La primera vez que se permitió parar fue casi una hora después de haberse puesto en camino. Desvió el vehículo a un lado en la cuneta, apagó el motor y dejó descansar la cabeza contra el respaldo del sillón unos minutos, con el brazo izquierdo pegado a su costado. No le quedaba mucha gasolina y el dolor del hombro estaba siendo insoportable. Necesitaba llegar a algún sitio civilizado en donde le administraran algo para mitigarlo.
En todo aquel tiempo conduciendo, no había visto nada ni remotamente parecido a un lugar habitado. Todo eran árboles altos y follaje a su alrededor. La única vez que aminoró la marcha fue cuando llegó a un cruce de caminos sin identificar. Se había detenido unos segundos, considerando qué camino tomar; si el de la derecha, entre los árboles y la maleza, o el que se abría a su izquierda, menos denso y que parecía despejarse unos cientos de metros más allá. Ahora no estaba seguro de si había hecho tomado la opción correcta.
Abrió los ojos de nuevo, aún con la cabeza contra el respaldo. El sol brillaba más que nunca y en el cielo azul no había ni una sola nube. Se miró las manos; una asida al volante y la otra descansando sobre su estómago. Los nudillos estaban abiertos y rojos por la sangre, y en las muñecas aún estaban las bandas de plástico duro que habían servido para atarlo a aquella silla. Necesitaba retirarlas; serían demasiado notorias cuando se cruzara con alguien. Se estiró hacia la guantera, con la secreta esperanza de encontrar algo que le sirviera para cortarlas. Había un montón de papeles arrugados, una carpeta con la documentación del coche y un pequeño estuche. Cuando lo abrió, la primera sonrisa genuina desde que había despertado en aquel lugar afloró a sus labios: en el interior había una navaja multiusos que no parecía haber sido estrenada. La tomó, abrió la hoja y cortó ambas correas de plástico. Se sintió mejor al instante y dispuesto a seguir avanzando hasta donde pudiese llegar a pesar de los cortes que tenía en sendas muñecas. Pero no eran nada de importancia si los comparaba con el constante dolor en el hombro. Apretó los dientes y puso de nuevo el coche en marcha.
Si alguna ver hubo un momento en el que quisiera matar por un analgésico, era ese preciso instante.
El sol estaba en lo alto cuando el coche decidió que no quería seguir funcionando y se paró, tras unos metros de incierto traqueteo. Fue el tiempo que tardaron las últimas gotas de gasolina en quemarse.
Clint golpeó rítmicamente el indicador del salpicadero, esperando que no fuese cierto. Pero lo era. El nivel de gasolina indicaba que el depósito estaba completamente vacío.
"Bien, lo que me faltaba".
Miró a través del parabrisas. El sol calentaba sin piedad y no había ni una sola nube que empañara el azul brillante del cielo. No podía quedarse allí, en medio de la nada. A su derecha e izquierda le contemplaban hectáreas de cultivo, impertérritas, aún verdes y por crecer. Esperó unos minutos más, como si estuviese aguardando un milagro que no iba a producirse. Accionó el contacto una última vez. La misma respuesta. Recogió la pistola que había dejado en el sillón del copiloto y la navaja, antes de abandonar el coche y seguir su camino a pie hacia Dios sabía dónde.
No tenía idea de la cantidad de horas que llevaba caminando pero, a juzgar por la luz y la inclinación de los rayos del sol, debía quedar poco tiempo para que éste se pusiera.
Y parecía que él apenas había avanzado en su camino. El paisaje se repetía una y otra vez. No había visto a nadie en todo aquel tiempo, así como tampoco había visto ninguna casa o edificación entre aquellos campos. Si tuviese una imaginación desbordante —que no tenía—, pensaría que había sido el único superviviente de una invasión alienígena o de un desastre biológico. Prefería pensar que, quienes le habían secuestrado, lo habían dejado en el culo del mundo.
Continuó caminando hasta que el paisaje se vio interrumpido por un grupo de árboles que le proporcionaría el abrigo necesario para pasar la noche. Estaba agotado, le dolían los pies de caminar, estaba sudando, tenía sed y el hombro no había dejado de incomodarle en todo aquel tiempo.
