CAPITULO 4
Dos días atrás.
El monitor del ordenador se apagó y Clint cerró los ojos, dejando caer la cabeza hacia adelante, sintiéndose como si le hubiese pasado por encima una apisonadora.
Tras sus párpados, la imagen de Natasha aún prevalecía; con su mirada incrédula, su expresión de recelo y sus labios, apretados, conformando una dura línea. Aún se preguntaba cómo podía haberle dicho todas aquellas cosas. Pero tenía una razón para ello; una razón muy poderosa por la que debía hacer creer a Natasha que él se había pasado a las filas de HYDRA.
Malditos fueran todos ellos y ojalá ardieran todos en el mismísimo infierno. Y si fuese él quien encendiese la llama que los carbonizara, tanto mejor.
Clint levantó la cabeza, despacio. La sala en la que se encontraba estaba sumida en la oscuridad, a excepción de la tenue luz que Natasha le había pedido que encendiera para verlo mejor. Ahora, sin la iluminación que le ofrecía la pantalla del ordenador, todo parecía más sombrío y lúgubre. No sabía bien si aquello era por la falta de aquella insignificante lámpara o porque Natasha ya no estaba al otro lado.
Levantó un poco más la vista y la detuvo en el hombre que, durante toda la conversación, había estado apostado tras el monitor del ordenador portátil, apuntándole con una pistola. Tenía apoyada la otra mano sobre la fornida mesa de tapa de mármol oscuro que debía pesar una tonelada. Había dejado caer el peso de su obeso cuerpo hacia adelante, intentando intimidarlo con su inmensa humanidad. Tenía los ojos pequeños y juntos, una boca de labios gruesos y una calva perlada por el sudor. Clint pensó que aquel hombre era un ser asqueroso a simple vista y el hecho de que perteneciera a la organización que había desbancado a SHIELD lo hacía aún más repulsivo.
Había hecho un esfuerzo considerable por no desviar la mirada instintivamente hacia él mientras hablaba con ella. Conocía bien a Natasha y ella notaría su extraño comportamiento. Había tenido que pararse a respirar en más de una ocasión, al ver la cara de total incredulidad de su compañera. Sus manos se habían convertido en puños en esas ocasiones y había tenido que recordarse a sí mismo por qué estaba haciendo aquello.
El carcelero, con el arma aún apuntándole a la cabeza, sonreía satisfecho, con una mueca que le levantaba el estómago y que a Clint le hubiese gustado quitar de su cara de un puñetazo. Le hizo un gesto con el cañón del arma, extendiendo aún más el brazo hacía él.
—Las manos detrás, guapito. Sin tonterías.
Con reticencia, Clint hizo lo que le pidió y colocó ambas manos a su espalda, con el respaldo de la desvencijada silla entre sus brazos. La madera crujió cuando cambió de postura, enderezándose e irguiendo los hombros y la barbilla. Sentía la espalda húmeda por el sudor y el tejido de la camiseta se le pegaba a la piel. No sabía bien cuántos días debía llevar allí, pero sentía la ropa sucia y pegajosa sobre su cuerpo. Sin apartar la mirada de él ni un solo segundo, el hombre rodeó la mesa y se colocó a su espalda, atándolo por las muñecas. El sonido de las correas de plástico al cerrarse en torno a ellas lo incomodó e hizo que, instintivamente, tensara los músculos de sus brazos. Lo habían atado a los barrotes de la silla. Cuando el guardián se aseguró de que estaba bien sujeta, volvió a colocarse frente a Clint.
—No ha estado mal el teatro.
La bilis que sintiera unos minutos atrás no hizo más que revolverse con nuevo ahínco en su estómago. Apretó la mandíbula y entrecerró los ojos al mirarlo.
—Es lo que querías, ¿no es cierto? Ya está hecho. Ahora espero que mantengáis vuestra palabra.
El hombre se colocó a un lado de la mesa y, dejando el arma junto a él, apoyó la cadera contra el borde esta, sentándose a medias, con una sonrisa torcida en su feo rostro. Se inclinó hacia Clint y lo apuntó directamente con un dedo.
—No estás en disposición de esperar nada, ¿nadie te lo dijo?
Clint intentó moverse en su asiento, incómodo. Los brazos comenzaban a dolerle debido a la posición. La correa que le aprisionaba ambas muñecas se estaba clavando en su piel.
