quitárselas.

–Eh…no, no. Claro –balbuceó el chico, yendo hacia la cama plegable, que estaba más cerca de la puerta. Se sentó en ella y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que su pijama había quedado tres pisos más abajo, junto a su baúl.

Ginny ya se había quitado la bata, y ya se encontraba en camisón, cuando el chico se levantó de golpe, como si hubiese recibido una descarga eléctrica. –Pijama –soltó sin previo aviso. – Mi pijama, está abajo. –señaló lacónico al suelo, con la vista clavada en el encerado y antes de que Ginny reaccionara, ya salía de la habitación.

Estuvo a punto de caerse por las escaleras y despertar a la familia varias veces, pero finalmente llegó abajo de una pieza. Respiraba entrecortadamente y volvía a sentirse mareado. "Eres idiota,…Un completo idiota" Era como si una maldición confundus, pastillas vomitivas y grajeas Bertie Bott de todos los sabores, hubieran confluido en él de una sentada. Grajeas de irrealidad y de inmadurez. ¿De esas también había no?

Ubicó su baúl en la oscuridad, y en lugar de sacar su pijama, volvió a sentarse sobre él. – Potter, esto es ridículo. Ridículo. –se susurró así mismo entre resuellos. Era como luchar contra un boggart, debía verle la parte cómica al asunto. Se llevó las manos a la cabeza y lo intentó. Un cúmulo de circunstancias, dormiría en la misma habitación que ella por un cúmulo de circunstancias. "Eso es..." Más tranquilo, se levantó, sacó el pijama y se cambió ahí mismo de ropa. Porque no había que forzar los cúmulos de circunstancias tampoco.

Volvió a subir las escaleras, y al llegar frente a la puerta se lo pensó dos veces. Dio suaves golpecitos antes de entrar y cruzó el umbral con sigilo antes de volver a cerrar la puerta. La pelirroja ya dormía, y Harry se preguntó cuanto había tardado con su absurdo dilema mental. Estaba recostada hacia la ventana, el lado en el que Harry no podía verle la cara, y su respiración era ya acompasada.

Harry, curioso, fue hacia la ventana. Nunca había estado allí, y dudaba de que volviera a pisar aquella habitación de nuevo, por lo que aprovechó la ocasión. Desde allí, podía ver el patio trasero de los Weasley, lleno de árboles frutales. La luna, ya reina y señora del cielo nocturno, había dejado atrás una de las colinas del viejo Ottery St. Catchpole, y se colaba de lleno en la habitación. Una sensación de extraño reconocimiento lo invadió. Aquella era la primera vez que había aparcado el tema de la muerte de Sirius en varias semanas, olvidándose por unos momentos de todo lo acontecido en el Ministerio. La charla con Ginny, y la vuelta a la Madriguera habían aplacado en gran medida, y al menos por un rato, el abatimiento y el dolor.

Se dio la vuelta y se dirigió hacia la cama preparada para Hermione.

Pero un sutil movimiento distrajo su atención antes siquiera de haber dado dos pasos. Ginny se había rascado distraídamente la frente, en lo que parecían agitados sueños. La luna caía de lleno sobre ella, arrancando a su pelo destellos plateados y nacarados. Harry pestañeó varias veces adormilado, divertido por aquel engaño visual. Negó para sí, y se echó en la cama plegable. Se abrigó con las finas mantas y el sueño fue embargándole con rapidez. Hacía días que no dormía como era debido, y aquel había sido un día demasiado largo. Un día que no había acabado del todo mal. Y eso era mucho decir teniendo en cuenta el registro de la semana, del mes.

Aquella noche por fin durmió. Incluso sus sueños divagaron en nacarados rostros y lunas rojas, a las que no hubiera podido hallarle sentido, aunque tan solo hubiera podido recordarlo.


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