Cuando llegó hasta los árboles, cerró los ojos y agradeció el frescor que estos le brindaban. Tenía los labios secos y estaban comenzando a resquebrajarse. Miró a su alrededor. No vio ningún lugar en donde hubiese agua y estaba terriblemente cansado para ponerse a buscar. Además, dudaba que hubiese una fuente de agua en las inmediaciones. Se sentó en la base de uno de los árboles, con la espalda apoyada en el tronco y dejando caer la cabeza en él. No tenía idea de cuánto tiempo le llevaría llegar hasta un lugar habitado. Y, aún llegando, eso no le garantizaba que pudiese ponerse en contacto con Natasha. Arrancó el pequeño tallo de una hierba que crecía junto a la base del árbol y la mordisqueó. La savia le humedeció levemente la boca. Apenas llegó a su garganta, pero era mejor que nada. Los tonos anaranjados del cielo se estaban tornando en violetas más allá de las copas de los árboles y el cantar de los insectos nocturnos llenaba el silencio. Pasaría la noche allí. Los árboles le proporcionaban el cobijo ante mirada indiscretas que, eventualmente, lo estuvieran buscando. Y, en cuanto amaneciera, volvería a ponerse en camino.
Cuando consiguió la postura adecuada, no tardó más de un minuto en quedarse dormido.
Despertó poco antes de que el sol despuntara entre las ramas de los árboles. Había dormido poco, pues la temperatura había bajado de madrugada y el frío lo había despertado. No había podido esconderse de él, vestido sólo con la ropa que tenía puesta cuando escapó de su cautiverio. Se había abrazado a sí mismo, intentando no dejar escapar el calor de su propio cuerpo y rezando para que el sol saliese pronto y calentara la mañana. Con desgana, y casi con el mismo cansancio de la noche anterior, se levantó y emprendió camino de nuevo.
Apenas llevaba andando una hora cuando, a lo lejos, vio una figura humana, caminando en la misma dirección que él. Aceleró el paso, sujetándose el brazo herido y pegándolo a su cuerpo.
Tardó unos minutos en darle alcance. Era una figura menuda, de pelo corto, negro, brillante y liso, vestida con un pantalón negro que le llegaba por los tobillos, zapatos que le parecieron de pobre factura y una camisola holgada. Llevaba un fardo que parecía pesado a su espalda, hecho con tela de esterilla. Se detuvo a un par de metros de ella.
—Perdone, ¿podría ayudarme?
La figura se detuvo en seco, dando un respingo. Se giró hacia él. Una mujer lo miraba con ojos desorbitados y con una expresión de sorpresa dibujada en su rostro. Soltó una retahíla en un idioma que no conocía y una gesticulación excesiva sorprendió a Clint.
—Tranquila, por favor. No voy a hacerle nada —le dijo, separando su brazo sano de su cuerpo para mostrarle a la mujer que no llevaba ningún arma oculta, pese a que llevaba la pistola y la navaja escondidas en las botas. Tenía que asegurarse de que la mujer comprendiera que no tenía malas intenciones.
La mujer continuó hablando. Aún sin saber a qué parte del mundo lo habían llevado los de HYDRA, los rasgos faciales de la mujer, y la sonoridad del idioma, le daban una idea al respecto.
Giró la cabeza hacia un lado y luego hacia el otro, pasándose la mano por el pelo.
—Genial. China. Ya podrían haberme enseñado el idioma en el orfanato en lugar de insistir con aquellas clases de cocina –masculló entre dientes, ofreciéndole una forzada sonrisa.
La mujer volvió a hablar de manera más pausada. Lo miró con extrañeza, e incluso dio un paso hacia él. Le señaló el brazo que llevaba en cabestrillo y arrugó la frente.
Clint miró a su propio brazo antes de levantar la mirada y responderle.
—Sí, está herido. Necesito un médico o alguna medicina. ¿Puede ayudarme? —le dijo, con la voz cargada de preocupación.
Un largo segundo después, la mujer asintió.
Anduvieron más de una hora en completo silencio. De vez en cuando, la mujer lo miraba de reojo, visiblemente insegura de lo que estaba haciendo. Clint caminaba a su lado, a unos prudenciales metros, sonriéndole de vez en cuando e inclinando la cabeza, solícito. No tenía ni idea de por qué lo hacía pero había visto en las películas y en las noticias que así se mostraba respeto. Y eso era lo que él estaba haciendo. Necesitaba cualquier ayuda que aquella mujer le pudiese brindar y no quería meter la pata.
