Notas: Actualicé más pronto de lo esperado, espero que les guste. Ahora sí que me desaparezco hasta diciembre.

Conseguí escribir este cap, o mejor dicho terminarlo gracias a Michael Jackson.

Respuesta a los reviews:

Haneko-chan: Estos chicos están a prueba de balas. Mucha gente olvida que Arthur hace magia y que Alfred tiene una fuerza espantosa, por eso me gusta recordárselos jesjes.

La pequeña Daisy les dará más de un dolor de cabeza.

Yuu: Gracias por tu comentario, ¡Aquí otro cap en tiempo récord! Supermassive ya lo subí para vuestro deleite pero no mejor ni me nombres a A3PSDA porque es un dolor de culo jajaja. Claro, la universidad es algo muy importante así que eso. See u!

Xilondruum: Veamos que tal es la sorpresa que te traigo, ya subí Supermassive y ahora les traigo este nuevo capítulo. Gracias por tus deseos, lo mismo para ti, sea escuela o universidad.

Catyleo95: ¿Así que promete? Espero que te lleves entonces una grata satisfacción. Muchas gracias por tus buenos deseos, lo mismo para ti.

Guest: Así es, un fic recién salido del horno. Espero que te guste este nuevo cap :3

Advertencia: Contenido levemente sexual. Palabras.

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"Capítulo 2: El trasero de Inglaterra"

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La pequeña Daisy estaba desnuda, con su interior al descubierto y entregada a los ojos masculinos. Esos dedos gruesos y húmedos husmeando en su interior, buscándole el punto exacto.

Que obsceno.

América está con su camisa puesta como un turbante, dejando su torso al descubierto, expuesto al sol y para posibles manchas de aceite. El sol le da de lleno y ya sus hombros están rojos, pero Inglaterra no le dice una palabra. Que se queme, no es su problema.

Están con el pseudo-mecánico del pueblo, tratando de averiguar qué diablos tenía la camioneta. Es un viejo rechoncho y rubicundo, con un bigote y barba canosa y llena de manchas negras de aceite.

Inglaterra está sentado en un peldaño de la entrada, de madera vieja y polvorienta, mirándolos entre el sopor del calor y del aburrimiento. No tiene nada que mejor que hacer.

Normalmente por pudor y su moral de caballero, trataba de estar lo más impecable posible, sin embargo, en este infierno poco le preocupa qué pueden pensar ese grupo de americanos. La camisa blanca está entreabierta, dejando a la vista su piel cubierta de sudor.

Así que ahí está, con los brazos sobre sus rodillas, mirándolos indiferentes. Es una imagen interesante, masculina. Y por eso mismo un par de ojos femeninos están posados sobre él.

Oculta, entre las puertas de la cocina, no para de admirarlo, recordando a los modelos de las revistas y diarios que algunos camioneros dejan en el lugar.

El hombre de torso sucio de aceite y negra grasa, se estira y le pide a su compañero una gaseosa, la que cuando se la pasa, bebe con avidez. Para su hormonal cabeza, la vida es un paraíso con estos dos galanes que han ido a parar a este pueblito aburrido y sin gracia, donde nada resulta digno de mención.

¡Qué suerte!

La dueña de la posada, su madre, lleva dos coca-colas recién salidas del pequeño y destartalado refrigerador. Todo en el lugar es viejo, sucio y roto. Lejos de las metrópolis tecnológicas y próxima de un pueblo fantasma que se morirá enterrado en la arena. Los objetos parecen saber del porvenir y se dejan morir oxidados.

― Otra más porque hoy el sol está pegando demasiado, parece que ustedes trajeron este calor sofocante ― Se burló entregándole a Inglaterra, o como se había presentado, Arthur Kirkland. El hombre le agradeció con una venia ligera.

― Muy amable ― Y se quedó mirando las dos botellas ― Disculpe la pregunta ¿Pero esto es lo único que tienen para beber?

