CAPITULO 3

Natasha depositó con cuidado la tapadera de cartón de la caja junto a ésta. Dentro, una bolsa de plástico transparente contenía el arma que, presuntamente, habían utilizado para asesinar al senador Granters: un par de flechas.

Notó cómo las palmas de las manos le comenzaban a sudar dentro de los guantes que llevaba puestos. Las sintió ligeramente agarrotadas; abrió y cerró los puños para desentumecerlas en un movimiento que tenía más de inconsciente que de otra cosa. En todo aquel proceso, su mirada continuaba fija en el contenido de la caja. Al primer vistazo ya había sabido que aquellas flechas no eran de Clint, pero la parte sensata y profesional de su cerebro mantenía la prudencia. Tal vez sólo estuviera viendo lo que deseaba ver. La única manera de estar segura era sacarlas y examinarlas a la luz. Tomó aire antes de coger la bolsa con cuidado, colocándola bajo la luz de la linterna de Tony.

—¿Son o no son las flechas de Clint? —oyó a Tony preguntarle cerca de su oído, en voz baja. Parecía que el hombre le había leído la mente al sacarlas de la caja. Retuvo el aire en los pulmones antes de contestarle.

Natasha miró a su compañero por encima de su hombro. Cuando conoció a Clint, años atrás, sus flechas no estaban tan desarrolladas como lo estaban en la actualidad. Ella misma le había ayudado a realizar algunas mejoras durante todo aquel tiempo. Y, desde que la Iniciativa Vengadores se había consolidado como un equipo, y habían tenido acceso a la tecnología de Stark, Tony había hecho algunas innovaciones en las puntas y el desarrollo había sido mucho más importante, haciéndolas más mortíferas y eficaces

—Míralo tú mismo y dime qué piensas. Tú también las conoces.

Tony las tomó entre sus manos, como si se fuesen a romper de un momento a otro, con toda su atención puesta en ellas. Las acercó a su rostro, hasta que las tuvo a apenas dos palmos de su cara, como si fuese un experto en joyas que examina un valioso diamante. Las volvió a alejar y arrugó la nariz.

—No. No lo son — respondió Stark, dejándolas ante ambos—. No son las que yo le ayudé a modificar.

Natasha cerró los ojos con fuerza y dejó escapar el aliento que, hasta ese momento, había estado reteniendo sin saberlo. Negó con vigor, recalcando la respuesta de Tony.

—No, no son las flechas de Clint.

—Estamos seguros de ello, ¿verdad? —le preguntó mientras se giraba un poco hacia ella, para mirarla de frente—. Natasha, tenemos que estar cien por cien seguros de que no son suyas.

Apretando los labios, Natasha las miró una vez más. Pese a lo que la gente común pudiera pensar, no todas las flechas eran iguales.

—Estoy segura de ello, Tony. No son las flechas de Clint. Estoy absolutamente segura.

Tony la miró con seriedad.

—Bien. Hemos superado ese escollo. Ya contemplaremos la posibilidad de que él haya usado otras más adelante, cuando hayamos salido de aquí.

Natasha volvió a tomar la bolsa en las manos, sin quitar la vista de ellas.

—No podemos llevárnoslas. No ahora, que sabemos que no son suyas. Pueden ser una prueba a su favor —le dijo, mirando a Stark con seriedad—. Pero necesito hacerles una foto, algo que podamos estudiar más tarde.

Tony miró en dirección a la puerta, mientras sacaba su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón.

—Jarvis. Necesito que escanees las flechas.

La voz de la inteligencia artificial contestó de inmediato.

—En seguida, señor.

Tony alzó su teléfono sobre la mesa donde estaban depositadas las flechas y un haz de luz verde las iluminó. Sólo habían transcurrido unos segundos cuando la luz se extinguió.

—Escáner completado, señor. Los datos están siendo transferidos a sus archivos privados en el servidor de la Torre.

Natasha sabía que ya nada tenían que hacer allí. Volvió a depositar la prueba del asesinato en el interior de la caja. Con agilidad, regresó al lugar de donde la había tomado y la colocó cuidadosamente. Si las cosas transcurrían como deberían, nadie sabría jamás que ellos habían estado allí.

El silencio fue el protagonista del regreso a la Torre Vengadores. Tony se sentó tras el volante y Natasha ocupó su lugar junto a él. Dejaron Alpine unos minutos después de la una de la madrugada.

La noche lo envolvía todo y la autopista hasta Nueva York estaba medio desierta, algo ciertamente inusual para una ciudad que casi no dormía. El ronroneo del motor del coche la arrullaba y, en algún momento, Natasha cerró los ojos, dejándose acunar por él y apoyando la sien contra el frío cristal de la ventanilla. Pero, al segundo siguiente, los abrió, sobresaltada y casi enfadada consigo misma por haber tenido un momento de debilidad; por haberse permitido relajarse aunque sólo fuera un mísero segundo. No podía hacerlo; no podía desfallecer.

Si cerraba los ojos, todo lo que veía era aquella caja blanca, con las flechas en su interior, como si brillaran en la semioscuridad de aquella habitación de la comisaría. Su mente, sin duda, le estaba comenzando a jugar malas pasadas.

Intentó desechar de su mente la idea de que Clint hubiese podido usar otras flechas que no fueran las suyas. Su compañero era un hombre inteligente, más de lo que solía creer la gente, y podría haber usado otras que no lo delatasen. No sabía cómo o por qué, pero lo sentía en la boca del estómago; en sus entrañas, aprisionadas con un puño que casi no la dejaba respirar. Había otra explicación detrás de la muerte del senador Granters y Clint Barton no estaba detrás de ella.