—He hecho lo que me pedisteis. Ahora podéis dejarla en paz —le dijo, con la respiración agitada, temiendo cuál podría ser la respuesta que obtendría.
El hombre echó la cabeza hacia atrás y de su garganta salió una carcajada que resonó en toda la habitación. Cuando se recompuso, volvió a mirarlo, inclinándose hacia él, haciendo más corta la distancia entre ellos.
—Para ser agente de SHIELD y miembro de ese grupo de inútiles que os hacéis llamar los Vengadores, eres bastante tonto.
Clint no vio venir el súbito golpe que recibió a continuación. La palma de la mano del hombre impactó con su rostro, golpeándolo con fuerza, haciéndole girar la cabeza hacia la derecha. La mejilla le ardía y un regusto metálico le llenó la boca. Volvió de nuevo hacia él, despacio, y miró a aquel pedazo de escoria. Su reacción fue escupirle con furia a la cara.
Su captor se levantó súbitamente y, despacio, se limpió el rostro con la mano. Miró los restos ensangrentados y sonrió.
—No voy a negar que tienes cojones, agente de SHIELD. Pero yo mismo me voy a encargar de que te arrepientas de lo que acabas de hacer.
—Accedí a hacer lo que me pedisteis para que dejarais tranquila a la agente Romanoff. Bien, yo ya he hecho mi parte. Ahora os toca a vosotros.
De nuevo, una risotada llenó aquel lugar, haciéndole hervir la sangre. El hombre negó repetidamente con la cabeza, mientras se pasaba el dorso de la mano por los ojos.
—¿Ves? Me has hecho saltar las lágrimas de la risa—. Volvió a apoyarse en la mesa y se inclinó hacia él—. A ver cómo te lo digo… No. No vamos a dejarla en paz. Ella, como tú, va a desaparecer. Nos estorbáis y vais a morir. Tú aquí y ella en Washington. O en donde esté. Ya hay gente ocupándose de la tarea.
Todos los músculos del cuerpo de Clint se tensaron ante aquellas palabras.
Aquel hombre había terminado por destapar las cartas. Había querido creer en ellos. Algunos de los agentes que lo secuestraron en Munich, donde había estado finalizando una misión, eran compañeros suyos de la agencia y había confiado en ellos en primera instancia. Al parecer, HYDRA había borrado cualquier vestigio de buenas personas que una vez pudo haber habido en ellos. Ya no podía confiar más. Había intentado proteger a Natasha pese a todo. La agencia se había desmoronado, arrastrando a muchos, y nada podía hacer por ella. Pero sí que podía salvar a Natasha. Le habían prometido inmunidad para la agente si le hacían creer que él se había pasado al lado de HYDRA, y eso había hecho cuando se había puesto en contacto con ella.
No podía decir que aquello le sorprendiera, no. Más aún, lo había contemplado como una posibilidad cuando le dijeron lo que debía fingir ante Natasha para garantizar que la dejaran en paz y no fueran tras sus pasos. Pero la gente de HYDRA no tenían honor ni palabra, convino, sintiendo la ira comenzar a arder en el centro de su pecho.
Clint se aseguró a sí mismo que iban a pagarlo caro.
Apretó la mandíbula y levantó la barbilla para enfrentar al hombre.
—Pues estás perdiendo el tiempo si lo que vas a hacer es acabar conmigo. Dispara y terminemos con esto de una puta vez.
Clint pensó que podría haber tenido futuro como payaso, a tenor de cómo se reía de sus palabras aquel bastardo.
—Me temo que voy a hacerte esperar un poquito, agente Barton. Voy a pasármelo bien contigo. Y cuando me aburra, entonces y sólo entonces, pondré fin a tu triste existencia y me haré un collar con tus pelotas.
El guardián tomó la olvidada pistola de encima de la mesa y la miró con fingido interés.
—Hmmm, ¿te crees que no nos hemos dado cuenta de lo que os traéis la Viuda y tú, verdad? —le comentó, sin mirarlo, centrado aún en observar la pistola, del derecho y del revés—. ¿Te crees que no sabemos que te las estás tirando, Halcón? ¿Que no podéis dejar de sobaros en cuanto creéis que nadie os ve? HYDRA lo sabe todo, y sabe lo vuestro —dijo, acercándose a él. Y añadió—: Y nos ha venido de perlas.
El aliento a agrio que le abofeteó le hizo contener una arcada que le quemó la garganta. Intentó recomponerse antes de fijar la mirada en él.