― ¡Pues claro, la Coca-Cola es americana! ― E inflaba el pecho como si fuera un símbolo nacional. Su país podía llorar de la emoción en estos momentos.

Inglaterra en cambio, se sintió rodeado de idiotas.

Le pasó una botella al gordo americano, quien le dio un guiño.

― Lo necesito, me estoy muriendo.

― Exagerado.

― ¿Quién lloraba de que estaban a punto de morirse en medio de la carretera? ― Le picó. El de ojos verdes le hizo una mueca.

―Pues yo no, por lo menos.

― Cínico.

― ¿Necesitan algo más? ― Preguntó la mujer, demostrando cuan hospitalaria era. Estados Unidos le dijo que algo para mojarse le vendría bien. Y la humana se fue igual de presurosa como vino.

En la cocina su hija le insistía que ella podía hacerlo, pero la señora le dio un manotazo y un "¡Termina el almuerzo!", destruyendo todas sus ilusiones.

― ¿Le sirve? ― Trajo de vuelta una botella vieja pero llena de agua. Al país se le iluminó la cara.

― ¡Fantástico! ― Cogió la botella y el agua cayó sobre su espalda ― ¡Me estaba friendo vivo! ¿Iggy quieres?

― No haré esa estupidez ― Rechaza. Quién sabe si el agua es potable. El de ojos azules se alza de hombros.

― Tú te lo pierdes.

― ¡Por amor a lo sagrado! Los buitres deben caer asados, no soporto más ― Definitivamente se desabotona toda la camisa, que había cerrado cuando habían llegado al hostal por respeto a la dueña de casa, si bien la señora no parecía importarle si anduvieran desnudos con tal de que le pagasen. Dejó la botella de Coca-Cola sobre su estómago― ¿Alguien tiene un revólver? Puede que lo necesite en un tiempo más.

Estados Unidos sonríe ladinamente por todo ese escándalo y le tira el agua que quedaba en la botella.

Un grito de reclamo.

Las carcajadas americanas.

El mecánico siguió revisando la camioneta, indiferente a todo ese escándalo de mocosos.

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― Se nota que no es de aquí ― Le dijo uno de los hombres que había llegado hace unos minutos. Amigos de la dueña del hostal, le habían dicho. Inglaterra alzó una ceja.

― Sí, soy Ingla… Son inglés ― Y los hombres se estaban dando palmadas, celebrando como monos. El que le había hablado se sentó cerca de él en los peldaños viejos de la casa.

― ¿Ves? ¡No me equivocaba! ¡Es un inglesucho! ― Y en ese momento, en Londres, a miles de kilómetros de distancia, comenzaron a escucharse truenos. Los británicos miraban al cielo, sorprendidos de que se acercara una tormenta en pleno verano.

Se siente tentado a decirles que es Inglaterra misma, la nación que cuidó a la suya dándole todo para que fuera lo que es ahora. Sin embargo, duda que esos hombres, ignorantes y tan escondidos del mundo, puedan entenderlo.

― ¡Hace cientos de años le pateamos el trasero! ― Dice el otro humano, que hasta la hora ni le había dignado una palabra. Es un hombre flaco, con unos pocos dientes y de una mirada maliciosa ― ¿Cómo es que te atreves a venir a la tierra que te echó?

Estados Unidos está atento, aunque simula ignorarlos. Aprieta una tuerca, preguntándole unas cosas mínimas al hombre de bigote.

Las gotas de lluvia comienzan a caer en el cielo de Londres, la gente corre a guarecerse en las tiendas más cercanas. Un relámpago ¿Cómo es que el meteorólogo no pudo avisar de esto?

― Puede que me hayan pateado el trasero…

― Es que así fue ― Le interrumpió el flaco, colocándose tras de él. Esta situación le provocaba infinita satisfacción, Inglaterra sospecha que eran los típicos matones de escuela.

Dos relámpagos. El viento corre más fuerte.

