Hola, siento de nuevo haber dejado colgada así la historia. Pero creo que había aclaraciones por hacer. La primera;

No daré demasiadas pistas acerca de por qué ha sucedido lo que ha sucedido. Solo, ¡ALERTA PERMANENTE! todo sucede por una razón.

La segunda; Harry se golpeó la cabeza. ¿Qué es real y qué no lo es? Tal vez sea tiempo de ir respondiendo esas preguntas mis escasos pero bien queridos lectores.

La tercera; dejadme un coment, una crítica, algo para que sepa que seguir merece la pena y que no estoy perdiendo el tiempo en una historia poco creíble.

Ahora sí, continuamos. Lumos! ~Capítulo cuarto, reeditado. No perdáis detalle.


CAPITULO 4. DEJAVÚ

Y luego, poco a poco, abrió los ojos.

Sentía un intenso dolor en la nuca y no era capaz de enfocar bien a la persona que tenía delante. Una mano llena de barro tomó su mandíbula. Sintió que le zarandeaban, oyó unas voces mal sintonizadas.

Otro balbuceaba nervioso a escasos metros, arrodillado frente a él.

–Se ha golpeado –respondió lacónica a una pregunta no formulada. Su voz era clara, pero Harry la oía distorsionada, como quien sintoniza la radio. Ginny apuntó a la piedra con tintes escarlatas y Neville soltó una exclamación.

Una tela se rasgó, y le hicieron incorporarse. Sintió una leve opresión en la nuca y el efluvio caliente cesó.

Alguien mantenía el improvisado paño ahí. No conseguía enfocar bien, pero de todas maneras bizqueó esforzándose. El verde de sus ojos se había apagado, oculto tras toneladas de niebla, pero esos otros, en cambio brillaban. Eran del tono de la miel, una miel acuosa que lo miraba como si fuese el último unicornio del mundo.

Las yemas de sus dedos examinaban su cara, moviéndose suavemente y dibujando líneas de verdín desde su mandíbula al puente de sus gafas. –Harry –un susurro frágil, quebradizo.

–Quizá fuera mejor que... –

Alguien que lo volvió a dejar en tierra. –Déjame tu varita, Neville.

La orden quedó amortiguada por la expresión de la muchacha. Neville abrió y cerró la boca en una muda réplica. Había decisión, entereza y frialdad en ella; pero también ansiedad.

Se la cedió.

Un destello de luz anaranjada. Y de nuevo oscuridad.


–Debiste habernos avisado –el tintineo de una cuchara batiendo el líquido cálido y meloso de una taza era lo único que se alzaba por encima del sonido del reloj del salón en la quietud de la noche.

–Lo sé –suspiró Ginny. –Lo sé, Hermione –su voz a punto de quebrarse. Se llevó las manos a la cara. –Yo sólo...no podía... –

Hermione le dedicó una mirada indulgente. –No pienses más en eso. Harry está bien, eso es lo importante. –alargó una mano y apretó la de su amiga. –Si no se hubiera descuidado tanto estos días... –

–No sigas por ahí. No te atrevas a culparle –el tono de su voz era peligroso.

–No se me ocurriría –una chispa maliciosa brotó en los ojos de la castaña. Arqueó las cejas y pronto obtuvo el premio deseado. La pelirroja, lejos de sonreír, le dio una coz bajo la mesa.

Dándose por satisfecha, Hermione se levantó, empujando su silla hacia atrás. –Deberíamos ir a dormir, ha sido un día demasiado largo. –bostezó cansada y se anudó la bata a la cintura. – ¿Vienes?

–En seguida –la castaña asintió y salió de la cocina.

Antes de tomar el primer escalón, miró hacia atrás para ver como su amiga celaba con mimo ausente su taza de té.

Frunció el ceño, deslizando sus pies escaleras arriba. Solo llevaba unas horas en el mundo mágico, y las cosas ya se habían complicado al exceso.

Mientras subía, pensó en Neville. Su cumpleaños había sido un auténtico desastre. No olvidaría fácilmente la imagen de Ginny y Neville rebozados de tierra húmeda, musgo y pedazos de helecho, llevando a un inconsciente Harry en volandas a través de la arcada de hiedra. Exclamaciones de asombro, tres saliendo de un cobertizo, un cucharón cayendo al suelo a medio servir, un ex-auror apuntando a todas partes. Y una explicación templada a un corro de gente agitada.

