Notas de autora: Estoy mortalmente sorprendida. De mis más de seis años en el fandom, por primera vez me he encontrado con una actividad mínima de los escritores, incluso mi subconjunto predilecto: América/Inglaterra/América, apenas y se ve. ¿Alguien tendría la amabilidad de explicar que rayos ha sucedido y qué me perdí?

Respuesta a los reviews:

Johana: El USUK está por todas partes. Y sí, va por eso. Ese trasero le causará cada cosa... Buena cosa.

Sakadacchi: Este es el capítulo que esperabas pues, léalo chiquilla, ojalá lo disfrute. Quien fuera esa vieja para verle el trasero a Inglaterra *ríe*

Xilondruum: Este capítulo ha tardado más, pero es que realmente no pude antes. Ojalá te guste. Esa camioneta ha sido manoseada vilmente… Y la niña es… especial. Un caso, realmente un caso. Y soy Canadá lover, ese hombre es perfecto y maravilloso.

Mónica654: Gracias corazón, espero que este capítulo también sea de tu agrado.

Musumetan: ¡Gracias por tus lindas palabras! Espero que te guste este nuevo capi :3

MyobiXHitachiin: La niña es toda una loquilla… Ahora es el capítulo final, ojalá satisfaga tu alma fujoshi, muchacha (:

Advertencia: Este fic no es cursimente romántico, contenido sexual. Palabrotas.

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Capítulo 3: "Seducción"

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― ¡Pero si está sangrando! ¿Está bien? ¿Qué pasó? ― Y se congela, dándose cuenta que Estados Unidos tiene sangre en las manos. La señora cambia su expresión a una más severa ― ¡En mi hostal no se admiten peleas! ¡No me haré cargo nuevamente de ningún muerto!

Las dos naciones se quedan mudos ante las fuertes declaraciones.

Se han metido a un lugar que cada vez desenmascara más cosas oscuras.

― No estábamos peleando, Rosy, Iggy se cortó con la navaja al afeitar ¡Mira! ― El más joven señala la navaja y la espuma sobre el lavamanos. Inglaterra asiente dándole la razón.

― Me corté sin querer, señora Rosemary. Este idiota se ensució porque solo vino a molestar ― Y señala al aludido con molestia. La humana ahora se da cuenta del tajo largo y limpio que está dibujado por la pálida mejilla del muchacho. Y como no, el grito no se hizo esperar.

― ¡Traeré algo para curarlo! ― Los pasos desaparecen escaleras abajo.

Inglaterra no sabe cómo decirle que la herida va a desaparecer en cosas de minutos, que solo las heridas a su tierra podrían marcarse en su piel por más tiempo.

― ¿Cómo se lo decimos?

― Algo habrá que inventar ¿Un ungüento alienígeno? ― Se alza de hombros, finalizando su idea. Inglaterra quiere pegarle.

― Creíble, idiota, creíble ― Estados Unidos quiere reclamar que es real y creíble, que Tony le trajo una especie de frasquito de su planeta lejano y que además es de un sano color verde radiactivo.

Inglaterra se toca le herida, es larga y lineal. La piel está abierta levemente pero siente como en las esquinas comienza a cicatrizar.

El de lentes parece levemente divertido en cómo la carne se une.

¿Por qué el Blitz no pudo haber sanado así de rápido? Todavía la recuerda abierta, rasgándole el pectoral izquierdo de su ex tutor. Si hubiera un modo de describirlo, América puede decir que es como si le hubieran enterrado pedazos de vidrios rotos y luego amasado contra la piel. Los gritos de Inglaterra, tras cada bombazo le llegaron a poner los pelos de punta, más aun al saber que la morfina no le hacía efecto y que en cualquier momento iba a caer loco del dolor.

El atentado del 11 de septiembre le hizo comprender cuánto era el sufrimiento que podía llegar a experimentar. Las líneas irregulares y profundas de su espalda se lo recuerdan. A pesar de los años que han pasado, de vez en cuando tiene pesadillas.

Las heridas y sus consecuentes cicatrices, beneficios y perjuicios de ser una nación.

Pone dos dedos sobre la carne de su antiguo tutor, sobresaltándolo. Bajo sus yemas la piel se regenera, y es suave y tibia. Inglaterra siempre es suave y tibio por fuera.

¿Y por dentro?

El verde se fija en él.

― ¿Qué te pasa?

― Nada, es divertido como cierra.

― Como si no te hubieras echo algún corte en la vida, me la vas a infectar con tus manos sucias.

Las pupilas azulinas bajan por el cuerpo arrogante, ignorando como siempre las palabras ácidas.

― ¿La peste bubónica? ― Con el mentón indica un enmarañado de feas cicatrices que se dibujan hacia la pelvis y se esconden por la toalla. Inglaterra se siente ciertamente cohibido, pero no lo deja traslucir. ¿Qué anda mirando?

― Sí. No dábamos abasto con carros para llevar la gente muerta ― Musitó. El ente más joven deseó posar el índice y dibujar el entramado de huellas dolorosas.

Sonrió.

― Sí que tuvo que doler.