― Se veía venir desde hace años, pero en 1775 fue el golpe final. Dolió. Tal vez si Francia y España no le hubieran metido cabezas de cosas estúpidas, se podría haber solucionado de una mejor manera… Bueno, Francia nunca me perdonó lo de 1763, era predecible que quisiera vengarse ese bastardo. Comenzó en Lexington y Concord… Se fue expandiendo a Boston ― Comenzó a detallar, tranquilo, con una soltura, vomitando información como si lo hubiera vivido ― Los imbéciles creyeron que iban a ser capaz de doblegar a Canadá pero salieron trasquilados, Canadá siempre fue tan fiel… En Bunker Hill fueron valientes, soportaron nuestros ataques, eso fue admirable… Eran 800 personas y nos dieron fiera resistencia, hasta que finalmente ganamos, gente ignorante de preparación militar… ciertamente reconocible. En 1776, el Congreso había resuelto que…

El flaco ya hastiado de todo lo que hablaba, lo volvió a interrumpir ― Poco importa lo que me digas porque igual perdieron.

― ¡Cuida tu boca, insolente! ― La dueña del lugar le dio un manotazo en la cabeza, dejándole un futuro chichón ― ¡Ándate de aquí, emborráchate en otro lugar!

Inglaterra se levanta en silencio, dándoles la espalda y desapareciendo en la oscuridad.

América se acerca dónde están ellos, parecía darse por vencido de sus dotes de mecánico.

― ¿Qué sucede aquí? ― Los hombres le relatan lo acontecido. Él más joven dio un suspiro. Esto era tema tabú, vetado totalmente.

― ¿Saben qué? Estuvimos a punto de perderla. Inglaterra tenía todo para destruirnos, pero no lo hizo. Cuando ves a tu madre patria bajar el mosquete frente a ti… ― Arrugó la nariz, ya no quería ser él quien se ponía melancólico― Bueno, Inglaterra fue grande, y él les dio la lengua que hablan. Están jodiéndolas, amigos.

Y entró, decidido a buscarlo.

Lo halla en una esquina, sentado y tomando de un vaso.

Oh Dios.

― ¡Hombre no es necesario! ¡No necesitas emborracharte!― Le quita el vaso de alcohol. Inglaterra lo mira raro.

― ¡Es agua, tarado! ¡No me avergüences en este lugar! ― Y al oler, comprueba que no hay ningún rastro de aroma etílico en el bebestible.

― Ah, ok, lo siento.

― No sé qué hice para merecer el tener que soportarte en este lugar… ― Escupió con acidez.

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Son las siete de la tarde y el mecánico sigue sin hallar una solución. Así que las esperanzas de seguir la ruta estipulada, desaparece definitivamente.

Inglaterra pide un cuarto, y la señora, que finalmente averigua, se llama Rosemary, le avisa que no tienen agua caliente.

― Es lo de menos, con este calor resulta perfecto ― Y recibe una llave.

― Tampoco hay baños para cada dormitorio… ― Dice temblorosa, temiendo disgustarlo. Es que parece un jovencito pulcro y quisquilloso, de esos con mucha plata y cuidados. No sabe que es una nación milenaria que ha vivido en peores condiciones que esas ― Son tres baños en total para unos diez dormitorios.

― No hay problema señora. Me basta ― Agradece y se va a la camioneta a buscar su maleta. Sube las escaleras, dando con la vista de un oscuro pasillo con muchos dormitorios.

Busca la puerta con un número cuatro bastante desteñido, abriéndola.

Hay una cama pequeña y con unas mantas viejas y delgadas, un velador y un pequeño armario con una pata más corta de las otras.

En otras palabras, dormiría en una ratonera.

― Maravillosamente acogedor ― Murmura, dejando su maleta sobre la cama, donde milagrosamente no han saltado chinches o pulgas. Abre la maleta y saca todo lo necesario para darse un baño.