Luego, expresiones de alivio.

Alguien se había arremangado y había dicho. –Molly necesitaré tu ayuda. –

Acto seguido, Augusta Longbottom y Molly Weasley habían entrado en la cocina, para-Merlín-sabía-qué y habían salido tres cuartos de hora después, con el rostro perlado en sudor y miradas complacidas. Le habían dado a Harry lo que Morgana-sabía-que-meigas-era-eso y Harry había caído en un sueño profundo.

Y esa fue la última vez que lo vio.

...Antes de que se lo llevaran a la habitación de Ron.

Hablando del rey de Ávalon. Llegó al rellano del tercer piso, y dobló al pasillo en el que alguien la esperaba sentado en el suelo.

Aquello tomó por sorpresa a Hermione, que demoró su paso a medida que se acercaba. Ron se levantó rápidamente como si el suelo de repente ardiera y se rascó la nuca. Llevaba puesto el pijama, y su almohada estaba en el suelo.

Hermione abrió la boca para decir algo, pero lo pensó mejor. Las preguntas se agolpaban en su cerebro sin orden alguno, y clamaban por salir.

¿Qué haces tú aquí? ¿Por qué no estás en la cama? ¿Harry está bien? ¿Qué hace tu almohada aquí? ¿Harry está bien?

–Esperaba a mi hermana –y todas sus preguntas hicieron un Puph! en su cabeza.

– ¿Cómo sabías que no estábamos dentro? ¿Nos has estado escuchando? –acusó Hermione. Sintió como la bilis se le agolpaba en la boca del estómago. –Si es así...

– ¡Eh! Para la moto que acabo de llegar –soltó el pelirrojo ofendido. – ¿La gente llama a las puertas, sabes? No estabais así que me quedé a esperar –se defendió.

La castaña lo tanteó unos segundos, luego bajó la guardia. –Lo siento, ha sido un día raro. –suspiró. –Como sea, Ginny viene de seguido. Sólo espera dos minutos y la tienes aquí. –y se dirigió a su cuarto dando la conversación por terminada.

– ¡No! Espera... –apuró el joven antes de que ella cerrara.

Ella ya había cruzado el umbral de la puerta, dibujando un arco de luz en la pared del pasillo, reflejo de la ventana de la habitación. – ¿Qué ocurre? –preguntó con un hilo de voz.

Él no supo qué decir. Apenas había claridad, lo que agradeció. –Eh...Luna. –sonó poco convincente. Carraspeó. – No la he visto marcharse. No se despidió, ¿sabes algo de ella?

Los ojos de la joven se apagaron imperceptiblemente. –No. Seguía con tus hermanos cuando Neville y los demás se fueron. –sujetaba la puerta con una mano, la otra se apoyaba en el marco de la puerta.

–Ah –el interés que sentía Ron por esa conversación solo superaba la luz reinante en el pasillo. Escasa.

–Puedes ir a preguntarles a ellos, ¿se quedaban a dormir no? –soltó con más brusquedad de la debida.

Los ojos de Ron abandonaron el suelo. –Perfecto, no te molesto más. Eso es lo que haré. –

–Genial. ¿Eso es todo? –

–Sí. –

–Estupendo –y cerró la puerta.

Alguien carraspeó desde el final del pasillo. Ron no se molestó en mirar, conocía esa risa silenciosa, y ese brillo divertido en sus ojos. Recogió su almohada con rabia y echó a andar hacia la escalera. Hacia su hermana.

– ¿Cual es el gran motivo ésta vez? –dijo cuando su hermano ya pasaba a su lado ignorándola.

No se molestó en darse la vuelta. –Y yo que sé. ¡Cualquiera la entiende! –y en lugar de subir hacia su cuarto comenzó a bajar la escalera ofuscado y a trompicones.

Ginny arrugó la frente. En esa casa estaban todos locos.

Entró en la habitación en el preciso momento en el que Hermione ya apagaba la luz.

