.
CAPÍTULO 4
.
Lucy caminaba en círculos por el dormitorio del cual había memorizado cada detalle, incluso el diseño de las grietas del suelo. Había comido y luego había empezado a pasearse por lo que tuvo que ser horas y horas… Si no un día entero.
La frustración le formó un nudo amargo en la garganta. ¿Cómo podría…?
El aire se revolvió tras ella.
Giró, lista para luchar.
El demonio se encontraba por fin de vuelta. Pero algo iba mal. El chacal en ella podía sentirlo, aún cuando él estaba allí de pie, tan orgulloso y feroz como lo había estado antes.
Tensa y nerviosa, esperó a que hiciera o dijera algo.
Como ella, él no se movió mientras se evaluaban el uno al otro. El peso de aquella aterradora y glacial mirada acerada envió un temblor sobre ella…
¿Qué iba a hacer?
Natsu contuvo el aliento mientras discutía silenciosamente qué acción tomar. Era estúpido el quedarse aquí mientras estaba herido. Lo sabía.
Su habitación siempre fue un lugar en el infierno donde podría retirarse para estar a salvo de todos excepto de Ultear y Zeref, allí no había forma de prohibirles la entrada.
Pero con ella aquí…
¿De qué te quejas? Serás maltratado pase lo que pase.
Al menos ella no tenía sus poderes. Sólo podría proporcionarle mucho dolor.
Con los otros…
Sería ilimitado, sobre todo después de su retribución.
Además, no tengo ningún otro lugar donde ir.
Tendría que encerrarla antes de desmayarse, pero Zeref lo había dejado completamente exhausto después de que por fin se cansara de darle una paliza. Natsu ahora estaba muy débil. Muy enfermo. Era asombroso que hubiera vuelto siquiera aquí.
No te caigas, maldito, pedazo de mierda sin valor. No te atrevas a mostrar ninguna debilidad.
Él era férreo de espíritu. Pero el cuerpo se negó a cooperar. Contra su voluntad, las piernas le cedieron y golpeó el suelo con fuerza, sorprendiéndose de no haber roto la piedra. Intentó permanecer consciente. Avanzar lentamente hacia la cama.
El cuerpo ni siquiera le concedería tanto. Estaba demasiado cansado y demasiado dolorido.
En contra de todos sus intentos, la oscuridad lo acogió.
Lucy retrocedió mientras lo observaba tirado en el suelo en una pila de gigantesca armadura metálica. ¿Era un truco?
¿Por qué lo sería? ¿Qué podría ganar al caer frente a ella?
Aún así… los demonios en Azmodea eran traicioneros. Malvados. Uno nunca sabía de qué fechorías eran capaces. No antes de que fuera demasiado tarde y estuvieran sobre ti.
Siempre cautelosa y curiosa, avanzó lentamente, lista para salir corriendo si la agarraba.
No lo hizo.
No fue hasta que se arrodilló que vio la sangre rezumar del pelo, así como sobre su armadura y cara. En varios sitios, la sangre corría bajo las placas de acero y goteaba en el suelo de piedra.
Había sido golpeado. Brutalmente. No, despiadadamente. Los golpes habían estropeado la pintura blanca y las líneas rojas y negras sobre su cara, mostrándole que después de todo era maquillaje y no su tono de piel.
¿Qué hago?
No había nadie a quien pedir ayuda. Y en el fondo de la mente estaba el miedo de que si moría, ella moriría también. Nadie sabía dónde estaba. Probablemente, ni siquiera Sting.
Mierda.
¿Qué tan herido estaba? La respuesta era obvia, lo suficientemente grave para que algo tan mortalmente feroz como él estuviera inconsciente. Considerando lo que había visto de él, eso parecía ser imposible.
Sin embargo, estaba tirado y quieto como un muerto. Y ya había un charco de sangre formándose bajo él.