El viaje fue inusitadamente silencioso, si se tenía en cuenta que quien viajaba detrás del volante era el mismísimo Tony Stark, convino Natasha cuando la amplia puerta que daba al garaje de la Torre se abrió lentamente ante ellos. Se incorporó en su asiento, sintiendo el cinturón de seguridad oprimirle el pecho.

El coche salió casi sin hacer ruido del ascensor que los llevó hasta la planta baja del garaje. Cuando las puertas automáticas se abrieron, las luces del espacio se encendieron a medida que el coche avanzaba. Los demás coches durmientes parecían darles la bienvenida al ser iluminados por la luz de los fluorescentes.

Inconscientemente, Natasha se había visto a sí misma reflejada en el espejo retrovisor, mirando hacia el asiento trasero, como si esperase que alguien estuviese sentado allí. Y tal vez lo esperaba; esperaba que estuviese Clint y que trajera una buena explicación bajo el brazo.

Tony guió el coche hasta su estacionamiento y el motor cesó de ronronear. Natasha fue consciente del silencio en el que se sumió el garaje. Pero su mente era algo bien distinto; su mente seguía en ebullición, conjeturando, diagnosticando y procesando. En su mente había conjurado mil y una excusas por las que Clint podría haberle mentido. Pero lo cierto era que no estaba preparada para afrontar la verdad de que Clint ahora era leal a HYDRA.

Giró la cabeza en dirección a Tony cuando notó los inquisidores ojos del hombre fijos en ella.

Se movió incómoda en su asiento.

—¿Nos vamos? —le preguntó Stark.

La voz artificial de Jarvis los sorprendió nada más entrar en el ascensor.

—Bienvenido, señor Stark. Señora Romanoff.

Natasha miró a Tony por el rabillo del ojo. El hombre no se había inmutado y mantenía la mirada al frente, fijada en las puertas cerradas de metal. Introdujo ambas manos en los bolsillos de sus pantalones.

—Jarvis, quiero ver las imágenes que hemos tomado en la comisaría en cuanto lleguemos al laboratorio.

—Están siendo descargadas desde el servidor, señor.

Como si estuviese seguro de que Jarvis podía verlo, Tony tan sólo asintió.

Un suave timbre les anunció que habían llegado al piso elegido, en donde se encontraba el laboratorio de Tony. Para él, su sancta santorum.

Aunque Tony salió del ascensor a toda prisa tan pronto como las puertas se abrieron, Natasha se mantuvo tras él a sólo un paso. Si él tenía prisa por saber qué ofrecían aquellas imágenes que habían tomado, a ella la estaba consumiendo la impaciencia.

Tony no tuvo que teclear su código personal; la puerta de cristal se deslizó sobre sus raíles tan pronto él se aproximó. Frente a ellos, en la distancia, proyectada en una pantalla virtual, la imagen digitalizada de las flechas de la comisaría.

Natasha tomó la delantera, aproximándose a ellas casi sin parpadear. Tenía que admitir que aquellas armas eran de buena factura; realizadas y desarrolladas con esmero, preparadas para que cumpliesen con su objetivo. La punta estaba afilada y aún manchada de sangre, hasta una buena porción del asta. Se giró hacia Tony y señaló la imagen.

—¿Puedo? —e hizo una señal circular con sus dedos. Tony asintió con vigor.

—Adelante.

Natasha alzó una mano e, indecisa, tocó la imagen virtual en una esquina y ésta giró despacio, ofreciéndole una nueva perspectiva. Natasha se acercó aún más, inclinando la cabeza. Tocó una vez más y volvieron a girar.

—Jarvis —oyó la voz de Stark a su espalda—. ¿Qué nos puedes decir de ellas?

Las imágenes virtuales giraron por sí misma, adoptando la postura inicial.

—Facturadas con una aleación ligera de titanio y carbono. Longitud: 22 pulgadas. Peso...

Tony se adelantó, ondeando una mano delante de él, impaciente.

—Sí, sí, ya sé que eres capaz de relatarnos todas las puñeteras características de esta arma que salió de las cuevas de los neandertales pero, vamos al grano, ¿son las flechas de Barton?

La voz siempre formal y educada del mayordomo artificial volvió a hablar.

—Estas flechas han sido modificadas ligeramente con respecto a cualquier otra flecha común que pudiesen encontrar en el mercado, señor. Pero no puedo apreciar en ellas ninguna mejora que el señor Barton, o usted, pudiesen haber introducido.

Natasha se acercó hasta Tony, colocándose a su lado, pero sin quitar la vista de la imagen de las dos flechas. Inclinó la cabeza hacia un lado, luego hacia el otro, estudiando la imagen tridimensional con detenimiento. Al cabo de unos instantes, asintió.

—Jarvis tiene razón, Tony. Estas flechas han sido mejoradas. No son como las que puedes encontrar en cualquier tienda de deportes de los Estados Unidos. Están hechas para alguien en especial, alguien que conoce el arte de la arquería.

Tony se giró levemente en su dirección. Antes de poder hablar, Natasha continuó:

—Para Clint, su arco y sus flechas son un arte. No es un simple astil de carbono unido a una punta afilada. Es una extensión de sí mismo. Le ha llevado su vida perfeccionarlas, adaptarlas para que sean letales y precisas, para que no fallen como él no falla. Estas flechas han sido hechas para alguien que comparte esa misma idea con Clint. Pero no son las suyas.

Y, tras ello, Natasha dio media vuelta, se acercó hasta el sofá y dejó caer el peso de su cuerpo a plomo. Sólo entonces notó cómo el aire entraba en sus pulmones, frío, quemándole las aletas de la nariz pese a que la temperatura en la estancia era confortable. Se abrazó a sí misma, intentando dejar de temblar. La adrenalina acumulada de toda la noche había comenzado a disiparse y su cuerpo estaba acusando el efecto.