Sala con sus cosas y cierra su puerta, dirigiéndose a una puerta entreabierta donde se vislumbra un inodoro.

Es un lugar amplio, viejo y con una ventana diminuta donde se ve como el sol comienza a desaparecer por el crepúsculo. Como queda la suficiente luz para poder ver, prefiere no encenderla.

Comienza a desnudarse, sin darse cuenta que la puerta no cierra por completo. Deja un espacio a la vista, que una persona aprovecha.

Dos ojos castaños están pendientes de su cuerpo.

Blanco, con pecas, fibroso.

Las nalgas son redondas, las piernas se ven tonificadas, no musculosas pero sí apretadas.

Hace correr el agua y él se mete en la tina vieja y con algunas partes sucias de óxido.

La muchacha se muerde los labios cuando una idea pasa por su cabeza.

¿Y si le da una sorpresa? Sabe que muchas compañeras han hecho lo mismo con otros chicos, y todo desemboca en algo demasiado bueno.

Toma el pomo de la puerta y lo empuja un poco. Va a entrar.

Unos pasos resuenan en la escalera.

Su madre, piensa. Asustada se va a esconder en uno de los dormitorios vacíos.

Estados Unidos llega al segundo piso, mirando a su alrededor. Que vacío y oscuro. Lo único que se escucha es el ruido del agua fría chocar contra unas baldosas. Sonríe pensando en su ex – tutor bañándose.

Desaparece con su maleta en el dormitorio número 6, justo al frente del que tomó Inglaterra y al lado de donde se esconde la humana.

Inglaterra se enjabona el cabello, pensando en que por un momento juró escuchar a alguien por el pasillo.

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De noche la posada parece despertar. Todo se llena de vida y ruido. Los camioneros que terminan aquí su viaje se ríen y toman aguardiente.

Estados Unidos juega a las cartas con unos hombres, camioneros y gente del poblado. Hay un grito cuando alguien parece ganar. Gritan por otra ronda y el ganador, que era Jack en este caso, se estira inflando pecho.

Inglaterra por otro lado está en la barra, rodeado de unos cuantos hombres y mujeres que lo atiborran de preguntas, atentos a sus respuestas del mundo. Escuchan embelesados sobre las maravillas tecnológicas y cosas que están ocurriendo.

El europeo se siente algo abrumado por tanta atención. Maldice el momento en que se le ocurrió ver la hora por su iPhone, pues ahí fue cuando la gente comenzó a acercarse a curiosear de qué rayos se trataba.

― ¿De verdad que se puede volar más rápido que la velocidad del sonido?

― Hay aviones que lo hacen, sí ―Él mismo viajó en un uno para terminar en este apestoso cuchitril.

― ¿Qué otras cosas están haciendo?

― Pues… También hay muchos avances de la robótica, llegando incluso a suplantar a soldados ― Recuerda que leyó algo por ahí, la gente da un grito de admiración.

― ¡Como Robocop! ― Exclama uno.

― Pues sí, algo así.

Se siente encerrado en una burbuja atemporal.

― ¿Qué más puede hacer tu celular? El mío solo llega a bluetooth.

― Pues, puedo ver películas, videos, sacar fotos en movimiento, eh… Depende de la aplicación, puedo llegar incluso a ver la frecuencia cardíaca de una persona.

― ¡Abuelo, para que vea la suya! ― Le grita una señora a un viejito ebrio en una mesa.

― Pues… Se podría pero no me llega señal para descargar la aplicación ― Sonríe nervioso.

―¿No será más interesante verla en vivo y en directo? ― Le insinúa una treintona con evidente sobrepeso, descubriendo aún más su escote. La nación sonríe diplomáticamente, tratando con eso de escapar de esas insinuaciones que sabía donde iban a parar.

― ¡Sabes tanto! Guapo e inteligente ¿Qué mejor?― La misma chica voyerista del baño. Inglaterra, ignorante de las intenciones que le guardaba, le dio una venia, sonriendo.