― Más de lo que imaginas.

Se escucharon los pasos de la humana y pronto apareció con unas vendas y un frasco de vidrio con alcohol.

Se quedó tiesa.

― ¿Dónde está la herida? ― Inglaterra, o Arthur como ella le conoce, dibuja una máscara da tranquilidad.

― ¡Era superficial, limpié un poco y se juntó la piel!

― Tiene una gran capacidad de cicatrización ― Le apoyó el otro.

La mujer alternaba la mirada entre ambos, buscando alguna pizca de broma. Nada.

― S-supongo que será por lo que comen en las ciudades…

― ¡Nos dan muchas vitaminas! ― Le complementó el mentiroso inglés ― Ahora… Me gustaría terminar de asearme, si nos les molesta.

La cincuentona, todavía sin salir de su estupefacción, obedeció.

América en tanto se estiró en el marco de la puerta, sin tener una pizca de intenciones de moverse.

― ¿Acaso soy un espectáculo de circo? ¿No has visto a alguien afeitándose? ¡Vete! ― Le reclamó el mayor.

― ¿Qué tiene que me quede? No te voy a violar…

― ¿Acaso quieres ver cómo se me cae la toalla, pervertido? ― Un guiño. Estados Unidos pestañeó repetidamente y cuando entendió el mensaje se sonrojó furiosamente.

― ¿P-perdón? ― Inglaterra dibujó una sonrisa felina y comenzó a bajar la tela, mostrando los incipientes oblicuos. El país de la libertad está tan descolocado, que no fue capaz de procesar el empujón que lo hizo trastabillar y que lo terminó dejando afuera del pasillo y con un portazo que le dejó medio sordo.

Maldito pirata sucio…

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Desayunan. El sol de las mañanas es flojo al entrar en esa casa polvorienta y de madera seca y vieja. La luz cubre levemente los muebles, descubriendo las estelas de polvo.

Estados Unidos devora un gigantesco plato de tocino, sus labios están aceitosos y brillantes. Inglaterra simplemente come unos huevos fritos, que era lo más sano que pudo encontrar en ese lugar. De reojo, admira como la otra nación parece un niño de tres años, ensuciándose con su comida.

Que desagradable.

― Límpiate, estás lleno de aceite ― Musita entre dientes. El otro país dibuja en su rostro una mueca de inocencia.

― ¿Por qué no me la limpias con… tu lengua?

Inglaterra casi escupe lo que come. América sonríe sin quitar ese rostro angelical.

Ojo por ojo, diente por diente.

Indirectas pasadas por bromas. Es un juego que puede jugar bastante bien.

Inglaterra se dedica a tomar su té, ignorándolo.

― ¿Qué sucede? ¿De verdad quieres que siga sucio?

― Creo que no me afecta el que hagas el ridículo.

― Claro, dan igual mis modales si consideramos que me educaste tú ― Y mastica otro pedazo grande de tocino, ahumado y grasoso. El más pálido es perforado por esas duras palabras. Se levanta, agarra una servilleta y la restriega en la cara del otro. Están tan cerca que Estados Unidos puede ver las pequeñas arrugas que se le forman al fruncir el ceño.

Él no se detiene con poco, siempre tiene que ganar, siempre tiene que ser más. Más aún si se habla de Inglaterra.

La saliva escurre por la misma mejilla que antes tenía la herida por la navaja, ahora impoluta, llegando hasta el límite de los labios.

Los ojos verdes miran fijamente a sus análogos azules.

Cortocircuito.

― ¡Alfred por la mierda!

La dueña del hostal los mira raro.

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Son dos personas luminosas y atractivas, que destacan entre toda la gente patética y mediocre que les rodea. Demasiado atractivas, como las mariposas, y por eso mismo dan ganas de cogerlas y tenerles.

Caitlyn, la hija de la dueña del hostal, es una simple adolescente de quince años, metida en toda esta basura añeja e ignorante.

No reconoce su propia estrechez de mente, de creer que solo importa tener sexo porque sus amigas ya lo hacen y dicen que es rico, sin saber de algún método anticonceptivo o bien, que es una ITS. Dirige su cuerpo donde sus hormonas le pidan, porque no sabe controlarlas, no quiere y mamá nada le dice de los bebés. Se sabe bonita, se sabe deseada por sus compañeros y por los camioneros que se queda en el hostal, y ella como una reina de ese pueblo miserable y tragado por la arena, desea algo más que un cuerpo gordo y sudoroso.

Ellos son perfectos, mejor dicho, distintos. Son de zonas tecnológicas y cosmopolitas, brillan con luz propia sus ropas, sus ademanes e incluso su propia actitud. Y lo diferente atrae.

Ella, como la reina de ese pueblucho pronto a morir, se siente con el poder de a…cogerlos.

Sonríe coquetamente al lado del más alto, el que se llamaba Alfred. El muchacho mira hacia adelante, preocupado en encontrar la casa del mecánico.

― ¿Te la estás pasando mal? ― Le pregunta de un modo tal que pareciera que fuera una cita. Alfred gira a verla por unos segundos y le sonríe restándole importancia.

