Todos los derechos pertenecientes a One Piece son de Eiichiro Oda y sus respectivos propietarios. Tanto la historia original como la traducción están hechas sin ánimo de lucro, solo por mera diversión.
Autora: Seis Fleur
Título original: Five Days To Resist Or Impress
Título traducido: Cinco días para soportar o impresionar
Enlace: s/8493483/14/Five-Days-To-Resist-Or-Impress
Tema: Sin tema
Parejas: Zoro / Robin
Escenario: UA. Sin relación con Midnight Cat.
Lista de reproducción: [[ 8tracks (punto) com (barra) stfflndg (barra) five-days ]]o podéis buscar "Five Days" en 8tracks.
Este ha sido mi capítulo favorito de escribir. Leedlo y sabréis por qué.
Aviso: hay un poco de OOC y bueno, leed el capítulo dos si no lo recordáis.
Capítulo decimocuarto
With the Sound of its Beating
―¿Qué quieres decir con que ya no queda nada?
―¡No hay nada! Han robado todos las piezas que encontramos en el puente Beringia.
―Bueno, ¿no podemos recuperarlos? Dragon se pondrá como una fiera.
―Inazuma está en ello.
―Vaya, qué vergüenza. Inazuma no es de nuestro departamento.
―Robin, al menos todavía tenemos el proyecto del Siglo vacío. Todavía tenemos las piezas de Lemuria…
―El gobierno no sabía nada del proyecto, ¿no?
―No. Robin, ¿dónde estás? Vuelve a la oficina por favor.
―Sabo, ya te lo he dicho, estoy fuera. Volveré el lunes, ¿vale? Ve a Lemuria sin mí.
Robin colgó después de que Sabo le asegurase que podía hacerse cargo del proyecto de Lemuria sin importar el momento. Dejó escapar un suspiro, abrió el grifo del agua fría y se lavó la cara con mucha agua. No es que necesitase limpiarla. El agua fría le la reanimaba a la perfección ya que necesitaba volver a la habitación sin que pareciese que había recibido una llamada. No parecía tarea difícil, pero por desgracia, Zoro todavía se daba cuenta de todo a pesar de la fiebre.
―No creas que no te he oído.
―Zoro, estás despierto. He salido y te he comprado copos de avena.
―Era por trabajo, ¿verdad?
―No, Zoro. Sabo solo… me estaba invitando a cenar para celebrar algo del trabajo. Le he dicho que estoy fuera.
―¿La cena tiene un nombre? ¿Lumeria?
―Lemuria.
―¡Robin, me prometiste no coger llamadas del trabajo!
―Pero, Zoro, es importante. Hemos perdido piezas.
―¿Y llamándote las van a encontrar más rápido?
―Bueno, tenía que saberlo por lo menos.
―Genial, la Robin adicta al trabajo ha vuelto. Acabas de romper una regla. Voy a tener que soportarte tres días más leyendo y buscando cosas en tu iPad todo el día.
―No puedo hacer nada, ¡hemos perdido piezas, Zoro! ¿Y tú, qué? ¡Te has levantado a mediodía! ¡Técnicamente eso es también romper una regla!
―¡No puedo evitar estar enfermo, mujer! ¡Y solo porque esté en cama enfermo no significa que puedas coger una llamada así a escondidas!
―¡No he cogido una llamada a escondidas! Zoro, no quiero seguir con esta discusión…
―¿Discusión? Esto es más un concurso de gritos…
―Por el amor de Dios, Zoro, estamos rompiendo la regla de No pelear.
―Muy bien. Me da igual. Solo quiero tomarme las pastillas y seguir durmiendo.
―Zoro, no puedes tomar paracetamol con el estómago vacío.
―¿Crees que me importa?
Zoro cogió una botella de agua de la mesa y vio los copos de avena que Robin le había traído. Los ignoró y se tragó dos pastillas de paracetamol en tres tragos de agua. Se metió en el pesado edredón otra vez, tiritando y maldiciendo para sí mismo todo lo que le estaba cabreando, entre lo que estaban la Robin adicta y su fiebre. Robin suspiró y se sentó en la cama de Zoro.
―¿Cómo estás?
Gruñido frío.
―Zoro, por favor no te pongas así. Estás enfermo.
Otro gruñido frío.
―¿Ves? He apagado el móvil. Toma, guárdalo tú. No haré nada de trabajo hasta el domingo.
―Pfff. Claro que sí.
―Zoro, estoy aquí para pasar unos buenos días contigo, ¿no? Deja de ponerte así, Zoro. Te estás comportando como un crío.
―¡No me estoy comportando como un crío!
―Sí, sí que lo estás haciendo.
Suspiro.
―Haz lo que quieras. De todas formas estoy enfermo. Probablemente me quede todo el día en la cama.
―¿Quieres comer? Te va a entrar hambre.
―No
―Vale.
―Oi.
―¿Sí?
―¿Qué haces bajo mi sábana?
―Has dicho que tenías frío. Había pensado en darte algo de calor.
―Vale. Préstame tu calor. No quiero nada más.
―¿Zoro?
―¿Qué?
―Ahora estás todavía más musculoso.
―Oi, que me haces cosquillas.
―Fufufufu. Lo siento. Me gusta tu pecho.
―Gracias. Creo.
―De nada.
―Te gusta mi pecho.
―Ajá.
―Robin…
―Zoro, ¿dónde te llevas mi mano?
―A mis pantalones. Puf, Robin, tú eres la arqueóloga. Deberías ser más lista.
―¿Debería preguntar para qué?
―Robin.
―Fufufu.
Crac. Así sonaron las cinco reglas cuando se hicieron añicos.