– ¿Qué quería? –

– ¿Qué quería quien? –dijo Ginny, soltándose la coleta.

– ¡Pues Ron, Ginny, Ron! ¿Quién sino? –la castaña rodó los ojos exasperada. Aún le duraba el enfado.

–Creo que es obvio que venía a por su dosis de Hermione diario. –soltó llanamente.

Hermione entrecerró los ojos, sin entender.

– ¡Cuánto cerebro desaprovechado, por Merlín! ¿Y tú eres la alumna más inteligente de tu clase? –suspiró la pelirroja negando con la cabeza. Deshizo las sábanas y se metió en la cama. Se giró de manera que Hermione y ella se miraban cara a cara en sus respectivas camas. – O espabilas, o los peques ganaremos terreno, nena –soltó con somnoliento desparpajo.

Su amiga la miró divertida pese a todo. A veces Ginny podía dar en el clavo sin siquiera proponérselo. –Eso ya me ha quedado del todo claro, Weasley –

–Hasta mañana, Granger –

– ¿Ginny? –

– ¿Mm? –

–Nada... –negó con la cabeza apartando esas ideas extrañas de la cabeza. Tenía la impresión de que habían pasado cosas extrañas ese día. –Buenas noches. –

–Buenas noches. –

– ¿Ginny? –se apoyó en el codo, mirando a la cama contigua.

– ¿Mmm? –murmuró esta vez con más énfasis.

– ¿Dosis de Hermione? –una arruga surcaba su rostro.

–Buenas noches, Hermione. –concluyó con voz pegajosa de ensueño. Sonreía.


Ahuecó la almohada con saña, una dos y hasta tres veces. Y luego se echó en el sofá. De lado, boca arriba, con un brazo colgando, los pies en la almohada, los pies fuera del sofá, colgando...

Veinte minutos después, comprendió que no podría dormir allí. Tenía la conversación de la castaña metida en la cabeza. ¡Qué demonios! ¿Es que siempre tenían que acabar discutiendo? Otras veces, sobre todo, si recordaba a un molesto búlgaro, vale. ¿Pero qué había hecho aquella vez?

Se sentó en el suelo, apoyando la cabeza en los bajos del sofá.

– ¿Problemas conyugales, hermanito? –debió haberlos oído joder.

– ¿Harry y tú habéis discutido? –secundó otra voz. Mierda.

–Y te ha mandado al sofá... –el tono meloso de Fred. – ¿No es... –

–...romántico? –

–Mm...Tenía otra palabra en mente. –restalló los dedos pensativo.

–Ya basta –se levantó del suelo. – ¿No podéis ir a joder a otro? –

Fred chasqueó la lengua. –Cuida ese lenguaje, pequeño Ronnie. Que mamá no te oiga decir esas cosas –

– ¿Qué queréis? No estoy de humor –exasperado tomó su almohada.

–Necesitamos tu ayuda –soltó George sin paños calientes.

–Sí, tenemos...bueno... –parecía reticente de confesar algo así delante de su hermano pequeño, de todas formas lo hizo. –Nos ha dado la... impresión de que mamá descubrirá lo que hay en el cobertizo. –

–Y no nos conviene –Ron pasaba la mirada de un hermano a otro, preguntándose cual de los dos sería el primero en descubrir que no pensaba mover un pie por dos de las personas que más le habían amargado la existencia.

–Sí de verdad pensáis que voy a... –comenzó, disfrutando por primera vez de su ventajosa posición. Pero el globo se pinchó pronto.

–Sabes, en el cobertizo tenemos un regalo del proscrito... –George fingió inspeccionarse las uñas.

–...para nuestra hermana. –secundó Fred, como si no fuera al caso.

–No tiene que llegar a destino si no lo crees oportuno –varios pares de ojos se clavaron en él, críticos, no obstante sonrientes.

Lo sabían, él lo sabía. Joder, todos los sabían.

–Manos a la obra. –resignado, volvió a dejar su almohada en el sofá. Se arremangó. – ¿Qué hay que hacer? –

– ¡Así se habla! –vitoreó uno de los gemelos.

–Ronald, ve a por tu varita, tendremos que lanzar unos cuantos Silencius –