Tony dio un paso hacia ella, visiblemente preocupado.

—Natasha, ¿te encuentras bien?

Ella tardó unos segundos en alzar la cabeza. Hizo un esfuerzo por sonreír apenas, aunque sus facciones se negasen a ello. Asintió con un escueto gesto.

—Estoy bien, gracias.

Como si no terminase de creérselo, Tony torció el gesto aunque terminó asintiendo.

—Bien, estamos de acuerdo en que no son las flechas de Barton, pero mientras la policía demuestra que no son suyas y que él no ha matado al senador, el daño de estar en el punto de mira puede ser incluso peor. Necesitamos encontrar…

Natasha no estaba prestándole atención. Su mente viajaba a mil por hora, intentando hallar un resquicio, una pequeñísima prueba a la que poder agarrarse; una que le permitiera dar un paso más allá y dar con él.

La proyección holográfica de las flechas continuaba prendida en el aire, como si de un truco de magia se tratase; como una fotografía del futuro. Cuanto más las miraba, más convencida se sentía de que Clint no había asesinado al senador Granters y que todo era un capítulo más en la aparición de HYDRA en escena. Un macabro y tergiversado capítulo al cual no veía el desenlace.

Tony se sentó a su lado y notó la mirada inteligente del hombre sobre ella.

—¿Necesitas algo? ¿Quieres tomar algo?

Negó despacio, con la mirada prendida en la proyección.

—No, no necesito nada. Y lo que necesito, no está en tu mano, Tony —confesó, en voz tan baja que era como si estuviese hablando para sí misma. Querría no estar allí, sentada en aquel sofá, intentando darle respuestas a algo que no tenía cabida en su mente, que no tenía sentido. Querría saber dónde estaba Clint. Querría saber quién estaba detrás de todo aquello, orquestándolo en la oscuridad. Querría ser un poco más inteligente de lo que ya era y obtener una respuesta cuanto antes.

Una vez más cerró los ojos. Los acontecimientos de los días pasados se agolparon tras sus párpados: la caída de SHIELD y la muerte de Pierce; el levantamiento de HYDRA y la revelación de todos los secretos de la organización. La conversación con Clint aquella misma noche…

Natasha levantó la cabeza, despacio, sin mirar realmente nada de lo que tuviese frente a ella. Aquella conversación; había algo en ella que no encajaba y su mente, inconscientemente, se estaba esforzando en rememorarla palabra por palabra, por mucho que le doliera revivirla.

"—¿Dónde estás? Tengo que salir de aquí, Clint. Cuanto antes, mejor. Puedo encontrarme contigo donde convengamos. Pero debo salir del mapa. ¿Estás en los Estados Unidos?

—No. Y no hagas más preguntas"

"No hagas más preguntas."

Aquella pregunta y su inmediata respuesta se repetían en bucle en su cabeza. Aquella réplica había sido muy ruda por su parte, casi maleducada. Durante todos los años que se conocían y que llevaban trabajando juntos, Clint siempre la había tratado con respeto y con educación. No era una respuesta que típica no él. No era…

Una señal de alarma comenzó a sonar en el fondo de su mente. Hacía muchos años, cuando ambos aún estaban aprendiendo a trabajar como un equipo, habían establecido un código, una frase que, a oídos ajenos, pareciera un diálogo sin más importancia pero que, para ellos, significara que uno de los dos estaba en apuros. Natasha había olvidado aquello por completo pues nunca la habían utilizado, no les había hecho falta. Estaba segura de que aquella era la señal de que, en efecto, Clint estaba comprometido.

Se puso en pie como accionada por un resorte.

—¿Qué ocurre? —preguntó Stark, sorprendido.

Natasha giró sobre sus talones para enfrentar a Tony.

—Clint no estaba en Nueva Jersey. No estaba en los Estados Unidos la noche en que mataron a Granters.

Tony se movió inquieto, descruzando las piernas.

Natasha anduvo con paso rápido hacia la proyección de las flechas para, inmediatamente, desandar el camino y pararse frente a Tony.

—Cuando hablé con él anoche le pregunté dónde estaba, si estaba en el país. Quería… había pensado ir a su encuentro. Y él sólo me respondió con un "no. Y no hagas más preguntas".

El hombre se incorporó hacia adelante, apoyando ambos codos sobre las rodillas.

—No… no te sigo, Romanoff.

Natasha asintió con vigor antes de contarle el significado que tenía aquella frase para ambos. Nadie que los escuchara hablar lo tomaría por una clave secreta entre ellos.

Ante aquel gesto de ella, Tony hizo un mohín con los labios.

—Puede que, simplemente, quisiese que no le hicieses más preguntas.

—No. No —respondió Natasha, con rotundidad—. Es la clave que establecimos hace años.

Tony se levantó, mesándose la cuidada perilla. Se alejó unos pasos de donde se encontraba la mujer para, a continuación, girarse de nuevo para enfrentarla.

Natasha buscó de nuevo el refugio del sofá y se sentó en él, despacio, como si fuese un preciado objeto de cristal. Clint estaba en apuros; ahora estaba segura de ello. El nudo en la garganta se hizo aún mayor, casi impidiéndole tragar. Una oleada de bilis subió por el estómago, quemándola.

—Era nuestra señal. Estoy segura.

Tony cruzó los brazos delante de su pecho.

—Nat, tienes que estar complemente segura. No podemos trabajar con corazonadas.