― ¡No, pequeña! Pero quiero llegar pronto donde el mecánico para arreglar a la Pequeña Daisy ¿Sabes cuánto me costó que Iggy aceptara viajar?

― ¿Iggy? ― El nombre le suena espantoso ¿Y llama a su camioneta Pequeña Daisy? ¿En serio?

Momento ¿Le dijo pequeña a ella? Hijo de puta.

― Iggy es mi compañero, se llama Ingla… ¡Arthur! Pero yo le digo Iggy de cariño ― Explica como si fuera una niña de primaria, haciéndola perder interés.

― Claro, tu amigo.

― Sí, mi amigo ― Y la mueca en su rostro cambia.

― Me alegro de que no viniera… ― Su madre patria frunce el ceño, sin entender ― Así podemos conversar los dos solos.

― Es un viejo gruñón pero no es mal tipo… No te dejes engañar por esa actitud huraña que tiene, pequeña.

"Pequeña tu polla, tarado" le quiere gritar, pero sonríe siguiéndole el juego.

― Oh no, él me parece simpático pero me gusta la idea de poder estar a solas contigo.

― ¿Dónde está el mecánico? ― Pregunta, ya aburrido de ella. La chica arruga la nariz y señala tres casas más allá, sucias y viejas, como todo en el lugar a decir verdad. Alfred parece alegrarse ― ¡Muy bien!

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Mirar a Estados Unidos como intenta ayudar al mecánico es la única entretención existente. Quiere aclarar además que el "intentar ayudar" se resume a estorbarle y sacarlo de quicio.

Siendo sinceros, hasta él le colma la paciencia ver tanta torpeza junta.

― ¡Por amor a la Reina, Alfred! ¡Deja al hombre trabajar tranquilo y ven a tomarte algo! ― El menor parece ofenderse.

― ¡Si estoy haciendo algo!

― Demorarlo no cuenta, ven y deja de joder ― Le señala una maldita Coca-Cola, el señuelo con el que cae.

― Deja de ponerme en ridículo, viejo ― Y comienza a tomar de la gaseosa.

― Te pones en ridículo solo, yo no hago mucho ― Se sienta de nuevo en la escalera, al cuidado de la sombra. Siente un peso extra que hace crujir las escaleras y es América ― Tienes Coca-Cola en el cuello.

― ¿Me lo quieres lamer? Sucio.

― ¡No! T-te va a quedar pegajoso y me voy a reír de ti ― Parece que estas bromas de doble sentido no van a parar nunca. Lo peor es que él mismo la comenzó.

― Pues me limpiaré con tus cosas.

― Vaya favor que no me harás… Me iré al dormitorio, está más fresco ― Se levantó, huyendo sutilmente. Escucha un nuevo crujido.

― Es buena idea, acá afuera hace demasiado calor incluso para mi ¡Perdona abuelo por irme! ― El vejete hace un gesto que no se sabía si era de restarle importancia u obsceno. Vaya humor de esta gente.

Inglaterra quiere reclamar de si acaso lo está siguiendo, pero opta por no hacer un escándalo justo cuando cruza con la dueña de la posada.

Suben las escaleras oscuras en silencio, aspirando el polvo y el aire húmedo. De vez en cuando, la mano de Inglaterra se queda rezagada en la baranda de la escalera, siendo alcanzada por los dedos bronceados y tibios. Nerviosas, las manos se apuran en alejarse.

Delante de la puerta, se da la vuelta y se despide.

La tensión se respira.

― Nos vemos más tarde ― Y entra a la oscura habitación que sólo tiene sol en las mañanas. Ahora, plena tarde, es sombría y fresca, perfecta para escapar del calor infernal. Se recuesta en la cama, hedionda a sudor y a vejez.

A descansar.

O intentarlo.

La puerta se abre.

― ¡Qué haces acá! ― El muchacho de ojos azulados se alza de hombro.

― Mi pieza tiene mucho sol, parece un horno ¡Tu pieza está fresca, no es justo! ― Y como si fuera su dormitorio, se sienta en la diminuta cama.

― No es mi culpa que no hayas pedido cambiar de dormitorio ― Si es que estas trampas para ratas se podían considerar eso.

― En verdad no contaba con que iba a demorar tanto el mecánico con mi pequeña…

― Me pregunto seriamente cuál es tu noción de los tamaños.

― Todo en Estados Unidos es grande ― Le guiñó el ojo, ocasionándole un cosquilleo algo malo por el inferior de su cuerpo― Incluso las gaseosas. Puedes venir con un bidón para que te recarguen alguna gaseosa en los restaurantes.

Esta vez no iba con doble sentido. No sabe si maldecirse por mal pensando, o si en verdad era una broma pervertida muy oculta.

― Y por eso ustedes tienen las tasas de obesidad y enfermedades cardiovasculares de las más altas del mundo ¿Realmente te sientes orgulloso?

― Somos felices ― Y quiso alegarle de que ha sido felicidad a costo de salud, sin embargo dudaba bastante de que le hiciera caso.

― Lo que digas, dormiré una siesta, haz lo que quieras pero no me despiertes.