― Gracias por el cumplido, señorita.

Estados Unidos sonríe, feliz de verlo rodeado de gente, quitándole esa perenne aura de soledad. Inglaterra siente su mirada y se la devuelve, señalando perplejo su móvil.

De respuesta, recibe un guiño.

América volvió a sus cartas.

Inglaterra sonríe.

A eso de la medianoche, la taberna está en su apogeo. Ya demasiado cansado y algo mareado por el alcohol que le han ofrecido, Arthur quiere irse a su cama que seguramente está llena de piojos y pulgas.

Se despide de la gente con la que ha podido entablar una pequeña conversación, la mayoría ancianos, y se levanta.

― ¿A dónde vas? ― Una voz le pregunta. Era Alfred quien está con un puro que le han compartido. ¿Desde cuándo que fuma? Se cuestiona el inglés. Seguramente está tratando de hacerse el interesante con la gente a su alrededor.

― A acostarme, estoy agotado.

― Yo me quedo un rato más.

― Como quieras ― Darle explicaciones le hacen parecer como si fueran marido y mujer. Marido y mujer sus polainas, se sonroja al pensarlo y se da más razones para apurar el paso y desaparecer.

Tristemente, para la joven en su clímax hormonal, el objeto de satisfacción uno se ha ido, por lo tanto, tiene que dirigir su empresa sexual al objeto de satisfacción dos, perdido en un tumulto de hombres desagradables y sudorosos. Como el lugar está lleno, está más que segura que no notarán su ausencia. Deja una bandeja que limpiaba sobre la barra y se desata el delantal que tiene sobre las piernas.

Una mano le agarra el cuello de la camisa cuando da un paso afuera del mueble.

― ¿A dónde crees que vas? ― Su madre tenía ojos de halcón.

― A descansar un poco, ma', estoy cansadísima ― Le sonrió.

― No, no… tú me ayudas. No me dejarás sola con todos los clientes ¡Quédate en barra y así te sientas! ― Ordenó, frustrando sus planes.

Así que ahí quedó, limpiando unos vasos con un trapo.

Los minutos pasan, corre el alcohol y la señora Rosemary asiente satisfecha.

Una nueva ola de gritos. Alguien salió ganador.

Estados Unidos se levanta.

― ¡Si sigo aquí me quedo en la bancarrota! ¡Me voy con dignidad! ― Algunos hombres le insistían que siguiera jugando, pero él negaba entre risas. Se despidió con una seña y subió la escalera.

La joven ve cómo se aleja su otro galán, destruyendo sus planes de coquetearle a él cuando debiera entregar la bandeja de tragos.

La nación llega al segundo piso y una lamparita ilumina el pasillo. No parece que es del lugar. La toma, es una linterna de plástico que estaba en su camioneta.

Inglaterra.

El dormitorio está con las luces apagadas y él se queda detenido unos segundos con la mano en el pomo.

Es capaz de escuchar los suaves ronquidos de Inglaterra.

No. Mejor no.

Sonríe y se va a su dormitorio.

Abajo, sigue el alboroto.

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Inglaterra despierta cuando comienza a despuntar el sol. Se estira en la cama, bostezando.

Las persianas son corridas y abre la ventana, aprovechando el agradable frío mañanero. El cielo brilla en una fusión índigo y verde, mientras que entre las montañas aparece el sol, liberando los primeros rayos de luz.

Es un paisaje agradable. Sabe que en sus tierras jamás será capaz de ver algo similar, así que queda un poco más, admirando la belleza oculta de Estados Unidos de América. Quizás no es tan oculta, porque en realidad Estados Unidos es hermoso. Algo que siempre admiró de él fue la gran variedad de paisajes que poseía su tierra, desde desiertos hasta tundras. Obviamente jamás se lo dijo, porque eso sólo aumentaría su ego híper inflado.