Natasha se incorporó, apoyando los codos sobre sus rodillas y uniendo las manos delante de sí. Tony tenía razón; no podían trabajar con corazonadas. Necesitaban pruebas; pruebas fehacientes de que Clint no estaba en el país cuando asesinaron a Granters.

Despacio, Natasha giró la cabeza, buscando la mirada de Stark. Se levantó con energía.

—¡Jarvis!

—¿Sí, agente Romanoff? —contestó la inteligencia artificial al instante.

Natasha alzó una ceja e irguió los hombros.

—Ya no soy agente, Jarvis. Pero, dime, ¿podrías acceder a mi ordenador personal y conectarte a él? ¿El que tengo en mi apartamento?

—Si el ordenador está apagado, mucho me temo que excede a mis capacidades —recusó la voz siempre educada de Jarvis—. Puedo acceder a cualquier ordenador del planeta si está conectado a la red.

Apretando los labios, convirtiéndolos casi en una fina línea, Natasha asintió con pesar.

—Bien, pues tendré que traerte el ordenador aquí. Necesitamos saber desde dónde se conectó Barton esa noche—. Se giró hacia Tony y adelantó una mano con la palma hacia arriba.

Una profunda arruga apareció en la frente del millonario.

—¿Qué necesitas?

Ella dio un paso más hacia él.

—Las llaves de tu coche.

—¿De cuál de ellos? —respondió, sonriéndole a medias.

—Del más rápido.

Aún no había llegado hasta la mesa cuando Natasha comenzó a abrir el portátil que tenía entre las manos y que había sacado a toda prisa de una bolsa mientras caminaba. Se dirigió hacia el mueble donde, antes de marcharse, Jarvis había proyectado las flechas que habían escaneado en la comisaría y que ahora estaba a oscuras. Apenas se iluminó el botón de encendido del ordenador, Natasha alzó el rostro.

—Jarvis, conéctate a mi portátil.

Por unos instantes, Natasha esperó la respuesta afirmativa de la inteligencia artificial, siempre educada y correcta. En lugar de ello, la pantalla gigante se encendió y apareció en ella el sistema de arranque del portátil de Natasha. Dejó el ordenador sobre el mueble y se retiró unos pocos pasos hacia atrás.

—¿Qué estamos buscando, Natasha? —oyó preguntar a Tony a su espalda. No se había dado cuenta de que el hombre se había acercado a ella. Giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro.

Las imágenes se sucedían unas a otras en la pantalla. La mujer cruzó ambos brazos ante su pecho y levantó la barbilla al mirar al frente.

—Jarvis, necesito que accedas a los registros de Skype.

Tony se colocó a su lado, hombro con hombro, con la mirada también puesta en lo que sucedía frente a ellos. Asintió sin más.

—Quieres saber desde dónde se conectó.

Natasha apretó los labios e hizo una mueca como única respuesta.

—Él afirmó que no estaba en el país. Veamos desde dónde realizó la conexión.

—Revisando los últimos registros —informó la voz de Jarvis.

Una pantalla se superpuso a otra en el televisor. Y otra más a esa. Y otra, hasta que no quedó ninguna pulgada por cubrir. Pantallas que arrojaban datos, números que se sucedían como locos. Natasha intentaba seguirlos, observando con interés.

—Descifrando las etiquetas del protocolo de internet.

Sin poder evitarlo, Natasha contuvo la respiración. A las pantallas de números se superpuso una gran pantalla con un mapa global. Consecutivamente, fueron iluminándose pequeños puntos en toda la geografía del planeta, como si saltaran de unos a otros. Newcastle. Zurich. Bogotá. Valencia. Nueva Delhi. Vancouver. Y, por último, Beijing.

La pequeña luz en el mapa parpadeaba sin descanso sobre el rótulo de la ciudad china. Natasha dio un paso hacia la pantalla sin retirar la vista de ella ni un segundo.

—Alguien se ha tomado la molestia de intentar enmascarar la señal del ordenador desde donde se produjo esa conexión —argumentó Jarvis, con su perfecta dicción—. Beijing. República Popular China.

Tony volvió a colocarse junto a ella.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente, señor —respondió la inteligencia artificial y, por unos momentos, Natasha creyó vislumbrar cierto aire de suficiencia en la respuesta de Jarvis.

Natasha no podía parar de mirar aquel pequeño punto que parpadeaba sin fin.

—Beijing.

—Beijing —repitió Tony, en un tono un poco más bajo—. ¿Qué hay allí, Jarvis?

Natasha respondió por él.

—SHIELD tiene, o tenía, una sucursal en aquella ciudad.

Tony se giró hacia ella.

—¿Crees que HYDRA se habrá hecho con ella también?

Natasha se encogió de hombros.

—No lo sé. Puede que sí. Dijeron que han estado dentro de SHIELD desde el comienzo, desde que tu padre y la agente Carter la fundaron. No sé hasta dónde llega el poder de HYDRA. No sé si ha comenzado aquí y se irán adueñando de nuestras sedes por todo el mundo o si ya estaban infiltrados en todas ellas —le respondió, cruzando los brazos ante su pecho y pasando el peso de su cuerpo de una pierna a la otra.

Antes de que pudiese continuar hablando, la voz de Jarvis los interrumpió.

—Agente Romanoff, la señal parte más concretamente de un lugar cercano a la provincia montañosa de Hebei, a trescientos kilómetros de la capital. Es una zona minera, rica en carbón y hierro.

Tony miró a Natasha y ella le devolvió el gesto, con los ojos medio entornados y la mente trabajando para intentar hacer conexiones que, por ahora, se le escapaban.