― ¿Y si hago cosas que me enseñó Francia? ― El europeo casi se cae de la cama.

― ¡¿Qué te enseñó ese pervertido?! ― Aterrado comenzó a imaginar ideas obscenas que rayaban en lo enfermo.

― Me dijo un método para levantarte los pelos de las cejas ― América alza una ceja, notoriamente divertido. Y ¡Oh! Comprendió ― ¡Iggy ya sé lo que pensabas, viejo pervertido!

― ¡N-No es eso! Es que lo conozco demasiado bien, han sido demasiados los siglos viviendo al lado de ese animal ― Dio un largo suspiro, rememorando una cantidad interminable de momentos desagradables. Estados Unidos se sintió incómodo, ajeno.

― Ya, pero sabe que no puede hacerme cosas sucias, se resignó supongo ― Y dio esa alzada de hombros tan relajada y típica de él, propia de un adolescente. La nación inglesa tuvo un sentimiento de placer ante esas palabras, si bien no sabía porque Francia había perdido en algo o bien porque su ex hermanito menor estaba libre de las corrupciones de su amigo-enemigo.

O los celos.

Silencio.

Inglaterra miró por la ventana, vislumbrando los cerros pelados y de variados colores, obra de los minerales que guardaba.

― Si uno… subiera uno de esos cerros debería tener una muy buena vista ― Dijo como un cumplido algo oculto. El otro país dibuja una sonrisa, mirando al mismo lugar que él.

― Cuando se arregle la Pequeña Daisy vayamos allá.

― ¿De verdad no se te ocurrió un nombre mejor para esa mole?

― ¡Es un gran nombre! ¿Acaso a ti se te ocurre algo mejor?

― Gran George, Gallagher, Mefistófeles, Prometheus, Ramsés…― Y le interrumpieron su vómito de nombres.

― ¡Parecen nombres de abuelo! ¡Aburridos! ― E hizo una cruz con los brazos, obviamente ofendiendo al contrario ― Aunque Gran George tiene potencial… Podría decirle GG de cariño.

― Que me critiques tú… Tú y tu Pequeña Daisy… No tienes moral alguna, Alfred Jones ― Tuvo una pizca de ácida burla en su boca. Estados Unidos sonrió.

― ¡GG es un buen nombre! Quizás la bautice de nuevo.

― ¿Tu monstruosa camioneta ahora tendrá un cambio de sexo?

― Estamos en el siglo veintiuno, viejo, actualízate ― Le sigue el juego, haciendo que el otro no pudiera evitar reír. Esas carcajadas empolvadas por tanto tiempo sin relucir. El contrario parecía complacido.

Inglaterra inconscientemente bajó la guardia.

Estaban en silencio, a unos cuantos centímetros de distancia, ¿Cuándo fue la última vez que pudieron estar así? ¿Siglos quizás?

Hay algo entre ellos, como el ruido de una cuerda de una guitarra que no para de vibrar. Tensión, esa es la palabra. La cuerda imaginaria no es más que el aire que los rodea. Está seguro que Estados Unidos también lo nota.

Se mira las manos, tratando de buscar algo que decir.

― ¿Por qué me invitaste?

― ¿Cómo? ― La pregunta le había tomado por completo desprevenido.

― Te pregunto por qué me invitaste a este viaje ― Repitió. El de lentes alza los hombros y sencillamente sonrió.

― Quería pasar un rato contigo ¿Qué tiene de malo? ― Inglaterra se preguntó qué tenía de bueno.

― Tenía muchas cosas importantes que hacer y tú también. Cameron me gritó todo el camino al aeropuerto por dejarle todo el trabajo a él.

― No niegues que te lo estás pasando bien ― Un guiño de ojo.

― ¡Claro! Esta alcoba es adorable, llena de polvo, pulgas y arañas. El pueblo además es encantador, perdido en la nada y con la temperatura de un horno ― Se hizo presente el maravilloso sarcasmo inglés.

― ¡Un pueblo digno de aventura! ― Aunque no suena muy convincente ni para él mismo, que es el optimismo personificado.

― Wow, Indiana Jones, eres un verdadero genio.

― Vamos Iggy… No seas tan pesado ― Y mantuvo sus ojos fijos en él por unos momentos, cambiando su sonrisa ― ¿Y conmigo?

Inglaterra reaccionó de un modo previsible. Los ojos abiertos como platos y las mejillas calientes.

― ¿Ah?

El aire se puso más tenso.

― Lo que te dije ― Y sus manos avanzaron lentamente por la cobija, la distancia entre ellos cada vez era más pequeña ― ¿Lo estás pasando bien conmigo?

Inglaterra había dejado de reaccionar cuando el aliento de América le acarició la boca. Los brazos temblaron levemente, lo que le importaba eran las cosquillas que tenía en el estómago y que subía a la boca. No se dio cuenta cuando su espalda se había dirigido hacia el cuerpo contrario.

Inglaterra lamió lentamente su labio inferior, fue un acto automático, inconsciente, pero no pasó desapercibido en el contrario.