Alcanzó las hebillas de su armadura y comenzó a quitar las pesadas piezas. Y eran realmente pesadas… como levantar tablones de plomo. ¿Cómo podía caminar con ellas y no caerse? No era asombroso que fuera tan formidablemente enorme. Tenía que serlo para poder sostenerlo todo.
Bajo la armadura llevaba un negro y ligeramente acolchado traje que debía usar para impedir que el metal le magullara la piel. Con cuidado, lo echó hacia atrás para examinar sus heridas.
Cuando expuso su cuello, hizo un descubrimiento inesperado. Tenía un curioso tatuaje de una hermosa y multicolor golondrina. La cola comenzaba en el hueco de su garganta y caía abruptamente a lo largo de la clavícula con las alas atravesando desde poco más allá del hombro hasta justo encima del pezón. Un pezón que tenía una atroz cicatriz que lo atravesaba, como si alguien le hubiera puesto un piercing y luego se lo hubiera arrancado. Se encogió ante el mero pensamiento y compulsivamente se llevó la mano a su propio pecho.
Ahhh, eso tuvo que doler.
Intentando no pensar en ello, siguió estudiando el tatuaje. Principalmente la golondrina era azul, pero las alas también eran rojas, amarillas, verdes y blancas. La cola del pájaro estaba dividida, y en medio de las dos plumas salía lo que parecía ser un corazón roto en rojo oscuro.
Qué extraño. Aquel caprichoso pájaro no encajaba en absoluto con su imagen malvada. Era algo que un optimista o soñador podría querer.
No la mano derecha del mal personificado.
Pero ahora no tenía tiempo para considerarlo. Continuando, destapó un bien musculado y leonado cuerpo cuya absoluta perfección estaba estropeada una y otra vez por incontables cicatrices, cortes, y contusiones. Las contusiones se intercalaban sobre otras contusiones, cicatrices y heridas que se dividían entre sí. Había también numerosas señales de mordiscos, donde los bocados habían dejado una impresión dental tan nítida que incluso un dentista envidiaría. Y por estos, podría asegurar que al menos tres seres diferentes lo habían atacado.
El estómago se le encogió ante la exposición física de una vida tan llena de miseria. Por dios, ¿cuántas veces tenía que ser alguien golpeado para llevar esa cantidad de heridas?
Francamente, no podía escoger cuál de ellas le habría causado más dolor. Aunque la que tenía bajo la barbilla parecía particularmente repugnante.
Incluso peor que las salvajes y dentadas marcas, eran las profundas y frescas incisiones y verdugones dejados por una fusta de púas. Debía ser lo que provocó que él se derrumbara. Ella inspiró bruscamente. Alguien lo había hecho trizas y, por lo visto, había disfrutado con ello. Vio las heridas defensivas sobre sus antebrazos y bíceps donde él había intentado impedir que los latigazos golpearan otras partes de su cuerpo y había fallado.
Obviamente el demonio no estaba en lo alto de la cadena alimenticia de este lugar. Lo que le hacía preguntarse quién le habría hecho esto.
¿Zeref? ¿Ultear?
¿Y por qué?
¿Qué había hecho él para que quisieran torturarlo tan brutalmente?
Sin respuestas, le quitó los largos calzoncillos negros que llevaba bajo la armadura y el acolchado. Le recordaron los pantalones cortos de ciclista que se abrazaban a sus delgadas caderas y a sus musculosos muslos.
Lucy intentó apartar la mirada del bulto que le decía que sus músculos no era la única parte de su cuerpo que era enorme. Los dioses definitivamente habían sido benévolos con él en aquella área.
Detén esto.
Pero era tan difícil no mirar fijamente. Tenía la clase de cuerpo que una mujer no veía todos los días. La clase de cuerpo que una querría cubrir con el suyo y simplemente sentir la cálida dureza contra la propia piel. Y mientras que lo más probable es que fuera malvado de corazón, no había forma de negar el hecho de que estaba exquisitamente bien formado.