—Aparte de las minas, ¿qué hay de interés en aquel lugar? —preguntó Stark.

La pantalla se llenó de imágenes de lo que Natasha supuso que era Hebei: una ciudad minera, gris y oscura, con la apariencia de haberse quedado anclada a finales del siglo XX.

—¿Aparentemente, señor? Nada más.

Natasha negó con la cabeza.

—Ésa no es la pregunta, Tony. La pregunta es por qué la conexión se realizó desde ese lugar, y por qué se han tomado tantas molestias en ocultar su rastro.

Vio como la mandíbula del hombre se endurecía ante sus ojos. La mirada de Stark viajaba incesante entre ella y la pantalla. Tony se giró hacia ésta, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones e inclinándose hacia atrás, balanceándose sobre los talones de sus zapatos.

—Han querido que creamos que Barton estaba aquí, en los Estados Unidos.

Después de unos segundos, Natasha asintió.

—Eso creo.

Tony se giró hacia ella.

—Pero, ¿y si te mintió, Natasha? ¿Y si…?

Ella alzó una mano, impidiéndole continuar. Aquella pregunta, como muchas otras que rondaban por su cabeza, hacía que un dolor que no sabía identificar se instalara en el centro de su pecho.

—Tengo que comprobar si es cierto. Si, en realidad, Clint estaba ayer allí y no en el país.

El rostro de Stark se mostró impasible hasta que, unos instantes después, terminó asintiendo.

—Tenemos que ir hasta allí.

Natasha dio un paso hacia él. Asió el codo del hombre, reclamando su atención. Tony giró la cabeza hacia ella.

—No, iré yo. Te necesito aquí, Tony. Necesito que seas mis ojos aquí. Esto no ha hecho más que comenzar, todo lo del asesinato y lo de echarle la culpa a Clint. No podemos marcharnos los dos. Confío en ti para que te quedes aquí y que me mantengas informada si ocurre algo.

Una sonrisa amplia surcó el rostro de Stark.

—¡Venga ya, Romanoff! No hace falta que me vengas con apelaciones a mi sentido del compañerismo.

Ella alzó una ceja y, aunque involuntaria, una tímida sonrisa afloró en sus labios.

—¿Funciona?

Tony alzó las manos hacia el techo, mientras echaba la cabeza hacia atrás, rindiéndose.

—¡Qué demonios! Me cuesta dejarte que vayas sola. Y no porque no seas capaz de cuidarte solita, que lo eres. Sólo es que… ¡vas a llevarte toda la diversión! Y mientras, yo me quedo aquí. Alguien tiene que cuidarle las espaldas a Barton en este lado del planeta —dijo mientras se acercaba hacia el mueble en donde guardaba las bebidas alcohólicas y se servía un whisky—. Cuando todo esto se aclare, tu novio va a tener que recompensarme. Ya se me ocurrirá el cómo.

Natasha alzó una ceja en señal de advertencia pero, tras unos segundos, terminó asintiendo. Nada le gustaría más en aquel momento que todo aquel asunto hubiese acabado ya.

—Sé que se lo harás pagar.

Stark dio un sorbo a su bebida.

—Y, dime, ¿cómo vas a ir hasta China? Quemaste tus identidades. Pon un pie en un aeropuerto y les faltará el tiempo para arrestarte.

Sabía que Tony tenía razón. No podía usar ninguno de sus pasaportes para viajar hasta China. Un regusto amargo subió por su garganta. Volvía a necesitar una copa. Se acercó hasta Tony y, tomando un vaso, lo alargó hacia él para que le sirviera.

—¿Mi avión? —preguntó Tony, entrecerrando los párpados.

Natasha negó con seguridad.

—Estás en el punto de mira al ser miembro de los Vengadores. Y tu avión también. No, no podemos usarlo.

Tony dejó su vaso sobre el mueble y se encaminó de nuevo hacia el sofá. Con pesadez, se dejó caer en él, sin que en ningún momento, una sonrisa pagada de sí misma abandonara sus labios. Se acomodó, con ambos brazos extendidos sobre el respaldo y una pierna descansando sobre la otra.

—¿Sabes qué es lo mejor de ser millonario y tener ciertas influencias?

Natasha negó con la cabeza, aunque se aventuró a ofrecer una contestación.

—¿El dinero, tal vez?

Los ojos de Tony se iluminaron.

—Que siempre, alguien, te debe un favor.

Tenía que ser cierto aquello de que a Tony le debían muchos favores porque, sólo dos horas más tarde, Tony la llamó a su móvil para decirle que tenía un avión privado preparado en el aeródromo de Englewood, listo para llevarla hasta China.

Antes de acompañarla hasta el aeródromo, Natasha pasó por su apartamento y preparó a toda prisa una pequeña bolsa de viaje, con sólo lo imprescindible. Estaba acostumbrada a viajar con lo más básico, así que no echaría de menos nada que pudiese dejar en tierra. Se aseguró de que sus dos glocks y la munición para éstas estaban bien escondidas en el doble fondo de la bolsa y cerró la cremallera con energía.

Cuando salió del portal del edificio en donde se encontraba su apartamento, Tony la estaba esperando, sentado a los mandos del coche, con las manos fuertemente asidas al volante y los hombros erguidos, casi rígidos. Abrió la puerta y se sentó junto a él.

—¿Está todo listo? —preguntó Natasha.

Tony asintió con vigor.

—Todo listo —respondió él con parquedad.

Natasha lo miró de soslayo. Era especialista en interpretar el lenguaje corporal de las personas y adelantarse a las situaciones gracias a ello. Se giró hacia él antes de ponerse el cinturón de seguridad.

—¿Ocurre algo? Te veo algo nervioso.