Sin detenerse, la mujer le ofreció agua que llevaba en una cantimplora. Clint la tomó de sus manos y, luego de darle las gracias, bebió con fruición. El agua le supo a gloria y le refrescó la boca y la garganta. La mujer sonrió a medias y continuó caminando mientras recibía de vuelta la cantimplora.
Cuando creyó que no iba a poder dar ni un paso más, a lo lejos, entre un mar de cultivos, apareció una pequeña edificación. La mujer se detuvo unos instantes y señaló el lugar. Luego, se señaló a sí misma y le sonrió. Clint podía no entender aquel idioma pero el lenguaje de los gestos era universal: estaban llegando a su hogar.
Conforme se fueron acercando, Clint pudo ver con más claridad el lugar al que se dirigían. Era una casa de sencilla construcción, con un techo de tejas rojas a dos aguas y un pórtico del mismo rojo, aunque más brillante, con escaleras que abarcaban todo el frontal. Un par de niños, de unos siete u ocho años, correteaban alrededor de la casa, gritando y riendo sin que nadie pareciera prestarles atención. La mujer se detuvo una vez más antes de enfilar el camino de entrada. Señaló de nuevo en dirección a la casa y le hizo una pequeña reverencia. Clint le correspondió de igual manera, sonriéndole. La siguió cuando ella atravesó el pórtico hacia el patio delantero.
Los niños se detuvieron al instante y, agitando los brazos, corrieron hacia la mujer que acababa de llegar. Se agarraron a su cintura y la abrazaron con fuerza. La mujer les palmeó la cabeza a ambos y depositó sendos besos en las pequeñas cabezas. Tan rápido como habían llegado, los niños volvieron a desaparecer, continuando con sus juegos.
La mujer se desembarazó del pesado fardo que había llevado durante todo el camino y subió los escalones. Desde la puerta de entrada, volvió a hablar y, tras unos segundos, un joven de no más de diecisiete años apareció por la puerta. Besó a la mujer en la mejilla e intercambió unas palabras con ella antes de que su mirada recayera en Clint. No tenía que ser un agente experimentado para darse cuenta de que era el hijo de aquella mujer. Compartían el mismo pelo negro lustroso y lacio y el mismo tono de piel. El chico era apenas unos centímetros más alto que la mujer y tenía la misma complexión delgada.
Dejándola atrás, el joven se dirigió hacia Clint. Lo miró fijamente con aire interesado.
—Mi madre me ha dicho que le ha encontrado en el camino —le dijo en un inglés aceptable. Clint sonrió aliviado. Nunca se había alegrado tanto al oír su propio idioma.
Antes de responderle, Clint le saludó con cortesía, como había visto hacer.
—Así es.
La mujer apareció tras su hijo y le dijo algo en su propio idioma, quedando a espaldas del muchacho.
El hijo asintió y miró a Clint
—Quiere saber cómo se llamas y si sus intenciones son honorables.
Clint miró primero a la mujer para, después, posar los ojos sobre el hijo.
—Me llamo Clint Barton y sí, mis intenciones son honorables.
El chico se apresuró a traducir a su madre. La mujer, lejos de parecer satisfecha, volvió a hablar con rapidez. El muchacho, tras escucharla, volvió a dirigirse a Clint.
—Quiere saber cómo te has hecho eso.
"Y ahora es cuando me pone de patitas en la calle sin ayudarme", pensó Clint con cierta tristeza. No quería mentirle, pero tampoco podía decirle la verdad. ¿Qué iba a contarles? ¿Que una despiadada organización lo había tomado prisionero y que él había matado a unos hombres para liberarse? No, no podía hacerlo. Sobre todo porque pondría en juego su vida y eso era lo último que deseaba hacer. Una punzada de dolor cruzó su rostro. Cerró los ojos y se llevó la mano al hombro herido antes de contestar.
—He tenido un accidente —les mintió—. Sólo necesito algo que me quite el dolor y descansar un poco.
Por unos instantes, Clint sostuvo el aliento al verse observado por las dos personas con tanto detenimiento. El chico lo miraba con interés, pero era la actitud de la madre la que le preocupaba. Ella era la única que podía aceptar ayudarle. Sin su consentimiento, se vería de nuevo en el camino. Después de unos largos segundos de espera y de sentirse examinado, las facciones de la mujer se dulcificaron y, por primera vez, apareció en su rostro una genuina sonrisa. Rebasó a su hijo, colocándose frente a Clint y hablándole de manera pausada.