No, daba la impresión de ser tan delicioso que casi podía entender el porqué le habían mordido. Pero las otras señales…
Aquellas no las entendía en absoluto.
Devolvió la atención a su cabeza, donde la sangre rezumaba de una fea incisión justo encima de su oreja izquierda. Todavía seguía inconsciente.
Y sangrando por todas partes. Ella incluso no podía comenzar a catalogar la lista de heridas.
Bajó la mirada hacia su brazo donde lo había apuñalado. Tenía tantas heridas allí, que no estaba segura de cuál era la suya. Ese pensamiento le provocó náuseas. No era asombroso que no hubiera reaccionado. Lo más probables es que lo apuñalara en una contusión. U otra herida.
Y aunque exactamente no le gustara o confiara en nadie, no quería hacerles daño tampoco. Ni siquiera a él. Lamentaba haberle añadido más dolor y se odió por esa debilidad.
A ella no debería importarle su dolor en lo más mínimo. Él seguramente no había tenido ninguna piedad de Sting. Entonces, ¿por qué le dolía verlo tan devastado?
Porque no soy un demonio desalmado como él.
No encontraba ninguna alegría o comprensión en el abuso o la maldad.
El estómago se le agitó por la compasión y corrió al cuarto de baño a por una palangana de agua caliente para poder lavar y vendar sus heridas.
Para las vendas, tuvo que rasgar las sábanas.
Le llevó algún tiempo, pero con mucho cuidado limpió y vendó cada herida. Una vez terminó con el cuerpo, vertió el agua, cogió agua limpia del baño, y corrió de nuevo para poder atender su cara y cabeza. Mientras quitaba el cruel maquillaje de sus rasgos, lentamente destapó la verdad de su "demonio".
Era hermoso. Absolutamente impresionante.
No había ninguna otra palabra para describirlo. Habría sido tan hermoso como una mujer, excepto por el corte áspero de su masculina mandíbula y la agudeza de sus pómulos, ambos cubiertos por una barba de dos días de color rosa. No era asombroso que llevara maquillaje. Sería difícil aterrorizar a los demonios de este lugar con su apariencia, ni siquiera siendo tan alto y musculoso como era.
Por no mencionar que estaba bastante segura que lo usaba para ocultar los moratones sobre la frente, mejillas y mandíbula.
Antes de que comprendiera lo que hacía, deslizó los dedos sobres los suaves labios, recordando lo bien que habían sabido hasta… se estremeció cuando vio la señal donde ella también lo había mordido.
Obviamente, la última cosa que él había necesitado era más dolor. Y tontamente había pensado que bromeaba cuando le dijo que hoy no le habían partido el labio.
—Lo siento tanto —susurró, preguntándose si había tenido un momento de felicidad en toda su vida. Por la condición de su cuerpo, diría que no.
¿Cuánto tiempo había vivido en este reino infernal?
Un minuto sería demasiado.
Con un nudo en la garganta, le limpió la sangre del pelo. un pelo tan increíblemente suave y al igual que el hombre, encantador, como el que se veia en una muñeca de colección. ¿Quién lo habría imaginado?
Ahora que lo tenía desnudo y limpio, la única cosa que le asustaba de él consistía en lo impecablemente hermoso que era. Lo tentador. Era casi imposible no mirarlo fijamente.
Sigue siendo el que torturó a Sting… el que lo habría matado si no lo hubiera detenido.
Cierto. Su belleza no cambiaba la crueldad de sus acciones. Independientemente, era su enemigo. Y siempre lo sería.
Si fueras lista, lo apuñalarías en el corazón y lo matarías mientras pudieses.
Su enorme cuchillo estaba sólo a unos metros de distancia.
¿Y qué si lo hago?
Le había dicho que no podía ser asesinado. No tenía ningún motivo para asumir que le había estado mintiendo. La paliza y las cicatrices, y el hecho de que todavía respirara, le decían que había sido honesto en ese punto.