Una mueca de medio lado apareció en el rostro del hombre. Miró por el espejo retrovisor como si fuese un acto reflejo.

—¿Nervioso, yo? ¿Por qué habría de estarlo? —bufó, para añadir a continuación—: Uno de mis amigos se ha empeñado en seguirle el rastro a un fantasma. Otro está perdido, y posiblemente en peligro, al otro lado del mundo. Y mi amiga va a recorrer miles de kilómetros para ir en su búsqueda sin más ayuda que su instinto, aunque sea muy buen instinto, debo añadir. Sí, estoy muy tranquilo. Tanto que, si todo el mundo estuviese así de tranquilo, sería la ruina del mercado de ansiolíticos.

Natasha no pudo evitar que una sonrisa genuina apareciese en sus labios. Se encogió de hombros y se sentó mirando al frente.

—Bien, ha quedado muy claro. Vámonos.

Cuando Tony paró el coche ante las puertas del hangar en Englewood, Natasha respiró un poco más aliviada. Había estado agarrada al reposabrazos central durante todo el viaje hasta allí. Tony había estado a punto de no parar en un par de semáforos en rojo y se saltó un stop. Que hubiesen llegado hasta allí intactos era todo un milagro.

Los operarios del aeródromo le facilitaron la entrada en el control de vehículos cuando comprobaron quién era la persona que conducía el coche, deshaciéndose en sonrisas, forzadas algunas de ellas, al franquearles el paso.

Tony detuvo el coche. Se apoyó sobre el respaldo del asiento y resbaló un poco en él.

—Hemos llegado.

Natasha asintió.

—Sí.

—Es tu turno a partir de ahora, Romanoff.

Natasha miró al frente; la figura del avión se adivinaba al otro lado de la gran nave, en el exterior. El sol lo iluminaba de pleno y el blanco del fuselaje parecía casi brillante a pleno día. Arrugó los labios y terminó asintiendo. Por supuesto que lo era, y no veía el momento de estar ya en el aire, rumbo a China.

Estaba a punto de bajar del coche cuando la voz de Tony la detuvo.

—Natasha.

Giró la cabeza hacia él.

—¿Sí?

Tony miró a través del parabrisas y se removió inquieto en su asiento.

—Si… si al final resulta que Barton está...

La mirada de Natasha se endureció al poner los ojos en él.

—¿Si resulta que está con ellos, con HYDRA?

Tony apenas movió la cabeza al asentir.

—Sí. ¿Qué harás entonces?

La pregunta la golpeó en el centro del pecho y su corazón saltó un latido. Ella ya había pensado antes en esa posibilidad, por supuesto, pero era muy distinto escucharla de boca de alguien más. No podía pensar en eso, porque le dolía el mero hecho de hacerlo. Pero debía afrontar que era una posibilidad. Tomó aire, convirtiendo sus labios en una dura línea.

—Haré lo que tenga que hacer, Stark.

Tony no le respondió. Miró hacia algún punto a través del parabrisas mientras un pulso aparecía en su mejilla derecha.

—Sé que lo harás. Y no quiero estar en tu pellejo. Buena suerte, entonces.

Natasha intentó responderle con una sonrisa pero le fue imposible. Posó la mano en la manija de la puerta y murmuró un escueto "gracias" antes de tomar sus pertenencias del asiento de atrás y bajar del coche.

Dejó su bolsa en el asiento vacío que tenía a su lado y se acomodó el cinturón sobre el regazo. Echó un vistazo a su alrededor. No sabía a quién pertenecía aquel aparato ni qué hilos o favores había tenido que pedir Tony para lograrlo, pero lo cierto era que se sentía incómoda. La caída de SHIELD la había dejado en una situación muy vulnerable. Había perdido sus identidades y la posibilidad de tener un plan escondido en la manga por si las cosas se torcían. A lo largo de aquellos dos años de trabajo con los Vengadores, había aprendido a confiar en todos ellos. Ya no era la espía rusa que trabajaba sola, sin nadie que le guardara las espaldas. Ahora tenía a Clint y a todos los demás, y si Tony había confiado en quien quiera que le hubiera dejado aquel avión para llevarla y traerla de China, ella también debía hacerlo.

El avión era una pequeña sala de reuniones flotante: sillones amplios de cuero, más cómodos que muchas de las camas en la que había dormido; mesas donde poder apoyarse y dos pantallas planas de televisión, una en cada extremo del aparato.

La puerta de la cabina se abrió, despacio, y de ella salió una joven azafata rubia, con una amplia y estudiada sonrisa dibujada en el rostro.

—El comandante me pregunta si está lista para el despegue.

La respuesta de Natasha no se hizo esperar.

—Lo estoy.

La chica la miró con cordialidad.

—Realizaremos varias escalas antes de llegar a nuestro destino y usted no debería abandonar el avión en ninguna de ellas. Así lo ha señalado el señor Stark —la informó—. Espero que todo sea de su agrado y no dude en llamar si necesita cualquier cosa.

Natasha le sonrió con idéntica amabilidad y asintió. La chica apenas había desaparecido por la puerta de la cabina cuando los motores se pusieron en marcha. Inconscientemente, giró la cabeza hacia la ventana que tenía a su izquierda. Despacio, el avión estaba dejando atrás el hangar y se dirigía hacia la pista de despegue. Se removió en su asiento y el cuero bajo ella crujió. Cerró los ojos y descansó la cabeza en el respaldar, tomando aire y llenando sus pulmones. Sabía que tenía muchas horas de vuelo por delante pero no veía el momento de poner sus pies sobre suelo chino. Respiró una vez más, despacio, recreándose en exhalar el aire entre los labios. El ruido se hizo más ensordecedor cuando la turbina aceleró y la fuerza del movimiento la empujó contra su sillón, pegándola contra él. Su estómago saltó dentro de su abdomen, pero no estaba muy segura de si era por el despegue o por lo que podía encontrar una vez que aterrizara en China.