Como si se le hubiese ocurrido un chiste que sólo estaba en su cabeza, el guardián echó la cabeza hacia atrás y rió con fuerza, palmeando la mesa con una mano.
—¡Sobaros! ¡Claro que sí! Yo tampoco podría dejar de manosear esas tetas si pudiese, ¿eh? —y le guiñó un ojo.
La impotencia que sintió por no poder partirle la boca en aquel mismo instante y hacer que se tragara la lengua y sus palabras, hizo que Clint se tuviese que morder el interior de su propia mejilla para controlarse.
—Esto no va a quedar así — le dijo, entre dientes, controlando la respiración.
Furioso, el hombre dejó de nuevo la pistola sobre la mesa, con un fuerte golpe. Tomó a Clint de la cara, oprimiéndole las mejillas con una de sus gigantescas manos. Clint no pudo más que abrir la boca mientras el hombre continuaba apretando con fuerza.
—Oh, claro que no va a quedar así, porque tú no vas a durar mucho tiempo— susurró el hombre entre dientes, a apenas unos centímetros de su rostro, con la mandíbula apretada y los ojos entornados. Tenía la respiración agitada y las aletas de la nariz se abrían con cada inspiración. Lo vio componer una mueca de asco antes de que volviese a hablar—: ¿O creíste que íbamos a dejarte marchar? Has pecado de ingenuo, guapito.
Lo soltó de mala gana. Lo empujó con la suficiente fuerza para que la cabeza de Clint se resintiera con el brusco movimiento. De nuevo, la silla de madera crujió bajo su peso. Tensó los brazos sujetos a su espalda. Intentó moverlos pero fue inútil; sus ataduras no se habían aflojado ni un ápice a pesar de sus forcejeos. Las correas de plástico le estaban dañando ambas muñecas, clavándose en ellas sin piedad.
El hombre se apoyó sobre la mesa con las palmas abiertas de sus manos, inclinándose hacia adelante. Miró a Clint de arriba abajo; una sonrisa torcida surcó su rostro y se pasó una mano por el mentón.
—Y dime, ¿cómo ha sido follarse a la Viuda? ¿Es tan buena como dicen por ahí? ¿Te deja sin aliento cada vez que le echas un polvo?
Clint se removió en su asiento con violencia. Poco le importaba que sus muñecas terminaran cortadas o sus brazos doloridos. Se sacudió con tanta fuerza como pudo antes de clavar su mirada en él.
—Te voy a romper la cara, pedazo de mierda —masculló entre dientes, respirando profundamente.
No conseguiría nada si se alteraba, pero le estaba costando la vida mantener sus nervios bajo control. Todo lo que quería era partirle cada hueso del cuerpo a aquel tipo y que se ahogara con su propia sangre.
El hombre alzó ambas cejas, ligeramente divertido por la respuesta de Clint.
—Claro, claro. ¡Qué bonito, intentando lavar el honor de alguien que no tiene honor que limpiar!
—Ella no se va a tragar que yo esté con vosotros —replicó Clint, abriendo y cerrando los puños a sus espaldas.
El guardia se encogió de hombros, fingiendo no comprender qué decía.
—¿Por qué? ¿Porque te conoce demasiado bien? ¿Es eso lo que estás insinuando?
—Tú lo estás diciendo todo, no yo —respondió Clint, midiendo sus palabras.
No quería enfadarlo. Él no tenía que saber que le había dicho a Natasha aquella frase que, años atrás, ambos habían establecido como "frase clave" si alguno de los dos estaba en apuros. Clint pensó en que se aseguraría de tomar por sorpresa a aquel bastardo cuando tuviese la más mínima oportunidad. Se movió de nuevo y la silla volvió a crujir.
El hombre estiró un brazo y, de manera condescendiente, le palmeó una mejilla un par de veces, antes de erguirse ante él. Clint retiró la cabeza con un brusco movimiento, rehuyendo el contacto.
—Ella se lo creerá, no te quepa duda. Ante sus ojos, y ante los ojos de los demás, Ojo de Halcón, el mejor arquero del mundo y uno de los más eficaces agentes de SHIELD, va a hacer patente su paso al bando de HYDRA. A nadie le cabrá la menor duda de que es así.
Clint notaba el paso de la sangre por sus oído, latiéndole con furia, alentada por los bombeos de su desbocado corazón. Cuando se soltara, porque lo haría, le iba a hacer tragarse sus palabras. Y, de paso, también su puño, pensó irritado.
