CAPITULO 2

—Señor, la agente Romanoff…

La frase de Jarvis se quedó a medias, flotando en el aire. Tony giró la cabeza hacia las puertas dobles del salón, levantando la mirada del periódico que había estado leyendo hasta ese momento. Vio entrar a Natasha como una exhalación, con el ceño fruncido, las manos apretadas en puños y los hombros echados hacia delante.

—… ha llegado —concluyó la inteligencia artificial sin cambiar su correcta entonación, a pesar de que Natasha ya había cruzado la mitad de la sala.

Tony la siguió con la mirada.

—Acabo de darme cuenta, Jarvis. Muchas gracias.

—De nada, señor Stark.

Con los ojos puestos en la mujer que acababa de entrar como una tromba, Tony se levantó despacio. Natasha se encaminó hacia el mueble bar, sacó una de las botellas de whisky y se sirvió un vaso generoso, bebiéndoselo de un solo trago. Los ojos de Tony se abrieron como platos. Natasha se sirvió un segundo vaso que tomó el mismo camino que el primero.

—Hey, te estás bebiendo una botella de mi mejor whisky como un cosaco. Vale que seas rusa, Romanoff, pero podrías apreciarlo un poco.

Natasha dejó el vaso de nuevo vacío sobre la superficie del mueble. Giró la cabeza hacia Tony con lentitud. Sus párpados estaban entrecerrados y los labios eran una dura línea en aquel bello rostro. Alzó una ceja, como si estuviese retándolo desde la distancia a que la detuviera y, volviendo a tomar la botella, se sirvió de nuevo, bebiéndoselo casi en el mismo movimiento.

Tony arrojó sobre el sofá el periódico, levantándose.

—Vale, ya me has preocupado. ¿Qué cojones te pasa, Natasha?

Tony se fijó en que aquel último trago que Natasha se llevó a los labios pareció demorarse en bajar por su garganta más que los dos primeros. La mujer dejó el vaso junto a la botella. Aguardó unos segundos antes de volver la mirada hacia él. No le gustó lo que vio en sus ojos.

Se tenía a sí mismo por un tipo observador, capaz de fijarse en los detalles más ínfimos y menos sustanciales de cualquier objeto. Podía llevarse horas en su laboratorio observando el comportamiento de cierto metal ante una reacción determinada. Pero los seres humanos, las demás personas, eran otro cantar. No siempre interpretaba de la manera correcta la forma de proceder de sus congéneres. Sobre todo, porque en la mayoría de las ocasiones, no le interesaba saber qué querían decir con ello. Pero al ver a Natasha, las ojeras más intensificadas que el día anterior, la expresión con que lo miraba, la forma en que su respiración hacía subir y bajar su pecho, sus puños apretados… todo eso le decía que algo pasaba. Aunque, convino, tampoco le hacía falta ser el genio que era para darse cuenta de ello. Dio un par de pasos hacia ella, dejando atrás la pequeña mesa de café.

—Natasha, dime qué ocurre. Ayer cuando saliste de aquí no estabas así. ¿Qué ha ocurrido?

La boca de Natasha se volvió una línea severa en su rostro.

—Barton.

Unos pasos más lo acercaron hacia ella, reduciendo la distancia que los separaba a unos pocos metros. Natasha giró la mirada hacia el gran ventanal que dominaba la estancia, con las facciones rígidas, convirtiendo su rostro en una máscara de seriedad.

—¿Qué le ocurre? —quiso saber Stark—. Está bien. ¿No es cierto?

Natasha se encogió de hombros sin molestarse siquiera en mirarlo. Cruzó ambos brazos ante su pecho y alzó la barbilla, como si desafiara al horizonte de Nueva York.

—Está con HYDRA.

Por unos instantes, sintió un escalofrío correr por su espina dorsal, como si le hubiese caído un cubo de agua helada por la espalda. ¿Barton e HYDRA? Imposible. Tony creyó que sus oídos habían escuchado mal. Hasta que Natasha giró la mirada hacia él. No veía en aquellos ojos verdes nada que le hiciese creer que estaba pensando de la manera errónea. Se pasó una mano por el pelo, moviéndose unos pasos hacia ella.

—Debes de estar de coña, ¿verdad?

—Ojalá fuera eso —respondió ella, sin que su expresión cambiase lo más mínimo.

Una sonrisa efímera, casi fingida, apareció en los labios de Tony. Miró hacia el exterior del gran ventanal, para volver de inmediato a Natasha.

—No, venga, en serio. Esto debe de ser una broma. Aún recuerdo cuando le robasteis a Steve la moto y le comprasteis un patinete de tres ruedas y se lo dejasteis en su plaza de aparcamiento. Aquello fue un gran punto y todos nos reímos un montón al ver la cara del Capi. ¿Es la misma que se me ha quedado a mí ahora? Apuesto a que sí, porque si…

Por unos momentos, Tony aplaudió con entusiasmo, alejándose unos pasos y deteniéndose en el centro de la estancia. Miró a su alrededor, girando en redondo.

—Muy bien, Katniss, he picado. Sal de donde quiera que estés escondido —gritó, mirando hacia todos los rincones del espacioso salón.

Natasha negó despacio con un gesto de la cabeza. La postura rígida de su cuerpo y los brazos aun fuertemente cruzados delante de sí hicieron que Tony se callara.

—No, no lo es, Stark. Ojalá lo fuera —respondió Natasha, en un tono tan bajo que a Tony le resultó difícil escuchar sus palabras.

Con energía, Tony giró sobre sí mismo, encaminándose hacia el sofá para, a mitad de camino, volver sobre sus pasos, deteniéndose junto a Natasha.

—No puede ser cierto —reiteró Tony. Conocía a Clint desde hacía dos años, desde aquella locura que fue la Batalla de Nueva York y todo el episodio con Loki. A partir de entonces, habían trabajado como un equipo, juntos. Se habían cubierto las espaldas y salvado el culo mutuamente en más de una ocasión. Clint era un tipo de fiar; a pesar de ser un poco tocapelotas, era un buen hombre y alguien leal. ¿Y ahora Natasha saltaba con aquello? No lo podía creer. Por un momento había creído que era mentira, una patraña, pero el semblante de Natasha no dejaba lugar a dudas.

Anduvo hacia el sofá y se sentó, dejando caer su cuerpo con todo su peso.

