CAPITULO 5. ESSENSIS EXIA

Despertó al anochecer del cuarto día.

Los ojos y los brazos le pesaban, y sentía el resquicio de lo que una vez había sido dolor en la nuca. La sangre se le había agolpado en la oreja derecha, ya que no le habían permitido dormir más que de lado para que la herida sanase. En la mesilla descansaba una botella con un líquido morado en su interior, y velando la cama a su lado, se encontraba una silla. Vacía en aquel momento.

Se incorporó al mismo tiempo que la puerta del cuarto se abría lentamente.

La señora Weasley entró de espaldas en la habitación, trayendo consigo una bandeja con una humeante sopa en ella. Tenía el aspecto cansado de quien ha pasado días en vela, y no reparó en el muchacho hasta que hubo alcanzado el costado de la cama.

– ¿Señora Weasley? –Luchó por no entrecerrar los ojos.

La mujer acabó de colocar la bandeja sobre la mesilla.

–Qué susto nos has dado Harry... era una herida no mágica y... –se acercó a él y lo abrazó con suavidad. Unos segundos después lo miraba con ojo crítico, sentada en la cama. – ¿Cómo te encuentras, cariño? –

–Estoy bien –respondió de manera automática.

La señora Weasley le miró escéptica. Aún así suspiró. –Desde luego Augusta sabe lo que hace. Debo reconocer que las heridas no mágicas no son mi especialidad... –admitió sin poder mirarle a los ojos.

Harry no podía creer lo que oía. –Todo es su especialidad –dijo sin pensar. Pestañeó aturdido e intentó ubicar sus gafas para ganar tiempo.

–Qué amable eres –dijo la mujer enternecida. Dirigió una mirada hacia el plato de sopa. –Supongo que ya no hace falta –

–Me lo tomaré de todas formas si no le importa –ofreció Harry. En aquel momento incluso hubiera comido las especiales galletas de Hagrid de buena gana.

Con culpa creciente, Harry esquivó la mirada agradecida de la mujer. Estaba lejos de sentirse amable o complaciente. Sentía estar causando demasiados problemas desde que había llegado, incluso aún no sabiendo a ciencia cierta que lo había llevado a estar en esa habitación. Ni siquiera sabía cuanto tiempo había pasado. Cuando terminó, la señora Weasley se levantó sonriendo.

–Ve a ducharte, cielo. Les diré a todos que bajas en seguida, ni pienses que voy a dejar que cenes solamente eso –

Ya había alcanzado la puerta, cuando el muchacho preguntó. – ¿Señora Weasley? –la mujer se dio la vuelta. – ¿Cuando se marchó el profesor Dumbledore? –

La señora Weasley parpadeó un par de veces antes de mirarle de forma comprensiva. –No llegaste a verlo cariño. El profesor Dumbledore mandó un mensaje por Red Flu algo después de que te subiéramos aquí. Quería saber cómo estabas –

Harry no respiraba. –Pero él se presentó en el jardín con la profesora McGonagall. Yo lo ví. –

La bruja le sonrió dulcemente. –No tardes, hay gente que está deseando verte –y se fue.

Harry se quedó mirando la puerta unos segundos. Recordaba muy pocas cosas. Había llegado a la Madriguera, había tomado leche con galletas y había felicitado a Neville. Había entrado en un bosque y había salido de él, convencido de que su amigo había aprendido la lección de su vida. Y luego habían llegado el profesor Dumbledore y la profesora McGonagall. Una arcada de hiedra, un pasillo de varitas, y luego...un dolor punzante en la cabeza.

Arrastró las sábanas hasta el pie de la cama, y se desperezó.

Los dolores punzantes podrían esperar. Ahora comenzaba su verano. Dos semanas enteras para intentar no abrirse la cabeza de nuevo. Dado su expediente resultaba una tarea de lo más complicada, pero siempre podría intentarlo.


Ya había oscurecido cuando la puerta de entrada a la casa se abrió lentamente y un anciano decrépito y renqueante se abrió paso a través de ella, con la soltura de quien ha sido ágil en un tiempo pasado. Dejó la chaqueta de cuadros fucsia en el perchero con aire monótono y avanzó hasta la cocina.

– ¿Y bien? –preguntó la anciana desde el fogón, sin volverse.