El hombre se irguió cuan alto era y la anchura de sus hombros eclipsó la triste lámpara que iluminaba la estancia y que ofrecía sombras amarillentas. Clint entrecerró los ojos al mirarlo de soslayo e intentó mover de nuevo las manos. Sólo logró que la silla volviese a crujir.
—Ni tú ni ella tenéis cabida en el nuevo orden de HYDRA —agregó el carcelero, unos segundos después—. Estáis demasiado… viciados para hacerlo. Os pone mucho eso de actuar en pos del bien común y ayudar a los indefensos y todas esas gilipolleces. Vais de héroes cuando no sois más que la otra cara de la misma moneda.
Clint pasó de mirar el rostro de aquel gusano que era su captor a enfocar la vista en el arma que estaba sobre la mesa. La retiró de inmediato. No quería que el hombre se diera cuenta de que tenía la atención puesta en la pistola, ni que su cabeza estaba trabajando a marchas forzadas para idear algún plan que lograra liberarlo.
—No te queda mucho tiempo, Ojo de Halcón. Eres tu arco y tus flechas. Si te lo quitamos, ¿en qué te conviertes? En menos que nada —le espetó entre dientes el hombre, rodeando la mesa y quedando frente a él.
Una sonrisa sesgada apareció en los labios de Clint. Lo miró con los párpados entrecerrados y la mandíbula fuertemente apretada.
—Has olvidado que sigo siendo un maestro asesino.
El guardián escupió en el suelo.
—Claro. El maestro asesino. Bonito título –le dijo, secándose los labios con el dorso de la mano— para un don nadie.
Clint no se inmutó. Encogió los ojos para mirarlo con todo el odio que era capaz de aunar.
—No te parecerá tan bonito cuando te des cuenta de que has cometido un error al subestimarme, pedazo de mierda.
La expresión del hombre cambió de inmediato. Sus cejas se elevaron, sin comprender las palabras del arquero, y Clint hubiese podido jurar que, incluso, el color abandonó el gordo rostro del guardián.
—¿Un… error? Yo no…
—No debiste atarme a una silla de madera.
Sin mediar ninguna palabra más, Clint se incorporó con rapidez, atado aún a la silla y, con toda la violencia de la que fue capaz, se estrelló contra la pared que tenía a su espalda, a poco más de un metro, sin importarle el golpe que él mismo recibiría. Las astillas saltaron por el aire y los barrotes del respaldo se desmoronaron a sus pies, dejándole de inmediato las muñecas libres.
A la misma vez, el hombre se arrojó hacia adelante para hacerse con el arma que había dejado minutos atrás sobre la mesa. Clint, con un fluido movimiento, asió una de las patas, se lanzó hacia adelante, y con mesa de por medio, golpeó al hombre en el cuello. La inesperada acometida hizo trastabillar al hombre hacia atrás, haciendo que el arma escapara de sus manos y resbalara hacia un rincón de la habitación. El hombre maldijo con rabia y se llevó la mano a la zona en donde había impactado el trozo de madera.
Clint no se lo pensó dos veces y, ya libre, saltó sobre la mesa con habilidad. Aprovechando el momento de estupor, volvió a golpear al hombre con el improvisado palo, produciendo un sonido sordo, acompañado de una nueva exclamación.
No pensaba darle tregua alguna. Lo golpeó de nuevo pero, tras la sorpresa inicial, el hombre se recompuso con rapidez y se puso en guardia antes de que lo golpeara por cuarta vez. El puño de su captor impactó contra el mentón de Clint, haciéndolo trastabillar hacia atrás.
Sus reflejos no impidieron que diera con sus huesos en el suelo al fallarle las piernas. Se había llevado atado en aquel asiento no sabía el tiempo. Le dolían las rodillas y los gemelos. Pero no había mal que por bien no viniera, pensó Clint, alzando la comisura de los labios en una suerte de sonrisa. Al caer, tuvo a mano una nueva pata de la silla, que le serviría para intensificar sus ataques contra el guardián.
Con renovadas energías, Clint se puso en pie, con un palo de madera en cada mano, a modo de bastones, dispuesto a enfrentarse de nuevo al hombre. Ambos se miraron, midiéndose en la corta distancia que los separaba. Una sonrisa comenzó a aflorar en los labios del hombre, componiendo una incipiente mueca. La expresión no tuvo tiempo de llegarle hasta los ojos.