—¡Mierda! —exclamó. Se pasó una mano por el rostro—. ¿Cómo te has enterado? ¿Quién te lo ha contado?

Natasha torció el gesto.

—Él mismo —Natasha tomó aire, antes de continuar hablando—. Ayer, al llegar a mi apartamento, intenté contactar con él. Después de algunos intentos, lo logré. Me dijo que estaba con HYDRA.

Las cejas de Tony llegaron hasta el nacimiento de su pelo.

—Vale, ahora sí que no entiendo nada—. Tony se incorporó hacia adelante, apoyando ambos codos sobre las rodillas—. No sabes de él en un montón de meses. Intentas buscarlo y no lo encuentras, y cuando él se pone en contacto contigo, ¿es para contarte que se ha unido a HYDRA?

Natasha asintió.

—Eso es exactamente lo que te he contado.

—Pues déjame decirte que no le creo.

Natasha giró con brusquedad, dirigiéndose hacia Tony con los brazos pegados a ambos lados de su cuerpo y las manos convertidas en puños.

—¿Y tú te crees que yo sí quiero creerle? ¡Se supone que es mi compañero! ¡Se supone que es…!

La mujer se calló antes de llegar hasta él, con la respiración agitada y un brillo en sus ojos que Tony no había visto en ellos antes. Natasha apretó con fuerza los labios y se giró rápidamente, dándole la espalda. Nunca había visto llorar a Natasha. Jamás. Ella siempre mantenía una flemática compostura, para bien o para mal. Pocas veces la había visto alzar la voz o alterarse especialmente. Aquellas lágrimas mal contenidas lo dejaron sin habla y sin saber cómo actuar. Se levantó y dio un paso hacia ella, hasta colocarse a su espalda. Podía ver los hombros de Natasha subir y bajar al ritmo de su agitada respiración. Con cierta cautela, colocó una mano sobre su hombro.

—Tiene que haber una explicación para todo esto, Natasha. Porque me resisto a creerlo —le dijo en voz baja, intentando así calmarla de algún modo.

Tony aguardó con paciencia, aún con su mano descansando sobre el hombro de su amiga, a la espera de que ella se recompusiera. No iba a presionarla, ni iba a quitarle hierro al asunto porque entendía a la perfección que ella se sintiera traicionada y dolida. Lo único que podía hacer por ella era ayudarla en lo que le permitiera e intentar esclarecer qué demonios había pasado con Barton.

Un minuto después, Natasha enderezó la cabeza.

—¿Estás mejor? —preguntó Tony, aliviado en cierta medida por ver cómo Natasha estaba intentando recomponerse.

Ella asintió con un único movimiento de cabeza.

—Sí. Gracias.

Tony retiró su mano y miró hacia un lado, serio y pensativo.

—Descubriremos qué ha pasado — le aseguró. Porque en aquellos momentos, saberlo se había convertido de repente en su prioridad.

Natasha sólo atinó a asentir de nuevo.

—Venga, vamos a sentarnos y a retomar esa botella. Creo que yo también necesito una copa.

Antes de que ninguno de los dos pudiese dar un paso, la voz siempre educada de Jarvis los detuvo.

—Señor, creo que deberían ver las noticias en estos momentos.

Como si se hubiesen puesto de acuerdo, él y Natasha se giraron sobre los talones para encaminarse con paso ágil hacia el lugar en donde Tony tenía instalado su equipo multimedia.

—Jarvis, la televisión — ordenó.

—Enseguida, señor.

En el nivel inferior de la sala, una televisión de infinitas pulgadas se desplegaba desde el interior de un mueble apostado frente a un gran y cómodo sofá. La gran pantalla se alzó ante ellos, despacio, emitiendo un suave siseo. Cuando estuvo desplegada del todo, la imagen de una presentadora apareció de inmediato.

—… la pasada noche. El Senador Granters ha sido encontrado esta mañana en su domicilio de Alpine, en Nueva Jersey —informó, con un rictus de seriedad, para continuar con la noticia—: Fuentes policiales piensan que puede estar relacionado con la reciente caída de la organización SHIELD. Granters promovió ante la cámara del Senado la actuación de las fuerzas del orden público. El Senador Granters creía en la recuperación de la organización e intentaba…

Natasha se giró hacia Tony.

—Recuerdo a Granters —expresó con gravedad—. Estaba en mi interrogatorio.

Tony continuó atento a la información que estaban desarrollando.

—… Poco ha trascendido de la manera en que el Senador ha sido presuntamente asesinado. El forense tendrá que dictaminar la causa y la hora de los hechos, pero testigos presenciales aseguran que han podido ver una flecha clavada en el pecho del senador antes de que los sanitarios acudieran al lugar.

Sin apenas darse cuenta, Tony contuvo la respiración al escuchar aquella noticia. Miró por el rabillo del ojo en dirección a Natasha. La mujer había enderezado la espalda de tal manera que Tony creyó que debía haberse quebrado algún hueso al hacerlo. El perfil de Natasha era un rictus de mortal seriedad.

—La oficina del FBI en Alpine —continuó la locutora— tiene en su poder las grabaciones procedentes de un banco cercano. En ellas puede verse a un hombre, portando un arco, moviéndose entre edificios con suma agilidad.

Tony no pudo evitar bajar la cabeza y ocultar su rostro en el hueco de su mano.

La voz de Jarvis le hizo levantar la mirada de nuevo.

—Señor, usted y la señora Romanoff deberían ver lo siguiente.

Antes de que ninguno de los dos pudiese discrepar, la cadena que estaba dando la noticia fue reemplazada por otra. La primera imagen que apareció en pantalla era la de una mesa de tertulianos.

El que parecía oficiar de moderador, se dirigió hacia un hombre sentado a su derecha.

—Tenemos las imágenes en exclusiva de las cámaras del banco en donde se puede ver a un hombre llevando un arco.

Las imágenes, en blanco y negro, aunque bastante nítidas, aparecieron en pantalla. Un hombre saltó desde un tejado, vestido de negro de pies a cabeza y llevando en su mano izquierda un arco y, a su espalda, un carcaj. La oscuridad de la noche le ensombrecía el rostro. Sólo era distinguible el pelo corto y un cuerpo atlético y bien trabajado. El hombre corrió, amparándose en la noche, hasta que giró una esquina y desapareció.