Más cerca. Más caliente por la fusión de alientos.

Fue un roce de labios que aspiraba a más, ambiciosa, generosa.

Y el golpe de la puerta los separó.

― ¿Pieza dos? ― Era la voz de uno de los camioneros con los que Estados Unidos jugó cartas.

― ¡P-Pieza cuatro! ― Y se escucharon unos pasos alejándose. Inglaterra exhaló todo el aire que había retenido. Dios. El control apenas y lo tenía. La interrupción hizo que su cabeza comprendiera lo que hizo, se levanta.

Alfred le agarra el brazo, se levanta con él y lo tira contra la muralla.

Inglaterra le besa. Le besa porque siempre quiso hacer eso, lo hace porque tras ese golpe se ha liberado de la compostura.

La lengua es áspera, el paladar dulce.

¿Quién diría que besar a tu colonia podía saber tan bien?

Las manos, como serpientes, han bajado por la espalda.

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Inglaterra ve su espalda alejarse en esa calle polvorienta y se apura a teclear un mensaje en su celular. La escasa señal es intermitente y debe aprovecharla ahora para responder un correo de su Primer Ministro. Diablos, se está cayendo la señal.

Se levanta, con el celular en alto, buscando aquella miserable onda de internet con desesperación. Tambalea, como un borracho, probando suerte. Más a la derecha, sí, más arriba. Parece un tonto para quienes lo ven, sin embargo en estos momentos le da igual.

"Error al enviar"

Joder.

Inhala controlando su frustración. Ha terminado detrás de la casa, donde solo hay unos cuantos barriles y una bodega mugrosa.

Qué paisaje tan acogedor, parecía sitio perfecto para una pelea de malandrines.

― ¿Qué haces aquí? ― Una voz tras de él. Gira rápidamente, sorprendiéndose de que la hija de la posadera esté ahí. La muchacha lleva en sus brazos una gran cantidad de botellas vacías

― Lo siento, estaba buscando señal ― Señala su celular. La humana asiente por educación y da una sonrisa.

― Vaya que eres una persona ocupada, aquí no corre ni un chisme… ― Y da un paso, acercándose.

Al notar la gran cantidad de botellas que tiene, se acerca para ayudarla. Mera educación.

― Déjame, yo los llevo ― Y las toma.

― ¡Qué caballero! Aquí no hay muchos de esos…

― Es porque soy inglés, señorita ― Sonríe, con el pecho lleno de satisfacción ― ¿Los llevo a la bodega?

― Sí, principito inglés ― Y se adelantó, sin notar que la sonrisa de esa niña parecía a la que Francia daba cuando tenía nueva presa.

El hombre deja las botellas ordenadas junto a otras que están llenándose de polvo. Un suave empujón en la pierna. Se levanta rápido, los ojos castaños están demasiado cerca de los suyos.

― ¿Al final cuándo te vas? ― Inglaterra se pregunta si acaso es algo propio de esta gente no respetar espacios personales. Aprieta la boca, en una sonrisa tensa, incómoda.

― Pues si tenemos suerte… hoy mismo ― Ella hace una mueca de tristeza.

― ¡Qué lata! No quiero que te vayas, te voy a extrañar.

― Lo siento pero no la comprendo.

― ¡Trátame de tú! Prácticamente tenemos la misma edad― Más de un milenio de diferencia le gustaría decir. Y eso era si sólo se pensaba en la unificación de sus tierras, de otro modo sería mucho, mucho más.

― Eres bastante graciosa ― Y se da una leve vuelta, buscando alejarse. Sale de la bodega, y ella lo sigue, creyendo que es un juego de seducción. Los barriles están a un lado, y la humana lo empuja a uno, sentándose sobre él.

Ha sido la situación perfecta y propicia para caer.

― Sabes, eres alguien muy, muy guapo y amable― Se acerca un poco más, poniéndolo tenso ― ¿Hay forma de que te pueda… agradecer… lo que has hecho?

― Señorita, no es nada. Es mi deber ― Y la aleja delicadamente, porque todas las mujeres son damas aunque se tiren sobre uno como si fueran gatas en celo. Ella insiste. Por amor a la Reina.

El celular comienza a sonar, de milagro.

― Bien, debo contestar.

― Hay cosas más interesantes ― Las campanadas suenan más y más fuerte.

― Debe ser algo importante. De verdad permiso.

― Si es importante llamarán de nuevo ― E Inglaterra se pregunta qué carajo ha hecho para ser elegido presa de esa humana loca.

A lo lejos, Estados Unidos aparece.

― ¡Oye te he estado buscando! ¡Encontraron el repuesto que se necesitaba y quizás en una hora…!― "Estará lista la camioneta" quiso decir. Había quedado congelado al ver la escenita. La adolescente tirándose sobre Arthur, con intenciones lascivas, y el otro, con los brazos separándola.

Una sonrisa rara se dibuja.

― ¡Las señoritas de mi nación no le hacen esas cosas a extranjeros! ― No sabe que la humana ha comenzado a pasarse una película en la cabeza totalmente fantasiosa y fuera de la realidad.

Una pelea por su amor.