Es más, incluso aunque realmente lo matara, seguiría estando atrapada aquí. Eso no cambiaría. Sin él, no tenía forma de marcharse ni de comunicarse con nadie.
Era su única esperanza para la liberación final.
¡Si sólo pudiera enviar un mensaje a alguien del exterior! Pero cuanto más que lo intentó, más atrapada se sintió.
¿Qué voy a hacer?
Jamás se había sentido tan perdida.
Una inquietante frialdad le bajó por la columna cuando vio su futuro y no era bonito.
Por ahora, era mejor soportar al demonio que conocía que a los demás que esperaban fuera de este cuarto.
.
Natsu se despertó lentamente para encontrarse tumbado boca abajo sobre el duro suelo de piedra. Observó fijamente la sombría pared de su dormitorio, temiendo el momento en que el dolor le golpeara y se sintiera dolorido de nuevo. Pero mientras esperaba, comprendió que su cabeza reposaba sobre una suave almohada y el peso de la armadura no estaba sobre su cuerpo.
¿Alguien lo había cubierto con las mantas?
¿Qué diablos?
Frunciendo el ceño, comenzó a moverse sólo para escuchar una caliente y dulce voz trinar a su lado.
—¡Cuidado! Te volverás a abrir la espalda.
De las sombras, vio a un ángel aparecer. Sí, uno con dientes afilados, se recordó. Pero la corriente que palpitaba en los labios no era de su mordisco, era de las salvajes guantazos de Zeref.
La cabeza le dio vueltas cuando el dolor lo encontró y le dio una patada en los dientes. Sí, esto era a lo que estaba acostumbrado. A una completa miseria de mierda. Durante un momento, temió desmayarse de nuevo.
—Aquí.
Ella levantó su cabeza de la almohada con el toque más suave que jamás había conocido y le ayudó a beber agua de la copa que él había dejado con su cena. trago con cuidado, la garganta ardiendo con las heridas internas, hasta que ella separó la taza. Entonces, frunció el ceño hacia ella. Le preguntaría por qué le ayudaba, pero la respuesta era obvia e innegable. Era el único modo en que podría salir de aquí y ella lo sabía.
No había ninguna emoción detrás de alguna de sus acciones. Únicamente, eran egoístas.
Como las de todos los demás.
Pero al menos no había aprovechado su condición para hacerle más daño, y eso sí, era una novedad.
Más extraño era el hecho de que se hubiera molestado en atenderlo lo más mínimo. El ceño se volvió más profundo cuando divisó la venda con la que le había envuelto la mano y anudado sobre los nudillos.
—Te lo dije, no puedo morir.
—Sí, pero no eres exactamente un sanador ultra rápido, tampoco. Tuve que hacer algo. Te desangrabas sobre el suelo y el olor de la sangre me daba náuseas.
Natsu ignoró eso mientras se empujaba a sí mismo para poder alzarse sobre los inestables pies. Mareado por la pérdida de sangre y el dolor, se sentía tan débil…
De repente, Lucy estaba a su lado. Le colocó el brazo sobre sus hombros y le envolvió la cintura con un delgado brazo para estabilizarlo. El cálido olor de ella le llenó la cabeza, provocando que los latidos del corazón se aceleraran. Mejor todavía eran las suaves curvas de su cuerpo contra el suyo. Curvas que le hicieron la boca agua y que la polla se le endureciera tanto, que probablemente podría usarla de martillo.
—Venga. Vamos a meterte en la cama antes de que te caigas de nuevo.
Aquellas palabras le trajeron imágenes a la mente de él profundamente enterrado en ella mientras se arqueaba contra él. Atormentándole con sus labios cada pulgada del cuerpo hasta que estuviera ebrio por ello.
Oh sí, ya podía sentirla allí.
Caliente. Mojada.
Flexible…
No seas estúpido.
Esto no era una invitación, y lo más seguro era que no diera una mierda por él.