Clint arremetió contra él, con movimientos estudiados y largamente ensayados, dibujando arcos amplios en el aire con ambos palos, ondeando en sus manos diestras. Golpeaba, se retiraba, cubría su flanco y volvía a atacar. El hombre intentaba darle la réplica a cada uno, pero Clint era mucho más ágil y bastante menos pesado.
La madera impactaba contra la carne y los huesos del hombre produciendo un sonido sordo, acompañado de gemidos y gruñidos procedentes de ambos luchadores. Clint se agachó en el momento exacto en que el puño del hombre buscaba de nuevo su nariz. Con agilidad, levantó la pierna y el talón impactó contra la mandíbula del guarda. Estaba seguro de que aquello que había escuchado era un diente al romperse.
—¡Pedazo de cabrón! Te vas a arrepentir de esto.
Clint se irguió de hombros, asiendo con más fuerza sus improvisadas armas.
—Por supuesto que sí —le contestó, sin dejar de mirarlo.
El hombre escupió un diente ensangrentado al suelo y se limpió con un gesto lento y contenido el reguero de saliva que quedó en el mentón. Se midieron mutuamente por unos largos segundos, intentando ambos recuperar el aliento que les faltaba. Clint notó que la mirada del hombre se desvió unos instantes de él hacia el rincón en donde había caído olvidada la pistola. No iba a permitir que se hiciese con ella.
Como si le hubiese leído el pensamiento, el guardia echó todo el peso de su cuerpo hacia adelante, cubriendo la distancia que lo separaba del rincón. Justo antes de que su mano agarrase el arma, Clint hundió una de las patas de la mesa sobre el dorso de la mano del hombre, clavándola en ella y atravesando la carne. El alarido procedente de la garganta de su captor llenó toda la habitación.
—¡Hijo de puta! —espetó a voz en grito el carcelero, con el rostro amoratado por los golpes y la furia.
Lejos de amilanarse, el hombre estiró una pierna en dirección a Clint. Aquel movimiento lo tomó por completo desprevenido y el talón impactó con rotundidad en su estómago, arrojándolo contra la pared que tenía a unos metros tras de sí. El impacto lo dejó aturdido y sin aire en los pulmones durante unos instantes.
Con furia desatada, el guardia soltó la madera, arrojando la improvisada estaca lejos de él. La sangre comenzó a brotar, roja y brillante, cayendo a sus pies tras resbalar por el dorso de la mano. Al ver cómo ésta colgaba casi inerte al final del brazo, Clint supo que la madera había debido de seccionar algunos tendones de la mano, pero el hombre no parecía notarlo. La adrenalina en su cuerpo se estaba encargando de que aún no lo advirtiera.
Un segundo después, su captor arremetió contra él. Clint tuvo el tiempo justo de retirarse antes de que el hombre impactara contra la pared con un sonido sordo y seco. Estaba seguro de que se había roto un nuevo hueso en el proceso.
El brazo izquierdo del guardia hizo un barrido amplio y encontró el hombro de Clint a su paso. Como si de una garra se tratara, el hombre se afianzó con fuerza en él y, con todo el ímpetu del que fue capaz, lo agarró del otro brazo y lo embistió por la espalda con su propio hombro. Clint gritó al notar cómo se dislocaba la articulación. El dolor lo dejó sin respiración y tras sus párpados se agolparon millones de pequeños destellos blancos que le hicieron tambalearse.
—¿Ahora qué me dices, cabrón? ¿Duele? —y volvió a golpearlo de nuevo por detrás.
Clint siempre había pensado que no llegaría a viejo. Que no tendría una vida larga, feliz y reposada, donde viera los días pasar sentado en el porche de una casa junto al mar. Ni tendría un hogar lleno de niños que gritaran "papá" cuando llegase a casa. Todo eso lo sabía hacía tiempo. Moriría más pronto que tarde, en alguna misión, lejos de casa y de Natasha. Pero de una cosa estaba seguro: hoy no iba a ser ese día. Con renovado ímpetu, giró sobre sus talones y su puño derecho encontró el ojo del guardián en su camino.
Se retiró unos pasos mientras el hombre se llevaba su mano sana a la cara. La sangre manaba de una brecha sobre el ojo izquierdo, bañándole todo la mejilla y otorgándole un aspecto dantesco. Se tambaleó, buscando el equilibrio con el otro brazo, mientras lo miraba con ojos desenfocados.