El chico sonrió al escuchar a su madre.
—Madre dice que, en este caso, cuidaremos de usted. Sea bienvenido a nuestra casa.
Clint jamás se había sentido tan aliviado al escuchar una simple frase. Agachó la cabeza y saludó de nuevo con reverencia.
—Muchas gracias. De verdad.
La mujer le hizo una señal con la mano y le dijo algo a su hijo. El chico se apresuró a obedecer a su madre y desapareció por el lateral de la casa. Clint, dubitativo, subió los escalones de la casa y siguió a la mujer hacia el interior.
La estancia en donde entró era agradable y ventilada. Cortinas de color rojo apagado vestían las ventanas de madera. Una mesa baja, rodeada de cojines, presidía el centro de la habitación. A un lado, alejado de ésta, había una cocina con encimeras de mampostería y llena de utensilios y cacerolas. Al otro lado, un panel beige dividía el salón del resto de la casa. La mujer se dirigió a él y le señaló los cojines. Clint asintió y se encaminó a ellos.
—Estoy… estoy sucio del camino.
—Hágale caso y tome asiento, por favor –oyó decir a la voz del joven que, en ese preciso instante, aparecía por la puerta con una caja de metal en la mano.
Sin volver a cuestionarlo, Clint se sentó. Al hacerlo, el hombro le recordó que no debía hacer movimientos bruscos y la punzada de dolor le llegó a la base del cuello. Apretó los dientes y, con más cuidado, se acomodó.
La mujer le dijo algo a su hijo mientras colocaba una gran cacerola en el fuego llena de agua. Después, se dirigió a Clint y, desplazando un cojín, se arrodilló a su lado. La mujer le habló con calma y le señaló con las manos.
—Mi madre pregunta si puede quitarle ese vendaje para ver cómo está.
Clint accedió, reticente.
Con manos cuidadosas, la mujer retiró el vendaje que Clint había improvisado. Arrugó la nariz al tenerlo en las manos y lo desechó de inmediato, alejándolo de ella. Con el mismo cuidado con el que había procedido, le ayudó a sacar el brazo de la camiseta. Por unos momentos, Clint creyó que el dolor iba a hacer que se desmayara. Por supuesto que había estado en contiendas peores, y mucho más dolorosas, pero no las recordaba en aquel momento. Sólo tenía en mente lo mucho que le dolía el hombro.
Las manos de la mujer se posaron lentamente sobre su hombro. Clint dirigió la mirada hacia ellas. Entonces pudo ver el enorme hematoma que se extendía por su hombro, irradiándose hacia la clavícula y la espalda. Tenía un feo aspecto morado, en diferentes grados. La mujer volvió a hablar, primero a Clint para, en seguida, dirigirse a su hijo.
El chico le contestó algo y ella insistió. Un momento después, el muchacho estaba junto a Clint.
—Le pregunta si quiere darse un baño antes de que le cure. Me ha pedido que le ayude en lo que necesite.
Clint miró primero a la madre y luego al hijo, dirigiéndose a éste último.
—Sería genial poder hacerlo. Y no, no necesito ayuda. O eso creo. Sólo dime dónde puedo hacerlo.
Ambos, madre e hijo, se levantaron casi a la vez. Clint los imitó.
—Sígame, por favor –le dijo el muchacho, que salió de nuevo por la puerta de entrada.
Clint se apresuró a seguirlo. Rodearon el pórtico y, a un lado, encontraron una puerta. El chico la abrió lo suficiente para enseñarle el cuarto de baño. En un taburete había colocado algo de ropa y una toalla.
—Estaré aquí fuera por si necesita ayuda.
Despacio, y conteniendo las ganas de darse al fin ese baño, Clint le sonrió.
—Muchas gracias—. Antes de traspasar el umbral, Clint se giró hacia el chico—: ¿Cómo te llamas, muchacho?
El joven se irguió en toda su estatura.
—Me llamo Yeung, señor Barton.
Clint inclinó la cabeza hacia él.
—Gracias, Yeung —y entró en el baño, cerrando la puerta tras de sí.