El tertuliano a la derecha del moderador apareció de nuevo en pantalla.

—No olvidemos que el senador Granters ha sido un defensor de la organización recientemente caída, SHIELD. ¿Y si su asesinato tiene que ver con ello? No olvidemos que SHIELD ha sido derrotada por HYDRA.

—En efecto —convino otro de los participantes en la mesa, inclinándose hacia adelante, y dirigiéndose al moderador—. HYDRA ha asumido el control de la organización, ¿y si algunos de sus agentes eran células durmientes, trabajando para SHIELD, y cuando HYDRA ha resurgido se han puesto bajo sus órdenes?

El moderador se removió en su asiento y Tony lo hizo con él.

—Un momento, ¿está insinuando que alguien de SHIELD, o que al menos perteneció a SHIELD, podría haber ejecutado esta acción?

El segundo contertulio se encogió de hombros.

—No estoy insinuando nada. Sólo digo que SHIELD tenían en sus filas a un arquero, conocido últimamente por ser unos de los miembros de los Vengadores.

Un rumor creciente llenó el plató de televisión y la garganta de Tony se agrió de repente.

—¿Y si Ojo de Halcón, el conocido arquero, ha dejado de trabajar para SHIELD y ahora trabaja para HYDRA? —preguntó a los demás el hombre, mirándolos uno a uno.

—Apaga la televisión.

Tony agradeció en silencio que Natasha expresara lo que él estaba pensando en ese mismo momento. El estómago se le había revuelto y nunca antes había necesitado de una copa como la necesitaba en ese preciso instante.

—Jarvis.

La televisión se apagó de inmediato. Tony apenas podía dar crédito a lo que había escuchado, la noticia primero y el programa después. No podía creer que Clint hubiese perpetrado aquel asesinato. Se giró en su asiento del sofá, clavando sus ojos en Natasha.

La mujer se mantenía tal y como la había visto momentos atrás, cuando comenzaran a escuchar la noticia. No había movido ni un músculo de su cuerpo y, aunque el televisor ya había desaparecido, oculto dentro del mueble, Natasha continuaba con la mirada fija en el mismo punto.

—Natasha.

Ella no le contestó, inmersa en lo que fuere que estuviese pasando por su mente. Tony insistió.

—Natasha, mírame.

Tras lo que a Tony le pareció una eternidad, pero en realidad sólo fueron unos agónicos segundos, Natasha giró la cabeza hacia él. Y Tony maldijo en silencio lo que acababan de escuchar, porque si algo no necesitaba Natasha después de lo que Barton le contara la noche anterior, era precisamente lo que acaban de oír.

Posó sus ojos en las manos de Natasha. Las tenía sobre las rodillas, apretándolas con fuerza, como la garra de un ave tomando una presa. Tenía los nudillos blancos por la presión que ejercía y los músculos de los antebrazos completamente en tensión. Lo que le partió un poco el corazón fue la expresión de dolor que pudo ver en su rostro. Jamás había visto algo así en Natasha, que solía reservar sus sentimientos para sí misma. Al menos, él nunca había visto una expresión como aquella. Tony apretó los dientes con fuerza, hasta que las muelas le dolieron. Y deseó que Jarvis no se hubiese dado tanta prisa en esconder la pantalla de televisión. Él necesitaba golpear algo y el aparato le parecía, en aquel momento, la mejor opción, a falta de las caras de todos aquellos tipejos del programa televisivo.

—Lo van a crucificar antes de que se demuestre que es culpable —oyó decir a Natasha a su lado. Giró la cabeza hacia ella. La mujer había convertido sus labios en una dura línea que ensombrecía sus facciones.

Tony asintió.

—Lo sé. Necesitan alguien a quien culpar.

Natasha se puso en pie. Caminó hacia la gran cristalera que dominaba gran parte del salón y se paró ante ella, con la vista puesta en el exterior.

—No puedo dejar esto así, Tony —dijo, mirando sobre su hombro en dirección hacia Stark.

—Lo supongo. Yo tampoco podría hacerlo.

—Puede que estén en lo cierto y puede que Clint, en efecto, haya pasado a las filas de HYDRA, pero tengo que asegurarme de ello. Necesito hacerlo.

La mujer giró sobre sus talones, enfrentándolo desde la distancia. Alzó la cabeza y un brillo en los ojos captó la atención de Tony.

—Creo que sé por dónde puedo empezar —confesó, torciendo el gesto—. Pero voy a necesitar tu ayuda.

Tony cubrió la distancia que los separaba en apenas unos segundos. Se plantó ante ella y metió las manos en los bolsillos de sus pantalones antes de responderle.

—Sólo dime por dónde comenzamos —respondió, componiendo una sonrisa.

—Necesito ver esas flechas. Si es que, en efecto, lo han matado de esa manera.

Tony paseó la mirada por todo el salón pero sin fijar la vista en ningún lugar en concreto. Dio media vuelta, despacio, alejándose unos pasos. Tras unos segundos, giró de nuevo hacia Natasha.

—¿Así que tu plan es ir y pedir que te enseñen las pruebas del crimen?

Natasha alzó una ceja, encogiéndose de hombros.

—Que me las enseñen. O tomarlas prestadas. O robarlas. Eso es fácil.

Los ojos de Tony se abrieron de manera desmesurada.

—Fácil. Claro. Muy fácil. Me pongo el traje, entramos en el lugar en donde las tengan y les pedimos que nos las den. Fácil —le dijo, con sorna.

Natasha enderezó la espalda y alzó la barbilla. Sus rasgos se endurecieron a simple vista. Incluso creyó ver el verde de sus ojos hacerse más oscuro. Tony supo que aquello era demasiado serio para ella como para andar bromeando. Alzó las manos ante ella, a modo de disculpa.

—Lo siento. No quería ser…

—¿Un capullo?

Se pasó la mano por la barba y, a su pesar, asintió.

—Sí.

Natasha dio un paso hacia él, haciendo la distancia entre ambos más corta.

—No necesito a Iron Man, Tony. No puedo entrar llamando la atención en ese lugar y que, luego, todas las miradas se vuelvan hacia Los Vengadores —le dijo, mirándolo directamente a los ojos. Y añadió—: necesito tus recursos y tu ingenio. Necesito a Tony Stark.