Además, escucharlo burlarse en el caso muy hipotético que lo confesase le hace sentir peor que un puñetazo en el estómago.

Inglaterra está seguro, tiene que morir con el secreto.

Cuando el cielo comienza a aclarar más, es señal de que debe levantarse. Levantarse y espantar los fantasmas de aquellos pensamientos crueles e incómodos.

Hoy el mecánico podría ser capaz de arreglar el maldito motor. El mismo país europeo se encargará de que el gordo no se entrometa, porque aparte de ser un cero a la izquierda, sólo conseguirá retrasarlos más. Sí. Eso ocurrirá.

Hoy será un gran día.

Lleva sus cosas al baño, haciendo el mismo pequeño ritual de antes.

Cuando abrió el grifo, recordó como hace siglos atrás, tuvo que bañarse con agua tan fría como un témpano. Su cuerpo despertó por completo en el momento que tocó el agua, y agradece que anoche se haya bañado, por lo que hoy solo necesita una pequeña ducha y nada más.

Cuando sale de la tina, con solo una toalla cubriendo sus caderas, busca los instrumentos para afeitarse. Siempre decente, no importando donde sea. Además detesta como el vello le comienza a picar.

Espuma. La navaja.

Una curva sobre el exterior de su mejilla.

Nuevamente es ajeno de que una figura está mirándole desde la puerta.

― ¿Podrías dejar de ser tan exhibicionista? La puerta está abierta ― Inglaterra da un salto y se corta la mejilla con la maquinita. Gira rápidamente y se da cuenta que es Estados Unidos con pantalón de pijama y nada más.

― ¿Desde cuándo estás aquí, imbécil? ― El aludido solo se alza de hombros.

― Hace un rato ― Y entra campante y fresco como una lechuga ― ¿Podrías dejar de gritar? Despertarás a medio mundo y es demasiado temprano.

― Pues entonces vete también, hay otros baños por si quieres ducharte ― Estados Unidos hurga en sus cosas, pasando de él ― ¡¿Me estás prestando atención?!

― No… ¿Así que éste es el perfume que usas? ― Sacó un frasco, mirándolo con atención. Lo destapa y lo huele ― ¿Cuándo lo cambiaste?

― ¿Y qué con eso? Después te lo podría haber mostrado, vete mejor. Déjame afeitarme en paz ― Los ojos azules se fijan sobre él.

― En vez de andarme regañando podrías ver tu mejilla, está sangrando ¿Quieres que limpie la sangre que dejas en el piso acaso? ― Inglaterra se toca la mejilla y sus dedos se ensucian con sangre. Se da media vuelta, mirándose en el espejo que hay y nota el tajo largo y limpio en su rostro. Maldición. Se agacha a la altura del grifo para limpiar su rostro, sin saber por qué, saca una carcajada de América― ¿Te me estás insinuando en esa posición?

Arthur gira a verlo raro.

― ¿Me explicas a qué te refieres? ― Y el americano le abraza por detrás, con una sonrisa traviesa. Sienta un bulto entre sus piernas. Procesó todo a la velocidad de la luz y lo empuja con rapidez, sólo sacando un montón de carcajadas ― ¡Grandísimo tarado!

― Claro, claro… ¡Tan divertido que te ves rojo! ¡Pareces una cereza! ― Después se mira los brazos ― ¡Rayos, ensuciaste mis brazos con sangre!

― ¡No te limpies en mi toalla! ― El americano se ríe mientras el inglés lucha porque no le quiten la toalla entre tanto restriego.

De repente, se escuchan unos pasos subir. Ambos se envaran cuando aparece la dueña de la posada a ver por qué había tanto ruido.

Da un grito cuando los encuentra semidesnudos y con Arthur sangrando.

Las dos naciones se miran de reojo.

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Notas finales: ¿Alguien entendió por qué le puse así al capítulo? Jesjes, ya eso. Besos a todos. Los leo en comentarios.