Pero era agradable tener a alguien que fingiera preocuparse. Aunque fuera sólo durante un minuto.
¿Cuán patético soy si algo así de fingido y trivial significa tanto?
Y era patético. Ansiando a una mujer que preferiría destriparlo a acostarse con él. No dejes que esto te ablande. Tendría un infierno que pagar si permitía que alguien lo debilitara.
Y eso, ¿en qué se diferenciaría de lo habitual?
Disgustado consigo mismo, se alejó de ella.
—No necesito tu ayuda.
Ella alzó las manos en rendición.
—De acuerdo. Sangra por todas partes si quieres.
Natsu se arrastró hasta la cama y se sentó antes de desmayarse de nuevo. Se pasó la mano por el pelo y se congeló cuando sintió aquellas detestables hebras que jamás llevaba frente a nadie.
Mierda.
Eso fue seguido por un miedo tan repugnante que le provocó más nauseas que las heridas.
Se pasó la mano por la barba sobre la mejilla.
—Me lavaste…
—Sí.
Se estremeció cuando comprendió que ella miraba a su verdadero yo. La parte que jamás quería que nadie viera.
—¿Por qué? —Tuvo que luchar para contener el veneno en la voz.
—Tenías un serio traumatismo craneal y una mala contusión sobre tu mejilla izquierda. Quise asegurarme que ninguno de los huesos estaba roto.
¿Y qué si lo hubieran estado?
—¿Habría importado eso?
Ella soltó un cansado suspiro antes de contestar.
—No, Capitán Antipático, no habría importado. Lamento haber intentado ayudar.
No respondió mientras se pasaba la mano bajo la barbilla donde aquella repulsiva cicatriz del perno le estropeaba la piel… todavía podía sentirla perforándole la boca y la lengua.
Le molestaba que supiera que aspecto tenía. Nada bueno salió jamás de alguien que viera sus verdaderos rasgos, sobre todo no aquí. En Azmodea, siempre era mejor ser temido que deseado.
Una muy dura lección que había aprendido en el momento que Zeref le trajo aquí y drenó sus poderes, dejándolo como una víctima indefensa para todos los demás hasta que hubiera recuperado suficiente fuerza para contraatacar. Esa era otra razón por la que no había ninguna forma de entrar en su cuarto salvo mediante la teletransportación.
Nadie jamás lo victimizaría de nuevo.
Excepto los dos que lo poseían. No había modo alguno de protegerse de Zeref o las clases particulares de brutalidad de Ultear.
El estómago se le revolvió ante el pensamiento y el hecho de que al parecer estaba desnudo frente a ella. Eso hizo que la cólera aumentara aún más.
—No lo hagas de nuevo. Nunca.
Lucy hizo rodar los ojos ante aquel exagerado gruñido mientras la armadura y el maquillaje reaparecían para cubrirlo. Lo que sea que te haga sentir mejor, nene…
Un instante más tarde, los restos de su comida desaparecieron y fueron substituidos por más.
Ella le dedicó una arqueada mirada.
—Lo tomaré como que estás hambriento.
Negó con la cabeza.
—Tú probablemente lo estés. ¿Cuánto tiempo llevo fuera?
—No lo sé. No tienes ningún reloj —gesticuló hacia la pared— o ventana por la que pueda comprobar el tiempo. Así de pronto, diría que tal vez un día.
Con todo, no se movió. Simplemente se quedó ahí sentado como una gárgola enfadada, trazando su venganza sobre alguna pobre paloma.
Ignorando su mal humor, se fue hacia la comida, odiando el hecho de que estaba hambrienta. Había estado viviendo a base de fruta, pero no había sido suficiente para satisfacerla realmente. Ansiaba proteínas de la peor clase posible.
—¿Quieres un poco?
—No.
—¡Gusano!
Lucy pegó un brinco ante el feroz grito que reverberó en las paredes a su alrededor.
Los rasgos de Natsu se apretaron en una máscara de muerte. El odio en su mirada la chamuscó. Sin una palabra, destelló del cuarto y la abandonó de nuevo.