Nunca se había sentido tan contento de darse una ducha como en aquella ocasión. Clint salió del baño quince minutos después, secándose el pelo con la toalla y vestido con las ropas que aquellas gentes, amablemente, le habían prestado. Había escondido la pistola y la navaja en el pantalón que se había quitado y que estaba hecho un ovillo bajo su brazo. Tenía que poner cuidado para que ni Yeung ni su madre los vieran.
Tal y como le había prometido, el joven Yeung estaba sentado junto a la puerta, leyendo un libro, esperando por si era requerido. Se levantó en cuanto Clint puso un pie en el exterior.
—¿Cómo se encuentra? –le preguntó con amabilidad.
—Mucho mejor –se apresuró Clint a contestar. Se señaló a sí mismo—. Y gracias por la ropa.
El chico hizo un ademán con la mano.
—Nada. Son de mi padre. Usted es más alto que él pero le sirven.
Clint asintió con entusiasmo. Se trataba de un pantalón negro de fino algodón, muy cómodo y con un elástico en la cintura. La camiseta era igualmente de algodón, blanca y fresca, lo que agradeció sobremanera.
—Por supuesto —contestó, mostrándole sus tobillos desnudos y la porción de pierna que el pantalón no cubría.
Yeung se rió ampliamente.
—Mi madre nos espera. Tiene que… —hizo un gesto, como queriendo encontrar la palabra adecuada. Chasqueó los dedos un segundo después— arreglarle el brazo.
El muchacho giró en redondo, colocó el libro bajo el brazo y se encaminó con paso firme y largo hacia el interior de la casa.
Su madre estaba trajinando en los fogones, delante de una cacerola humeante. Clint paseó la mirada por la habitación. Había dispuesto un amplio cuenco lleno de agua sobre la mesa baja, un bote de ungüento y algunas vendas limpias. En cuanto lo escuchó entrar, se dio media vuelta hacia él y le hizo señas con la mano para que se sentara a la mesa.
Clint hizo lo que le indicó, teniendo especial cuidado en no volver a hacerse daño, protegiéndose el brazo herido y resguardando el hatillo de ropa usada. La mujer se sentó frente a él y, con esmero, lo ayudó a deshacerse de la camiseta.
Como si estuviese acostumbrada a aquellos menesteres, la mujer comenzó a cubrir la herida con una pastosa crema. Clint se sintió repentinamente incómodo por la situación. Estaba en la cocina de unos desconocidos, herido, y lo estaban curando. Sintió cómo su rostro comenzaba a acalorarse. La madre de Yeung lo miró de reojo y habló, en dirección a su hijo.
—Dice que no se sienta mal, señor. Está acostumbrada a curar muchas heridas. Aquí sólo vivimos hombres y ella no está viendo nada que no haya visto antes.
Las palabras del joven ejercieron el efecto contrario al que deberían; Clint se sintió más incómodo si cabía, haciendo que la mujer estallara en carcajadas sin dejar de lado sus quehaceres.
Con manos diestras, la mujer terminó de aplicar la pomada con generosidad, colocó el brazo pegado al pecho de Clint y, con la misma destreza, lo vendó, dejándoselo inmóvil. Cuando vio las heridas de las muñecas arrugó la nariz y alzó los ojos, con una pregunta muda en su mirada. Clint se mantuvo en silencio, a la expectativa, pero la pregunta no llegó. La mujer le curó ambas muñecas con la misma pomada y las vendó. Satisfecha con su trabajo, se levantó y le dijo algo que su hijo se apresuró a traducir.
—Mañana por la mañana le revisará los vendajes y le pondrá otro un poco más cómodo en el brazo.
Clint se removió sobre el cojín.
—No quiero causarle molestias. Mañana, en cuanto lo haga, me marcharé. Gracias por lo que están haciendo por mí.
Yeung le tradujo a su madre las palabras de Clint y ésta asintió, con seriedad, mientras retiraba todo lo que había usado.
El chico ayudó a Clint a levantarse.
—Esperaremos fuera hasta que esté la cena. A madre no le gusta que andemos rondando por la cocina —le dijo en voz baja, casi pegado a su oído. Clint miró a la mujer por encima del hombro mientras hacía aspavientos con los brazos, como si quisiera espantarlos de su lugar de trabajo.
La tarde había comenzado a caer y el sol tenía un hermoso tono anaranjado. Los dos niños pequeños seguían con sus incansables juegos y risas.
Yeung señaló con el dedo a los niños.