― ¿Entonces qué hacen? ― Y él, sin quitar esa mueca rara, la levanta con sólo un brazo. Lentamente entra a la cocina y la deja ahí, donde está la madre, ocupada con el almuerzo.

La mujer frunce el ceño, sorprendida por aquella escena. Y la chica siente que la sangre se le fue al piso.

― ¿Qué está pasando aquí?

― Le recomiendo tener cuidado con las hormonas de su muchacha, Rosy. Es peligroso para ella y para los demás que intente hacer juegos de grandes ― La señora sufre una metamorfosis. Su piel se enrojece y la mueca en su rostro se endurece paulatinamente hasta que da un grito.

Inglaterra está quieto, mirándolo salir. América sigue sonriendo, achinando sus ojos.

Y patea un barril.

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Estados Unidos ha vuelto a la empresa de acompañar al mecánico, aunque esta vez está serio y silencioso, de brazos cruzados y sin molestar. De vez en cuando pregunta cosas sobre el motor y los otros artilugios que dan vida al vehículo

Inglaterra mete los bolsos en la camioneta, preparándose para irse. Se da media vuelta, entrando al hostal.

Unos billetes reposan sobre el mesón, justo donde está la casera.

― Ahí está el dinero de las piezas y la comida ― La humana asiente. Inglaterra se siente con el deber de decir unas palabras más ― Lamento la bochornosa escena. Realmente yo no…

― Te creo chico. Es culpa de esas estúpida, si ya le tenía un ojo encima a esa bruta ― Sisea palabras con veneno. Antes de que Inglaterra comenzar a hablar, le vuelve a interrumpir, pareciendo harta ― Mijo, sólo… Sólo no vuelvan más ¿Sí? No estamos acostumbrados a esos desórdenes, no nos gusta esto y no quiero mi hija preñada por un desconocido.

Inglaterra asiente, aunque quiere aclarar que no intentó en ningún momento de "preñarla". Y tampoco es como si quisiera a volver por estos lugares.

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Sigue esperando a que terminen de arreglar la camioneta, aburrido de admirar los paisajes desoladores que le rodean. El calor es apestoso, así que de nuevo ha vuelto al dormitorio.

Mierda de viaje.

¿Por qué tuvo que aceptar las peticiones tontas de Alfred? Si sabía que no auguraba nada bueno. Pero tuvo que pensar con cualquier parte, menos con la cabeza.

Casi sentía que se merecía un viaje tan apestoso.

Y se tira a la cama, decidido a cerrar los ojos y pensar en cualquier cosa distinta a esto.

La puerta se abre.

Estados Unidos.

La cuerda se tensa.

― ¿Qué…? ― Las palabras quedan a medio pronunciar. La otra nación se acerca y lo levanta ― Hey, bruto qué…

Y ahora, el beso no es anhelante, es brutal. Siente un sabor ácido, unos gestos oscuros. Inglaterra, experto y experimentado, sabe lo que es. Celos. Es el sabor de los celos.

América sigue celoso, pero como los niños, no es capaz de decirlo, sino que gritarlo con los gestos.

¿Acaso esto es una pataleta?

Lo separa tirándole del pelo.

― ¿Y si aparece alguien?

― Mejor aún ― Y las sospechas son ciertas. Estados Unidos reclama su territorio, rodeando su cintura con las manos, subiendo y bajando.

La carne es débil. La carne es débil y la tentación, insoportable. Tenerlo un poco, tenerlo por completo. Todo le sirve. Amor, placer, lo que sea.

Mete su mano dentro de la camisa sudorosa, sacando un jadeo en el más joven cuando pone sus dedos en las costillas, recorriendo el pezón.

¿Quién creería que el mismo pequeño niño que cuidó hace cientos de años le estaría gimiendo en su boca?

Están cometiendo un raro tipo de incesto, por amor a la Reina.

― Nos van a quemar vivos… ― Se burla.

― Quiero… verlo.

Estados Unidos le agarra el trasero, acercándolo.

No puede parar de besarlo, en verdad no puede de tenerlo separado a él. Siente los brazos cálidos de Alfred sujetándolo y tirándolo a la cama, deseando lo mismo.

Es como si la tensión de muchos años se hubiera acumulado hasta que sencillamente explotó. Y ambos cedieron a lo innegable.

Desesperación.

Las manos desde el cabello miel hasta la espalda baja. Las contrarias hurgando por lugares prohibidos. La pelvis, los muslos, dentro de la ropa interior.

Cuando besan su cuello y le bajan los pantalones, está realmente interesado en qué terminará. Él no se hará el imbécil, dejándose ser una ingenua dama.

Estados Unidos inhala sorprendido, le ha dado vuelta.

― Eres muy torpe ― Susurra como explicación. No alcanza a enojarse porque las manos inglesas son demasiado buenas en lo que hacen.

Arriba. Abajo. Una caricia a un lugar muy sensible.

Otro gemido.

América, siempre ha sido un país expansionista, ambicioso y hambriento de otras tierras. Juega con sus manos, en círculos, llamando a la puerta del siguiente paso.

