Renuncia: todo a Yamamori Mika.

Notas: Este drabble carece de sentido alguno y es un intento fallido de semi-AU. No sé, de repente la idea de ellos de pequeños me gustó y hace tres días que debía actualizar este fic. Muchas gracias a la querida Cassie, que comenta este fic casi empalagoso pero que capta todo mi cariño en mensaje a ella (¿?). ¡Espero que puedas encontrar lo bonito a este, Karen!


«Déjame llevarte allí,

porque voy por los campos de fresa.

Nada es real y no hay que perder el tiempo»

Beatles


Así que hay una niña nueva en su clase, mientras que mamá toma las cosas y se va lejos, y Mamura desprecia la risa femenina en el silencio.

Pero ella es nueva y tiene los ojos enormes, que brillan y son curiosos, sus manos son pequeñas y el uniforme infantil se le mancha siempre con el lodo o la tierra del jardín trasero. A Mamura le molestan sus constantes gritos, pero cada vez que se gira a verla tiene los ojos vistos hacia la gran ventana, y es casi como una armonía calma.

Siempre está él llegando solo a clases, y el resto de los niños le están haciendo preguntas constantes, pero a Mamura eso no le importa; es pequeño, pero las niñas le fastidian. Pero está ella llegando sola, con su mochila casi como un caparazón y las piernitas cansadas de tanto correr. Ella también ha llegado sola.

Así que un día ella lo ve.

Sus ojos grandes están casi envueltos en lágrimas porque ha encontrado el amor, el amor en un sensei que es amable y tiene la voz de una guitarra solitaria. A ella le gusta aquello, le gusta el amor desde sus seis años de edad; y a Mamura le molestan las niñas y los ojos de ella al borde de las lágrimas le son un sabor amargo en la boca. Empero, no sabe por qué.

Entonces su voz infantil, que es como un cascabel que chilla, exclama: «Soy Suzume, seamos amigos».

…Así que Mamura sigue odiando a las niñas, pero fingiendo restarle importancia a sus palabras, detesta tambien los ojos de ella que no reflejan esa alegría exagerada. Así que se vuelve su amigo, pero casi nada cambia. Suzume sigue con la mirada encandilada por el sensei que la alza en brazos y le limpia el lodo de las mejillas; aún ambos son los únicos niños que llegan solo, sin mamá o papá llevándolos de las manos; y siempre está Suzume que lo mira desde el otro lado y solo sabe sonreírle con la mirada.

Mamura ha cumplido siete años, y sin querer ha rozado la mano fría de Suzume. Le ha gustado, le gusta. Y ahora los ojos de ella lo ven por más tiempo, y sin llorar.

…Así que Mamura odia a las niñas, solo que a Suzume no. Ella es esa niña revoltosa pero calma de su clase, que viene de campos de fresa donde el tiempo es rápido y solo hay tiempo para el amor, y a Mamura le gustan mucho sus ojos de caleidoscopio y sus manos que se enfrían con el invierno.

Una tarde antes de volver a casa, solo (papá tiene mucho trabajo, papá), la encuentra llorando detrás de un árbol. Y Mamura odia a las niñas que lloran siempre, pero de Suzume solo detesta el llanto triste. (Y ese sentimiento crecerá hasta…). Así que Mamura abre su cariño escondido por ella y lo suelta hasta que deja de llorar, y Suzume tiene las mejillas regordetas sonrojadas y los ojos empañados de la timidez. Así que antes de que él le roce la mano y entrelace sus deditos, Suzume se ha inclinado sobre él y le ha besado la mejilla.

–Gracias, Mamura.

Él solloza.

Es la primera vez que ella dice su nombre.

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Ahora van a clases todos los días, juntos, mientras ella le enseña a caminar sobre campos de fresas y él aprende a odiar menos y a cuidar más.

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