Sabía que Natasha tenía toda la razón: entrar en aquel lugar llamando la atención sobre ellos o sobre lo que iban a hacer no les supondría ninguna ventaja, más bien al contrario. Necesitaban un plan del que nadie se diera cuenta hasta que todo estuviese terminado y ambos supiesen la verdad.

—¡Jarvis! —dijo, alzando la voz.

—¿Sí, señor Stark? —contestó la inteligencia artificial al momento.

—Necesitamos los planos de la oficina del FBI en Alpine, Nueva Jersey. Todos ellos: instalaciones eléctricas, sistemas de desagües y alcantarillado, circuito cerrado de televisión y sistemas de alarma. Todo lo que haya.

Antes de que Jarvis pudiese contestar, Tony alzó un dedo en dirección hacia el techo.

—¡Ah, y otra cosa más! También necesitaré un listado de quienes trabajan en ella: agentes y civiles. Hasta el que riega el jardín. Y los turnos y las guardias que hace la empresa de seguridad. Quiero saber cuándo limpian los retretes y con qué frecuencia. ¿Lo tienes todo?

Por unos instantes, Tony había olvidado que Natasha continuaba en la habitación. Su mente se había puesto a trabajar en cuanto ella le reveló cuál era la idea para recuperar las flechas de Clint… si es que en realidad eran suyas. Fijó la mirada en la mujer. Aunque su rostro se había suavizado ligeramente, sabía de la importancia que tenía aquella misión para ella. No estaban hablando de violar un recinto público porque se lo hubiese encargado SHIELD o porque allí estuviese su próximo objetivo; estaban hablando de demostrar que su compañero no había sido el causante de aquel asesinato. Y esperaba y deseaba que, con todo aquello, la pantalla de que Clint estaba bajo las órdenes de HYDRA se desmoronara porque le era muy difícil creerlo.

Sacó el teléfono móvil del bolsillo. Sólo lo comprobó, mientras esperaba que Jarvis anunciara que tenía alguna novedad. Sin mirarla, le preguntó.

—¿Confías en mí, Romanoff?

Las palabras resonaron en el silencio de la habitación. Despacio, levantó la mirada en dirección a Natasha. Una media sonrisa, que no llegó a los ojos de la mujer, y un cabeceo afirmativo fue todo lo que necesitó. Aún así, Natasha agregó:

—No habría venido a ti si no fuese así.

Tony sentía que tenían mucho trabajo por delante. Se giró con rapidez, como si, en realidad, tuviese a su asistente virtual a su espalda.

—¡Jarvis! ¡No tenemos todo el día!

La pantalla gigante que había desaparecido momentos atrás, volvió a emerger del interior del mueble. Se encendió sin que nadie la accionara. Natasha anduvo hasta donde estaba Tony y se colocó a su lado.

Diversas fotografías tomadas del edificio del FBI en Alpine llenaron la pantalla, con una precisa iluminación y un estudiado ángulo. Mostraban todo el esplendor de aquel edificio que, por el estilo de construcción, debió de ser levantado no más de una década atrás.

—Alpine, Nueva Jersey —comenzó diciendo la voz siempre perfectamente modulada de Jarvis—. Construida a comienzos del año 2001 en terrenos cedidos por el ayuntamiento de la ciudad.

Tony hizo un gesto con la mano, mientras sus ojos se volvían blancos, mostrando su total desinterés por aquella información.

—Ve al grano, Jarvis.

—El sistema de seguridad fue diseñado y montado por Industrias Stark, señor.

Las facciones del hombre cambiaron ante la noticia, iluminándose. Se giró hacia Natasha con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

—¿Ves, Jarvis? Ahora sí que nos entendemos.

Las fotografías de la pantalla cambiaron a un plano a escala del edificio, negro sobre blanco, mostrando las cotas y los elementos más reseñables de la construcción. La imagen se volvió negra al segundo siguiente y, como si hubiese tomado vida, las líneas se proyectaron, conformando una imagen en tres dimensiones de las instalaciones. Unos pequeños puntos verdes comenzaron a parpadear.

—Señor, el sistema de seguridad data de la misma fecha que la construcción del edificio. Sólo ha sido revisado en las fechas indicadas por la garantía y el contrato que establecieron con Industrias Stark, pero no se ha introducido ninguna mejora o ampliación en todo este tiempo.

Tony estudió el plano tridimensional. Escondió las manos en los bolsillos de sus pantalones, con la atención totalmente puesta en la información que Jarvis le aportaba.

—Cámaras tubulares en el exterior —dijo, mientras cada punto en cuestión se iluminaba más intensamente que el resto—. Cuatro en total. En el interior, cámaras domo en vestíbulo principal, pasillo exterior, pasillo interior, sala de espera y sala de interrogatorios. Existen dos cámaras más pero son sólo la carcasa y no están conectadas al sistema de videovigilancia.

—¿Cuántas personas están a cargo de la seguridad?

—Las guardias del turno de noche se completan con un único vigilante, señor —contestó el asistente.

—¿Cómo se almacenan las grabaciones? —preguntó Tony.

—Tienen un sistema de grabación digital de cuatro canales, sin alta definición. Según los registros del contrato de instalación y soporte, la empresa decidió mantener la política de copias de seguridad sugerida en el paquete de venta de aquel momento —respondió Jarvis sin perder ni un segundo.

—¿Y cuál era esa política? —preguntó Tony.

—Grabación diaria en cintas reutilizables.

Tony dio un paso hacia atrás, visiblemente sorprendido.

—¿Es una broma? ¿Qué hay de copias de seguridad definitivas con un esquema de discos en espejo? ¿Qué son, una delegación del FBI o una chocolatería? —respondió el hombre, alzando las manos hacia el techo.

Tony se giró hacia Natasha y se restregó una mano contra la otra.

—Bien. Perfecto. Estamos ante un sistema obsoleto que solo guarda sus grabaciones durante veinticuatro horas. Son patéticos, pero nos sirven. Entramos en el sistema, manipulamos las imágenes del exterior y accedemos al recinto sin problemas —le dijo directamente a Natasha, para hablarle de nuevo a su reloj—. ¿Cuánto tiempo te llevaría violar su sistema de seguridad y hacerte con el control sin ser detectado, Jarvis?

Por primera vez, Jarvis pareció dudar de su respuesta.