― Adentro. Quiero estar adentro.

Inglaterra se siente impaciente como no se ha sentido hace mucho. Una mordida para dar permiso.

Un gemido. La humedad. Estrecho. Mucho roce. No es capaz de hilar con coherencia.

La cama cruje, se ensucia.

Se mueven, arriba, abajo. Más profundo en la carne, destrozando, el pudor.

La piel perlada, sudorosa.

Inglaterra está lamiendo los puntos justos.

Lo apura.

Siente el dolor del aviso, de que no da para más.

El gemido final.

Explosión.

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Se arregla la ropa cuando escuchan llamarlo. Quiere gritarles a todos por interrumpir. Se peina el cabello y se cierra el pantalón, saliendo por la puerta.

Inglaterra mira al techo, agotado.

― ¿Qué sucede? ― Y no duda en que sepan su mal humor. Ahí está el mecánico bigotón.

― Faltan unas cosas, mañana estará listo para partir ― En otro momento se habría quejado, sin embargo no se siente capaz de manejar bien.

― Está bien. Gracias viejo.

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Cenan en silencio.

Inglaterra come, pensando en lo que sucedió antes. Parece algo pesimista. América sonríe como el idiota que es. Parece demasiado optimista.

― Después de esto voy a ir a jugar cartas ― Dice. Inglaterra lo mira. En otro momento le habría dicho que no es nadie para que le cuente que hace o deja de hacer, ahora, el decirle eso implica pensar hasta que le duela la cabeza y no hallar respuesta. ¿Eso fue sexo porque sí, cierto? América es demasiado estúpido como para ¿O… había algo más? Ese imbécil no le ha dicho nada desde entonces ¿Cómo debe reaccionar? ¿Hacer que nada pasó? ¿Olvidarlo? La idea le duele como una punzada.

― Sí.

― ¿Pasa algo? Actúas raro ― O él actúa demasiado normal.

― Supongo que tengo sueño ― Y la conversación queda hasta ahí.

Lo dicho se cumple, los gritos y risas de los hombres por la partida se escuchan en el salón. El europeo se toma un trago para relajar los nervios, pero mucha gente se le acerca en busca de conversación. Le sonríe a algunas personas, le sigue la conversación a otras pocas.

Cuando se levanta, deseando salir pronto de este horno, cruza al lado de la mesa de jugadores. Estados Unidos lo sigue con la mirada pero sigue jugando.

El tiempo sigue avanzando.

A la medianoche, Estados Unidos termina de jugar y se dirige al segundo piso. El pasillo tétrico apenas y es iluminado por la luz de la linterna que Inglaterra parece olvidar.

Entra a un dormitorio que no es el suyo, y parece no dudar.

Ahí está el morador, iluminado por la luna menguante, tiene sus ojos pegados al techo. Está tan concentrado que ni lo escucha entrar.

― ¿No que tenías sueño? ― Y ahí sale de su trance, saltando como un gato.

― ¡¿Cuándo entraste?!

― Recién. Te quería pegar un susto.

― Bueno ya lo hiciste, ahora ve a dormir.

― ¡No, me aburro! ― Y se tira sobre la misma cama donde hace horas atrás habían tenido sexo. El rubor no demora en llegar tras la palabra.

― ¡Y yo quiero dormir! ― Los ojos azules ruedan.

― Eres jodidamente matapasiones ― Le da un beso en la frente y se levanta, gruñendo.

― ¿Qué fue eso? ― Se toca la frente.

― No te hagas el idiota con que nada pasó. Déjalo ser y no molestes, viejo.

Inglaterra a veces olvidaba que Estados Unidos era realmente alguien relajado y simple.

Estúpido granjero.

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A la mañana siguiente, el sol le saluda directo a los ojos.

Inglaterra suspira. Llegó la mañana y él con insomnio.

Los pies posan la madera y se va al baño, dispuesto a realizar el mismo ritual. Bañarse, afeitarse y vestirse.

La habitación del frente, donde descansa el gordo granudo, está en total silencio. Entra, descubriéndolo durmiendo.

― Oye, despierta ― Lo zarandea y recibe un brusco manotazo.

― Cinco minutos más…― Murmura dándose vuelta.

― No hombre, recuerda que hoy viajamos.

― Iggy… déjame dormir.

― ¡Van a ser las diez de la mañana, flojo! ― Y ya harto, Estados Unidos le tira a la cama como si fuera una vulgar almohada.

― ¿Y? No te matará dormir un poco más ― Y de repente parece despertar realmente ― O mejor hacer otras cosas.

Inglaterra se vuelve rojo.

― M-mejor en un lugar sin chinches ni polvo.

― Yo pensaba en ir a buscar al mecánico para terminar pronto los arreglos ― Ahora el otro muchacho adquiere un tono violáceo. América no puede evitar reírse ― ¡Sabía que eras un pervertido! ¡Lo supe desde siempre!

Y el ofendido se levanta de golpe, haciéndole una mueca obscena.

― ¡Que se pudran los gloriosos Estados Unidos de América!

― Es broma, ven a darme un beso de buenos días, Iggy.