—Ése que corre delante es mi hermano, Li. El de detrás es… el hijo de la hermana de mi madre.
—Tu primo —le corrigió Clint, sin intención.
El muchacho asintió, sonriente.
—Eso es, mi primo.
Clint miró al joven de frente.
—Hablas muy bien mi idioma. ¿Dónde lo has aprendido?
Los ojos del muchacho se iluminaron. Irguió los hombros, orgulloso, y enderezó la espalda.
—Voy a clases desde hace dos años.
Clint le palmeó el hombro con su mano sana.
—Pues, enhorabuena, porque estás aprovechando el tiempo.
Yeung tomó aire y, soltándolo despacio, se inclinó ante Clint.
—Muchas gracias, señor Barton. Algún día me gustaría viajar a su país y aprender más.
Un cómodo silencio se hizo en el pórtico. El sol estaba escondiéndose tras las montañas, adornando el cielo con jirones violetas. Los insectos parecían haber despertado de su letargo diario y todo lo que se escuchaba eran sus variados cantares. Los dos niños, ya cansados, se dirigieron hacia un lateral de la casa y desaparecieron en su interior.
Clint miró el cielo, pensativo. Hacía dos días había estado preso en aquel cuartel de HYDRA. Ahora estaba en algún lugar de China, sin medios para volver a los Estados Unidos ni encontrar a Natasha.
Pensar en ella no le ayudaba a sentirse mejor. Recordaba con total nitidez el rostro de su compañera cuando le mintió acerca de que se había pasado al bando de HYDRA. Bajó la cabeza y cerró los ojos. Habría dado lo que fuera por ahorrarle aquel momento, pero le habían amenazado con matarla si no cooperaba con aquella mentira. Aquellos bastardos eran capaces de todo y matar era prácticamente su deporte favorito. No les temblaba el pulso, no emitían amenazas en vano. Los tomabas en serio o eras hombre muerto. Y eso no iba a pasarle a Natasha.
Sabía que ella era más que capaz de cuidarse sola; lo había visto cientos de veces. Pero una cosa era saber que Natasha podía defenderse y otra muy distinta ser el responsable directo de que la atacaran. Eso no iba a ocurrir. Algo primitivo dentro de él quiso protegerla, ahorrarle cualquier situación que pudiese poner su vida en peligro. Debió considerar la posibilidad de que, luego de acceder a mentirle, ellos continuaran con su plan de todas maneras. Les había dado un crédito que no merecían. Y por eso lo habían pagado caro.
Tomó aire, llenando los pulmones de aquel aire limpio. Necesitaba marcharse de allí lo antes posible, no podía quedarse. No sabía de cuánto tiempo disponía antes de que se dieran cuenta de que se había escapado. Y no tardarían en dar con él; no se había molestado en cubrir sus pasos y no quería poner en peligro a aquellas amables personas. Cuanto antes saliese de sus vidas, tanto mejor.
Se movió inquieto en el rudimentario banco y miró al chico que aún continuaba sentado a su lado.
—¿Dónde estoy, Yeung?
El chico lo miró.
—A unos cincuenta kilómetros de Shijingxiang, en la provincia china de Hebei.
Clint asintió. No conocía absolutamente nada de geografía china. Tan sólo cuál era su capital.
—¿Es una gran ciudad? –le preguntó y añadió—: ¿es fácil llegar desde ahí a Beijing?
El muchacho asintió.
—La única manera de llegar a Shijingxiang es por carretera. Desde ahí puedes ir a Mancheng y, de ahí, a Beijing.
Clint sopesó la información que le muchacho le había proporcionado.
—Por casualidad, ¿no tendréis un coche que poder dejarme, verdad? Os pagaría por ello.
Yeung asintió con reticencia.
—Lo tenemos —contestó—. Pero lo tiene mi padre. Ha ido a Baoding y no volverá hasta dentro de una semana.
La alegría inicial que Clint sintiera desapareció como por ensalmo. Aún así, insistió, buscando otras alternativas.
—¿Podría llegar en autobús? ¿Tren?
—Hay una línea de autobuses que parte hacia Mancheng, pero pasan cada tres días.
Clint negó con rotundidad.
—No puedo esperar tanto tiempo. Debo partir mañana mismo.
El chico hizo una mueca, contrariado al no poder ofrecerle otra solución.