– Ese mentecato ya está en casa –se sentó pesadamente en una silla, llevándose una mano a la cadera en el intento. –Diablos, ya no estoy para estos trotes... –

– Sí, sí, sí. –dijo la anciana secamente haciendo aspavientos mientras vaciaba el contenido de un cazo en el plato. – Yo tampoco tenía que tener un zoológico en casa, pero el oro leprechaun se esfuma, ¿no es así? –Puso el plato lleno de sopa de berros en la mesa y lo miró con ansiedad.

– Calma, Bella, calma. –comenzó a tomar cuenta de su cena sin inmutarse.

Su cara estaba peligrosamente cerca de la del hombre. De la redecilla que le recogía el pelo se escapaban ya tres revoltosos mechones blancos.

– Nada ha ido mal –continuó el hombre impasible.

– Podríamos meternos en problemas, Tibbles. Si él llega a enterarse... –

–Sí, justo después de que descubra que tienes un animago ilegal viviendo en tu casa, Figg –comentó Renard Tibbles con sorna.

La anciana hizo un rápido movimiento. Tan rápido como sus achaques le permitieron, lanzó el plato contra la pared de enfrente. Su expresión plagada de arrugas completaba una mueca aterradora.

El hombre levantó una mano con aburrimiento. El plato detuvo su trayectoria, y se quedó suspendido en el aire, a escasos centímetros de la pared. Un sutil ademán bastó para que volviera obedientemente a la mesa.

–Figgy, cálmate –y reanudó la tarea pendiente con su cuchara.

La anciana pareció comprender que si no se calmaba tendría en casa un montón de matasanos muggles intentando recuperarla de un ataque cardíaco. Se sentó frente al animago y lo miró con cara de pocos amigos.

–Te dije que no era una buena idea... ¡¿No te lo dije? Hasta los idiotas de sus padres sospecharán. No entenderán por qué de buenas a primeras entiende al chico. –se llevó las manos a la cabeza. Más mechones cayeron.

El señor Tibbles apartó el plato y la miró flemático. Sus ojos eran grisáceos y tenían un matiz malicioso.

– ¡Llevas años sin usar la magia! Estás desentrenado... –comenzó a farfullar la anciana. –...no es que fueras muy dado a la varita, Tibbles...Quién sabe lo que ha podido p... –

–Yo al menos puedo usarla –el anciano perdió su semblante tranquilo. Se cruzó de brazos frunciendo el entrecejo.

–Demuéstramelo, vieja piltrafa –dijo muy ufana. –No necesito eso para hacerte puré. –señaló una vieja estantería. –Te he machacado toda tu vida y puedo seguir haciéndolo.

–Qué casualidad yo tampoco nec... –intentó puntualizar divertido, mirándose las palmas.

La anciana le advirtió con un dedo. –He oído esa historia más veces de las que debería. –se levantó.

La miró extrañado. – ¿A donde vas? –

–Y muchas más de las que me gustaría, Tibbles. –tomó su abrigo del colgador y volvió a abrir la puerta de la calle. –Voy a ver qué desastre has organizado ésta vez. –Y se marchó mascullando. –Si quieres algo bien hecho...no, no sabía lo que tenía que hacer...un Essensis Exia mal realizado...que Morgana nos asista... –

En aquel momento aparecieron en escena el Sr. Paws, Snowy y Tufty. Le miraron con rencor.

–Sois afortunados.

El escuadrón felino de Arabella Figg marchó escalera arriba perdiéndose en las sombras de la vieja casa. El Sr. Tibbles suspiró, cansado. Y como si fuera su lucha diaria se dirigió al cuarto de baño. Odiaba las citas con la esponja.


Abrieron la puerta.

Petunia Dursley miraba a su vieja vecina con aire crítico. Tan distinto al que usaba con ella cuando quería de ella un favor para con su sobrino. – ¿Señora Figg? –su tono de sorpresa tan sólo era superado por la desagradable mirada que le dedicó.

– Sí, sí, sí. –repitió la squib. –Buenas noches, ¿qué tal están y todo eso? Verá, me gustaría hablar con su hijo...Dud...ley. –era difícil recordar un nombre cuando una siempre se refería a él como "bola de grasa", "pequeño desperdicio humano", o "el estúpido primo de Potter". Pero aún así sonó convincente.

– ¿Quiere hablar con Dudders? –ahora sí había sorpresa en su rostro. Empezó a negar con la cabeza.

La señora Figg ya había cruzado el umbral de la puerta y se había encaminado escaleras arriba. Sujetaba su larga y desteñida falsa, que le llegaba a los tobillos, a modo de no pisarla al subir los peldaños.