—¿Quiere que los desactive en este mismo instante?

Tony palmeó con entusiasmo. Se giró a su compañera, ondeando los brazos y compuso una mueca de fingido abatimiento que rivalizaba con el brillo burlón de sus ojos.

—Esto va a ser como quitarle el caramelo a un niño.

Natasha cruzó los brazos ante su pecho, tomando aire y sin retirar los ojos de la pantalla de televisión.

—No cantes victoria, Stark, hasta que hayamos salido de allí con las flechas.

Tony paró el coche a una manzana del edificio del FBI. No le dijo nada a Happy de dónde iría, ni de por qué necesitaba el coche menos llamativo que tenía, lo cual había sido una ardua elección, dicho fuera de paso. De haberle contado a dónde irían, a una de las personas que más tiempo llevaba trabajando con él y que mejor lo conocía, significaría implicarlo en lo que él y Natasha estaban a punto de hacer.

Cuando el motor se detuvo por completo y quitó las llaves del contacto, giró su cabeza en dirección a Natasha. La mujer miraba hacia el frente, a través del parabrisas, con los ojos fijos en algún punto al otro lado de la calle. Era la viva imagen de la concentración. Ni siquiera estaba muy seguro de que Natasha estuviese respirando; no movía un solo músculo, ni de su cuerpo ni de su rostro. Apostaría algo a que, aunque pasara un circo ambulante junto a ellos, nada alteraría aquella aparente calma de la mujer. Aparente, pues suponía que su mente contaría otra historia.

No sabía cuánto tiempo iban a estar allí sentados, viendo a un par transeúntes pasar por la acera, ajenos a ellos por completo. Sabían que los agentes de oficina terminaban su jornada laboral a las siete de la tarde, pero algunos de ellos rotaban semanalmente para cubrir el horario hasta las diez de la noche, hora en el que el último agente salía, quedando el edificio vacío de funcionarios y con la única presencia del vigilante del turno de noche.

El interior del coche estaba sumido en la penumbra, sólo rota por una luz ambarina que se colaba por el parabrisas. La farola apenas iluminaba una porción de la acera que había al otro lado de la calle. Tony giró la cabeza hacia el frente, hacia la oscuridad y asintió con pesadez.

La mujer se removió en el asiento, buscando una postura más cómoda. Tony la observó con descaro durante unos instantes. Natasha miraba al frente, con determinación, esforzándose en ver aquello que estaba sumido en la oscuridad de la calle, más allá de la débil luz que proyectaba la farola. Podía apreciar a simple vista cómo los hombros de su compañera estaban rígidos y los músculos del cuello, tensos. Sus manos estaban aferradas a sus rodillas con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos. Si le preguntaba cómo se sentía, Tony sabía a la perfección que Natasha le contestaría que estaba bien, pero lo poco o lo mucho que había podido llegar a conocer a aquella mujer, le decía todo lo contrario. La imitó, mirando hacia el exterior.

La calle en donde estaba ubicado el edificio de la delegación del FBI en Alpine dormía ya apaciblemente. Todo estaba sumido en un silencio casi sepulcral, sólo roto por el paso ocasional de algún coche y el susurro del agua al salir de los aspersores que regaban los jardines, de césped recién cortado y setos frondosos que los separaban del vecino. Era una calle llena de árboles y parcelas bien cuidadas; de buzones de correos inmaculados y luces de cortesía en los senderos que llegaban hasta los rellanos de las puertas. En el ambiente se respiraba el aroma de los árboles que habían comenzado a florecer. Había coches aparcados delante de las casas, similares a los que el mismo Tony tenía en su garaje. Saltaba a la vista que aquel vecindario era un lugar que muy pocos podían permitirse. Alpine era la morada de la clase más pudiente de la sociedad en Nueva Jersey.

—Vamos a infringir las leyes del condado de Nueva Jersey, las leyes federales y no sé cuántas más — dijo Tony, rompiendo el silencio en que ambos se habían sumido. La comisura de los labios de Natasha se alzó en una suerte de media sonrisa.

—¿Desde cuándo eres abogado, Stark? —preguntó la mujer.

De la garganta de Tony salió un sonido parecido a un bufido.

—Estoy intentando concienciarme de lo que vamos a hacer, Romanoff.

Natasha giró la cabeza hacia su izquierda, hacia la calle solitaria.

—No tenemos toda la noche para hacer esto. Mañana llegarán los de Quántico para llevarse las pruebas a sus laboratorios. Entonces será más difícil hacernos con ellas —Natasha apenas volteó la cabeza de nuevo en dirección a Tony y se encogió de hombros—: Bueno, no será tan fácil como hoy.

Stark bajó la mirada a su regazo y contuvo una sonrisa. Natasha Romanoff era plenamente consciente de cuáles eran sus habilidades y sus puntos fuertes. Colarse en cualquier edificio, por muy efectiva que fuera la seguridad que lo protegiera, era una de ellas. Aún así, no podía evitar sentir un puño apretarle la boca del estómago, comprimiéndolo hasta casi hacerle difícil respirar.

—¿Sabes que no tendremos el respaldo de SHIELD ni de Fury si nos pescan haciéndolo? Vamos a pelo en esto, Natasha. Estamos solos.

Las sombras de la noche y la luz amarillenta dibujaban extrañas formas en el interior del coche. Los rasgos del bello rostro de Natasha se endurecieron ante los ojos de Tony.

—Lo sé demasiado bien —le contestó, apretando la mandíbula—. No hace falta que me lo recuerdes.

Tony maldijo en silencio su desacertada elección de palabras. Natasha no necesitaba que le recordaran que estaban solos; no necesitaba en absoluto que nadie le recordara que quien había sido su compañero durante años, ahora era un presunto asesino y que no tardaría en estar en busca y captura.

—Maldita sea, Natasha. Lo siento.

Ella negó con la cabeza.

—No pasa nada —le contestó, pero la expresión amarga de su rostro dejaba adivinar otra cosa bien distinta.

Tony miró el reloj de su muñeca. Pulsó el reloj y, al instante, éste se iluminó. Pasaban unos minutos de las doce de la noche.

—Jarvis, muéstranos las cámaras de vigilancia activas del perímetro.

La voz de la siempre leal inteligencia artificial de Stark llenó el cubículo del coche.

—Sí, señor Stark.