—Entonces, sólo le queda caminar.
Antes de que Clint pudiese responder, la puerta de la casa se abrió. La madre de Yeung asomó la cabeza y le dijo algo a su hijo que hizo que se pusiera en pie de inmediato.
—La cena está lista, señor Barton –le dijo—. Acompáñeme.
Cuando Clint entró en la sala y los olores de la comida lo asaltaron, su cuerpo le recordó de inmediato todo el tiempo que hacía que no comía. El estómago le rugió, furioso. Se llevó la mano al vientre, intentando disimular el ruido pero fue algo inútil; tanto Yeung como su madre lo miraron y, como si se hubiesen puesto de acuerdo, le señalaron uno de los lugares alrededor de la mesa para que se sentara.
La madre colocó ante él un cuenco con arroz. En la mesa había diferentes fuentes con algo que parecía verdura troceada, condimentada y elaborada con especias; otro de carne blanca cortada en pequeños dados, que intuyó sería pollo; y algo más al que cubría una apetitosa salsa anaranjada. Fuese lo que fuese todo aquello, no iba a decir que no.
Recogió su juego de palillos del lateral del cuenco y se dispuso a comer. Recordaba cuántas veces le había repetido Nat que aprendiera a comer con ellos, en lugar de con el tenedor, como él solía hacer. "Si vas a comer comida oriental, hazlo como los orientales", le decía cada vez que él insistía en comer con los cubiertos. Estaba contento por haberle hecho caso; así no haría el ridículo ante aquellas amables personas.
Comieron en silencio. La madre le acercó las fuentes de alimentos en más de una ocasión para que tomara un nuevo trozo y él no dijo que no en ninguna de ellas, recibiendo como compensación una amplia y legítima sonrisa de su anfitriona.
La comida finalizó antes de que se diera cuenta. Clint enderezó la espalda en su asiento. Todo lo que había pasado en los últimos días le estaba pasando factura y su cuerpo se lo estaba recordando. A su hombro, aunque estaba mejorando debido al desconocido ungüento que la mujer le aplicara y el vendaje, aún le quedaba bastante para curar. Clint cerró los ojos y apretó la mandíbula, soportando un nuevo acceso de dolor.
Como si le hubiese leído el pensamiento, o hubiese visto el dolor reflejado en su rostro, la mujer se levantó y le acercó una pastilla blanca y un vaso de agua, que Clint se tomó sin cuestionar qué era. Agradeciéndoselo con un contenido gesto de cabeza, se levantó de la mesa.
La mujer se dirigió a su hijo y le dio unas indicaciones que Clint no entendió hasta que el muchacho las tradujo.
—Venga conmigo. Le diré dónde podrá descansar hasta mañana.
Nuevamente, Clint saludó con cortesía a su anfitriona y siguió al joven hasta la puerta corredera doble que había al fondo de la sala. Daba paso a un pasillo en donde se abrían puertas a ambos lados. Yeung lo precedió hasta que se detuvo delante de una. Descorrió el panel que ejercía a modo de puerta y ambos entraron.
La habitación era sencilla, con un mueble de cajones de color oscuro bajo una ventana abierta y un colchón individual, colocado sobre una tarima baja de madera en el centro de la habitación. La brisa y el aroma de la noche entraban por la ventana.
—Espero que pueda descansar, señor Barton —le dijo Yeung antes de inclinarse una última vez ante él y salir de la habitación.
Clint no tuvo tiempo de contestar. La puerta ya estaba cerrada cuando él se giró para despedir al muchacho. Despacio, se encaminó hacia la cama y se sentó en el borde. Estaba blanda y parecía confortable. Lo cierto era que, en aquel momento, se podría quedar dormido sobre una losa y no lo notaría. Todo lo que quería era tumbarse y poder dormir. Si su hombro le dejaba, claro.
Se tumbó sobre la cama, teniendo cuidado con el hombro. Cuando creyó que había encontrado una postura en la que no le dolía, sonrió. No sabía qué le había dado la mujer pero que le matasen si no estaba surtiendo efecto. Complacido, miró hacia el exterior, a través de la ventana. Ya era completamente de noche y la oscuridad lo engullía todo. Los párpados le pesaban y amenazaban con cerrarse de un momento a otro. Pese a ello, Clint pudo vislumbrar alguna que otra estrella en el cielo antes de quedarse profundamente dormido.