Por su parte, Clint apretó los dientes mientras se sujetaba el brazo izquierdo cerca de su cuerpo. El dolor era insoportable. La articulación se adivinaba fuera de su lugar a simple vista y dolía como el demonio. Se mantuvo estoico frente a su guardián, midiéndose en la distancia.
—Debimos haberte matado cuando tuvimos oportunidad —le confesó el hombre, con la respiración agitada.
Clint asintió.
—Sí, debisteis hacerlo.
La sangre brillante continuaba manando de la herida de la ceja del guardián, haciendo que su rostro pareciese una máscara.
—Lo hubiera hecho. ¡Oh, sí, claro que lo hubiera hecho! Y lo habría disfrutado.
Clint volvió a asentir.
—De eso estoy seguro.
Tomó aire. No se había dado cuenta de que el aire había comenzado a enrarecerse allí dentro, a causa de la inexistente ventilación y del calor que emanaban ambos debido a la lucha encarnizada. El carcelero se irguió de hombros lo que pudo, sonriendo. Los dientes estaban manchados de sangre y la saliva le resbalaba por la comisura de los labios reventados. Escupió al suelo y miró a Clint.
—Y aún no es tarde para que lo haga.
Una mueca surcó el rostro de Clint, socarrona.
—¿Ves? Ahí ya no podemos estar de acuerdo.
Sin previo aviso, el guardián arremetió contra él. Clint se apartó con toda la rapidez que pudo dado su estado. Al pasar junto a él, Clint clavó su codo derecho tras el cuello de su agresor. Un nuevo alarido llenó el lugar. El hombre se sujetó a la mesa y la arrastró con él en su caída. Clint giró sobre sus talones y empujó la mesa de mármol con toda la fuerza de la que fue capaz contra el hombre. El pesado mueble volcó sobre las piernas del guardián. El sonido inequívoco de huesos al romperse le hizo saber a Clint que se había fracturado ambas piernas.
El hombre dio con su espalda contra el suelo, retorciéndose de dolor y maldiciendo en un idioma que Clint no comprendía pero que le recordaba a alguna lengua eslava. Dio un par de pasos hacia él, deteniéndose a su lado. La mesa había caído sobre ambas rodillas, aplastándolas. Pero fue el trozo de madera que sobresalía por el interior del muslo del guardián lo que le hizo arrugar la nariz. Por la trayectoria que trazaba, sabía que debía haber seccionado una arteria importante.
Clint tomó aire, llenando los pulmones. El mero hecho de respirar hacía que le doliera el hombro. Cerró los ojos y apretó los labios, rogando para que el dolor se mitigara lo suficiente para poder salir de allí.
—¡Ayúdame! —gritó el hombre en el suelo, incapaz de incorporar del suelo el peso de su torso.
Clint giró la cabeza en su dirección.
—Lo siento, pero tengo otros planes. Como largarme de aquí, por ejemplo.
El hombre se dejó caer pesadamente hacia atrás.
—No vas a llegar muy lejos, estúpido. Tendrás que lidiar con un escuadrón de agentes de…
Si no le doliese tanto el hombro, pensó Clint, se reiría de buena gana. Miró al guardián de soslayo.
—¿Escuadrón? ¡Venga ya! ¿En serio te crees que no sé cuántos estáis destacados aquí, donde quiera que esto esté?
Por el rostro del hombre surcó una mueca de dolor.
—No sabes nada.
Clint bajó la cabeza, ocultando una sonrisa satisfecha.
—No sé nada, bien. Entonces no sé que sólo sois tres. Tus compañeros deberían haber aparecido ya al oír la que hemos liado aquí dentro. Sea lo que sea que estén haciendo, los mantiene muy ocupados. Y también sé que en los días que llevo aquí no ha venido nadie a ver cómo ibais con el rehén. O sea, yo. Es cierto que no tengo ni idea de dónde me habéis traído pero pienso encargarme de eso muy pronto.
Una vez más, el carcelero intentó moverse, pero fue inútil. Las piernas no le respondían y sólo podía apoyarse en la mano que tenía intacta. Levantó la cabeza lo suficiente para mirar su propio cuerpo.
—Tengo algo clavado en la pierna.
Clint asintió.
—Un trozo de la pata de la silla. Y creo que te ha seccionado la femoral.
Los ojos del guardián se abrieron desmesuradamente al oír sus palabras. Le temblaron ambas manos al intentar agarrar el trozo de madera.