De repente, el parabrisas del coche se convirtió en una improvisada pantalla. En ella apareció el plano esquematizado del edificio del FBI de Alpine que Jarvis le había enseñado aquella misma mañana. Señaladas con pequeños puntos verdes parpadeantes, las cámaras del circuito cerrado de televisión y vigilancia. Tanto Natasha como Tony concentraron toda su atención en él.

—Desactiva las cámaras del exterior y deriva la señal hacia la grabación que has tomado en la última hora—ordenó Stark. Los puntos verdes se convirtieron en pequeños destellos rojos al instante.

—Cámaras desactivadas y reproduciendo la secuencia en bucle, señor.

Tony sonrió de soslayo.

—Estamos dentro.

Natasha puso las manos en la manija de la puerta y miró a su compañero antes de abrirla.

—Un consejo, Stark: jamás cantes victoria antes de que haya acabado una misión.

La entrada principal al edificio estaba tras una escalerilla amplia, de escalones forrados en mármol blanco y balaustrada con pequeñas columnas del mismo material. La escalera moría ante una vidriera enorme de medio punto, que centelleaba ante los focos que iluminaban la fachada y que reflejaban todo lo que había en la calle. A ambos lados del rellano, sendos mástiles sin sus banderas.

Tony y Natasha dejaron a un lado la entrada al edificio y continuaron su camino, envueltos en la penumbra que les proporcionaba la mala iluminación de la calle. Continuaron hacia el lateral del edificio, caminando muy próximos a las paredes; Tony detrás de Natasha, que imprimía un ritmo ágil y sin demoras, con su atención puesta en todo lo que había a su alrededor. Anduvieron hasta que llegaron a una pequeña puerta de aluminio blanco, con un dispositivo de seguridad junto a ella. Natasha dejó paso a Tony y éste se detuvo delante del pequeño teclado numérico.

—Jarvis, ábrenos la puerta —susurró a su reloj.

La contestación de Jarvis no se hizo esperar.

—Como desee, señor.

Un suave pitido y el destello de un indicador les dijo que Jarvis había acometido a la perfección su encargo. Tony accionó el pomo de la puerta y la abrió lo suficiente para dejar pasar a Natasha delante de él.

—Las damas primero.

Natasha lo miró de soslayo, con los párpados entrecerrados.

—¿Tú no estás acostumbrado a tener una compañera de misión, verdad?

La única respuesta que Tony le dio fue una indicación con la cabeza para que pasara al interior delante de él. Natasha no se hizo de rogar y entró en las instalaciones.

El sótano no era lo que Tony había pensado que sería. Esperaba un lugar lúgubre, lleno de moho y muebles oxidados, y con el sonido de una gotera incesante. Calabozos con rejas con la pintura cascarañada y lámparas de techo parpadeantes, emitiendo un molesto y agudo sonido. Sin duda alguna, Tony pensó que estaba demasiado influenciado por la imagen que las series de televisión ofrecían de las instalaciones de las fuerzas del orden. Nada más lejos de lo que aquella realidad le ofrecía.

El sótano era un lugar bien ventilado y, aunque apenas estaba iluminado, supo que era un sitio agradable. Natasha se detuvo pegada a la pared, intentando ocultarse en la zona más oscura del pasillo de confinamiento. Tony iba tras ella, repitiendo cada uno de sus movimientos e intentando controlar su respiración y esperando que el sonido del bombeo alocado de su corazón no fuera audible.

La mujer se detuvo y Tony la imitó de inmediato. Natasha giró la cabeza hacia él, haciendo un gesto hacia su reloj, con el que se comunicaba con Jarvis.

—Necesitamos esta puerta abierta.

Tony asintió.

—Jarvis, necesito que abras la puerta que tengo a mis doce —le pidió, en voz baja.

—¿A sus doce, señor? Son casi la una de la mañana.

Los ojos de Tony se volvieron blancos al mirar hacia el techo. Hizo una mueca con los labios.

—A mis doce, Jarvis. Delante de mí.

La voz del asistente virtual sonó ligeramente desconcertada cuando volvió a hablar.

—Entendido, señor—. Y añadió—: Puerta abierta.

La puerta a la que ambos se referían se desbloqueó con un suave clic y Natasha la abrió, despacio, tan sólo unos centímetros, los suficientes para poder mirar a través de la pequeña ranura que dejó.

—Pregúntale a Jarvis si localiza a alguien al otro lado —dijo Natasha, dirigiéndose sobre su hombro hacia Tony.

Un segundo después, Jarvis contestó.

—Sólo advierto la presencia de una persona. Está ubicada en la sala de control que hay al otro lado del vestíbulo de entrada, señor.

Natasha asintió.

—Necesitamos que lo distraigas, Jarvis — inquirió Natasha, atisbando por el hueco. —Pero no podemos dejar ningún rastro de nuestra presencia.

—Has oído a la Viuda, Jarvis. Nada de llamar la atención —intervino Tony, mirando sobre el hombro de Natasha. La miró por el rabillo del ojo y sonrió—: Tienes que estar mordiéndote los nudillos por no poder entrar ahí y dejarlo fuera de juego.

Un bufido sordo salió de la garganta de la mujer.

—No te haces una idea, Stark. Pero no podemos dejar rastro de nuestro paso por aquí.

Un segundo después, el vigilante al que ambos estaban espiando se levantó de su asiento y golpeó con la palma de la mano abierta el monitor que tenía ante sí, con cara de no comprender qué le estaba ocurriendo.

—Señor, el vigilante va invertir un buen rato en tratar que su sistema regrese.

Tony sonrió de soslayo.

—Bien hecho, Jarvis.

Natasha abrió con cuidado en cuanto oyó la respuesta del asistente virtual de Stark. Sin alejar la vista del puesto del policía, ella y Tony cruzaron el vestíbulo a toda prisa, medio agazapados, en dirección a una puerta opuesta y que indicaba que sólo podía ser cruzada por personal autorizado. Se mantuvieron agachados hasta que Natasha puso la mano en el pomo para comprobar si estaba abierta.

Natasha abrió al fin y ambos traspasaron a un nuevo pasillo, iluminado sólo por la poca luz que dejaba pasar el cristal de la puerta por la que habían accedido. Sacó una pequeña linterna de uno de los bolsillos del chaleco que llevaba e iluminó el lugar. Casi habían recorrido la totalidad del corredor cuando se toparon con una puerta que les indicó que habían llegado a la zona que estaban buscando.