Petunia, totalmente fuera de juego, murmuraba desde abajo. – ¡Señora Figg, estará durmiendo ya! Por favor, venga mañana. –

Pero había pocas cosas que pudieran parar a Bella Figg en ese momento, y una de ellas no iba a ser esa gran muggle. Llegó al pasillo y se situó frente a la puerta donde un cartel rezaba "¡Fuera de aquí!". La abrió sin más.

Dudley estaba sentado en la silla del impoluto escritorio que tenía junto a la ventana. Impoluto porque era, con seguridad, el único lugar de la habitación que nunca usaba.

Dirigió una vaga mirada a la visitante y volvió a dirigir la ausente mirada al suelo. Como si que tu vecina, la que olía a repollo, se presentara en tu cuarto no fuera una gran noticia.

– Tú. –dijo ésta sin titubear. Al no hallar respuesta por su parte, le zarandeó. Arqueó una ceja. –Veamos, tus tíos están muertos. –esperó unos segundos, sentándose a regañadientes en la esquina de la cama.

Dudley no hizo señal de haberla oído.

La señora Figg lo intentó de nuevo. –El padrino de Harry está muerto. Fue obligado a vivir con vosotros, crueles e inútiles muggles que nunca le apoyaron en nada. Un mago poderoso... –A Figg que apenas le impresionaba nada, bajó la voz cauta. –... anda tras él y todo el mundo que él conoce está en riesgo mortal. ¿Y bien? –entrecerró los ojos, esperando. Esperando que sucediese algo; algo que ni siquiera ella sabía qué era.

Pero nada sucedió. Dudley la miró de vuelta como una vaga mirada.

–Voy a matar a Tibbles... –se levantó de la cama casi de un salto y comenzó a dar vueltas por toda la habitación. –Un Essensis Exia mal realizado...por Morgana... –su susurrada diatriba se extendió más allá de los diez minutos, y todavía cuando la señora Dursley ya aguardaba al otro lado de la puerta, golpeándola y preguntando si todo iba bien, la vecina no paró de balbucear. –...pero esto traerá consecuencias...oh, claro que las traerá... –un nuevo turno de golpeos en la puerta. La señora Figg abrió en el momento preciso para dejar a la señora Dursley con un puño en el aire a punto de golpear sobre la madera.

– ¿Dudders? –su voz se convirtió en un hilo temeroso cuando vio el estado de su hijo.

–Se recuperará. Déle unas horas. –y se marchó sin dar más explicaciones, murmurando cosas por lo bajo.


Le encontró en el sótano, examinando varias probetas como si éstas tuvieran la respuesta al hechizo mal realizado.

–No lo entiendo... –murmuraba para sí el animago.

Una, completamente desquiciada, Arabella Figg se abrió paso a trompicones por la puerta atrancada. – ¡Sabía que hubiese sido de más provecho que murieras en esa batalla! ¡Lo sabía! Pero ¡no!, por supuesto Dumbledore tenía que traerte aquí porque..."Claro, ¡serías de utilidad!" Paparrutas. –acabó por empujar la puerta que quedó varada a medio abrir.

– Fue ese condenado caballo... –

Los ojos, que estaban a punto de salírsele de las órbitas, se clavaron en él como cuchillas. –Renard Tibbles, no me interesan tus historias. –avanzaba hacia él. De haber tenido una varita, le estaría apuntando con ella, de momento se conformaba con el rodillo de cocina que había adquirido antes de apuntar sus pasos al sótano de su propia casa, donde el señor Tibbles lo utilizaba como despacho personal de pociones. Era el único lugar de la casa mágico. –Demasiadas, como todo eso de que no necesitas varita. –detuvo la tentativa del anciano a empezar a hablar con una mano alzada. – Ahórratelo, y explícame qué hacía el chico en Ottery St. Catchpole... –dijo venenosa.

– ¿Cómo has sabido qué...? –

–Soy squib, no idiota. Sé bien qué requisitos hacen falta para llevar a cabo un Essensis Exia. No solo a ti te contaban cuentos para ir a dormir. Hay un requisito esencial para que el hechizo tenga éxito, y uno es que las almas deben estar en un mismo lugar. Sabías bien que Harry acababa de irse...

"Corrió derrengadamente hacia la puerta de entrada de la casa, acompañada de un gato grisáceo con mirada astuta –Sr. Tibbles, ya sabes lo que hay que hacer. –La abrió. Y el gato desapareció al igual que la luz de la tarde. La tetera silbó, y la anciana volvió a la cocina como si nada saliera del panorama habitual."