—¡No… no puede ser! ¡Voy a morir! —exclamó, temblando. Intentó asir la improvisada estaca pero las palabras de Clint lo detuvieron.
—Yo que tú no lo haría. Si sacas esa madera, te desangrarás al instante.
Sin agregar nada más, Clint dio media vuelta, dispuesto a marcharse. Se llevó la mano hacia el hombro dislocado. Parecía como si el mismísimo demonio hubiese hecho una hoguera en él. Cerró los ojos y apretó los dientes, tomando aire.
—¡No me dejes aquí! ¡Haz algo!
Clint volteó la cabeza hacia él. Se encogió de hombros, soportando estoicamente el pinchazo de dolor que le atravesó.
—Hace un minuto me ibas a matar. ¿Ahora quieres que tenga piedad de ti? Lo siento… —se detuvo antes de terminar la frase. Torció el gesto antes de proseguir—. No, en realidad no lo siento. Adiós. Dale recuerdos a HYDRA de parte de Ojo de Halcón.
Antes de dejar la habitación, el hombre volvió a gritarle para que se detuviese y lo ayudara. Clint hizo caso omiso. Se detuvo para recoger la pistola del guardia, que estaba en el suelo, a pocos metros de él y salió de la habitación sin mirar atrás.
Apenas recordaba nada de cuando lo llevaron a aquel lugar, tan sólo un largo corredor y un vestíbulo desprovisto de todo ornamento; el suelo de hormigón prensado y todo gris a su alrededor. Debían de haberle drogado, porque los recuerdos se mezclaban en su mente como si se tratase de una densa bruma. Lo que sí recordaba claramente era que habían sido tres hombres; dos que lo sujetaban bajo los brazos y que lo arrastraban hasta la habitación en donde lo habían sentado y atado, y el que los guiaba y que acababa de dejar allí atrás al borde de la muerte.
Agarró con fuerza la pistola, apretando los dientes por el intenso dolor que sentía en el hombro y que se irradiaba hacia la espalda y el pecho. Sabía que la única solución posible era intentar encajarlo de nuevo en su sitio. Conocía el procedimiento, pues no era la primera vez que le ocurría. Pero, en aquellas ocasiones, Natasha había estado con él para ayudarlo y lanzarle esa mirada suya que decía sin palabras "no te quejes como un niño pequeño, Barton". ¡Dios, cuánto la echaba de menos! Pero debería esperar a realizar la maniobra hasta que saliera de allí. Era dolorosa y, durante unos minutos, se quedaría sin aliento y desorientado. Ahora necesitaba más que nunca estar alerta. Los compañeros de su guardián no tardarían en aparecer y él tenía que estar lo más despejado posible.
Aún no había dado más que unos pocos pasos por el pasillo que, esperaba, lo llevaría hasta el exterior cuando dos agentes aparecieron frente a él. Los dos hombres de detuvieron en seco, con los ojos abiertos como platos. Las risas que, al parecer, habían estado compartiendo, desaparecieron de inmediato. Ninguno de ellos había esperado la presencia de Clint en medio del pasillo, solo. No les dio tiempo de sacar las armas de sus cartucheras cuando ambos cayeron de espaldas, sin vida ya, con una bala alojada en medio de la frente. Clint pasó junto a ellos sin apenas mirarlos y con la pistola aún caliente.
No se detuvo a averiguar si, en efecto, él había llevado razón en cuanto al número de efectivos en aquella base y si había alguien más en las escuetas instalaciones. Quería marcharse cuanto antes. Tenía que saber qué había querido decir aquel tipo cuando le había dicho que todos sabrían que él se había pasado de bando. Tenía que dar con Natasha y con aquellos que aún fueran leales a SHIELD lo más rápidamente posible.
Salió al exterior y el aire limpio le abofeteó en la cara. Se cubrió los ojos de los incipientes rayos de la mañana con el antebrazo. No debía hacer mucho que había amanecido pues la luz aún era anaranjada y el sol apenas se vislumbraba entre las laderas de las lejanas y escarpadas montañas. Parpadeó varias veces, intentando aclimatarse a la sensación de volver a estar en un espacio abierto, lleno de luz y aire limpio. La entrada al recinto era un descampado con suelo de tierra batida, apenas cercado por un montón de arbustos y unos pocos árboles de frondosa y verde copa que ofrecían algo de sombra. Un único camino partía de él, igualmente de tierra, con algún que otro socavón poco profundo. A ambos lados de éste, la maleza se hacía cada vez más abundante, hasta que el camino se perdía entre el verdor.