Si tuviera que poner todas sus fichas en una casilla sería, sin lugar a dudas, en esa última.

Las vistas desde allí arriba eran espectaculares, convino Justin Hammer, con una sonrisa de autocomplacencia dibujada en su rostro recién afeitado. Le hubiese gustado haberse podido instalar en el edificio que SHIELD había poseído en Washington, el Triskelion, pero el Capitán América, ayudado por sus fieles secuaces, habían hecho que aquella obra de ingeniería se desplomara hasta sus cimientos y había quedado convertido en una monumental escombrera. "Mil veces maldito", pensó, apretando el puño. Su entrada en HYDRA habría sido mucho más espectacular de haberlo podido hacer allí, entre toda aquella opulencia y signos del esplendor de la difunta organización. Pero no debía quejarse, no. No debía morder la mano que lo había sacado de aquella prisión inmunda y lo había devuelto al lugar que le pertenecía: a la palestra, a la cima del mundo, en donde sólo las mentes brillantes como la suya debían estar.

El cristal del amplio ventanal le ofrecía su propio reflejo. Se atusó la corbata, colocó bien las solapas de la cara chaqueta de elegante corte que llevaba y sonrió, completamente satisfecho. Aquella visión nada tenía que ver con la de pocos días atrás, cuando abandonó por última vez su rudimentaria y denigrante celda en la cárcel del condado de Malibú.

—Jamás te sentó bien el naranja, muchacho —dijo en voz alta y alzó las comisuras de los labios—. Bien, nunca más.

Se giró sobre los talones y enfiló hacia el amplio escritorio que dominaba gran parte del espacio. Era de madera de roble, tallado a mano en algún lugar del tercer mundo en donde habían pagado por él menos de la décima parte de lo que en realidad costaba. Pasó los dedos por la barnizada superficie. Le importaba bien poco de dónde había salido o quiénes lo habían fabricado. Ahora era suyo, símbolo de su nuevo estatus. A la mierda todo lo demás. Rodeó la mesa y se arrellanó en el confortable sillón de cuero. Aún no había podido saborear aquella maravillosa sensación cuando el intercomunicador que tenía sobre la mesa sonó por sorpresa. Ligeramente sobresaltado, respondió de inmediato.

—Sí.

—Le esperan —le informó una voz femenina desde el otro lado de la línea.

Justin alzó los ojos hacia el techo un momento, poniéndolos en blanco en un dramático gesto.

—Señor —dijo, inclinándose hacia el altavoz.

La voz desde el otro lado dudó unos segundos.

—¿Cómo dice?

La nueva cabeza de la organización se removió en su asiento.

—Señor. Quiero que me digas "señor" cada vez que te dirijas a mí o entres aquí a decirme algo. ¿Lo has entendido?

De nuevo, la chica al otro lado del interfono dudó antes de responder.

—Sí. Señor.

Una sonrisa amplia emergió de los labios de Hammer mientras se reclinaba en su asiento.

—¿Ves? Mucho mejor así. Nos llevaremos bien… ¿cómo era tu nombre?

—Susan. Señor.

Con un teatral gesto, Justin palmeó ambos muslos.

—¡Eso era! ¡Susan! Bien, dile a mi visita que pase.

Aún no había pulsado el botón para finalizar la llamada cuando la puerta del despacho se abrió de improviso.

Un hombre se detuvo en el umbral, aún con la manilla de la puerta en una de sus manos. Justin se fijó en cómo su invitado agarraba el pomo, imprimiendo fuerza y haciendo que los nudillos se pusiesen blancos. Dejó de observar la ancha mano y subió la mirada hacia el rostro. Se esforzó en que ninguna señal, absolutamente ninguna, asomara por su rostro, pero lo cierto era que la mera presencia de aquel hombre lo intimidaba. Pero no era algo que le fuera a dejar entrever, pensó. Él tenía la sartén por el mango y él era quién mandaba ahora allí. Todos debían postrarse ante él. Eso era, en efecto, lo que más le gustaba. Por eso se había dejado seducir por las ideas de HYDRA y su ofrecimiento de volver al lugar que le pertenecía por derecho y del que nunca debieron expulsarlo. Maldito Tony Stark y maldita SHIELD mil veces.

El hombre dio un paso hacia él, y luego otro más, con calmada y estudiada lentitud, imprimiendo un cadencioso andar, contoneando apenas los hombros mientras avanzaba. Tenía la mirada puesta en él, con aquellos fríos ojos azules clavados en su persona y que hizo que por su espalda recorriera un ligero escalofrío. Era apenas un poco más alto que él, pero le doblaba en tamaño en lo que a anchura de hombros se refería. Vestía de manera informal: un pantalón de trabajo con bolsillos abultados a la altura de los muslos y una camiseta de algodón negra debajo de la cazadora de cuero del mismo color. Completaba su atuendo con unas botas de caña alta y de estilo militar, que retumbaban de manera sorda en la moqueta a cada paso que daba.

Nunca antes había oído hablar de aquel hombre hasta que HYDRA mencionó que podía ser un gran activo. Ya en aquel momento pensó que sería estupendo poder contar con él para que su plan contra la persona que lo había llevado casi a la ruina, pudiese completarse. Tony Stark debería echarse a temblar.