Natsu se manifestó en la lúgubre oficina de Zeref que era tan oscura como el corazón de Natsu y su humor.
—¿Me convocó, mi señor?
—¿Bien?
Él jamás quería oír la maldita palabra de nuevo. Y estaba confundido en cuanto al porqué Zeref la usaba.
—No entiendo.
Zeref le dio un revés con tanta fuerza que la cabeza giró bruscamente y el cuello crujió ruidosamente. Durante un minuto entero, vio estrellas cuando Zeref enredó la mano en el pelo de Natsu y dio un tirón para acercarlo más, de modo que pudiera gruñirle en el sangrante oído.
—Entonces hablaré despacio y usaré palabras cortas para que hasta un patético idiota como tú pueda seguirme. —Zeref tiró de la cabeza con cada sílaba para puntuarla incluso más —. ¿Qué-hay-de-tus-progresos? ¿Tienes mi llave?
Natsu apretó los dientes. No había forma de ganar esto. Si le decía a Zeref la verdad, lo golpearía de nuevo.
Por favor dame mis poderes por un segundo, bastardo lamentable.
Era todo lo que necesitaría para hacer que Zeref sintiera su ira.
¡Maldito seas, Padre! ¡Maldito seas directamente en el infierno! Espero que Sesmu exprima ahora mismo la sangre de tu cuerpo y te haga ahogarte en ella.
Más que eso, esperaba que su padre se asara en los hornos del Inframundo. Pero nada de eso cambiaba su esclavitud. Nada de ello cambiaba este momento. O lo que estaba a punto de serle hecho.
Y odió más lo que lo obligaban a hacer. Subyugarse.
—Hago todo lo posible por usted, mi señor.
zeref lo cogió por el cuello y apretó tan fuerte que jadeó.
—Mejor me dices por qué no tienes más noticias que esas.
Natsu tosió cuando el agarre de Zeref se apretó incluso más.
—Yo… yo… no pude.
—¿Por qué?
Incluso aunque sabía lo que conseguiría, Natsu encontró la mirada fija de Zeref y le dejó ver el total alcance de su odio.
—Perdí el conocimiento por vuestro castigo.
—Eso es lo que consigues por ser tan débil, perro patético. Si fueras un hombre habrías sido capaz de soportarlo.
Sólo débil porque tú me robaste mis poderes…
Agarró la muñeca de Zeref y trató de apartarla del cuello.
—¿Te atreves a desafiarme, esclavo?
Natsu no contestó con la verdad. Era más listo que eso. Pero quiso hacerlo. Desesperadamente.
—Vivo sólo para serviros.
Zeref le dio otro revés.
—Mejor recuerdas eso.
¿Cómo podría alguna vez olvidarlo? Quemaba dentro de él como un fuego amargo.
—Sí, mi señor. —Enfocó la mirada en la pared del fondo para asegurarse de no mirar al bastardo a los ojos e incurrir en una ira peor.
Zeref le abofeteó.
—¿Prestas atención?
Tomó cada onza de voluntad que poseía para no ir contra su jefe supremo. No lo hagas. No lo hagas. No valía el precio.
De todos modos quería contraatacar tan desesperadamente, que podía saborearlo.
—Sí, mi señor.
Zeref apartó a Natsu de un empujón.
—Tu tiempo se acaba, perro. Como mi paciencia. Dame lo que necesito, o te devolveré a tu agujero y dejaré que los demonios de ese lugar te tengan para toda la eternidad.
¿Entonces por qué me haces perder el tiempo obligándome a aparecer aquí cuando podría estar buscándola? Aquella pregunta le quemaba en la garganta. Jodido idiota.
—Entiendo, mi señor.
—No creo que lo hagas, esclavo. Pero estás a punto de hacerlo.
saludos!
a odos los d chile q pasen un bueeen 18!
saludos! ns leemos