― Besa mi trasero ― Y se cruza de brazos al lado de la puerta ― Ahora anda a bañarte.

Y acata, sin parar de reírse.

― ¿No te quieres bañar conmigo?

― En tus sueños, mocoso.

― Ayer no parecías que hubieras dicho que no ― Le picó.

La gran respuesta fue un portazo en la nariz.

-x-

La misma causa de sus problemas, la hija de la hospedera, les lleva los platos del desayuno. Sus ojos demuestran lo incómoda que se siente bajo la mirada atenta de su madre.

Arthur agradece. Revuelve la taza vieja con té de bolsa, donde el agua poco a poco comienza a oscurecer.

Alfred devora su desayuno, grasiento y destroza-arterias.

El aire está mucho menos denso que anoche, pero no se demoran en comer, deseando irse lo más pronto de ahí. El mecánico, siendo sacado de su cama por su madre patria, termina de arreglar el monstruo de metal, totalmente harto.

― ¡Adiós Rosy! ― Grita Alfred dándole el dinero, pareciendo olvidar los momentos incómodos de ayer y que la señora no parece estar muy triste de que se vayan, es más, los despide con frialdad. Inglaterra suspira.

En la puerta, ya cuando se van por siempre, la última sorpresa ocurre. Inglaterra siente un tirón y que algo choca con sus labios. Es la hija.

― ¡Adiós principito! ― Le despide con malicia ― Ya sabes donde rescatarme.

― ¡Mocosa de mierda! ― Grita la madre, y Estados Unidos tiene un pensamiento similar, pero como pocas veces se le ha visto, mantiene el silencio.

Inglaterra prefiere desentenderse de todo y subir a la camioneta como alma que lleva el diablo. No más problemas, oh claro que no, ahora solo hay que irse y seguir este apestoso viaje de locos. Sería maravilloso si el gordo idiota se apurara y le diera el dinero a ese anciano.

Por fin.

América sube y enciende el motor. La Pequeña Daisy ruge.

― ¡Nos vamos! ― Y deja una estela por la calle, andando a toda velocidad. Jack, el hijo flaco y de mirada pérfida los ve irse mientras cuenta el dinero que le ganó a Alfred en las cartas.

Al de ojos azules no le gusta el silencio, pone una emisora vieja y rechinante. Dios, la señal es pésima.

― ¿No has visto mi pendrive? Vamos a poner música de la buena.

― ¿No es el que apostaste cuando jugabas cartas?

― Joder.

― Mejor apaga esa tontera, es pura estática.

― Lo apago si cantas Iggy.

―… Espera a que llueva de abajo hacia arriba.

― ¡Entonces soportas la estática! ― Dice sin quitar la sonrisa.

Entran a la carretera, despidiéndose de esos días perdidos en el calor infernal, en una burbuja de tiempo y polvo. Quiere dejar todo atrás, o… quizás no todo. Inglaterra mira de reojo al gordo que mira adelante, concentrado en el camino.

Parece que este viaje va a ser realmente interesante.

― Oye Iggy…

― ¿Por qué te gusta llamarme así? Suena horrendo.

― ¡Tiene estilo!

― Lo dice el que llama a su camioneta monstruo pe…

― ¡No interrumpas lo que te quería decir! ¡Era importante! ― Interrumpe a su vez. Inglaterra pone mala cara.

― Ya, qué.

― No jodas de nuevo con eso ― Eso qué. Qué diablos. Alfred y su extraño dialecto.

― ¿Qué?

― ¡El beso con esa niña! ¡No seas un suelto! ¡Estoy realmente enojado! ― Si hubiera tomado algo, lo habría escupido.

― S-si te das cuenta, yo no fui el que le di el beso ― Gruñe, sintiendo el calor en sus mejillas. Esto es incómodo.

― ¡No importa, estás contaminado! Joder, siempre estropeas todo ― Y ahí mismo el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte quiere saltarle encima para tironearle el pelo ¿Suelto? ¿Contaminado? ¿Quién se cree? ― ¡Tienes que remediarlo!

― ¿Disculpa? ¡Como remedio algo donde fui la víctima! ― Y le tiran del cuello, dañándose la piel por el cinturón. Un beso, brusco, húmedo y cálido.

― ¡A la otra sabes! ¡No seas un dejado, yo no debo hacer todo!

Inglaterra le despotrica que en primer lugar pudieron chocar, que él no es que sea una nena que se deje hacer y que nadie entiende las expectativas de un loco de patio.

― Dios, Alfred, me superas.

Repite. Este viaje será realmente interesante.

Quizás valió la pena dejar de trabajar por unos días.

-x-

Notas: Ahora sólo me queda actualizar A 3 Pasos de Ahorcarte. Veré que puedo hacer, pues estoy camino a viajar al sur de mi país (Chile).

No actualizaré Supermassive Black Hole porque es muy complicado considerando que A 3 Pasos de Ahorcarte es ya una historia pesada de hacer. Sin embargo puedo hacer one-shots, incluso he pensado en hacer de latin hetalia ¿Ideas? Se lo agradecería.

Besos.