A unos pocos pasos, aparcado en un lateral, había un todoterreno gris de grandes ruedas y techo de loneta. Clint agradeció al cielo en silencio su suerte y se dirigió hacia él. Se detuvo de nuevo cuando ya tenía la manija en la mano. Bajó la cabeza hasta que su barbilla casi tocó el pecho. Apretó los párpados cerrados y respiró hondo. Tuvo que sostenerse contra el chasis del automóvil al perder un poco el equilibrio. El hombro le dolía como si el infierno en pleno hubiese decidido montar una fiesta en él. No podía conducir de aquella manera, sobre todo porque limitaba sus movimientos y, además, el dolor cada vez era más insoportable.
Miró a su alrededor, con la mano derecha apoyada en el brazo contrario. Notaba el hueso descolocado bajo la palma y no tenía buena pinta. No podría aguardar mucho más.
"¿Tendré suerte y estará el coche abierto? ", se preguntó en voz alta. Necesitaba un medio de transporte para salir de allí. Presionó la manija de la puerta y el ruido al abrirse le arrancó una sonrisa.
"¡Bingo!"
El coche olía a cerrado y a sucio. Clint echó un vistazo a su interior. En efecto, la limpieza no era algo que predominara en el escueto espacio. Montones de bolsas de papel, vasos de cartón y envoltorios arrugados. Clint arrugó la nariz ante todo aquello. Necesitaba algo con lo que improvisar un cabestrillo. Después de realizar la maniobra para recolocar el brazo en su sitio, necesitaría tenerlo lo más inmóvil posible. Rebuscó con la mirada. Al fondo, en el asiento trasero, escondido entre una bolsa y varias cajitas de cartón, pudo ver lo que parecía algo de ropa. Estiró el brazo sano y se hizo con ella. Era una camiseta, que originalmente debió haber sido naranja pero que, en la actualidad, se asemejaba más al marrón. Clint giró la cabeza hacia su hombro, intentando esconder la nariz. Aquello apestaba como si hubiese sido pisoteado por una manada de búfalos. Pero le serviría para lo que se proponía.
La sacó fuera y la aireó como pudo. La colocó en el marco de la puerta y tironeó de ella. La tela se rasgó de arriba abajo, consiguiendo dos mitades. Las unió con un nudo todo lo fuerte que pudo hacerlo, dado su estado, y dejó el improvisado cabestrillo sobre el asiento del conductor. Antes de ponerse manos a la obra, se aseguró de que las llaves estaban en el contacto para cuando las necesitara. Allí estaban, pendiendo en silencio. Clint sonrió. Aquellos agentes de HYDRA más bien parecían una panda de matones aficionados, lo cual a él le había venido de perlas, pensó.
Una vez que consideró tenerlo todo bajo control, giró en redondo, buscando el mejor lugar posible para llevar a cabo la maniobra. Mientras echaba un vistazo a su alrededor, un acceso de dolor le recordó que ya estaba jugando el tiempo extra. O lo hacía ya o su brazo quedaría dañado irremediablemente. Fijó su mirada en el todoterreno y convino que le serviría para sus propósitos. Se giró, colocándose en uno de sus ángulos y aseguró ambos pies en el suelo. Respiró hondo una, dos veces y cerró los ojos antes de que su hombro descompuesto embistiera contra el coche con la fuerza medida.
El ruido del hombro al encajar en su lugar y el posterior dolor que surgió le hicieron morderse el interior de su mejilla. No podía gritar y revelar su presencia. Todo se volvió repentinamente oscuro y el sabor a sangre le llenó la boca. Se sujetó a la rueda de repuesto que colgaba contra la puerta trasera del vehículo y tomó aire con ahínco.
Tardó unos pocos minutos en recuperarse. Palpó el hombro herido. El hueso había vuelto a su lugar pero el dolor seguía allí, palpitante. Y sabía que allí seguiría durante un tiempo más. Fue hasta el asiento del coche y cogió el cabestrillo que había realizado con la camiseta ajada. Se lo pasó por el cuello y colocó su brazo en él, bien pegado al cuerpo para que se moviese lo menos posible. Estaba todo lo listo que podía estar para salir de allí cuanto antes. Subió al coche y encendió el motor.
El coche rugió como una bestia enjaulada; metió la marcha y enfiló hacia el camino que lo alejaría de aquel lugar.