La sala estaba tan a oscuras como el resto del pasillo. El haz de luz de la linterna la iluminaba parcialmente. Tony y Natasha tomaron caminos separados, adentrándose por dos corredores paralelos, repletos de cajas, desde el suelo hasta el techo, con pruebas forenses. Tenían que darse prisa, pensó Tony. El inesperado contratiempo con los ordenadores y los monitores no debía durar mucho tiempo, o corrían el riesgo de que el hombre llamara al servicio técnico y pudieran sorprenderlos. Debían actuar rápido.

Tony pasó de una caja a otra con toda la celeridad que podía permitirse, leyendo las reseñas de los casos tan rápidamente como podía. Hasta que la voz queda de Natasha lo detuvo.

—Lo he encontrado.

Stark desanduvo todo el pasillo y fue en busca de la agente. Natasha portaba en brazos una gran caja rectangular de cartón blanco. Tony tendió las manos hacia ella y Natasha le entregó el objeto.

—¿Estás segura de que es esta?

Ella asintió.

—Eso pone en la etiqueta.

Tony sintió como su estómago se encogía y su espalda se envaraba.

—¿Vamos a llevárnoslas?

Natasha dudó unos instantes antes de responder, con la mirada fija en la caja que tenía ante ella, como si con sólo mirarla pudiese adivinar qué había en su interior.

—No podemos llevárnoslas. Si no son… —se detuvo para tomar aire antes de continuar— si no son flechas de Clint, puede ser una prueba a su favor.

—Pero no tenemos tiempo, Natasha —insistió Tony, mirando a su alrededor y temiendo que, en cualquier momento, la luz del pasillo se encendiera y apareciera el policía de guardia—. Lo que vayamos a hacer, tenemos que hacerlo ya.

Tony apreció que Natasha no podía apartar sus ojos del objeto que él portaba. La vio tomar aire con decisión y relevarlo del peso del objeto, que dejó en la mesa que había en la habitación. Despacio, abrió la tapadera y la dejó a un lado.

El ruido de la puerta automática al abrirse lo sacó de sus cavilaciones. Había estado en aquel lugar tres veces por semana en los últimos catorce meses y aún no se había acostumbrado a él. Como tampoco se había acostumbrado a aquel olor tan característico, el de algún producto de limpieza que usaban en la desinfección de los suelos mezclado con el hedor a humanidad recluida. Nunca había estado a aquellas horas tan intempestivas —casi la una de la mañana— y la falta de luz natural que solía entrar de día por los ventanucos de la pared lo cambiaba todo. Sólo cuando la puerta se abrió en su totalidad, deslizándose por las guías metálicas, traspasó el umbral, sintiéndose observado, lo cual era totalmente cierto. Un guardia llegó hasta donde se encontraba, con el detector de metales en una mano. Él alzó los brazos como otras tantas veces había hecho. Ya había terminado de escanearlo cuando la puerta se cerró tras de sí, volviéndolo a sorprender.

Indeciso, comenzó el camino hacia la sala de visitas de la cárcel del condado de Los Ángeles. El sonido de los tacones de sus zapatos repiqueteaba en el suelo de hormigón pintado de verde. Se agarró con fuerza al asa de su maletín, más pesado que de costumbre. En la otra mano llevaba un portratrajes de cuero, que poco le faltaba para que rozara contra el pavimento. Su cliente había pedido que le llevara una indumentaria el día que abandonara aquel lugar. Ese día, por suerte para su cliente, había llegado.

Él no era ningún asistente, ni tampoco ningún ayuda de cámara o cómo demonios se llamase; era un abogado, un buen abogado de un bufete de prestigio, que sólo admitía casos cuyos clientes pudiesen pagar sus elevadas minutas. Si el cliente era o no era inocente del cargo que se le había imputado, eso no era asunto del bufete. Lo era el dinero. Y el dinero no garantizaba tampoco que su poseedor tuviese clase y presencia. Era la manera más suave que se le ocurría para encuadrar a su cliente.

Unos días atrás, sabiendo que el momento de su liberación estaba cercano, su cliente le había hecho llegar una dirección, a la que él debía dirigirse y recoger lo que allí le dieran. Resultó ser una sastrería; una muy cara, enclavada en pleno Rodeo Drive. Cuando vio las prendas que el joven y estirado dependiente le preparó para llevarse, miró hacia otro lado, pensando que, si fueran para él, lo tendrían que atar antes que ponerse aquel traje de color azul eléctrico y aquella camisa violeta. No podía entender que alguien que poseía todo el dinero que tenía su cliente fuese tan negado para saber elegir una indumentaria adecuada al estatus que ostentaba. Pero si su intención era que todas las miradas recayesen en él cuando las llevase puesta, desde luego que lo iba a conseguir.

Conforme caminaba, miró a su alrededor, a las puertas que rompían la monotonía de las paredes y que parecían acortar la distancia. Traspasó una puerta de seguridad tras otra. Los guardias lo saludaban con un conciso cabeceo y una mirada torva, como si aquel comportamiento fuese una señal de identidad de aquella prisión.

La última puerta se abrió con estudiada lentitud. Esperó delante de ella a que el funcionario le concediese la entrada a la sala de visitas. Aquel lugar era deprimente. Las paredes estaban pintadas de color gris y una única ventana dominaba la pared frente a la puerta, que nada hacía por aportar luz a la estancia, dada la hora intempestiva que era. En el centro, una mesa con dos sillas, una a cada lado, separadas convenientemente. Y aquello era todo. Odiaba aquel sitio con todas sus fuerzas. Debió hacerle caso a su madre y estudiar veterinaria, como su primo Jimmy. Los perros solían ser más agradecidos que muchas de las personas a las que había sacado de allí.

Su cliente le esperaba sentado tras la mesa, con una sonrisa amplia y pagada de sí mismo dibujada en sus facciones. Tenía que admitir que era un hombre apuesto, con ese aire de manifiesta superioridad que le otorgaba el saber que su dinero podía comprarlo casi todo. Su cabello estaba cortado a la perfección y estaba seguro de que su peluquero —el suyo personal y no el de la prisión—, se había encargado de su aspecto aquella misma mañana. Aunque intentaba parecer tranquilo, el movimiento de sus manos, frotándoselas de manera nerviosa lo delataban; al igual que lo hacía aquella tendencia a cambiar de postura, con una rodilla descansando sobre la otra, casi de manera compulsiva.