...es la última vez que confío en que un hombre entienda los límites de las palabras "ya sabes lo que hay que hacer", ya que por descontado, no lo sabías. ¿En qué demonios estabas pensando, Tibbles? ¡Un Essensis Exia, por el amor de Cliodna! –

El animago la miró con aquellos mismos ojos astutos y brillantes, cargados ahora de algo de culpa, y comenzó a hablar.

–Como decía, todo fue culpa de aquel caballo...o bueno. Se parecía mucho a uno...


La noche ya había caído sobre la Madriguera. La casa ya no albergaba a ningún mago de la Orden, quienes habían ido marchando como un goteo durante aquellos días. La señora Longbottom y Neville aguardarían a la cena y luego se irían, al ver que Harry ya se encontraba bien, al igual que Fred y George, que decían "tenían cosas que atender en el Callejón Diagon". Luna ya no contaba como invitada, pues era ya casi una habitual en el cuarto de Percy, desaparecido en combate.

–Harry, cariño. ¿Tienes hambre? –le preguntó la señora Weasley con dulzura.

–Mucha. –sonrió. Lo cierto es que se sentía extraño, como si un gran agujero se extendiera desde el estómago hasta el pecho, inflándose como un globo.

Ginny, en uno de los extremos, miraba su plato sin demasiado interés. No tenía buena cara. Unas sombras negras bajo sus ojos revelaban noches de mal sueño.

Ron, sentado muy recto frente a ella, aguardaba a que los demás tuvieran su plato antes de comenzar a devorar su comida, que ya se enfriaba frente a él. Algo poco común en su comportamiento, debió pensar Hermione que le miraba en diagonal desde la esquina opuesta. Alguien puso un plato frente a ella, y el olor la distrajo. Bistec con patatas y salsa. Solo entonces se dio cuenta de lo hambrienta que estaba y comenzó a tomar buena cuenta de este.

Harry se sentó. A decir verdad no tenía apetito, pero sí muchas ganas de hablar. – Creo que iré a volar un rato antes de dormir. ¿Quién se apunta? –dijo jovialmente.

Era algo tan fuera de lugar que nadie dijo nada durante un momento. Fred sostuvo el plato de su hermano unos segundos en el aire, pues era uno de los que ayudaban a la señora Weasley con la cena. George, mirando también a Harry, tomó el plato y a cámara lenta lo puso en su lugar.

– Olvídalo, no irás. –

Todos se giraron hacia Hermione de forma automática. Pero no había sido ella la que había hablado. Sin levantar la vista de su plato cabeceó en dirección a la otra parte de la mesa. Tampoco había sido la señora Weasley o la señora Longbottom, que habían sido las que habían propiciado la cura.

No, había sido Ron. –Debes guardar reposo, al menos esta noche. –concluyó.

Todos lo miraron extrañados, pero nadie más que Harry. El globo que tenía en su interior explotó, y algo cálido lo embargó. Quizá era la sensación de que cualquiera podía controlarlo en aquella casa. – ¡No eres quien para decirme qué tengo que hacer, Ronald Weasley! –alguien había dejado un plato frente a él, pero Harry lo apartó, levantándose de golpe.

Ginny comenzó a comer en silencio, perdida en sus propios pensamientos y Luna simplemente sonreía. Era la única.

Harry desapareció escaleras arriba, y Hermione volvió a su plato, encogiéndose de hombros y murmurando. – Se ve que el golpe lo ha afectado, ya se le pasará. –

Ron miraba a las escaleras, mitad preocupado, mitad arrepentido. Dio un codazo a Ginny. – ¿Crees que me he pasado? –

–No, Herm... –contestó de forma automática. La pelirroja sintió como algo frío se extendía desde su nuca hasta sus tobillos, como si alguien le hubiera hecho un encantamiento desilusionador. Y sin duda, la realidad superaba la ficción. –...Ron. –se corrigió. Levantó la cabeza lentamente. La cocina volvía a hervir en bullicio, aunque la pequeña de los Weasley ya no era capaz de oír nada que no fuera un zumbido sordo. El señor Weasley se acababa de presentar, y los gemelos ofrecían uno de sus trucos a Neville, que reía junto a Tonks.

Notaba una punzada de escozor en algún punto de su cabeza. Lo encontró al llevar la mano ausentemente a la frente.

..Tenían un problema. Y vaya si lo tenían..