El hombre se detuvo a poco más de un metro de la mesa que los separaba a ambos. Mantenía las manos metidas en los bolsillos de la cazadora y una expresión inescrutable en su férreo rostro que no sabía cómo interpretar. Se giró hacia un lado, dispuesto a rodear la mesa y darle la bienvenida. Que no se dijera que no era buen anfitrión, pensó Justin. Le tendió una mano cuando estuvo cerca de él.

—Muchas gracias por unirte a mí y a mi causa—. Justin esperó a que correspondiera a su gesto. En cambio, aquel hombre se quedó mirando la mano tendida como si se tratase de algo que no había visto en su vida. Un momento después, le correspondió el saludo.

—No se ofenda, pero sólo lo hago porque tengo cuentas pendientes con SHIELD y con algunos de sus agentes— le contestó con voz grave, apenas sin entonación.

Justin aprovechó aquel momento para observarlo más de cerca. Tenía el pelo color pajizo, con el flequillo un poco más claro, como si le hubiese estado dando el sol durante mucho tiempo. Lo tenía cortado a cepillo y corto a la altura de la nuca. La tez de su rostro estaba bronceada, así como la mano ancha, fornida y algo áspera que le había tendido. El mentón tenía personalidad y estaba ensombrecido por una incipiente barba. Su nariz era ancha, y supuso que se la habían roto más de una vez. Unas ligeras arrugas se dibujaban alrededor de los ojos, y no creía que fueran por sonreír demasiado, pensó, a tenor del rictus de seriedad que el individuo mostraba y que parecía fuertemente arraigado en él. Dio un paso atrás, con una media sonrisa de aparente calma en su rostro. Metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.

—No me ofendo, tranquilo. Creo que nuestra sociedad va a dar buenos frutos —le dijo, mientras se dirigía a un pequeño mueble junto a la ventana en donde había una licorera con un líquido ambarino y un juego de vasos bajos. Fuera lo que fuese el contenido de aquella botella, necesitaba un trago. Cuando llegó hasta ella, la destapó y se sirvió una generosa medida.

—¿Le apetece…? —. El hombre no le dejó terminar la frase, negando sutilmente con un movimiento de cabeza.

Justin tardó unos segundos en asentir, extrañado.

—¡Ah, cierto! Está de guardia… o lo que sea que hacen los asesinos. Cierto, cierto —y se llevó el vaso a los labios, vaciándolo de un solo trago. Un instante después, el vaso estaba lleno de nuevo. Justin giró sobre los talones de sus caros y recién estrenados zapatos italianos y se dirigió hacia su escritorio con renovado ímpetu, infundido, en parte, por el alcohol.

Cuando llegó de nuevo a la mesa, separó el sillón y se dejó de caer en él. El líquido del vaso estuvo a punto de rebosar.

—Bien, vayamos al grano. Vi en la noticias tu… ¿puedo tutearte, verdad? Si vamos a hacer negocios juntos, deberíamos tutearnos, ¿no estás de acuerdo?

El hombre apenas alzó una ceja como señal de conformidad. En cambio, Justin asintió con vigor y sonrió, mirándolo desde su posición inferior.

—A lo que iba, vi en las noticias el triste final del senador… ¿cómo se llamaba? —chasqueó los dedos, buscando el nombre que se resistía a acudir a su memoria. Desistió casi de inmediato, haciendo un aspaviento con la mano—. Da igual. Una verdadera lástima para nuestro sistema de gobierno perder a uno de sus ilustres miembros de esa manera, asaeteado y acribillado por flechas como un convicto —dijo de corrido, componiendo una expresión de falsa tristeza que se convirtió en una sonrisa ladeada casi de inmediato—. La prensa y los medios de comunicación están que echan humo intentando hacer cábalas.

Aquella información no pareció alterar el estado de ánimo del hombre frente a él. Se mantenía estoico, con las manos ocultas dentro de los bolsillos de su cazadora y sin moverse ni un centímetro, como si estuviese acostumbrado a estar en la misma posición por mucho tiempo.

—¿Qué quieres que haga ahora? —preguntó, con voz áspera.

Justin bebió de su vaso, dejando apenas un poco de licor en el fondo. Se arrellanó en el asiento, haciendo que el cuero crujiera bajo su peso.

—Esperaremos. Dejaremos que la prensa en general haga su trabajo. Y, si no es así, nuestros infiltrados se encargarán de remover la arena para que dirijan la mirada hacia donde nos interesa. Sólo cuando hayan sembrado todas las dudas, volverás a aparecer. Por ahora serás como… una célula durmiente. Sí, eso es, una célula durmiente —repitió, sonriendo de oreja a oreja, satisfecho consigo mismo.

Un silencio pesado se adueñó de todo el despacho. Justin terminó lo que quedaba de su bebida y depositó el vaso frente a él antes de volver a posar los ojos sobre el hombre.

—Estaré disponible cuando me necesite.

Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Justin.

—De acuerdo entonces — respondió Justin, meciéndose en su asiento con indolencia. El hombre dio media vuelta y enfiló hacia la entrada del amplio despacho. Acababa de poner la mano sobre la manija de la puerta cuando Hammer añadió, alzando la voz para que llegara hasta el otro lado de la habitación—: Me alegra tenerte de mi lado. Nos irá bien juntos. A cambio, sólo espero un poco de lealtad y nada más.

El hombre apenas se giró, enderezando la espalda a simple vista y mirándolo por encima de su hombro derecho.

—¿Lealtad? —inquirió con voz profunda—. Lo siento, pero no estoy aquí por lealtad a nadie. Ya le he dicho cuáles son mis razones para estar aquí. Si es eso lo que busca, se ha equivocado de Barton. Debería haber buscado al auténtico Ojo de Halcón.