Se detuvo unos instantes antes de eliminar la distancia que lo separaba de él y tomar asiento al otro lado de la mesa.

—¡Al fin ha llegado! Creía que vendría más temprano —dijo su cliente moviéndose, visiblemente nervioso—. ¿Acaso no saben con quién se la están jugando?

Asintió a su pesar y agachó la cabeza. Nunca le había gustado aquel tipo. Si hubiese justicia divina, no saldría de la cárcel hasta que las canas hubiesen teñido su pelo de blanco y la artrosis hubiese deformado sus huesos. Pero no creía en la justicia divina, sólo en la justicia del dinero. Y lamentablemente, Justin Hammer, fundador y director de Industrias Hammer, tenía el suficiente como para que se hiciese la justicia que él deseaba.

—Señor Hammer —lo saludó con un cabeceo.

Justin apenas lo miró, atento como estaba al guardia que esperaba, apostado junto a la puerta.

—Ledwing.

—Es Lewis, señor —le contestó, pero Hammer continuó sin prestarle la más mínima atención. El hombre hizo una mueca. Catorce meses llevando su caso, visitándolo y haciendo lo posible para que su internamiento fuese lo menos traumático posible y él ni siquiera se había tomado la molestia de aprenderse su nombre. Le desagradaba hasta la extenuación. Dejó el maletín frente a él, sobre la superficie de la mesa, y el portatrajes colgando del respaldo de la silla en el mismo momento en que Hammer levantaba una mano en dirección al guardia.

—¡Oiga! —gritó Hammer.

El guardia apenas se inmutó. Giró la cabeza hacia el lado contrario, cruzando los brazos ante su pecho.

Justin Hammer giró de nuevo la cabeza hacia el abogado y, con su dedo, señaló hacia el guardia que lo había ignorado.

—Ese no sabe con quién se las va a ver a partir de ahora.

—Señor Hammer, tenemos su orden de libertad —le informó, mientras abría el maletín, como si quisiera escudarse tras él.

Justin se incorporó hacia adelante y pareció olvidarse por unos instantes del guardia. Una sonrisa amplia y resplandeciente apareció en su rostro. Se acodó sobre la mesa, mirándolo sobre la tapadera del maletín.

—Bien, bien —dijo, palmeando con vitalidad para restregar luego una mano contra la otra—. Veo que todo ha salido según lo esperado. ¡Odio estar aquí dentro! ¡Tengo que compartir el baño con todos... estos…! —hizo una teatral muestra de disgusto que le pareció totalmente ridícula— ¡Y tengo que serviles la comida cuando me toca el turno de cocina! ¡Yo!

Asintió sin más, mientras sus ojos estaban fijos en los documentos que necesitaba del portafolios. Justin Hammer le parecía el hombre más patético que había pisado la tierra en mucho tiempo. Pero, para bien o para mal, era su cliente y su dinero engrosaba la cuenta del bufete así que, por mucho que le pesara, tenía que reírle la gracia y darle la razón.

—No, señor Hammer, no lo saben. Pero ahora necesito que me firme todo esto antes de abandonar las instalaciones.

Su cliente posó ambas manos sobre la mesa. Los grilletes que aún llevaba resonaron en la sala vacía.

—¿Qué tal si me quitan esto? —le preguntó en voz alta, alzando ambas manos sobre su cabeza, seguro de que lo había hecho para que el guardia también lo oyera.

Miró primero las argollas de metal después a Hammer. Continuaba con los brazos levantados sobre su cabeza, sonriéndole casi con exageración. Y aquella sonrisa le agrió la escueta cena que había tomado justo antes de recibir la notificación para su liberación. Miró hacia la puerta de entrada y le hizo señas al guardia que estaba allí apostado, siguiendo la escena con total desinterés. Éste asintió y, sacando unas llaves de su bolsillo, se dirigió hacia Hammer. Con eficacia le retiró las esposas y volvió a ocupar su lugar junto al vano de la puerta.

—Mucho mejor así, sin duda. Te recompensaré por ello, muchacho —rezongó Justin Hammer en voz alta, frotándose ambas muñecas para señalarlo acto seguido con su dedo índice acompañado del guiño de un ojo. Un instante después, regresó hacia los papeles que habían estado olvidados durante unos minutos sobre la mesa.

—Venga, dígame dónde tengo que firmar, quiero largarme de aquí cuanto antes.

"Seguro que no tanto como yo", pensó en silencio. Quería perderlo de vista lo antes posible. Le señaló con el bolígrafo el lugar donde había de hacerlo y Hammer lo hizo con diligencia, recreándose en la rúbrica con la que selló la firma. Dejó el bolígrafo junto a los documentos y dio una palmada.

—Bien, ¿cuándo nos marchamos?

Recogió los papeles y volvió a introducirlos en el maletín.

—En cuanto se los entregue al alcaide, podremos marcharnos.

—Bien, bien. ¿Me ha traído lo que le pedí?

Asintió sin levantar la cabeza, intentando así restringir el contacto visual con Hammer.

—Lo he hecho. Lo tiene todo aquí — y señaló al portatrajes que aún descansaba sobre el respaldo de su silla.

Como si lo hubiese accionado con un resorte, Justin Hammer se puso en pie.

—Estoy muy satisfecho con cómo se ha desarrollado todo. No le quepa duda de que tendrá el reconocimiento que se merece, abogado.

Lo imitó, poniéndose en pie. Hammer se dirigió hacia él, rodeando la mesa, todo sonrisas y buena disposición.

—Deme un abrazo, hombre —dijo Hammer, extendiendo ambos brazos, como si esperara que se arrojara hacia ellos. Con reticencia, dio un paso hacia él y lo abrazó, comedido y ligeramente turbado. Las manos de Hammer le palmearon el centro de la espalda cuando ambos brazos se cerraron en torno a él.

—Gracias por todo —le dijo cerca del oído, apretándolo con más fuerza. Antes de separarse de él, casi en un susurro, añadió—: ¡Ah, sí! El saludo. Porque tenemos uno, ¿no es así? Hail, HYDRA.